Polvos atípicos

Por Edgard E. Murillo

IRRELEVANCIAS

Un amigo me contó hace poco que durante el cierre de campaña electoral que hizo el gobierno en mil novecientos noventa, en la revoluta de consignas, guaro y banderas, conoció a una muchacha con quien terminó romanceando justamente debajo de la tarima principal. “Se llamaba Ana Sirias”, me dijo. “Recuerdo su nombre porque lo repetí varias veces para que no se me olvidara”. Dudé de esa confesión porque yo conozco todas las correrías de mi amigo, así como él las mías, y nunca me había relatado ese episodio de tinte político-partidario. Cuando hice el reclamo correspondiente, me contestó: “No te lo había contado porque ese fue un polvo no relevante”. De la misma manera que mi amigo repitió el nombre de Ana Sirias para que no se le olvidara, yo quedé insistiendo la expresión “polvo no relevante”, todo para encontrarle algún sentido, si caso lo tiene en el ámbito de las relaciones interpersonales. Le dije a mi amigo: ¿Creés que haya polvos no relevantes como para sacarlos de las listas de los polvos “oficiales”? Mi amigo me dijo: “Claro que sí, no jodás”. Entonces le pregunté: ¿Y no creés que vos podrías ser un polvo no relevante de alguien? Y él, después de quedarse callado unos minutos, contestó: “Fijate que la Ana Sirias tenía una sonrisa bien bonita”.

CUESTIONES INMOBILIARIAS

Estaba almorzando con unos amigos el día que José Mendoza, ex teniente del ejército, se me acercó para pedirme un consejo legal. Me relató que para los años ochenta había gestionado la compra de una casita en Villa Libertad, al oriente de la ciudad capital. Que como ya ganaba un salario más o menos decente, se había llevado a dicho inmueble a Carmen, una mujer pizpireta de caderas cilíndricas, quien trabajaba de civil en el Estado Mayor. Que para esas fechas lo mandaron a estudiar Tropas Generales a Cuba, por año y medio, y que cuando regresó encontró que Carmen había puesto la casa a su nombre gracias a la intersección carnal de un capitán de apellido Tinoco. Después de hacerle algunas preguntas, el ex teniente me dijo bien apesarado que un peregrino polvo le había quitado la casa, a lo que yo le dije que sí, que ese tipo de polvo era de aquellos que la doctrina jurídica llama “polvos inmobiliarios”, pero que talvez Carmen había sacado más provecho de lo que él se imaginaba. José Mendoza me quedó viendo con extrañeza. Suspiré y le dije: “Mirá hermano, si Carmen utilizó esa casa para conseguir préstamos, el polvo echado no fue solamente inmobiliario, sino que tuvo efectos hipotecarios”. Entonces vi cómo a José Mendoza se le llenaron los ojos de lágrimas.   

ENTERRAMIENTOS

Nadie podría imaginar que Silvia y Noel tenían como lugar de sus encuentros amatorios el cementerio occidental de Managua. La primera vez que reposaron sus cuerpos sobre una lápida fue cuando quedaron rezagados después de un funeral vespertino donde enterraban a la hermana de una amiga de Silvia. Verdad que Noel desde chavalo quería pelarle el ojo a la muerte “en su misma casa”, y que a Silvia no le daba miedo acostarse sobre las tumbas, considerando que una vez, en el último año de la década de los setenta, media hippie y media insurgente, había hecho el amor cerca del Puente El Edén (vaya nombre) en medio de una balacera de los mil demonios. Bueno, la historia es que el día que explotó Chernóbil, después del noticiero televisivo de las ocho, Silvia y Noel arribaron de la mano al cementerio con el propósito de reiterar la consumación del acto que los mantenía más unidos que un diputado a su curul. Encontraron una zanja, seguramente en espera de un cliente tempranero del siguiente día, y sin pensarla mucho se metieron en ella. En una maniobra sublime, Silvia se puso encima de Noel y le dijo que esa noche se moriría de placer antes de morirse de verdad. Noel intentó parpadear y sintió cómo Silvia se acomodaba en aquella incomodidad. Silvia reía porque Noel se quejaba del desnivel del fondo de la zanja cuando sintieron que un puñado de tierra caía sobre ellos. La primera reacción fue quedarse quietos, a lo mejor creyendo que aquello había sido un derrumbe natural, pero en seguida sintieron que una cantidad descomunal de tierra llovía sobre sus cuerpos semidesnudos. Silvia gritó (incumpliendo la promesa de no gritar aun en casos de miedo) y Noel se levantó, aparentemente, para impedir que otra palada de tierra cayera sobre ellos. Como la zanja no era muy honda, Noel saltó a la superficie con relativa facilidad, y en seguida llegó a su lado Silvia, con el brassier en una mano y una piedra en la otra. Arriba no había nadie. No había ningún ruido, ni siquiera los perros ladraban. Silvia le dijo a Noel: “Talvez fue un temblor”, pero cuando ella giró la cabeza, al percatarse de una estampida ligera, vio a Noel que saltaba un muro con las nalgas al aire, tal como si huyera de una mujer celosa que lo había cogido in fraganti con su mejor amiga.        

