El vecino del lindero oeste

Por Edgard E. Murillo

Quisiera pensar lo contrario, pero mi vecino del lindero oeste no deja de comportarse de modo extraño. Sin duda se trata del morador más distante y evasivo que yo haya conocido jamás, pues es de las personas que esconde el rostro y mutila las palabras, tal si fuera ex agente secreto de un país caído en desgracia. Es muy difícil buscar momentos para encontrarse con él, ni siquiera en aquellos donde la conversación resultaría inevitable, verbigracia en casos de temblores de tierra o chisporroteos en el tendido eléctrico. Vean que no exagero: el domingo hubo un eclipse lunar y el susodicho no tuvo la molestia de salir a asomarse a su patio, colindante con el mío, y eso que yo lo vi fumando bajo el alero que protege el lavandero, ubicado en la pared externa de su vivienda. Sigue leyendo

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Por el Año Nuevo

Por Edgard E. Murillo

Mañana estrenamos calendario. Pese a que todos vivimos el día-a-día, en el trayecto existencial en que coincidimos las más dispares naturalezas y temperamentos, nos entusiasman los comienzos porque traen consigo el atractivo de la novedad y los buenos propósitos. Todos deseamos que el año venidero realmente sea “el nuestro”, donde cumplamos lo que dejamos pendientes o que encontremos lo que anduvimos buscando, sea salud, dinero o amor, en la medida de cada necesidad. Por eso cuando exclamamos “Feliz Año Nuevo” lo decimos en buena parte para nosotros mismos, con la intención de que nuestro anhelo se vuelva contagioso y expansivo.

El Barco Azul se suma a los bienintencionados deseos de Año Nuevo, porque no podemos desear algo menos que la felicidad. Sin embargo, Nicaragua, el país donde me tocó nacer, recibe el cambio de calendario sacudida por otra de sus encrucijadas históricas, como si de una maldición se tratara. Cuando deberíamos estar empeñados en crear, producir y crecer, nuevamente estamos atascados por causas políticas, repitiendo los discursos blanquinegros del siglo veinte y zahiriéndonos entre hermanos. En tres palabras: la seguimos embarrando. Sigue leyendo

Tres amigos

Por Edgard E. Murillo

OLAFO

Olafo me puso un mensaje diciéndome que estaba en la “Casa de Dos Pisos”, y como soy fácil de convencer, decidí acompañarlo un rato. Me gusta hablar con él porque los temas se suceden como ráfagas de viento y siempre aprendemos algo que merece ser ampliado, sea por simple curiosidad o porque nos importe demasiado. Confluimos en los mismos gustos por el cine, los Beatles (es todo un especialista en el tema) y el Derecho. En este último aspecto nos hacemos consultas sobre casos judiciales espinosos y anticipamos las posibles reformas legislativas.

A pesar que no nos vemos con la frecuencia de antes, cuando fijamos hora y lugar de reunión llegamos puntuales. Casi siempre a continuación del apretón de manos, Olafo me dice: “Hermanitó, ¿qué te parece este documento?”. Me da a leer el escrito de su contraparte en un juicio civil y me río cuando advierto los malabares argumentativos y las faltas de ortografía, entonces él saca a relucir una de sus tantas frases favoritas: “No es que seamos inteligentes ¡sino que litigamos contra majes más brutos que nosotros!”; estalla la carcajada y entramos a analizar el curso del litigio y la personalidad del juez que lo tramita; yo saco una hoja de papel y trazo la “línea procesal”, y en la tercera ronda de cervezas tenemos el caso resuelto; entonces Olafo guarda sus documentos y me dice: “Hermanitó, ahora hablemos de cosas serias”, hace una pausa y grita golpeando la mesa con el puño: “¡Hablemos de mujeres!” Sigue leyendo

Un loco sueño (Ni tan loco ni tan sueño)

Por Edgard E. Murillo

La madrugada de ayer soñé que mi país no se llamaba Nicaragua, sino que el territorio triangular que tantas veces dibujé de niño estaba ocupado por dos países. El sueño seguramente fue el corolario de una idea que comenté en otro post, donde expresé que a lo mejor el origen de nuestras discordias domésticas se debía al hecho que los españoles habían fundado dos ciudades, León y Granada, relativamente a poca distancia la una de la otra. Sin embargo, esta vez el sueño me mostró gráficamente el resultado de aquel comentario: vi el mapa de Nicaragua partido a la mitad, separando dos repúblicas independientes. La nación del norte estaba integrada por la geografía de los departamentos de Chinandega, Madriz, Nueva Segovia, Estelí, Jinotega, Matagalpa, Managua, León y la Región Autónoma del Caribe Norte; y la nación del sur la conformaban los departamentos de Masaya, Carazo, Granada, Rivas, Boaco, Chontales, Río San Juan y la Región Autónoma del Caribe Sur. Cuando desperté dibujé el mapa. El país de arriba se llamaba Chorotega y el de abajo Nagrandana. Sigue leyendo

Agradecimientos

Por Edgard E. Murillo

Dar gracias es una de las cosas sabrosas de la vida; es como una liberación cuasi física que no debemos desaprovechar cuando se presenta la oportunidad. La gratitud, en tanto reconocimiento por la acción realizada por una persona a favor de otra, incluso en beneficio de terceros, es considerada como una virtud. Contrario sensu, ser ingrato o mal agradecido es un comportamiento que exige el más enérgico reproche social y moral.

