La voz del poeta

Por Edgard E. Murillo

Un día de la Semana Santa pasada fui al cementerio oriental para participar en un servicio funerario; apenas hubo terminado, me aparté del conglomerado para buscar la tumba de mi amigo Rogelio que murió en la guerra. El sepulcro lo había encontrado por accidente hace ya varios años, una tarde que me dio por andar leyendo epitafios sin que nadie me lo pidiera, después de unas cuantas cervezas que tomé en un bar que quedaba frente a una gasolinera cercana; para entonces me sorprendí mucho porque no sabía que estaba enterrado allí, cerca del pabellón de los mártires de San José de la Mulas, a la orilla del callejón adoquinado que rodea el camposanto. Esta vez di rápidamente con la tumba porque recordaba que sobre ella había una losa de mármol color marfil, donde estaba una breve leyenda, adornada con dos logotipos bélicos en cada una de las esquinas superiores. Sigue leyendo

Novedades de la cuarentena

Por Edgard E. Murillo

Esta cuarentena, deliberada o forzada para descanso mío, y que tuvo por fortuna coincidir con la Semana Santa, me ha dado la oportunidad de detenerme en algunas cosas, las que, si bien no pasaban por desapercibidas, ahora puedo sorprenderme con ellas y describirlas con la mayor relajación posible. Hay aspectos meramente cotidianos que no mencionaré, solo me limitaré a los asuntos que este encierro ha develado de alguna manera. Sin más blablá, paso entonces a las novedades de mi cuarentena.

Primera novedad: He descansado de las redes sociales. Casi sin darme cuenta, desde que empeoró la crisis sanitaria a nivel mundial, he ido alejándome de las redes sociales. Tiene que ver algo con el cansancio que ocasiona el bombardeo de las noticias. Ya saben: sobreinformación es igual a desinformación. Pero mi distanciamiento tuvo que ver también con que en los últimos meses me he sentido contento, y como deben de suponer, no se puede estar pegado a Facebook o twitter si uno está nadando (aunque sea en un charquito) de felicidad. ¿El motivo de mi alegría? Bueno, digamos que estoy en una etapa mística de reencuentro conmigo mismo sin que esto signifique la gran cosa. Ya estaba preocupado, creí que nunca iba a volver a retozar a gusto con mi propia naturaleza. Sigue leyendo

¿Y después del virus?

Por Edgard E. Murillo

Como un hecho inevitable, la enfermedad del coronavirus (COVID-19) penetró a Nicaragua pagando boleto de avión. A partir que se dio a conocer la noticia, no se habla más que de alcohol gel, cuarentena y besos de larguito. Esto me ha llevado a imaginar las terribles pestes que asolaban algunas ciudades europeas durante la Edad Media. Entonces como ahora las autoridades prohibían a sus habitantes salir de sus casas para evitar el contagio, solo que antes la tasa de muertes era mayor debido al desconocimiento de los vectores de infección y por la consecuente imposibilidad de impedir la propagación de la plaga. Las cuarentenas recluían a las personas en sus casas y las iglesias, hasta que se comprobaba que el espectro con guadaña había sido vencido por el fuego y por todas las oraciones habidas y por haber. Durante los encierros, los cuarentenados prometían que, en caso de sobrevivir, se convertirían en mejores personas y que harían de su entorno un lugar más agradable para concluir sus ciclos naturales de vida. Sigue leyendo

La extraña historia de Jorge

Por Edgard E. Murillo

El ingeniero Jorge Parrales estaba contento porque esa mañana, después de la tala y desramado de árboles en el terreno contiguo al cementerio San Pedro, los obreros empezarían a construir el drenaje pluvial; de esa forma no habría multas por incumplimiento y la obra se entregaría en el plazo fijado. El nuevo Distrito Nacional había avisado con suficiente antelación que la parte sur del cementerio se vería afectada por los movimientos de tierra, por lo que si alguien tenía un pariente enterrado en ese sector, tenía que trasladarlo al costado este del mismo camposanto, so pena de echar las osamentas en una fosa común. El ingeniero Parrales decidió personalmente hacerse cargo de la supervisión; a fin de cuentas, no todos los días se tenía el gusto de participar en el traslado de un cementerio. Sigue leyendo