Segunda mitad

Por Edgard E. Murillo

Un día de estos, mientras conducía al trabajo oyendo una canción de KC & The Sunshine Band, recordé que cuando tenía once años tuve la experiencia de “verme” siendo un adulto. Puedo evocar exactamente el lugar y el momento donde gesté esa febril proyección: en casa de mi madrina Irma en Villa Don Bosco, viendo el último partido de Pelé, donde el rey se puso las camisetas del Cosmos de Nueva York y del Santos de São Paulo, para jugar cuarenta y cinco minutos con cada una de ellas. En el entretiempo del partido me vi de veintiséis años, casado por amor, o por algo parecido a eso, y propietario de un faro sobre una ensenada, contiguo a una estación de ferrocarril.  Aunque no tenía claro a qué me iba a dedicar para ganarme la vida, en la visión yo estaba satisfecho porque había asistido al Mundial de Fútbol de mil novecientos ochenta y seis, cuya sede obviamente para entonces yo desconocía.

Bajaba la cuesta de Asososca cuando aleatoriamente salió de mi playlist la canción Sandy, de John Travolta. Como si estuviera sentado en la butaca del cine, sentí nuevamente la emoción lacrimosa de cuando Danny Zuko implora a Sandy que se quede un rato más, que él está in misery (o sea, hecho mierda) y que sigue preguntándose por qué lo dejó. Trato de recordar porqué Sandy abandonó a Danny y me parece que el tipo le hizo un desplante muy grosero. Más adelante, frente donde fue la embajada americana, hay un embotellamiento, lo que aprovecho para saltar la canción que sigue porque no va con el espíritu de la mañana.     

El Mundial del ochenta y seis se realizó en México, pero la final no la vi en el estadio Azteca, sino en un auditorio semiabierto cerca de Ticuantepe. Algo no cuadra aquí, me dije. Creo que a partir de entonces empecé a darme cuenta que la vida no era la justa aliada que yo creía, sino una señora de piernas cruzadas que tejía trampas para el prójimo, y que a pesar de ello persistía en ser encantadora.

A la altura de la estatua de Montoya, mis reflexiones se profundizaron cuando sonó la canción More, More, More, de la ex actriz porno Andrea True. Pensé en cómo la vida nos envuelve en su remolino, sacudidos por ese capricho de Dios llamado azar, como decía Marguerite Yourcenar; y cómo la gente que vamos conociendo, en las diferentes vueltas y percances, nos va influenciando o marcando, tanto para imitarlas como para no parecernos del todo a ellas. Cavilé que atravesamos por situaciones que determinan, difieren o distorsionan nuestras historias personales, acontecimientos íntimos que laceran las emociones, como un duelo o el exilio, además de las tragedias colectivas, que en la mayoría de las veces nos convierten en caínes prepotentes, como pasa en las guerras y las revoluciones.

Cuando Patti Smith descargó su apasionada voz en Because the Night, pensé en cuánto del niño que fui quedó en el adulto que soy ahora. Saber si tengo todavía algún porcentaje de producto limpio surgido de mis sueños infantiles cobró mayor relevancia cuando Donna Summer gimió Down Deep Inside, tema de la película donde Jacqeline Bisset se negó a salir desnuda, pero ni falta que hizo. En seguida hice un recuento rápido de los acontecimientos más notables de mi vida, es decir, mis desgarros, triunfos, errores y satisfacciones que me han dado identidad; pero al inventariarlos dudé que la suma de ellos fuese garantía inequívoca para explicar el resultado de lo que soy hoy en día. Porque hay eventos, por ejemplo, que sin ser de los llamados “importantes” puede que hayan calado más con respecto a los que sí lo fueron. Hay amores “menores” que a lo mejor tuvieron mayor significancia de la que yo supuse que tenían. Talvez alguna de mis indecisiones no se deba tanto a miedos como a convencimientos malos o buenamente preconcebidos.  

Al arribar a mi destino, estaba terminando de sonar The Logical Song, de Supertramp, la que no pudo caer en mejor momento (“¡Por favor, decime quién soy!”). Casualidad o no, dejé correr un par de canciones en espera que fueran las ocho en punto. Bajé del carro y vi el cielo. El sol, inusualmente pálido, se escondía tras las nubes. Respiré hondo, abrí la puerta de la oficina y dije buenos días.

Resonaba en mi cabeza la última canción, una de Barry White, cuando me sentí nuevamente de once años, disfrutando del partido de despedida de Pelé, viéndolo correr con la camiseta del Santos sin lograr anotar como lo había hecho con la del Cosmos. Entonces, en ese preciso momento, escuché la voz de ese niño diciéndome que la vida es un juego único e irrepetible y que mi segundo tiempo apenas está comenzando.

Novedades abrileñas

Por Edgard E. Murillo

FELIPE

Después de tantos años de espera, murió el Príncipe de Edimburgo, consorte de Isabel II, la gruñona mandamás de Gran Bretaña, Irlanda del Norte y de la Commonwealth. Felipe llevó una vida, no de Rey, pero casi-casi. Se tomaba los lunes libres, dormía en cama-separada y bebía cerveza negra como los vikingos, además, tenía la coartada de decirle “mi reina” a Isabel sin que esta sospechara que estaba siendo zalamero o insincero.   

TITANIC

Se cumplieron 109 años de cuando Jack y Rose, por andar de calenturientos sobre cubierta, distrajeron la atención del vigía de turno, quien no tuvo tiempo para avisar que el Titanic iba a chocar de costado contra un iceberg en el Atlántico Norte. De todas las mujeres enamoradas que iban en el barco, solamente Rose pudo sobrevivir. Gracias a ella, Celine Dion hizo una canción, y James Cameron, el marido de Linda Hamilton, se enredó con la nieta de la sobreviviente.