Son muchas las personas a quienes tenemos que agradecer. Dispongámonos a hurgar en la memoria los momentos en que fuimos destinatarios de algún gesto que tuvo efectos positivos, satisfactorios o de impacto en nuestras vidas. Nos daremos cuenta que somos lo que somos en buena medida por los favores recibidos. Sigue leyendo

¿Se murió el socialismo?

Por Edgard E. Murillo

Supe del término socialismo cuando de niño me regalaron un mapamundi envuelto en una esfera sostenida por una pata de gallina. Allí aparecía, montado sobre la China y coronado por el Polo Norte, un país gigante cuyo nombre, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, parecía más bien un trabalenguas. Yo sabía que los rusos estaban mandando hombres al espacio, en competencia con los Estados Unidos, pero todavía, a mis diez años, no lograba entender que los soviéticos eran los mismos rusos. Occidente nunca quiso que nos acostumbráramos a decirle soviéticos a los rusos, mucho menos a los ucranianos o bielorrusos, talvez porque el ruso era el idioma que campeaba en los negocios y en el ejército, de manera tal que ni Rudolf Nuréyev ni José Stalin eran soviéticos, sino que eran, sencillamente y para todos los efectos, rusos.    Sigue leyendo

Yo también soy Stone

Por Edgard E. Murillo

La música pop, a como se le conoce hoy en día, surgió a inicio de los años sesenta en el Reino Unido, siendo el resultado de una feliz mezcolanza de rock, góspel, jazz y el R&B. Si bien, en tanto producto comercial, el pop (contracción de popular music) debía de cumplir ciertos parámetros predefinidos por la industria discográfica, los arreglos y temáticas cada vez más audaces lo fueron convirtiendo en una plataforma socio-cultural que trascendió el viejo continente. Las Grandes Bandas ya no sonaban en los salones y la generación nacida de las últimas bombas de la Segunda Guerra Mundial quería hacer valer sus talentos de manera distinta, con guitarras eléctricas emitiendo sonidos amplificados. Sigue leyendo

Los indeseables

Por Edgard E. Murillo

Por varios años estuve dorando la idea de hacer una lista de asistencia para mi funeral. Pensaba que así como escogemos a los amigos para invitarlos a un bautizo o una fiesta de cumpleaños, de igual manera debíamos seleccionar algunos conocidos en ocasión de nuestro últimos adiós (Eso de “último adiós” me suena absurdo, porque uno ya muerto no hay adiós que interese); solo que en este caso la escogencia no sería para que concurrieran a las honras fúnebres, sino para prepararles un escarmiento en caso que llegaran. Sigue leyendo

Vuelos nocturnos

Por Edgard E. Murillo

Todas las noches, a las diez con veinte minutos, un avión cruza el cielo de mi patio. Lo descubrí la noche que salí a regar las plantas de menta y canela que había sembrado en horas de la mañana. Las observaciones hechas durante la infancia me enseñaron que en vano se busca la fuente del ruido, pues los turborreactores van dejando el rugido en la panza del cielo de forma intermitente, así que cuando creemos que la aeronave está a la izquierda del cenit, seguramente ya se ha ocultado en el muro del vecino.

Pero esa noche ubiqué el avión a la primera; venía del noroeste con dirección al sureste, por lo que, considerando su altitud, supuse que venía de El Salvador y se dirigía a Costa Rica. Cuando lo perdí de vista me propuse indagar si pasaba regularmente a la misma hora, o si se trataba de una excepción, de un capricho del piloto para mostrar a los pasajeros cómo reposa Managua en las costillas del Xolotlán. Sigue leyendo

Lo que está pa´ti

Por: Edgard E. Murillo

Como responde la conocida canción: nadie te lo quita. No me digan que no, porque eso sucede más de lo que creemos. En mi caso, para no ir muy lejos, pongo dos ejemplos palpables. El primero aconteció hará unos catorce años. Andaba de compras en el supermercado La Colonia frente a la rotonda Centroamérica; no recuerdo lo que buscaba, talvez cereal de trigo o Gerber para mi hijo que estaba bebé, o queso mozarela para mis antojos matutinos. Antes de pasar por caja me entretuve en la sección de libros y discos compactos por el puro placer de hacerme agua la boca. Allí me quedé un buen rato, de pie, con la esperanza de encontrar algo que fuese interesante, y sobre todo, barato. Eché un vistazo a un  libro gordo de pasta dura color amarillo que contenía artículos cinéfilos escritos por Gabriel García Márquez en sus años mozos, pero como andaba escaso, hice la promesa de recoger dinero para comprarlo en Navidad. Luego, siguiendo la rutina que hacía cada vez que visitaba ese lugar, pasé a los estantes de los discos, donde estaban agrupados por género. En la canasta de rock clásico, mis ojos que no son grandes se abrieron como chibolas cuando descubrí un disco de Los Kinks. Sigue leyendo