Regresemos a nosotros

Por Edgard E. Murillo

En noviembre pasado estaba una tarde bebiendo café con rosquillas rivenses cuando se precipitaron en mi mente algunos recuerdos que tenían que ver con la duración del tiempo y los efectos que éste tendría en mi vida posterior. Me concentré en la actitud hacia el futuro que yo tenía a la edad de diez años. Para entonces no se me ocurría llegar a la edad que tengo, ni siquiera a la mitad, pues me parecía que la adultez comprendía un repertorio de permisos y licencias que caducaban en la ancianidad, por lo que daba lo mismo tener veinte, treinta o cuarenta y cinco años. Recordé que mis cálculos hacia el futuro los emprendía por bloques de cuatro años cada uno, que es la distancia temporal entre un mundial futbolero y otro; de esa forma estimaba que para 1986 yo estaría en la universidad estudiando planificación urbana o algo más insólito todavía. Mis veinte años estaban tan lejanos como la fecha de mi nacimiento. No tenía ninguna prisa por hacerme grande, salvo para arreglar ciertos asuntos y para confirmar si las mujeres podían quedar embarazadas solamente empleando su poder mental, tal como lo había insinuado mi profesora de catecismo. Sigue leyendo

Nos faltan nombres

Por Edgard E. Murillo

Hace un par de sábados me di cita con Chico M., amigo desde la primera juventud, a quien no veía desde el cambio de siglo, o un poco antes. Tres horas hablamos sin parar, reconstruyendo pasajes  anecdóticos, tristes y alegres, sin poner mucho énfasis en lo que habíamos hecho o dejado de hacer en los últimos años; tampoco nos detuvimos en asuntos políticos, pues acordamos implícitamente evitar obviedades o temas de pronta solución. La amistad con Chico M. se había fundado en los tiempos crueles de la guerra, de la cual afortunadamente ambos salimos ilesos y con muchas historias que contar. Contento por haber departido una tarde con un amigo de tan especial estima, me puse a pensar si habría alguna palabra que describiera ese tipo de sensación. La encontré: Gjensynsglede, esto es, “la alegría de encontrarse con alguien a quien no has visto por mucho tiempo.”

Después de descubrir esa palabra, que por cierto tiene origen alemán, busqué otras que tuviesen significados que nuestro idioma carece. Yo ya conocía Tsundoku, expresión japonesa que refiere el hábito de comprar libros de forma compulsiva y apilarlos en la biblioteca, sin leerlos. Tengo ese vicio, lo reconozco, pero mis compras no obedecen al capricho de presumir los libros en los estantes, sino porque en verdad la lectura de los mismos está en reclamo permanente por mi espíritu, aunque no tenga el tiempo que quisiera para dedicarme a ellos. Sigue leyendo

Al otro barrio

Por Edgard E. Murillo

Eso de morirse no es asunto fácil, o más bien sí, lo complicado es lo que vendrá cuando se nos haya apagado este mundo, al que tanto nos costó adaptarnos y encontrarle sentido. Será ese el momento en que nos daremos cuenta de qué va la cosa, pues siendo la muerte la única e indiscutible verdad, dudo que tengamos la suficiente perspicacia o el tiempo necesario para aprovecharnos de los segundos en que termina el ruido de la vida.

Hace poco tuve una operación de emergencia. Mientras esperaba turno para el quirófano, deliberadamente quedé viendo el techo y los defectos de las cortinas. Trataba de no pensar en la intervención ni en la anestesia, así que me esforcé en los detalles y en las voces provenientes del pasillo, las que llegaban distorsionadas, cortadas y completamente femeninas. Luego llegó la anestesióloga y me leyó la cartilla; me llamaron la atención sus dedos gordos, pintados con florcitas, y en cómo arrastraba la letra erre cuando decía “rápido” o “residente”. Me pareció adecuado no poblar mi mente de miedos y suposiciones que aceleraran mi ritmo cardíaco. Sigue leyendo

Pesadillas

 

Por Edgard E. Murillo

Por razones que desconozco, últimamente no he tenido pesadillas; a lo mejor se deba que ya los años me van llegando, lo que implica que el subconsciente rehúsa entretenerse en trivialidades, o bien que los malos sueños van progresivamente perdiendo aptitudes dignas de rememoración. Como sea, el repertorio de mis pesadillas es corto y nada sofisticado: caídas al vacío a causa de agujeros en el suelo, experiencias bilingües y los recurrentes maremotos en Masachapa. Respecto a los maremotos, de tanto soñarlos se han convertido en predecibles. Siempre estoy en la playa acompañado de alguien cuando de repente se alza del horizonte una gigantesca pared de agua que viene tragando todo a su paso; entonces yo corro a toda potencia, salto obstáculos y busco la parte más alta del terreno, justo donde la maldita ola se detiene, quedando a salvo, con el corazón agitado y las patas temblorosas.

