Renaceres

Por Edgard E. Murillo

PASOS CONOCIDOS

Fue exactamente frente a las taquillas de Cinemark, en Metrocentro. Yo estaba revisando de pie las notificaciones en mi celular cuando escuché el taconeo que alteró todo mi sistema nervioso. Levanté la vista cuando la mujer pasó frente a mí. Cargaba unas bolsas con artículos de librería y llevaba puesta una mascarilla de tela color beige, blusa blanca y falda negra ceñida. Así como existe una interesante asociación para identificar a las personas por medio de sus voces por sobre los rasgos faciales, di por sentado que aquellos pasos los había escuchado en la lejanía ultramundana de mis días. Quien sabe cuántas veces debí escucharlos para que fueran registrados en las fibras más recónditas de mi ser. La pigmentación de las pantorrillas de la mujer y la forma en que bajó por las escaleras me confirmaron que efectivamente yo había tenido tratos íntimos con ella en alguna parte; pero no pude adivinar, de primas a primera, en qué otra vida ella había sido mi devota amante, o si por el contrario, yo la había dejado ir de forma irresponsable, como la estaba dejando ir esa noche, en medio de una pandemia, por los pasillos tediosos de un centro comercial.

EL GRAN SUEÑO

Cada vez que me despierto por las mañanas tengo la sospecha que estuve muerto. Esto es así porque experimento el olvido de alguna cosa, por muy insignificante que sea. Uno se acuesta, muere y nace al día siguiente con la cabeza más o menos reseteada. No podría ser de otra manera: hay cosas que se olvidan durante el sueño. Cuando era niño, leí que una soviética estuvo en coma durante veinte años y cuando despertó no podía recordar nada, ni podía caminar, ni tampoco hablar. Esa historia me fascinó porque tuve una idea acerca de lo que significaba estar dormido más de lo necesario. O lo que es lo mismo, estar muerto durante un buen rato. Por algo Raymond Chandler tituló una de sus novelas “The big sleep”. El gran sueño. El sueño eterno. Eso debe ser la muerte: un sueño largo, libre de altibajos, ininterrumpido y radicalmente plácido. Si la reencarnación existe, lo que llamamos “deja vú” no debe ser más que la imposibilidad de recordar algo que vivimos en otra vida, algo que olvidamos precisamente por haber estado dormidos durante mucho, muchísimo tiempo.

LÍBRANOS DEL KARMA, AMÉN

Los budistas me caen bien aunque no los entienda. Recuerdo que a finales de los años ochenta unos budistas se ponían a tocar pandereta en la glorieta del parque central de Managua. Yo tomaba el autobús todos los días en el parque, así que les echaba un vistazo a los sacerdotes (supongo que lo eran) y me preguntaba que dónde dormían, qué comían, si sus mujeres usaban ropa interior y porqué siempre andaban rapados y envueltos en tela color naranja. Me parecían excéntricos. Luego supe que ellos andan con su rollo de liberarse de los karmas. El karma no es un premio-castigo impuesto por una deidad, sino que es el resultado “mecánico” de nuestras acciones. Está unido al asunto de la reencarnación, o más bien, del renacimiento. Dependiendo de nuestras acciones, al morir podemos luego renacer en una divinidad, en otro ser humano, en un animal o en un ser infernal. Algunos budistas entienden que el karma funciona como un “polvo” que se adhiere a nuestra alma cada vez que realizamos una mala acción. Si el alma pesa más, entonces bajamos más rápido a los infiernos. Yo, por si las moscas, trataré que mi alma siempre ande livianita. ¿Ustedes no?

