Yo también soy Stone

Por Edgard E. Murillo

La música pop, a como se le conoce hoy en día, surgió a inicio de los años sesenta en el Reino Unido, siendo el resultado de una feliz mezcolanza de rock, góspel, jazz y el R&B. Si bien, en tanto producto comercial, el pop (contracción de popular music) debía de cumplir ciertos parámetros predefinidos por la industria discográfica, los arreglos y temáticas cada vez más audaces lo fueron convirtiendo en una plataforma socio-cultural que trascendió el viejo continente. Las Grandes Bandas ya no sonaban en los salones y la generación nacida de las últimas bombas de la Segunda Guerra Mundial quería hacer valer sus talentos de manera distinta, con guitarras eléctricas emitiendo sonidos amplificados. Sigue leyendo

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Los indeseables

Por Edgard E. Murillo

Por varios años estuve dorando la idea de hacer una lista de asistencia para mi funeral. Pensaba que así como escogemos a los amigos para invitarlos a un bautizo o una fiesta de cumpleaños, de igual manera debíamos seleccionar algunos conocidos en ocasión de nuestro últimos adiós (Eso de “último adiós” me suena absurdo, porque uno ya muerto no hay adiós que interese); solo que en este caso la escogencia no sería para que concurrieran a las honras fúnebres, sino para prepararles un escarmiento en caso que llegaran. Sigue leyendo

Vuelos nocturnos

Por Edgard E. Murillo

Todas las noches, a las diez con veinte minutos, un avión cruza el cielo de mi patio. Lo descubrí la noche que salí a regar las plantas de menta y canela que había sembrado en horas de la mañana. Las observaciones hechas durante la infancia me enseñaron que en vano se busca la fuente del ruido, pues los turborreactores van dejando el rugido en la panza del cielo de forma intermitente, así que cuando creemos que la aeronave está a la izquierda del cenit, seguramente ya se ha ocultado en el muro del vecino.

Pero esa noche ubiqué el avión a la primera; venía del noroeste con dirección al sureste, por lo que, considerando su altitud, supuse que venía de El Salvador y se dirigía a Costa Rica. Cuando lo perdí de vista me propuse indagar si pasaba regularmente a la misma hora, o si se trataba de una excepción, de un capricho del piloto para mostrar a los pasajeros cómo reposa Managua en las costillas del Xolotlán. Sigue leyendo

Lo que está pa´ti

Por: Edgard E. Murillo

Como responde la conocida canción: nadie te lo quita. No me digan que no, porque eso sucede más de lo que creemos. En mi caso, para no ir muy lejos, pongo dos ejemplos palpables. El primero aconteció hará unos catorce años. Andaba de compras en el supermercado La Colonia frente a la rotonda Centroamérica; no recuerdo lo que buscaba, talvez cereal de trigo o Gerber para mi hijo que estaba bebé, o queso mozarela para mis antojos matutinos. Antes de pasar por caja me entretuve en la sección de libros y discos compactos por el puro placer de hacerme agua la boca. Allí me quedé un buen rato, de pie, con la esperanza de encontrar algo que fuese interesante, y sobre todo, barato. Eché un vistazo a un  libro gordo de pasta dura color amarillo que contenía artículos cinéfilos escritos por Gabriel García Márquez en sus años mozos, pero como andaba escaso, hice la promesa de recoger dinero para comprarlo en Navidad. Luego, siguiendo la rutina que hacía cada vez que visitaba ese lugar, pasé a los estantes de los discos, donde estaban agrupados por género. En la canasta de rock clásico, mis ojos que no son grandes se abrieron como chibolas cuando descubrí un disco de Los Kinks. Sigue leyendo

Pro-recuerdos

Por Edgard E. Murillo

Hay recuerdos que lo persiguen a uno a través de los años, recuerdos que llevan encapsuladas promesas, como tatuajes que solo se revelan en circunstancias de tensión o de evocación inducida, y que, sin darnos cuenta, fueron pieza importante para consolidar nuestra personalidad. En la generalidad de los casos, este tipo de recuerdos no son de aquellos que solemos compartir en una mesa con amigos, pues, entre otras cosas, no contaron con testigos de vistas u oídas. Si fuese el caso de recordar lo que sentí en determinado momento el asunto no sería complicado. Pero lo que voy a relatar en seguida se trata de un recuerdo de pensamiento, algo que pensé hace más de tres décadas, y que ahora, a raíz de los difíciles acontecimientos en mi país, ha aparecido insistentemente en mi radar emocional. Sigue leyendo

