El tsunami noventero

Por Edgard E. Murillo

RECIBIMIENTO

Siempre quise saber cómo recibieron los años noventa los españoles o los puertorriqueños. A juzgar por algunas películas o artículos en revistas, la cosa estuvo relajada, como si la entrada a otra década fuese como cambiar de canal del televisor o ponerse un pantalón nuevo. El mundo sustituía paradigmas y los nicaragüenses nos habíamos quemado con la Guerra Fría. Por eso, los años noventa constituían todo un desafío para esta pequeña nación centroamericana. Es que además habíamos sufrido cambio de décadas más bien traumáticos. Apenas dos años de iniciada la década de los setenta un terremoto borró Managua; luego, recibimos los años ochenta con la “realpolitik” de la revolución, para que diez años después inauguráramos la siguiente década con la novedad que la revolución se había terminado. Acogimos los años noventa con mucha cautela, ansiedad y esperanza. Se respiraba por fin la paz, y eso traería consigo nuevas colores, aromas y sabores.

Sigue leyendo

Cápsulas ochenteras

Por Edgard E. Murillo

COLORES

¿Qué color tienen los recuerdos? No sé ustedes, pero mis recuerdos viejos son de color sepia, como las fotografías de los años setenta; y los más antiguos, los que he logrado retener de mi primera infancia, son irremediablemente en blanco y negro. Por esas razones, yo no puedo estar seguro del color de una camisa que tuve a los seis años de edad; podré tener alguna idea, pero no lograré reproducir en mi cerebro las diferentes tonalidades del color evocado. Quién sabe por qué, el color que más me cuesta recordar es el azul, y el peor, el amarillo. Cuando recuerdo los años ochenta, el color que predomina es el verde; el verde olivo para ser más exacto. Este tipo de verde lo impregnaba todo. Era el color de los camiones, de la ropa, de las casas y bodegas, de los murales de carretera, de las sillas de madera, de los cuadernos escolares. El verde omnipresente opacaba lo naturalmente innato a ese color, como los prados y los bosques. A veces me parece que el color terracota y el beige pertenecen también a los años ochenta, pero siempre termina imponiéndose el verde referido, con toda su carga alegórica.

Sigue leyendo

No solo de pan vive el hombre (y la mujer)

Por Edgard E. Murillo

Hace algunos años me sucedió algo curioso. Estaba en un kiosco de libros de viejo buscando algo de interés cuando vi, al fondo de un anaquel, “La letra e” de Tito Monterroso; lo tomé y empecé a ojearlo. Ya lo había leído tiempo atrás, pero recordé que no sabía dónde estaba, pues recientemente había ordenado mi pequeña biblioteca y el ejemplar no estaba entre los inventariados, así que me dije que la vida me estaba dando la oportunidad de releerlo.

Sigue leyendo

Raros que somos

Por Edgard E. Murillo

Es curioso cómo las personas se comportan ante algunos sucesos mediáticos. Lo hacen de manera diferente en relación a temas que los ubican rápido en bandos tenidos por políticamente correctos. Quien que se ufane de religioso siempre defenderá la vida, no importa que esta sea unicelular, a despecho que recete lo peor contra aquellos que osan ofender sus creencias. Sin embargo, existen temas que confunden, que nos hacen creer que sabemos cómo reaccionarán las personas partiendo de ciertos parámetros por ellas asumidas, tales como sus aficiones políticas o sus declaradas posturas de fe. Esto se torna insuficiente para comprenderlos, pues donde uno menos lo espera, salta el conejo de la sorpresa. Tengo dos botones recientes para demostrarlo: la invasión bélica a Ucrania y la cachetada de Will Smith.