FACULTADES

Miguel Bosé dio una entrevista en la que dice que está perdiendo la voz en la medida que ha ido menguando su vivencia en el amor. Esta noticia pone en el tapete la disminución de las facultades por escasez de ternura. Es posible que así sea, aunque el cantante dijo también que en toda su vida consumió drogas de forma aleatoria e indiscriminada, por lo que a lo mejor la reducción de sus atributos tenga que ver más con algún síndrome de abstinencia que por falta de traqueteo.      

CALORES

Empezaron los calores sofocantes. Según el termómetro, ha hecho más calor en Managua (37° C) que en Chinandega (35° C), algo que nos debe de preocupar a los capitalinos. Todavía hace unos años fui testigo de un cuadro insólito. En una calle del mercado de Chinandega, cerca de los juzgados, un gato estaba dentro de un charco para sofocar el calor. La gente se detenía para tomarle fotos, en tanto el minino, con el agua al cuello, decía miau sin mucho afán. “Esto jamás lo veré en Managua”, pensé, sin imaginar que pronto nos convertiríamos en concesionarios exclusivos del Infierno.

ALQUILER

He estado pendiente del abandono de la casa del vecino del lindero oeste. Cada día la maleza se extiende por el patio; las enredaderas, secas y deshojadas, trepan por el enmallado, formando una pared casi fantasmal, y las hojas, podridas todas, están a punto de hacer colapsar el bajarete sobre el lavadero. La bujía se ha fundido y parece que nadie ha abierto la puerta trasera desde hace varios meses. Voy a dar un rodeo a la propiedad colindante, talvez haya algún rótulo que diga “Se alquila”. De haberlo, existe la oportunidad que tarde o temprano me convierta en vecino de mí mismo.  

CICLOS

Gracias a las temperaturas, abril cuartea la tierra para la temporada lluviosa. En este mes, abundante en mangos y sandías, me han sucedido varias cosas: Di mi primer beso, supe que Tracy Chapman tenía las pelotitas adentro y no colgadas, como creía la gente; subí al ciberespacio el Barco Azul y llegué a la conclusión que todas las religiones son falsas y verdaderas al mismo tiempo. En abril generalmente caen las primeras lluvias. Esto sucede tres semanas después que el ceibo que está frente a mi casa bota todas las hojas y asoma los primeros rebrotes verdes en la punta de las ramas. Entonces, con los primeros chaparrones, empieza otro ciclo en este mundo de príncipes consortes y de temperaturas extremas. Un mundo en el que, para bien o para mal, solo somos aves de paso.   

Notas y remembranzas

Por Edgard E. Murillo

Una tarde calurosa, cuando yo tendría unos treinta años, visité el salón cervecero Los Ídolos. Con lapicero en mano y sentado en la barra, de cara a la rotonda de Bello Horizonte, escribí sobre una servilleta diecisiete razones para dejar de beber guaro. Cuando cumplí cuarenta, exactamente en el mismo lugar, me vinieron a la mente solamente cinco razones, esta vez convertidas en simples “motivos”. Entonces tuve miedo y apuré un trago de cerveza. Debe ser horrible quedarse sin excusas.    

ii

Los extraterrestres no han visitado la Tierra porque están esperando la evolución fatal del lenguaje inclusivo.

iii

Soy todas las noches figuraciones anticipadas, conatos de lo que seré al día siguiente. Por esa razón me gusta madrugar. Entre menos duerma, más probabilidades tengo de cumplir con las ambiciones de la víspera.

iv

Desisto continuar creyendo que lo que he visto por las noches en el cielo sean objetos voladores no identificados. He seguido las trayectorias rectas y los giros tímidos de las extrañas luces sobre el espacio abierto de Managua, provenientes del mismo punto cardinal; los he visto brillar y luego apagarse, como lo haría una microsupernova caprichosa. Cuatro avistamientos disfruté el pasado mes de febrero, justo cuando pensaba que las coincidencias me estaban abandonando. Pero he llegado a la conclusión que no son ovnis pilotados por extraterrestres. Son unos estúpidos drones. Y eso me pone de mal humor.  

v

No puedo olvidar la explosión del transbordador espacial Challenger. Ese día una enamorada me iba a dar el sí, pero al final no me dio ni el sí, ni el no, ni el talvez, pues nunca más la volví a ver. La imagen de la tragedia me consuela porque imagino que la supuesta enamorada iba en el transbordador y que ella murió en vez de la profesora de secundaria.

vi

Cuando yo estaba pequeñito, doña “L” llegó a casa de mi mamá preguntando si habíamos sentido un temblor de tierra. “No quiero morir a la edad de Cristo”, dijo compungida. Yo la quedé viendo, y a decir verdad, no le vi ningún rasgo bíblico. Con el pasar del tiempo conocí a varias personas que tenían miedo de cumplir treinta y tres, porque creían que a esa edad podían estirar los tenis de manera espontánea; pero gracias a la libre confesión de doña “L”, se me hizo fácil llevar la cuenta de sus años, para satisfacción mía, y mala suerte de ella.   

