He soñado que soñaba

Por Edgard E. Murillo

La casa volteada

Soñé que mi casa era la misma casa pero en lugar ajeno, donde en vez de bajar hacia el portón, que era lo esperado dada la inclinación topográfica, el agua pluvial corría hasta detenerse en un remolino al pie de un Guanacaste blanco. Un ladrón se metió al terreno y llamé a los perros, los que no acudieron porque, como dije, el lugar era ajeno y de seguro no había perros. Era de noche pero el cielo estaba tapizado de nubes color naranja que daban la impresión de ser lava ardiente o cortinas de cajeta derretida. Vi al ladrón tratar de abrir la ventana principal de la sala, levanté en alto un bate de beisbol, grité y el malandro huyó. Corrí tras de él unos cien, doscientos, trescientos, cuatrocientos metros, pero ni el ladrón ni yo podíamos salir de la propiedad porque el portón se alejaba en la medida que nos acercábamos al perímetro. Cuando volví la vista, la casa, mi casa, tenía formas diferentes, era casi la misma, solo que de revés. Las ventanas estaban cubiertas de enredaderas que salían del techo, las puertas no tenían cerraduras y algunos cuadros y adornos estaban colgados en las paredes exteriores, las que estaban sin pintar. Quise entrar por la parte trasera, pero en ese punto me vi a mí mismo, a dos metros de distancia, blandiendo un bate de beisbol, con los ojos inyectados de sangre y con toda la intención de quebrarme la vida. Sigue leyendo

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La Tierra es azul

Por Edgard E. Murillo

A veces necesitamos salir de nuestro ángulo de observación para darnos cuenta que la vida importa y vale más que nuestros prejuicios metamorfoseados de ideología. Venimos a este mundo sin malas intenciones encima, pero la adultez nos hace tomar distancia, precisamente, de la empatía, el buen tino y la solidaridad humana, todo gracias al bombardeo de información que recibimos desde la familia, la escuela y los mass media, que generalmente digerimos de forma acrítica y apresurada. Analizamos o creemos entender los problemas circundantes sin previa constatación, ponderación o comparación, pero lo más grave es cuando llegamos a conclusiones inmutables atendiendo motivos de conveniencia, haraganería, malevolencia o porque así lo dice un libro, una consigna o un líder. Sigue leyendo

El retorno del tiempo

Por Edgard E. Murillo

Hace poco más de 10 mil millones de años el universo, cansado de tanto apretujamiento, estalló violentamente creando el espacio y el tiempo. De alguna manera todos, usted y yo, el cangrejo y un copo de nieve, tenemos la misma edad porque contenemos moléculas que solo se han ido transformando en el transcurrir de los siglos. Somos lo que se dice, polvo de estrellas.

Es cuecho de cantina entre los astrofísicos que posiblemente el universo colapse dentro de miles de millones de años, cuando la fuerza gravitacional originada por el Big Bang sea tan débil que origine un retroceso estelar hasta el punto de origen (Big Crunch); en ese caso, la singularidad del espacio-tiempo tendría consecuencias desconocidas. Aunque la mayoría de expertos se apunta por la expansión permanente ad infinitum, simpatizo más con la primera hipótesis, ya les voy a decir por qué: Si la expansión del universo se detiene en algún punto y empieza una contracción de todas las galaxias, significaría (digo yo) que el tiempo viajaría en sentido inverso, o sea que volvería por sus pasos. ¿Verdad que es fascinante? Sigue leyendo

Un día en la vida

Por Edgard E. Murillo

El día no empieza cuando despunta la claridad del cielo, inicia la noche anterior, en el momento en que pensamos lo que haremos la mañana siguiente. No se anuncia con el canto de los gallos, sino con el taladro chirriante de los grillos que trasnochan los sueños y que  entierran los demás murmullos de la noche. El nuevo día es un presagio feliz de la negrura de la noche que se disipa, que agita las intenciones y emociones que llevamos a la cama; como quien dice que cada amanecer pone a prueba las ranuras de la memoria y la seriedad de los prometimientos.