Sigue leyendo

Religiosidades

Por Edgard E. Murillo

Hace dos domingos estaba lavando el carro cuando otro cliente del Car Wash acercó una silla de plástico al lugar donde yo estaba sentado. Dicho cliente, que poseía una realidad inversa a la mía (más viejo que yo, pero con un carro del año), hablaba distendidamente con su celular. Al parecer, la plática era con su hija, inferencia a la que llegué considerando el tono de su voz, propio de los padres cuyas hijas por fin reencuentran el camino perdido. Eran las ocho y diez de la mañana. Yo había llevado un librito autobiográfico de un actor italiano desmañado, en caso que hubiese muchos clientes esperando, pero no avancé mucho en la lectura porque el hombre seguía parloteando, subiendo de vez en cuando el volumen de su garganta para que yo escuchara sus quejas por los precios elevados del queso. Me fijé que el hombre andaba calcetines finos y zapatos negros brillantes. Una mala señal. Siempre he pensado que los hombres que llevan los zapatos lustrados los domingos no son de fiar. Algo ocultan. Me pregunté para dónde iría aquel tipo un día domingo para calzar zapatos brillantísimos. ¿Iría a misa? Le vi la cara y no tenía cara de hombre de misa. Abrí la cámara frontal de mi celular, vi hacia el lente y busqué en la pantalla algún rasgo del muchacho devoto que fui. Entonces recordé los días cuando yo iba a misa los domingos, durante una hermosa, lejana y brumosa adolescencia.

Sigue leyendo

Que venga el otro año

Por Edgard E. Murillo

En algún momento de nuestras vidas, generalmente cuando estamos siendo sacudidos por los embelesamientos particulares de la juventud, la cercanía de un nuevo año empieza a relajar la expectación dando paso al gusanillo de la nostalgia. Es cuando comprendemos que las cosas que vivimos en los doce meses anteriores ya no las volveremos a vivir y adoptamos poses de enmienda y propósitos reciclados. La gente asume que enero sirve para resetear todo, por lo que viven los últimos días del año a velocidad de vértigo, creyendo que al doblar el calendario encontrarán la suficiente estabilidad mental y fisiológica para hacerle frente al año nuevo. Yo, en cambio, trato de aprovechar los pocos días que median entre la Navidad y la Noche Vieja, realizando una especie de contemplación de la vida animada e inanimada.

Las últimas semanas de diciembre pasé viendo el cielo; primero en busca de las conjunciones planetarias, que fueron varias, y después tratando de localizar el bendito cometa Leonard. Con las alineaciones no tuve problema alguno, salvo la tardenoche que casi atropello a un fulano que imprudentemente cruzó la carretera mientras conducía para mi casa, sin percatarse que en ese momento yo estaba viendo cómo Venus hacía dúo con la luna menguante. Gente como esa no debería salir los días de coincidencias astronómicas.

Sigue leyendo

Morirse tranquilo

Por Edgard E. Murillo

Una mañana encapotada aproveché la promoción del Día de las Madres para situarme a corta distancia de esa fiesta bendita que sucede cada cuatro años. Desde semanas antes estaba preparado con varias libras de café negro, frazadas, el calendario de los partidos y el álbum de pegatinas Panini. Se avecinaba el Mundial de Fútbol en Corea y Japón y no podía permitirme el anacronismo de escuchar los partidos por la radio, pues las transmisiones serían por las madrugadas, ni tampoco ver los juegos en un bar ni visitar a un vecino, por las mismas razones de horario. Había visto un televisor LG en los escaparates de una tienda del mercado Iván Montenegro, así que esa mañana, sin ninguna vacilación, bajo una lluvia fina y terca, firmé los papeles del crédito y metí el aparato en mi carrito verde, el que tenía por nombre “El avispón”, o “El Bandido”, según las circunstancias. En casa no teníamos televisor porque el último, uno pequeño cuya antena estaba quebrada, se lo había llevado un amigo de lo ajeno el propio día de mi cumpleaños, por lo que como podrán imaginar yo tenía el deber de restablecer el entretenimiento audiovisual.

Escuchando un casete de “Oasis” subí tranquilamente las estribaciones de Ticuantepe haciendo paradas ocasionales para verificar si el televisor iba bien sujetado al asiento. Pensé que la vida se estaba portando bien conmigo, pues bastaba con ser simpático para acceder al reino de los intereses corrientes y moratorios. Como la lluvia seguía, llegué a comparar aquella mañana con otra que había vivido durante el Huracán Mitch, cuando daba la impresión que el cielo estaba chupándose el agua de los océanos, solo que en aquella ocasión los acreedores desconocían mi existencia.