vii

Una mañana, cuando yo tenía diez años, jugaba a la guerra con Jorge Danilo y Cocoliso. Utilizando reglas de madera, clavos, hule y un trozo de cuero, habíamos construido rifles que lanzaban semillas de jocotes. Cuando la mamá de Jorge Danilo nos vio, dejó escapar una seria recriminación: “¡Chavalos jodidos, cuidado le sacan el ojo a un cristiano!”. Quedé confundido. ¿Cómo iba a saber yo quién era un cristiano, un musulmán, o simplemente un ateo? Pero la pregunta que más me atormentaba era: ¿Será que el ojo de un cristiano tiene más valor que el de los demás?   

viii

Era un país tan miserable, que las aspiraciones de los bachilleres no estaban cifradas en el estudio de las ingenierías o las ciencias médicas, ni en el cultivo de las artes o la búsqueda de la verdad por medio de la investigación, sino en colarse en algún partido político para lograr una concejalía o una pinche diputación, cueste lo que cueste, “porque soy el elegido, sí señor”.  

ix

Estoy absolutamente convencido que solo se quiere una vez. Las otras nueve ocasiones son variaciones de la misma melodía, a veces con violines, y otras veces a capella.

x

Pasan cosas muy extrañas. Ayer me confundieron con otra persona. Fue tan convincente la emoción de mi interlocutor que, cuando me despedí de él, dudé por un instante de mi propia identidad.

xi

Recuerdo el día que por primera vez vi una mujer desnuda en movimiento. Fue alrededor de las siete de la noche, en el destartalado cine Colonial. Había llegado con Cocoliso y Marcos a ver sin ropa a Sylvia Kristel, para entonces la mujer más famosa del mundo. Yo había visto mujeres desnudas en las revistas que el profesor de educación física del colegio nos había requisado, pero no había apreciado a ninguna caminando de un lado a otro, lo cual apremiaba mi curiosidad. El cine estaba tan abarrotado que la taquillera nos entregó los boletos de forma automática, sin percatarse de nuestra ansiedad de adolescentes. Nos quedamos de pie, cerca de la puerta izquierda, a la orilla de un ventilador que soplaba aire caliente. Cuando apareció Sylvia Kristel en pelotas, la sala quedó muda. La vi caminar de frente hacia la cámara, despacio y segura, con sus ojos claros puestos en mí. De repente, Cocoliso me tocó el hombro. “¡Qué jodés!”, le dije, “¿Qué pasó?”. Cocoliso me dijo que su papá estaba a unos metros de nosotros, debajo del proyector, y que teníamos que irnos, porque si el viejo se daba cuenta que andábamos viendo Emmanuelle, él, Cocoliso Rodríguez, no se salvaría de una buena aporreada. Diciéndome esto estaba cuando advertí que el viejo venía hacia nosotros con un cigarrillo encendido en la boca. Parecía un dragón endemoniado. “¡Nos vio!” grité. Salimos del cine como quienes huyen de un incendio y paramos la carrera hasta que alcanzamos el portón del cementerio oriental, muertos de risa. Nunca supimos si el papá de Cocoliso pudo reconocernos. Talvez no salió del cine en persecución nuestra porque no andaba dinero para volver a pagar la entrada. O a lo mejor solo iba al baño. Lo cierto es que la primera vez que vi a una mujer desnuda en movimiento hice record de cien metros planos en menos de ocho segundos, alentado por la mirada desafiante y tristona de Sylvia Kristel.   

Giras judiciales

Por Edgard E. Murillo

Desde hace un par de años estoy viajando a occidente regularmente para atender unos asuntos en los juzgados de León y Chinandega. A decir verdad, los casos en cuestión son el resultado de otros que bien podrían haber terminado de otra manera, sin embargo, como soy una persona que se deleita en viajar por el interior del país, no me importa que los dueños de los pleitos sigan halándose de las greñas. Total, la abogacía se sirve de las desavenencias, y el ser humano, cuando se trata de exponer e imponer sus vanidades, siempre tira al monte, como las cabras.   

Durante esos viajes, la mayor parte de las veces me detengo primero en los juzgados de León, esto debido a que el poder judicial solamente atiende hasta la una de la tarde, so pena que los vehículos de los funcionarios se conviertan en calabazas en caso de seguir estacionados después de esa hora. Pero antes de llegar al Complejo Judicial, que está en las afueras de la ciudad universitaria, tengo por parada obligatoria desayunar quesillo con bastante crema. Es parte de un ritual que tengo desde que era chavalo. Como norma de conducta y actitud ante la vida, me enseñaron que si vas a León por la carretera nueva, que ahora es la vieja, es pecado abstenerse de pasar comiendo quesillo acompañado de tiste en jícara en Nagarote o La Paz Centro. Es como viajar Ocotal sin pasar tomando café por Matapalo. Casi como entrar a una iglesia sin persignarse.   

Cuando el Complejo Judicial de León fue construido hace más de quince años, la gente creyó que todas las sedes de la justicia iban a ser así de bonitas. Pero la alegría duró poco. León fue la excepción, el arrepentimiento arquitectónico de las casas judiciales más o menos elegantes.