Contando estrellas

Por Edgard E. Murillo

Salgo a respirar el aire de la noche en busca de equilibrio interior. Las estrellas, errantes y autosuficientes, esquivan las nubosidades que se deslizan hacia el suroeste, en la inmensidad colosal que nos cohíbe. Ya el filósofo advertía que solo hay dos cosas de verdadera admiración: el cielo estrellado y la ley moral que debe existir dentro de nosotros. —Filosofía, ay, una especie de poesía sin la culpa de la pedantería. Sigue leyendo

Mundiales con olor a pólvora

Por Edgard E. Murillo

Gracias a un abogado y árbitro de fútbol francés llamado Jules Rimet, cada cuatro años al mundo le da por patear una pelota. Como tercer presidente de la FIFA, Rimet internacionalizó el deporte del gol, organizando durante su administración cinco copas del mundo, mérito por el que estuvo a punto de ser galardonado con el Premio Nobel de la Paz, pero la muerte lo alcanzó en 1956 a los 83 años de edad. Sigue leyendo

Cuando el amor llega así (de esa manera)

Por Edgard E. Murillo

Dicen que las parejas que conviven por largo tiempo terminan configurando una entidad bastante interesante; que la creación de rituales compartidos los hace no solo adquirir guiños y expresiones similares, sino parecerse el uno con el otro hasta el punto que podría decirse que son dos hermanos que han morado bajo el mismo techo. Este tipo de relaciones que desafían el tiempo son cada vez más escasas y talvez por ello vemos deambular descaradamente a tantas parejas disparejas que más bien son arquetipos de algún relato de terror fantástico. Sigue leyendo

Una pequeña reflexión

Por Edgard E. Murillo

La tarde de ayer iba conduciendo sobre el By-pass, también conocido como Pista de la Resistencia, una circunvalación adoquinada que todavía funciona como efectivo desagüe vehicular, cuando el semáforo situado frente de la ferretería Tobie se puso en rojo. Dado el ambiente parecidamente insurreccional que impera en el país, recordé que a media cuadra de ese sitio, el dos de julio de 1979, una familia bondadosa acogió a la mía mientras huíamos del bombardeo de la guardia de Somoza. Pasamos tres días en espera que cesara el ataque de los morteros y cañones sobre las viviendas; sin embargo, en un necio arrebato del destino, igualmente nos tocó sufrir el pánico del estrépito de las bombas, esta vez lanzadas desde los aviones. En el patio de la casa habían cavado un gran refugio donde nos zambullíamos cada vez que el avión push-pull se venía en picado sobre nosotros, en tanto los chavalos apostados en la barricada del puente Larreynaga descargaban sus rifles y pistolas en contra de aquel asesino volador. El semáforo se puso en verde y repetí para mis adentros la pregunta que martilla mi cabeza desde el 18 de abril. ¿Cuándo será que tendremos veinte años continuos de paz? Sigue leyendo

Pequeños relatos coyunturales

Por Edgard E. Murillo

ENGAÑOS

Alfonso Ruiz iba conduciendo su Hyundai Accent cuando le salieron al paso cuatro estudiantes encapuchados. Uno de ellos, mortero en mano, le dijo que para dónde se dirigía. A la Upoli, contestó. Alfonso estiró los cachetes dibujando una sonrisa, de esas que dicen tranquilo que no soy peligroso. Los encapuchados le indicaron que continuara su rumbo por una callejuela y que luego girara a la derecha. Pero Alfonso Ruiz desde pequeño había tenido dificultades para diferenciar la derecha de la izquierda, a menos que se viera las manos y se repitiera “Esta es la izquierda y esta la derecha”, algo que por vergüenza no hizo delante de los que le habían señalado la ruta a seguir. Alfonso giró a la izquierda creyendo que era la derecha, donde se encontró con una barricada desde la cual le arrojaron piedras de variado calibre. Con el parabrisas roto y abolladuras en el capó, Alfonso Ruiz, al ser preguntado por el infortunio, contestó entre lágrimas: “De ahora en adelante, a mí la derecha no me engaña”. Sigue leyendo