Suena el despertador, cuyo ringtone no recuerdo si me piden imitarlo, pero que diez para las cinco antes meridiano soy capaz de discriminar de los demás ruidos electrónicos que divierten, azotan y delatan nuestra posmoderna existencia. Estiro la mano y apago la alarma, verifico la hora en el reloj luminoso que está sobre el gavetero de formica y hago un par de movimientos gatunos. Es cuando me doy cuenta de la algarabía de pájaros y el rumor de la mañana. Enciendo la lámpara, no para orientarme, sino para confirmar que lo que dejé sobre la mesa de noche está en su sitio. El libro con el separador asomándose un par de centímetros, el cargador conectado al celular, el amplificador del blutú en espera de la música matutina, mis lentes de lectura. Confirmado: no existen duendes ni fantasmas que hagan de las suyas. Sigue leyendo

Gazapos universitarios

Por Edgard E. Murillo

Sin duda la universidad, aparte de ser fuente postrera de conocimiento formal, donde se cimentan (o desbarrancan) las vocaciones, es el lugar donde surgen y se cultivan amistades de larga duración, acaso por la cantidad de anécdotas de las que fuimos partícipes, directa o tangencialmente, por mera casualidad del destino.

Las anécdotas que experimentan mayor resistencia contra el olvido son las que por su naturaleza nos causaron risa y relajamiento, como las que me permito contarles en esta entrada, asumiendo desde luego que los protagonistas, actualmente abogados en ejercicio, sabrán entender que sin humor estamos jodidos todos ustedes.

La primera historia fue protagonizada por mi amigo el Sordo la tarde que confundió las aeronaves con el ganado vacuno, pero no un ganado vencido por la fuerza de la gravedad, sino uno volador, como el cerdito del álbum de Pink Floyd, y la segunda historia ocurrió durante una prueba con el profesor Calpulli, cuando yo aun no me sabía los nombres de los demás alumnos. Por fortuna cuento con buena memoria para las cosas que me agradaron en su momento, no así para aquellas que me causaron molestia, enfado o decepción. Además, para los tiempos en que vivimos, nada mejor que mantener viva una sonrisa: no vaya a ser que por amargados adquiramos alguna enfermedad, de esas propias de los porteros de hospital jubilados o de las que padecen los pecadores arrepentidos. Sigue leyendo

Sin testigos

Por Edgard E. Murillo

Hoy por la mañana la televisión local pasó un trozo de un antiguo video musical de Kiss y recordé lo que siempre recuerdo cada vez que lo veo; me refiero al susto que me llevé una tarde de junio o julio de 1979 en el cine Linda Vista, mientras esperaba la función de estreno. Apenas apagaron las luces, en vez de pasar las escenas de las próximas películas, supongo porque no había certeza de conseguirlas considerando la convulsa situación del país, los pocos que estábamos en la sala tuvimos la fortuna de presenciar dos canciones de los pintarrajeados, una de ellas salida pocas semanas antes: la pegajosa I was made for lovin´ you. No tengo idea de cómo el dueño del cine consiguió las cintas para correrlas en los proyectores, pero ahí estaba yo, embobado y eufórico, con doce años de edad, disfrutando de una de mis bandas favoritas. Era como estar en un concierto de rock en vivo y a todo color (literalmente “a todo color”, porque en mi casa teníamos un televisor en blanco y negro), con la gente aplaudiendo y gritando de la emoción. Estaba el gato Peter Criss cantando Hard Luck woman cuando alguien desde la calle lanzó una bomba de contacto contra la puerta lateral derecha, cerca de la pantalla. La explosión fue tan fuerte que zarandeó la puerta de metal, ocasionando que los que estábamos en la sala saliéramos despavoridos por las puertas del lobby. Quedó en el suelo mi bolsa entera de palomitas de maíz y una coca cola servida en un vaso de plástico aguado que también decía coca cola. He preguntado a los de mi generación y a otros mayorcitos si fueron testigos alguna vez de las canciones de Kiss que pasaban en el cine Linda Vista y solamente uno de ellos me dijo que sí las presenció, pero que no estaba el día que tiraron la bomba. Sigue leyendo

El vecino del lindero oeste

Por Edgard E. Murillo

Quisiera pensar lo contrario, pero mi vecino del lindero oeste no deja de comportarse de modo extraño. Sin duda se trata del morador más distante y evasivo que yo haya conocido jamás, pues es de las personas que esconde el rostro y mutila las palabras, tal si fuera ex agente secreto de un país caído en desgracia. Es muy difícil buscar momentos para encontrarse con él, ni siquiera en aquellos donde la conversación resultaría inevitable, verbigracia en casos de temblores de tierra o chisporroteos en el tendido eléctrico. Vean que no exagero: el domingo hubo un eclipse lunar y el susodicho no tuvo la molestia de salir a asomarse a su patio, colindante con el mío, y eso que yo lo vi fumando bajo el alero que protege el lavandero, ubicado en la pared externa de su vivienda. Sigue leyendo