Pese a lo dicho, lo agradable del “Complejo Judicial de León”, con su doble pasillo en la segunda planta que permite neutralizar el calor propio de la región, no compensó en absoluto la burocracia ni el desorden. Los juzgados metropolitanos posiblemente sean los más caóticos del país, al menos en la tramitación de las causas civiles heredadas del agotado sistema escrito. Lo que medio salva el desorden es la amabilidad reprimida de los funcionarios que atienden al público, característica que los hace ser eficientes cuando quieren. Como nota graciosa, los funcionarios leoneses no les dicen “doctores” a los abogados, sino “licenciados”, que es lo que en verdad corresponde, pero lo hacen no por ceñirse a la letra del título, sino para dar una impresión de ser políticamente correctos. Ustedes ya saben cómo son los leoneses cuando pretenden presumir pedigrí ilustrado.

No acostumbro entrar a la ciudad de León después de las diez de la mañana, el tráfico atormenta las callejuelas estrechas, volviéndolas toditas iguales porque ninguna tiene nombre, y quien no conoce las vías de preferencias, que mejor se encomiende al misericordioso. Por esa razón, yo sigo la aburrida ruta que circunda la ciudad, pasando el puente sobre la hondonada del Río Chiquito, las zonas francas y el Maxi Palí, hasta llegar a la gasolinera Puma, donde hago estación para ir al baño y tomar café negro. Nota: No se les ocurra hacer pipí en los baños del Complejo Judicial de León. Yo sé lo que les digo.

Si un día usted transita entre León y Chinandega, y la vía está libre porque no están realizando ninguna reparación en algún tramo, o porque los policías en la entrada a Telica están revisando sus celulares, o porque los camiones de los maniseros están en mantenimiento, siéntase un ser afortunado.

Para sobrellevar el viaje de esos cincuenta kilómetros, no hay nada mejor que ver el paisaje, aunque sea de reojo, de la cordillera volcánica. Sin embargo, siento un vacío en el pecho cuando advierto la pálida cicatriz que baja por el volcán Casita. No creo que nadie pueda todavía abstraerse ante semejante tragedia.

Chinandega ha cambiado bastante. Si bien siempre hubo una fuerte actividad comercial, ahora hasta McDonalds tienen. Ya los juzgados no están dentro del mercado, sino que cuentan con su propio “Complejo” (He dicho en otras ocasiones que complejo y edificio no son sinónimos). Me dio gusto saber que al Complejo de Chinandega lo bautizaran con el nombre de María Haydée Flores, mi ex profesora de derecho agrario. Recuerdo con cariño a María Haydée, a pesar que un día me llamó “somocista” porque me puse a reír cuando ella dijo que el caballo de Pancho Villa corcoveó al presentir la muerte de su jinete. En realidad yo no me reí por la suerte de Pancho Villa, ni por la de Siete Leguas, su caballo, sino por otra cosa que se me ocurrió en ese preciso momento, de la que ahora no me acuerdo. Como sea, creo que el nombre está bien puesto, considerando que la profesora Flores formó a muchas generaciones con su peculiar estilo de enseñanza.

Cuando uno llega a los juzgados de Chinandega tiene la sensación de estar visitando un penal en medio del desierto. No hay árbol ni caseta a la vista, al igual que los juzgados de Tipitapa. Es increíble que no hayan sembrado una palmera siquiera. Pero ya adentro la cosa cambia. Los aires acondicionados, que deben ser muchos, sudan la gota gorda para que no la suden los usuarios. A diferencia de los juzgados de León, la sala de atención al público tiene sillas agradables a disposición de los pacientes que aguardan su turno con el talante de Job.  Como sé que me voy a demorar esperando, abro mi libro de turno y aprovecho cualquier ruido para echar una miradita al entorno.   

Llama la atención que a los juzgados de Chinandega llegan más abogados varones que mujeres, talvez por el calor, y las pocas abogadas que litigan son ya señoras, salvo una que me que me quedó viendo raro cuando en diciembre pasado le pregunté si en Chinandega había restaurantes vegetarianos. No comprendí su reacción. Esa vez estuve “platicón”, pero generalmente estoy callado. Hay mejores cosas que hacer que soltar la lengua en medio de tantos abogados.

En febrero pasado llegué y agarré el número veintitrés. Estaban atendiendo el quince cuando advertí a una abogada de ojos claros que estaba en ventanilla. Pensé que por la anchura de sus caderas debía llamarse Soledad o Jeniffer. Entonces me fijé que sobre el talle del pantalón se le veía una porción de la rabadilla surcada por dos estrías apenas perceptibles. Cuando la abogada se puso a contraluz, las estrías se mostraron más definidas. Miré alrededor y nadie veía la rabadilla de la abogada, solo yo. Eso me incomodó, por lo que para no seguir pensando en el asunto, me puse a buscar estrías en google. Perdón, quise decir que me puse a ver las actualizaciones de mis redes sociales.

Bueno, después de ser atendido tras largas horas de espera, toca buscar un lugar para comer. Chinandega tiene varias opciones, pero prefiero los bufetes populares. Allí uno puede encontrarse con algún conocido. Después de cierta edad, es más fácil encontrarse con gente en la calle que cuando se tiene veinte años; sin embargo, pese a que voy más o menos seguido a Chinandega, no he podido encontrar a un amigo que conocí durante la guerra, al que me encantaría volver a ver. Sólo sé que se llama Julio y que tiene voz de barítono trasnochado. Cuando lo conocí yo tenía dieciocho y él era más joven de lo que soy ahora, o sea que ya debe estar llegando a viejo, si acaso sigue vivo.