ETERNO RETORNO

La versión occidental del renacimiento es la idea del eterno retorno. Para los estoicos, la estructura del tiempo es cíclica, por lo que todo está condenado a repetirse a perpetuidad. Quiere decir que tendremos que vivir esta vida innumerables veces, y no habrá en ella nada nuevo, pues según Nietzsche, adalid consumado del eterno retorno, “cada dolor y cada placer y cada pensamiento y suspiro, y también cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida, deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión”. No me gusta esta versión. Saber que naceré de nuevo siendo otra vez yo, en tiempos y circunstancias idénticas, y no pudiendo cambiar nada, me da pavor. Si tan solo tuviera la capacidad de corregir algo, como empujar a alguien por un barranco, pues a lo mejor. No tiene chiste nacer infinitamente en el mismo pellejo si volvemos a cometer los mismos errores y disfrutar los mismos placeres. Sin embargo, puede ser que el cuento del eterno retorno explique excepcionalmente la naturaleza de los presentimientos, esas cosquillas que sentimos en el alma cuando estamos frente a alguna decisión; aunque creo que los presentimientos son otra cosa. Talvez no sean más que susurros de advertencia de algún ángel indiscreto o de cierto habitante de un mundo paralelo aburrido de vagabundear. Nadie lo sabe. Solo lo sabremos el día que hayamos traspasado el umbral definitivo, poniéndole punto final a tantas especulaciones.     

El tiempo de la estrella roja

Por Edgard E. Murillo

Una de mis costumbres en época de verano es mirar el cielo tachonado de estrellas. Suelo hacerlo entre nueve y las diez de la noche, tanto porque en ese fragmento de tiempo las estrellas que me interesan están en mejor posición de ser observadas, como por razones de regocijo, pues no hay nada más sabroso que sonreír minutos antes de sumergirme en el encanto del sueño. La observación la hago desde el patio de mi casa, en un espacio situado entre el palo de nancite y el cerco enmallado del lindero oeste. A esa hora, allí se coloca el cinturón de la constelación de Orión, por lo que tengo que empinarme para poder ver a Rigel, su estrella más brillante, o agacharme un poco para encontrar a Betelgeuse, la estrella roja que me interesa sobremanera porque “pronto” podría explotar para convertirse en una supernova. Dicen los astrónomos que cuando estalle, el brillo de su colapso iluminará más que la luna y que será visible en pleno día durante mucho tiempo. Moriría feliz si tuviese la oportunidad de ver el ocaso fulgurante de Betelgeuse, aun sabiendo que dicha estrella está a seiscientos años luz de distancia. Quiere decir que si explosión sucediese mañana, lo que veamos en el cielo habrá realmente ocurrido cuando los españoles todavía no se habían montado a sus carabelas para descubrirnos. Esas mediciones del tiempo se me antojan fascinantes y dan paso a meditaciones y especulaciones de diversa índole, al punto que he tenido la sospecha que todo el firmamento bien podría ser una impostura de Dios, algo así como una jugarreta para confundirnos. A lo mejor no haya tal infinitud estelar y lo que exista no sea más que una maraña de espejos superpuestos donde las estrellas se reflejan de forma desquiciada y repetitiva ad nauseam; porque si a Dios se le ocurre escribir derecho sobre líneas torcidas, ¿quién garantiza que el Máximo Creador no quiera divertirse a costa de estas limitadas y mortales criaturas que embobadas apreciamos las noches despejadas? Recordemos que Dios lleva una vida solitaria, exenta de sobresaltos, cuyos gustos, antojos y necesidades todavía desconocemos.

A pesar que las elucubraciones espacio-temporales dan lugar a simpáticas fantasías, caemos en seguida a la cuenta que mientras nos quebramos la cabeza en ello, eso que llamamos vida, con sus mares de lamentos y anhelos desmedidos, nos va consumiendo irremediablemente. Y así sucede cuando también nos hacemos las grandes preguntas filosóficas, como el sentido de la vida y el fin de la misma, proceso en el cual hemos creados las religiones y las ideologías, para consuelo y condenación de nuestra especie.

