Cuando el amor llega así (de esa manera)

Por Edgard E. Murillo

Dicen que las parejas que conviven por largo tiempo terminan configurando una entidad bastante interesante; que la creación de rituales compartidos los hace no solo adquirir guiños y expresiones similares, sino parecerse el uno con el otro hasta el punto que podría decirse que son dos hermanos que han morado bajo el mismo techo. Este tipo de relaciones que desafían el tiempo son cada vez más escasas y talvez por ello vemos deambular descaradamente a tantas parejas disparejas que más bien son arquetipos de algún relato de terror fantástico. Sigue leyendo

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Una pequeña reflexión

Por Edgard E. Murillo

La tarde de ayer iba conduciendo sobre el By-pass, también conocido como Pista de la Resistencia, una circunvalación adoquinada que todavía funciona como efectivo desagüe vehicular, cuando el semáforo situado frente de la ferretería Tobie se puso en rojo. Dado el ambiente parecidamente insurreccional que impera en el país, recordé que a media cuadra de ese sitio, el dos de julio de 1979, una familia bondadosa acogió a la mía mientras huíamos del bombardeo de la guardia de Somoza. Pasamos tres días en espera que cesara el ataque de los morteros y cañones sobre las viviendas; sin embargo, en un necio arrebato del destino, igualmente nos tocó sufrir el pánico del estrépito de las bombas, esta vez lanzadas desde los aviones. En el patio de la casa habían cavado un gran refugio donde nos zambullíamos cada vez que el avión push-pull se venía en picado sobre nosotros, en tanto los chavalos apostados en la barricada del puente Larreynaga descargaban sus rifles y pistolas en contra de aquel asesino volador. El semáforo se puso en verde y repetí para mis adentros la pregunta que martilla mi cabeza desde el 18 de abril. ¿Cuándo será que tendremos veinte años continuos de paz? Sigue leyendo

Pequeños relatos coyunturales

Por Edgard E. Murillo

ENGAÑOS

Alfonso Ruiz iba conduciendo su Hyundai Accent cuando le salieron al paso cuatro estudiantes encapuchados. Uno de ellos, mortero en mano, le dijo que para dónde se dirigía. A la Upoli, contestó. Alfonso estiró los cachetes dibujando una sonrisa, de esas que dicen tranquilo que no soy peligroso. Los encapuchados le indicaron que continuara su rumbo por una callejuela y que luego girara a la derecha. Pero Alfonso Ruiz desde pequeño había tenido dificultades para diferenciar la derecha de la izquierda, a menos que se viera las manos y se repitiera “Esta es la izquierda y esta la derecha”, algo que por vergüenza no hizo delante de los que le habían señalado la ruta a seguir. Alfonso giró a la izquierda creyendo que era la derecha, donde se encontró con una barricada desde la cual le arrojaron piedras de variado calibre. Con el parabrisas roto y abolladuras en el capó, Alfonso Ruiz, al ser preguntado por el infortunio, contestó entre lágrimas: “De ahora en adelante, a mí la derecha no me engaña”. Sigue leyendo

La piedra que cargamos

Por Edgard E. Murillo

Sabemos que Sísifo fue condenado por los dioses a subir una gigantesca piedra sobre una encumbrada ladera y que, al llegar a la cima, la piedra cae por su propio peso y rueda cuesta abajo, repitiéndose el tormento una y otra vez, hasta la eternidad. Algunos autores atribuyen el mito de Sísifo con el esfuerzo de la humanidad de repetir sus prácticas en ciclos interminables, pesimismo que no comparto pero que no deja de inquietar.

Cuando Ortega y Gasset visitó Chile en 1928 dijo que ese país tenía algo de Sísifo, porque parecía condenado a que se viniera abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces había creado. Me aventuro imaginar lo que el filósofo madrileño podría decir de Nicaragua respecto a su historia reciente. Supongo que diría, de entrada, que los nicaragüenses cargamos la piedra de Sísifo como por gusto propio, con la absurda creencia de que las cosas, para que estén bien, hay que desbaratarlas de cuando en cuando.   Sigue leyendo

¡Un momento señor juez!

Por Edgard E. Murillo

Mi amigo Agustín, que no en balde lleva ese nombre de santo, no pudo aguantarse las ganas de contarme las incidencias del proceso judicial que a inicio de los años ochenta se siguió en contra de Juancito Oporta, capataz de la hacienda El recodo. Como Agustín relató los detalles del juicio una noche de tragos hace bastantes años, cuando él bebía sin causa, y yo por donde iba la gente, es posible que existan inexactitudes respecto a las generales de ley de algunos de los protagonistas y otros aspectos que valdría la pena mencionar si esto fuese una crónica periodística, pero como no lo es, al carajo si uno de ellos era casado o soltero, amancebado o adúltero. Sigue leyendo