Por lo dicho, una vez finalizadas las actividades abogadiles, patrullo por las calles chinandeganas con la esperanza de reconocer a mi amigo Julio, aunque creo que tengo más probabilidades de encontrar a la abogada de las estrías. Entonces, a lo mejor, ella me ayude a encontrarlo. Vamos a ver que ocurre primero.

Renaceres

Por Edgard E. Murillo

PASOS CONOCIDOS

Fue exactamente frente a las taquillas de Cinemark, en Metrocentro. Yo estaba revisando de pie las notificaciones en mi celular cuando escuché el taconeo que alteró todo mi sistema nervioso. Levanté la vista cuando la mujer pasó frente a mí. Cargaba unas bolsas con artículos de librería y llevaba puesta una mascarilla de tela color beige, blusa blanca y falda negra ceñida. Así como existe una interesante asociación para identificar a las personas por medio de sus voces por sobre los rasgos faciales, di por sentado que aquellos pasos los había escuchado en la lejanía ultramundana de mis días. Quien sabe cuántas veces debí escucharlos para que fueran registrados en las fibras más recónditas de mi ser. La pigmentación de las pantorrillas de la mujer y la forma en que bajó por las escaleras me confirmaron que efectivamente yo había tenido tratos íntimos con ella en alguna parte; pero no pude adivinar, de primas a primera, en qué otra vida ella había sido mi devota amante, o si por el contrario, yo la había dejado ir de forma irresponsable, como la estaba dejando ir esa noche, en medio de una pandemia, por los pasillos tediosos de un centro comercial.

EL GRAN SUEÑO

Cada vez que me despierto por las mañanas tengo la sospecha que estuve muerto. Esto es así porque experimento el olvido de alguna cosa, por muy insignificante que sea. Uno se acuesta, muere y nace al día siguiente con la cabeza más o menos reseteada. No podría ser de otra manera: hay cosas que se olvidan durante el sueño. Cuando era niño, leí que una soviética estuvo en coma durante veinte años y cuando despertó no podía recordar nada, ni podía caminar, ni tampoco hablar. Esa historia me fascinó porque tuve una idea acerca de lo que significaba estar dormido más de lo necesario. O lo que es lo mismo, estar muerto durante un buen rato. Por algo Raymond Chandler tituló una de sus novelas “The big sleep”. El gran sueño. El sueño eterno. Eso debe ser la muerte: un sueño largo, libre de altibajos, ininterrumpido y radicalmente plácido. Si la reencarnación existe, lo que llamamos “deja vú” no debe ser más que la imposibilidad de recordar algo que vivimos en otra vida, algo que olvidamos precisamente por haber estado dormidos durante mucho, muchísimo tiempo.

LÍBRANOS DEL KARMA, AMÉN

Los budistas me caen bien aunque no los entienda. Recuerdo que a finales de los años ochenta unos budistas se ponían a tocar pandereta en la glorieta del parque central de Managua. Yo tomaba el autobús todos los días en el parque, así que les echaba un vistazo a los sacerdotes (supongo que lo eran) y me preguntaba que dónde dormían, qué comían, si sus mujeres usaban ropa interior y porqué siempre andaban rapados y envueltos en tela color naranja. Me parecían excéntricos. Luego supe que ellos andan con su rollo de liberarse de los karmas. El karma no es un premio-castigo impuesto por una deidad, sino que es el resultado “mecánico” de nuestras acciones. Está unido al asunto de la reencarnación, o más bien, del renacimiento. Dependiendo de nuestras acciones, al morir podemos luego renacer en una divinidad, en otro ser humano, en un animal o en un ser infernal. Algunos budistas entienden que el karma funciona como un “polvo” que se adhiere a nuestra alma cada vez que realizamos una mala acción. Si el alma pesa más, entonces bajamos más rápido a los infiernos. Yo, por si las moscas, trataré que mi alma siempre ande livianita. ¿Ustedes no?

ETERNO RETORNO

La versión occidental del renacimiento es la idea del eterno retorno. Para los estoicos, la estructura del tiempo es cíclica, por lo que todo está condenado a repetirse a perpetuidad. Quiere decir que tendremos que vivir esta vida innumerables veces, y no habrá en ella nada nuevo, pues según Nietzsche, adalid consumado del eterno retorno, “cada dolor y cada placer y cada pensamiento y suspiro, y también cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida, deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión”. No me gusta esta versión. Saber que naceré de nuevo siendo otra vez yo, en tiempos y circunstancias idénticas, y no pudiendo cambiar nada, me da pavor. Si tan solo tuviera la capacidad de corregir algo, como empujar a alguien por un barranco, pues a lo mejor. No tiene chiste nacer infinitamente en el mismo pellejo si volvemos a cometer los mismos errores y disfrutar los mismos placeres. Sin embargo, puede ser que el cuento del eterno retorno explique excepcionalmente la naturaleza de los presentimientos, esas cosquillas que sentimos en el alma cuando estamos frente a alguna decisión; aunque creo que los presentimientos son otra cosa. Talvez no sean más que susurros de advertencia de algún ángel indiscreto o de cierto habitante de un mundo paralelo aburrido de vagabundear. Nadie lo sabe. Solo lo sabremos el día que hayamos traspasado el umbral definitivo, poniéndole punto final a tantas especulaciones.     