La vida podría semejarse a un globo que depende de nuestra capacidad para inflarlo, de ahí que Séneca afirmaba, en respuesta a quienes se lamentaban de la duración de la vida, que ésta no era breve, sino que los humanos la abreviábamos con nuestros excesos y negligencias. Pero hay un momento en que la vida no me parece corta ni extensa. Sucede cuando veo el cielo en las noches despejadas de verano, pues dicha actividad tiene por mérito distorsionar el tiempo, o más bien, hacer que el mismo tenga una justificación más íntima y satisfactoria. En esos momentos, el pasado se entromete con el futuro, haciendo que el presente carezca de sentido, como si por momentos dejáramos nuestro tiempo y nos metiéramos en el de las estrellas. Luego, al bajar la vista y sentir mi corporeidad, con cierta congoja extraña, vuelvo a la realidad finita y sensitiva.

La verdad, amigos míos, la vida es elástica. Es inmensamente larga cuando estamos en la infancia, y se va haciendo incómodamente corta a medida que envejecemos (Oh, paradójica relatividad). Por eso le tengo envidia al brillo de Betelgeuse, aun sabiendo que se está muriendo, pues seguirá jugando con el tiempo de los humanos, en espera de una señal de Dios para estallar, y si por casualidad dicho evento ya ha sucedido, la pirotecnia de la explosión podría estar “en camino” para que, en un futuro no tan lejano, afortunadas retinas tengan el privilegio de apreciar el fenómeno, que nosotros, inquilinos cósmicos del presente, no tendremos el lujo de disfrutar.

Gracias D10S

Por Edgard E. Murillo

Todavía estoy sorprendido por la muerte de Maradona. Sabía que el tipo la estaba pasando mal, que cada día tenía problemas con la dicción y la adicción, que montado sobre la torre de su glorioso pasado de futbolista podía darse el lujo de hacer el ridículo, pero creí que saldría airoso de cuantas recaídas tuviera, pues tenía el Pibe una suerte tan porfiada como el de un cobrador de impuestos en período de cierre fiscal. Diego Armando Maradona, talvez el mejor jugador de todos los tiempos, fue siempre noticia, su palabra importaba cada vez que criticaba a las autoridades deportivas, cuando balbuceaba cualquier barbaridad sobre cualquier cosa, e incluso cuando no decía absolutamente nada.

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Managua mi linda

Por Edgard E. Murillo

INCENDIOS

Sucedió el día que se quemó el cine Margot. Aunque una cosa no tenga que ver con la otra, fue entre la una y las dos de la tarde del nueve de marzo cuando Fabiola Soledad, taquígrafa de veinte años, le dio la prueba de amor a Renato. El noviazgo se estaba enfriando por falta de coraje, legítima razón para que Fabiola Soledad anunciara el ultimátum. “Tengo que darte la prueba de amor”, le dijo, como si de ello dependiera la salvación del planeta. Renato accedió con cierta sospecha, pues no estaba claro de los propósitos de Fabiola Soledad. A seis cuadras de distancia, sobre la calle El Triunfo, dos trabajadores del cine Margot transportaban en un autobús sendos rollos de celuloide que contenían la película Las campanas de Santa María protagonizada por Bing Crosby e Ingrid Bergman. Cuando los hombres pusieron los pies en la calle, sintieron el asfalto como melcocha; se cubrieron la cabeza con las latas que guardaban las películas y entraron raudos al edificio; luego subieron al entrepiso y pusieron las cintas en el suelo, una encima de la otra. El calor y el movimiento hicieron que el celuloide, altamente inflamable, cogiera fuego con rapidez. Fabiola Soledad y Renato escucharon una explosión lejana pero siguieron concentrados con los preliminares de la prueba. Renato besó la punta del esternón de Fabiola Soledad y ella, entre cosquillas que la ruborizaban, lo asió con las manos revolviéndole el pelo. “Siento fuego por el ombligo” dijo ella. Los suspiros y jadeos pronto superaron las sirenas que sonaban en la calle, y los gritos de la gente, intensos y suplicantes, tuvieron el mérito de intensificar los ardores del mediodía, quedando rescatado de esa manera el amor, pero no así Las campanas de Santa María. Sigue leyendo