Es cierto que también he sufrido pesadillas eróticas (la vez que fui manoseado por una mujer feísima) y pesadillas de desconcierto (es horrible no saber si uno está dentro o fuera de un lugar del cual se quiere escapar), pero nada sacude con más fuerza que aquellas que parecen “de verdad”, esas pesadillas que hacen que el miedo y el dolor franqueen las fronteras de lo real, burlando nuestros sentidos o sirviéndose de ellos. Sigue leyendo

Dinosaurios

Por Edgard E. Murillo

A menudo recuerdo el cuento del dinosaurio de Augusto Monterroso. Considerado el relato más breve en la lengua española, apenas tiene siete palabras:

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

¿Despertó el dinosaurio o el hombre que estaba dormido carca de un dinosaurio?

Como seguramente muchos más, he intentado escribir un cuento lo más pequeño posible, que compita con las poquísimas palabras del cuento de Tito Monterroso, llamado casualmente El dinosaurio; sin embargo, mis ocurrencias no tienen semejante brevedad.

II

Se ha especulado bastante sobre las causas de la extinción de los dinosaurios. La teoría más extendida se apoya en que murieron a causa de un meteorito que se estrelló contra la tierra (A lo mejor en Chicxulub). Se dice que sucumbieron porque las partículas producidas por la explosión ocultaron los rayos solares por varios meses, suspendiéndose la fotosíntesis, lo que provocó sequías y hambrunas de dimensiones mesozoicas. Dudo de esa versión, pues de ser así también hubiesen muerto los lagartos y las tortugas. Para mí los dinosaurios murieron porque tenían que morirse. A lo mejor porque, como dice la gente, ya estaban en la raya. Sigue leyendo

Con el pasar de los años

 

Por Edgard E. Murillo

CRONOS PERSONAL

Nací el mismo día que nació Julio Iglesias, solo que en Managua y veintitrés años después. Tuve una infancia tranquila y feliz, cuando la capital parecía un potrero con semáforos y las radionovelas empezaban a desaparecer. Crecí escuchando música de los Beatles, dibujando naves interplanetarias y jugando a que yo era un soldado americano en la campiña francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Estudié en el colegio Bautista, cuyos directivos se negaron en sacar el centro de estudios de la zona terremoteada, sabia decisión que repercutiría en mis aficiones cinéfilas, pues dentro del área cercada quedaron con vida los cines Aguerri, Margot y González. Luego del triunfo de la revolución me inscribí en la Escuela de Bellas Artes, que quedaba en la colonia Dambach, a orillas del lago, un sitio hermoso, casi helénico, como tocado por la eternidad. Con trece años cumplidos, fui a alfabetizar a Comalapa, lugar donde cambié el timbre de voz, crecí diez centímetros y me salieron bigotes. Talvez allí fue donde adquirí el gusto por la escritura, puesto que debíamos plasmar las experiencias cotidianas en un Diario de Campo, el cual todavía conservo, pero que no lo muestro a nadie porque ponía iba con “h”. Años después, mientras cumplía el servicio militar, inspirado por Fernando Silva y Víctor Casaus, me dio por escribir poesía. A pesar de mi edad, los poemas no me parecían malos. Los fui reuniendo en una agenda, con el propósito de armar un poemario y hacerme famoso, pero un mal día dejé olvidada la agenda en el comando de Waslala, y de pura tristeza y encachimbamiento, nunca más volví a escribir endecasílabos. Así, liberado del aura de poeta (que seguramente hubiese sido un poète maudit), decidí matricularme en la facultad de derecho, pues me seducía la leyenda urbana que dicta que los abogados no derraman ni una sola lágrima, ni siquiera en casos de extrema necesidad. Cuando ganó las elecciones doña Violeta yo tenía veintitrés años, los mismos que me lleva Julio Iglesias, por lo que se presentaba ante mí la oportunidad de gozar la juventud que no disfruté en la década anterior, pero a partir de esa fecha, a ritmo desconcertante, entre lecturas, tropezones, cambios de estado civil y tertulias amanesqueras, empecé a ponerme viejo, en contra de mi voluntad. Sigue leyendo