Por el Año Nuevo

Por Edgard E. Murillo

Mañana estrenamos calendario. Pese a que todos vivimos el día-a-día, en el trayecto existencial en que coincidimos las más dispares naturalezas y temperamentos, nos entusiasman los comienzos porque traen consigo el atractivo de la novedad y los buenos propósitos. Todos deseamos que el año venidero realmente sea “el nuestro”, donde cumplamos lo que dejamos pendientes o que encontremos lo que anduvimos buscando, sea salud, dinero o amor, en la medida de cada necesidad. Por eso cuando exclamamos “Feliz Año Nuevo” lo decimos en buena parte para nosotros mismos, con la intención de que nuestro anhelo se vuelva contagioso y expansivo.

El Barco Azul se suma a los bienintencionados deseos de Año Nuevo, porque no podemos desear algo menos que la felicidad. Sin embargo, Nicaragua, el país donde me tocó nacer, recibe el cambio de calendario sacudida por otra de sus encrucijadas históricas, como si de una maldición se tratara. Cuando deberíamos estar empeñados en crear, producir y crecer, nuevamente estamos atascados por causas políticas, repitiendo los discursos blanquinegros del siglo veinte y zahiriéndonos entre hermanos. En tres palabras: la seguimos embarrando. Sigue leyendo

Tres amigos

Por Edgard E. Murillo

OLAFO

Olafo me puso un mensaje diciéndome que estaba en la “Casa de Dos Pisos”, y como soy fácil de convencer, decidí acompañarlo un rato. Me gusta hablar con él porque los temas se suceden como ráfagas de viento y siempre aprendemos algo que merece ser ampliado, sea por simple curiosidad o porque nos importe demasiado. Confluimos en los mismos gustos por el cine, los Beatles (es todo un especialista en el tema) y el Derecho. En este último aspecto nos hacemos consultas sobre casos judiciales espinosos y anticipamos las posibles reformas legislativas.

A pesar que no nos vemos con la frecuencia de antes, cuando fijamos hora y lugar de reunión llegamos puntuales. Casi siempre a continuación del apretón de manos, Olafo me dice: “Hermanitó, ¿qué te parece este documento?”. Me da a leer el escrito de su contraparte en un juicio civil y me río cuando advierto los malabares argumentativos y las faltas de ortografía, entonces él saca a relucir una de sus tantas frases favoritas: “No es que seamos inteligentes ¡sino que litigamos contra majes más brutos que nosotros!”; estalla la carcajada y entramos a analizar el curso del litigio y la personalidad del juez que lo tramita; yo saco una hoja de papel y trazo la “línea procesal”, y en la tercera ronda de cervezas tenemos el caso resuelto; entonces Olafo guarda sus documentos y me dice: “Hermanitó, ahora hablemos de cosas serias”, hace una pausa y grita golpeando la mesa con el puño: “¡Hablemos de mujeres!” Sigue leyendo

Un loco sueño (Ni tan loco ni tan sueño)

Por Edgard E. Murillo

La madrugada de ayer soñé que mi país no se llamaba Nicaragua, sino que el territorio triangular que tantas veces dibujé de niño estaba ocupado por dos países. El sueño seguramente fue el corolario de una idea que comenté en otro post, donde expresé que a lo mejor el origen de nuestras discordias domésticas se debía al hecho que los españoles habían fundado dos ciudades, León y Granada, relativamente a poca distancia la una de la otra. Sin embargo, esta vez el sueño me mostró gráficamente el resultado de aquel comentario: vi el mapa de Nicaragua partido a la mitad, separando dos repúblicas independientes. La nación del norte estaba integrada por la geografía de los departamentos de Chinandega, Madriz, Nueva Segovia, Estelí, Jinotega, Matagalpa, Managua, León y la Región Autónoma del Caribe Norte; y la nación del sur la conformaban los departamentos de Masaya, Carazo, Granada, Rivas, Boaco, Chontales, Río San Juan y la Región Autónoma del Caribe Sur. Cuando desperté dibujé el mapa. El país de arriba se llamaba Chorotega y el de abajo Nagrandana. Sigue leyendo