Sin paradigmas a la vista

Por Edgard E. Murillo

Cuando uno dice “me hubiera gustado nacer en tal época” nos invade cierto regusto nostálgico por lo imposible, pues nadie escoge el país ni la época para habitar este planeta azul. Cuando empezamos a tener conciencia de lo que nos rodea, interactuamos en una lengua recientemente aprendida, rodeada de gente que nos brinda protección y que complementa nuestros instintos básicos de sobrevivencia. Luego entramos al sistema de educación escolar y nos meten en la cabeza, aparte de la gramática y los números, lo que las generaciones anteriores entendían por bueno y también por malo. La adolescencia hace intentos sinceros de hablar por nosotros mismos, pero la “fuerza de la sociedad” se impone como una vieja rufiana. En mayor o menor medida, terminamos pensando lo que los demás quieren que pensemos en lugar de lo que potencialmente podríamos haber pensado.

El sistema está diseñado para que seamos sumisos ante un tipo de ideas o comportamientos sociales más o menos enraizados (Los llamados paradigmas). Esto es bueno porque da sentido de estabilidad, necesaria para el progreso, pero también constituye una maldición para países como el nuestro, donde no solo existe carencia de pensamiento o criterios propios, sino que la vocación democrática y la actitud cívica transitan sobre hielo delgado.

De vez en cuando los paradigmas son sacudidos y sustituidos, la mayoría de las veces por estremecimientos sociales, no precisamente políticos, como la revolución industrial en el siglo XVIII, o la transformación tecnológica de la información de la que estamos siendo testigos, de tal forma que la manera de ver el mundo ya no se ajusta con lo que nos ha metido en la cabeza la escuela, la familia y la religión. Sin embargo, estos cambios de paradigma nunca habían sido tan rápidos como ahora, lo que ha dejado descolocado al mundo entero.

Para que un paradigma deje de influenciar decisivamente sobre la sociedad, y sea otro el que la permee, se requieren muchos años. Los valores de la Ilustración apenas encontraron su acomodo en algunos países hasta ya entrado el siglo XX, cuando los Estados fueron adoptando paulatinamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos, integrando sus principios en las respectivas legislaciones. ¿Pero qué ha sucedido ahora? Pasa que la caída de los paradigmas anteriores aconteció demasiado rápido y todavía no ha habido tiempo para configurar los nuevos que los sustituyan. Por ejemplo, el socialismo tradicional de base marxista ya no existe, y si el capitalismo ha podido sobrevivir no ha sido por sus virtudes inherentes, que nunca las tuvo, sino por los ajustes que ha hecho en contra de su voluntad. Esto ha sucedido en tan breve tiempo que ni el mismo capitalismo está preparado para seguir creyéndose sus postulados. El mundo va a la deriva, como nunca antes, con una población cada vez más entremezclada e interconectada que ya supera las ocho mil millones de personas.

Lo que hemos vivido en los últimos treinta años ha sido espectacular, algo que ni los científicos sociales ni los filósofos morales estaban preparados a explicar. Santo Tomás de Aquino y los escolásticos prepararon las mentes y las voluntades para la Edad Media; Descartes y Copérnico iluminaron el advenimiento de la Revolución Industrial, en tanto Hegel, Marx y Nietzsche nos desvelaron al hombre de la era capitalista. Siempre los filósofos anunciaban los nuevos paradigmas. ¿Pero ahora? ¿Quién se atreve a suponer cómo será el mundo en los próximos cincuenta o cien años? Los nuevos paradigmas no tienen pregoneros.

Feminismo, derechos de los homosexuales, veganismo, clonación, muerte asistida, interconectividad digital, fronteras de plastilina, políticos apolíticos, son apenas la punta de lanza de las nuevas realidades.

¿Hubiese querido nacer en otra época? ¿En una época sin sobresaltos? No. Me gusta la era donde nací. Solo espero tener la oportunidad de ver algún cambio de paradigma pronto, para irme tranquilo a tocar el arpa sobre una nube color pastel.

Gratitud

Por Edgard E. Murillo

Ayer recordé la tarde que Ana Sofía me saludó en los jardines de la Universidad Centroamericana hace veintitantos años. Yo estaba sentado en una banca frente al estacionamiento, cerca de la fuente, cuando advertí que ella leía un libro en la banca contigua. Un par de veces antes la había visto deambular en las aulas de la facultad, donde en horas vespertinas se impartían clases de inglés, en las que me había matriculado para aprovechar los tiempos libres.