El tiempo de la estrella roja

Por Edgard E. Murillo

Una de mis costumbres en época de verano es mirar el cielo tachonado de estrellas. Suelo hacerlo entre nueve y las diez de la noche, tanto porque en ese fragmento de tiempo las estrellas que me interesan están en mejor posición de ser observadas, como por razones de regocijo, pues no hay nada más sabroso que sonreír minutos antes de sumergirme en el encanto del sueño. La observación la hago desde el patio de mi casa, en un espacio situado entre el palo de nancite y el cerco enmallado del lindero oeste. A esa hora, allí se coloca el cinturón de la constelación de Orión, por lo que tengo que empinarme para poder ver a Rigel, su estrella más brillante, o agacharme un poco para encontrar a Betelgeuse, la estrella roja que me interesa sobremanera porque “pronto” podría explotar para convertirse en una supernova. Dicen los astrónomos que cuando estalle, el brillo de su colapso iluminará más que la luna y que será visible en pleno día durante mucho tiempo. Moriría feliz si tuviese la oportunidad de ver el ocaso fulgurante de Betelgeuse, aun sabiendo que dicha estrella está a seiscientos años luz de distancia. Quiere decir que si explosión sucediese mañana, lo que veamos en el cielo habrá realmente ocurrido cuando los españoles todavía no se habían montado a sus carabelas para descubrirnos. Esas mediciones del tiempo se me antojan fascinantes y dan paso a meditaciones y especulaciones de diversa índole, al punto que he tenido la sospecha que todo el firmamento bien podría ser una impostura de Dios, algo así como una jugarreta para confundirnos. A lo mejor no haya tal infinitud estelar y lo que exista no sea más que una maraña de espejos superpuestos donde las estrellas se reflejan de forma desquiciada y repetitiva ad nauseam; porque si a Dios se le ocurre escribir derecho sobre líneas torcidas, ¿quién garantiza que el Máximo Creador no quiera divertirse a costa de estas limitadas y mortales criaturas que embobadas apreciamos las noches despejadas? Recordemos que Dios lleva una vida solitaria, exenta de sobresaltos, cuyos gustos, antojos y necesidades todavía desconocemos.

A pesar que las elucubraciones espacio-temporales dan lugar a simpáticas fantasías, caemos en seguida a la cuenta que mientras nos quebramos la cabeza en ello, eso que llamamos vida, con sus mares de lamentos y anhelos desmedidos, nos va consumiendo irremediablemente. Y así sucede cuando también nos hacemos las grandes preguntas filosóficas, como el sentido de la vida y el fin de la misma, proceso en el cual hemos creados las religiones y las ideologías, para consuelo y condenación de nuestra especie.

La vida podría semejarse a un globo que depende de nuestra capacidad para inflarlo, de ahí que Séneca afirmaba, en respuesta a quienes se lamentaban de la duración de la vida, que ésta no era breve, sino que los humanos la abreviábamos con nuestros excesos y negligencias. Pero hay un momento en que la vida no me parece corta ni extensa. Sucede cuando veo el cielo en las noches despejadas de verano, pues dicha actividad tiene por mérito distorsionar el tiempo, o más bien, hacer que el mismo tenga una justificación más íntima y satisfactoria. En esos momentos, el pasado se entromete con el futuro, haciendo que el presente carezca de sentido, como si por momentos dejáramos nuestro tiempo y nos metiéramos en el de las estrellas. Luego, al bajar la vista y sentir mi corporeidad, con cierta congoja extraña, vuelvo a la realidad finita y sensitiva.

La verdad, amigos míos, la vida es elástica. Es inmensamente larga cuando estamos en la infancia, y se va haciendo incómodamente corta a medida que envejecemos (Oh, paradójica relatividad). Por eso le tengo envidia al brillo de Betelgeuse, aun sabiendo que se está muriendo, pues seguirá jugando con el tiempo de los humanos, en espera de una señal de Dios para estallar, y si por casualidad dicho evento ya ha sucedido, la pirotecnia de la explosión podría estar “en camino” para que, en un futuro no tan lejano, afortunadas retinas tengan el privilegio de apreciar el fenómeno, que nosotros, inquilinos cósmicos del presente, no tendremos el lujo de disfrutar.

Gracias D10S

Por Edgard E. Murillo

Todavía estoy sorprendido por la muerte de Maradona. Sabía que el tipo la estaba pasando mal, que cada día tenía problemas con la dicción y la adicción, que montado sobre la torre de su glorioso pasado de futbolista podía darse el lujo de hacer el ridículo, pero creí que saldría airoso de cuantas recaídas tuviera, pues tenía el Pibe una suerte tan porfiada como el de un cobrador de impuestos en período de cierre fiscal. Diego Armando Maradona, talvez el mejor jugador de todos los tiempos, fue siempre noticia, su palabra importaba cada vez que criticaba a las autoridades deportivas, cuando balbuceaba cualquier barbaridad sobre cualquier cosa, e incluso cuando no decía absolutamente nada.