Lo que cuenta la Historia

Por Edgard E. Murillo

Lo que cuenta la Historia, así con hache mayúscula, a lo mejor sucedió de otra manera. ¿Que la escriben los vencedores? No siempre. La pluma del historiador, además de ser mecida por el azar o la oportunidad, sigue los caminos del hígado o la fantasía. Pero también, en la otra orilla, estamos nosotros, los consumidores, quienes echamos mano de nuestra incredulidad. Cuando uno ya ha vivido bastantes vicisitudes, como que te vas volviendo mal pensado, entonces surge la duda, y con la duda, las versiones alternativas: Piensa mal y acertarás, decía mi profesor de economía. Entonces, la Historia empieza a conocerse como historia,  con hache minúscula. Sigue leyendo

Un feminismo de todos

Por Edgard E. Murillo

Diré de entrada que soy un fervoroso partidario de la igualdad de derechos de la mujer. O sea, soy feminista. Cuando trato de rememorar en qué momento empecé a simpatizar con la lucha por la equiparación de derechos entre los sexos, me parece que lo hago desde siempre. No hubo un acontecimiento que me sacudiera, que me despertara, que me dijera por aquí te vas; sencillamente sucedió junto con mi proceso de crecimiento. No voy a relatar que si mi abuela o mis tías o mi madre fueron de personalidad fuerte o luchadoras, que sí lo fueron, ni que su amor fue determinante para mi formación, que también lo fue, porque a fin de cuentas la mayoría de los hogares nicaragüenses cuentan en su nómina familiar a mujeres estandartes, generosas y extremadamente valientes. Solo expresaré que entre mujeres y hombres las diferencias son netamente hormonales y que por tanto los derechos deben cobijarlos por igual. Así de sencillo. Pero entre el ser y el deber ser hay una gran diferencia, y es aquí donde el feminismo se ramifica, adquiriendo varias tonalidades, pues no podemos hablar de un único feminismo. Sigue leyendo

Antiaforismos (III parte)

Por Edgard E. Murillo

Yo soy yo y mis acreedores.

El olvido nada tiene que ver con el tiempo, solo con lo que no nos conviene.

Ser Dios debe ser terriblemente difícil: desconoce la sorpresa, carece de divinidades, no recibe un beso, y por si fuera poco, no le da tregua el diablo.

Hay dos tipos de hombres felices: los que lo son y yo.

De niño, la primera regla gramatical que aprendí fue que los nombres propios se escriben en mayúsculas; y la segunda que los hijueputas no son hijos de puta alguna, sino simplemente hijueputas, no importa el oficio de su progenitora. Sigue leyendo

Ciclos

Por Edgard E. Murillo

El tiempo, esa quimera que el ser humano se ha inventado para darle sentido de finitud a las cosas, también nos seduce para crear ciclos, no importa las veces que estos se repitan. Cada inicio de año relanzamos el arsenal de promesas que, de manera consciente o displicente, no pudimos cumplir el año anterior, jurando que el año que empieza verá coronar nuestros esfuerzos. Gracias a ese artificio burlamos el aburrimiento y nos permite corregir el rumbo, según nosotros, pero sobre todo nos hace sentir nuevecitos y dueños de las mejores intenciones con la creencia que podemos subir cualquier montaña no importa el tamaño. Es tan agradable esa sensación que aun sabiendo que no podrá mantenerse por mucho tiempo, nos damos a la tarea de inventariar, presupuestar, renovar y proyectar incluso los detalles más intrascendentes. Es un sentimiento parecido al que experimentábamos de pequeños cuando asistíamos a la escuela la primera semana de clases y escribíamos con primor, con letra grande y clara, más bonita que la que hacía la profesora de gramática; o cuando empezábamos los noviazgos y dábamos la mejor versión de nosotros mismos hasta que desistíamos de la perfección para no caer en la cursilería. Sigue leyendo

Saraví

Por Edgard E. Murillo

Sara Villareal era una mujer regordeta que por su altura disimulaba los kilos que le superaban. Apreciada a mediana distancia todo en ella parecía proporcional, pero si uno se acercaba lo suficiente se daba cuenta que las partes individuales de su cuerpo tenían ventaja dimensional respecto al prójimo. Sus manos, con las uñas perennemente pintadas de azul marino, podían comprimir una pelota de tenis sin esfuerzo, poseyendo, por otro lado, la habilidad de ocultar sus bostezos con donaire de princesa árabe. A mí me gustaba estrecharle aquellas manos inmensas, porque hacía de cuenta que un oso desdentado me mordía hasta la muñeca.

Fue Sara Villareal, o Saraví como le decíamos, la que adornó el panorama para que me decantara por la carrera de leyes. Sus consejos estaban a la altura de las clases de derecho romano: “Dedicate a la investigación, en este país nadie investiga”, “Aquí los abogados son los únicos profesionales que no caen mal cuando son borrachos”, “Los jueces comen pruebas y cagan sentencias”. En la facultad, siendo ya una cuasi abogada y bebedora consumada, me alertaba acerca de la malvada voluntad de los profesores. No por cortesía era amiga de casi todo el personal docente, incluyendo el decano que tenía fama de mujeriego. Sigue leyendo