Esa tarde Ana Sofía llevaba puesto un camisolín blanco, un jean ajustado y unas botas de tacón. Por maquillaje únicamente tenía un labial de tono oscuro, entre rojo y azul, y en la muñeca izquierda sobresalía una pulsera de tela que empezaba a deshilacharse.

— Hola— me dijo.— ¿Es cierto que mañana no hay clases?

Vi que ella también sostenía entre sus manos un libro de inglés, nivel III, de la edición de la BBC.

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Amigos post mortem

Por Edgard E. Murillo

Dos días después de haberme muerto, en medio de un gentío que hacía un ruido perturbador, por fin pude ver a una persona que me pareció conocida. Se trataba de un hombre viejo sentado a la orilla de un camino engramado, absorto en la lectura de un libro, el cual sostenía con cuidado para que las hojas no volaran de sus manos. Yo había advertido en aquel hombre el día de mi llegada, pero deben comprender que cuando uno se muere por primera vez hay cosas más importantes que adivinar las generales de ley de otro muerto. Tenía pinta de rabino, o más bien, de barquero medieval, aunque sus manos eran delicadas, propias de un monje o de un pulidor de lentes, como las debió haber tenido Spinoza. Llevaba una barba poblada, entrecana, y un lápiz afilado sobresalía de su traje color café apagado. Me acerqué a él para estar seguro de mis sospechas; de perfil y de frente era igualito al filósofo de Tréveris. Cuando estuve lo suficientemente cerca le dije:

— Disculpe, ¿Es usted herr Karl Marx?

El hombre levantó la vista y usó el índice como separador de página.

— Sí, soy yo. ¿Qué desea? Sigue leyendo

Cuando los ojos no lo son todo

Por Edgard E. Murillo

Últimamente he estado pensando en algunos efectos producidos por la pandemia que nos azota. Uno de ellos consiste en la alteración de las relaciones interpersonales, las que, si ya estaban mal, la irrupción del Covid-19 las puso peor, acelerando los desenlaces. Esto queda expresado en el índice elevado de divorcios que ha generado el confinamiento en algunos países como España o Corea del Sur, donde los cónyuges han contratado abogados “de raza” para que, tan pronto se relaje la cuarentena, corran a los juzgados a presentar las demandas que los libere supuestamente de la angustia y la desesperación. En Nicaragua, por el contrario, la tasa de separaciones y divorcios más bien tiende a la baja, no por brotes espontáneos de amor o de afanes reconciliatorios, sino por causas menos sublimes, como lo es la falta de ingresos para sostener decentemente las pensiones de alimentos.

Aparte del descalabro de las parejas, en su momento aficionadas al amor eterno, hay otras consecuencias del coronavirus que también son alarmantes; verbigracia, la degradación moral de algunas personas para llevar agua a su molino (Supe de un fulano que intentó infructuosamente entrar a la sala de cuidados intensivos del Hospital Militar para arrancarle la firma a su padre moribundo y quedarse con la propiedad familiar). Sigue leyendo

Añoranzas prehistóricas

Por Edgard E. Murillo

La noche reclama en exclusividad la realización de ciertas ceremonias que durante el día no serían del todo aprovechables, sea por falta de tiempo o por insuficiencias del estado de ánimo. Una de ellas es disfrutar de nuestra música preferida, pero no a través de potentes parlantes Hi-fi, sino en un pequeño radio, a merced de la antojada programación preestablecida en estos tiempos de consolas digitales. Claro, a veces uno quiere ir a lo seguro y escoge las canciones atendiendo la desesperación por escuchar alguna en concreto, la que tercamente se ha instalado por horas en la cabeza y que solamente escuchándola se puede salir de ella. Sin embargo, si hace buen clima y el día estuvo jodido, no hay nada mejor que buscar amparo nocturno y abandonarse a las cosas que nos brindan agrado. Sigue leyendo