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Managua mi linda

Por Edgard E. Murillo

INCENDIOS

Sucedió el día que se quemó el cine Margot. Aunque una cosa no tenga que ver con la otra, fue entre la una y las dos de la tarde del nueve de marzo cuando Fabiola Soledad, taquígrafa de veinte años, le dio la prueba de amor a Renato. El noviazgo se estaba enfriando por falta de coraje, legítima razón para que Fabiola Soledad anunciara el ultimátum. “Tengo que darte la prueba de amor”, le dijo, como si de ello dependiera la salvación del planeta. Renato accedió con cierta sospecha, pues no estaba claro de los propósitos de Fabiola Soledad. A seis cuadras de distancia, sobre la calle El Triunfo, dos trabajadores del cine Margot transportaban en un autobús sendos rollos de celuloide que contenían la película Las campanas de Santa María protagonizada por Bing Crosby e Ingrid Bergman. Cuando los hombres pusieron los pies en la calle, sintieron el asfalto como melcocha; se cubrieron la cabeza con las latas que guardaban las películas y entraron raudos al edificio; luego subieron al entrepiso y pusieron las cintas en el suelo, una encima de la otra. El calor y el movimiento hicieron que el celuloide, altamente inflamable, cogiera fuego con rapidez. Fabiola Soledad y Renato escucharon una explosión lejana pero siguieron concentrados con los preliminares de la prueba. Renato besó la punta del esternón de Fabiola Soledad y ella, entre cosquillas que la ruborizaban, lo asió con las manos revolviéndole el pelo. “Siento fuego por el ombligo” dijo ella. Los suspiros y jadeos pronto superaron las sirenas que sonaban en la calle, y los gritos de la gente, intensos y suplicantes, tuvieron el mérito de intensificar los ardores del mediodía, quedando rescatado de esa manera el amor, pero no así Las campanas de Santa María. Sigue leyendo

Sin paradigmas a la vista

Por Edgard E. Murillo

Cuando uno dice “me hubiera gustado nacer en tal época” nos invade cierto regusto nostálgico por lo imposible, pues nadie escoge el país ni la época para habitar este planeta azul. Cuando empezamos a tener conciencia de lo que nos rodea, interactuamos en una lengua recientemente aprendida, rodeada de gente que nos brinda protección y que complementa nuestros instintos básicos de sobrevivencia. Luego entramos al sistema de educación escolar y nos meten en la cabeza, aparte de la gramática y los números, lo que las generaciones anteriores entendían por bueno y también por malo. La adolescencia hace intentos sinceros de hablar por nosotros mismos, pero la “fuerza de la sociedad” se impone como una vieja rufiana. En mayor o menor medida, terminamos pensando lo que los demás quieren que pensemos en lugar de lo que potencialmente podríamos haber pensado.

El sistema está diseñado para que seamos sumisos ante un tipo de ideas o comportamientos sociales más o menos enraizados (Los llamados paradigmas). Esto es bueno porque da sentido de estabilidad, necesaria para el progreso, pero también constituye una maldición para países como el nuestro, donde no solo existe carencia de pensamiento o criterios propios, sino que la vocación democrática y la actitud cívica transitan sobre hielo delgado.

De vez en cuando los paradigmas son sacudidos y sustituidos, la mayoría de las veces por estremecimientos sociales, no precisamente políticos, como la revolución industrial en el siglo XVIII, o la transformación tecnológica de la información de la que estamos siendo testigos, de tal forma que la manera de ver el mundo ya no se ajusta con lo que nos ha metido en la cabeza la escuela, la familia y la religión. Sin embargo, estos cambios de paradigma nunca habían sido tan rápidos como ahora, lo que ha dejado descolocado al mundo entero.

Para que un paradigma deje de influenciar decisivamente sobre la sociedad, y sea otro el que la permee, se requieren muchos años. Los valores de la Ilustración apenas encontraron su acomodo en algunos países hasta ya entrado el siglo XX, cuando los Estados fueron adoptando paulatinamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos, integrando sus principios en las respectivas legislaciones. ¿Pero qué ha sucedido ahora? Pasa que la caída de los paradigmas anteriores aconteció demasiado rápido y todavía no ha habido tiempo para configurar los nuevos que los sustituyan. Por ejemplo, el socialismo tradicional de base marxista ya no existe, y si el capitalismo ha podido sobrevivir no ha sido por sus virtudes inherentes, que nunca las tuvo, sino por los ajustes que ha hecho en contra de su voluntad. Esto ha sucedido en tan breve tiempo que ni el mismo capitalismo está preparado para seguir creyéndose sus postulados. El mundo va a la deriva, como nunca antes, con una población cada vez más entremezclada e interconectada que ya supera las ocho mil millones de personas.

Lo que hemos vivido en los últimos treinta años ha sido espectacular, algo que ni los científicos sociales ni los filósofos morales estaban preparados a explicar. Santo Tomás de Aquino y los escolásticos prepararon las mentes y las voluntades para la Edad Media; Descartes y Copérnico iluminaron el advenimiento de la Revolución Industrial, en tanto Hegel, Marx y Nietzsche nos desvelaron al hombre de la era capitalista. Siempre los filósofos anunciaban los nuevos paradigmas. ¿Pero ahora? ¿Quién se atreve a suponer cómo será el mundo en los próximos cincuenta o cien años? Los nuevos paradigmas no tienen pregoneros.

Feminismo, derechos de los homosexuales, veganismo, clonación, muerte asistida, interconectividad digital, fronteras de plastilina, políticos apolíticos, son apenas la punta de lanza de las nuevas realidades.

¿Hubiese querido nacer en otra época? ¿En una época sin sobresaltos? No. Me gusta la era donde nací. Solo espero tener la oportunidad de ver algún cambio de paradigma pronto, para irme tranquilo a tocar el arpa sobre una nube color pastel.