Sigue leyendo

Paseos lunares

Por Edgard E. Murillo

¿Quieren saber algo que me fue revelado recientemente respecto al futuro de la Luna? Ya les cuento. Para el año 2098 las visitas a nuestro satélite natural se harán de forma segura y cotidiana. Las compañías espaciales emprenderán giras turísticas por sumas no del todo inalcanzables, pagadas en abonos suaves, como en la Paya Soza, salvo cuando el viaje corresponda a premios en certámenes de bellezas o concursos literarios, en cuyos casos el pago de los boletos serán asumidos por los dueños de los eventos. Habrá además rebajas promocionales para las parejas que deseen pasar su “Luna de Miel” efectivamente en la Luna. No serán los chinos ni los rusos quienes oferten estas giras ultraterrenales. Para entonces algunos países emergentes habrán consolidado el monopolio de los viajes siderales, para lo cual no serán necesarias faraónicas plataformas de lanzamientos, pues se requerirá apenas de una terraza de hormigón armado de cincuenta metros cuadrados.

Sigue leyendo

Génesis recargado

Por Edgard E. Murillo

CREACIÓN

Estaba Dios dándole brochazos al manto del atardecer cuando se dio cuenta que se le había acabado la pintura rosa. Tomó una cubeta y caminó hasta la Galaxia más cercana, pero cayó distraídamente en un agujero negro y no se supo más de Él sino hasta que, recuperado de sus dolencias, se dio a la tarea de crear a Adán y Eva.

COSTILLAS

Ya sabemos cómo fue creado Adán, pero no tenemos idea de dónde Dios tomó el modelo para crear a Eva. Los entendidos aseguran que Eva se le apareció a Dios en un sueño, completa, sin nada que ponerle ni que quitarle, caprichos incluidos. Al Creador le pareció agradable la inspiración, de manera que cuando despertó corrió hacia donde estaba Adán, pero Eva, escapada quién sabe cómo del sueño, yacía con Adán detrás de un matorral. Entonces Dios, bastante enojado, convirtió a Eva en costilla y se la metió a Adán por la boca. Dios pronto se arrepintió y decidió sacar a Eva del costillar de Adán, siempre por la boca. Los entendidos afirman que Dios debió haber utilizado un procedimiento menos traumático.

CONSUELO

Las tribulaciones que pasaron Adán y Eva durante los años posteriores a la expulsión de éstos del Paraíso no pudieron ser registradas debido a que Eva se negó a revelar ciertos aspectos. Hay grandes vacíos. Por ejemplo, se desconoce el contenido de sus primeras pláticas mundanas o de cómo se dio el proceso de la cópula, ya sin animales a su alrededor. Tampoco hay evidencia del idioma que usaron para comunicarse o cómo reaccionó Adán cuando supo que Eva estaba embarazada. Sin embargo, los especialistas coinciden que Eva y Adán hicieron un pacto de consuelo cuando se dieron cuenta que no tenían suegra, ni siquiera una en común, y por la misma razón vivieron una relativa paz centenaria.

OMBLIGOS

Cuando Eva y Adán retozaban en El Edén carecían de ombligos. Ninguno había estado en una bolsa amniótica alimentándose por un cordón aguado y retorcido; es decir, ambos llegaron al mundo ya grandecitos, con pelos donde debían tenerlos. Al ser expulsados del Paraíso, como señal inequívoca del pecado, repentinamente les brotó el ombligo. Dicen que a Eva le dolió tanto que le dijo a Adán que la sobara. Pero a Adán se le pasó la mano, o más bien, se le bajó. Y allí comenzó la primera discusión, la que pronto degeneró en la descendencia de la Humanidad.

Sigue leyendo

Un regalo singular

Por Edgard E. Murillo

Cursaba el segundo grado en el Colegio Bautista cuando la profesora Coquito pidió a los alumnos que donáramos un libro para hacer crecer la biblioteca de primaria. Nos dijo que la donación se llevaría a efecto el 23 de abril, día dedicado a Miguel de Cervantes. Yo únicamente tenía un libro, el que me había regalado un año antes la directora de la escuela Salvador Mendieta por haber sacado las mejores notas (Jamás repetiría tal hazaña). La mañana que me entregaron el premio supe inmediatamente que era un libro porque el envoltorio lo decía todo; en cambio al niño del segundo lugar le dieron una pelota de fútbol número cinco, igualita a la que pateaba Pelé de chilena en los anuncios de Coca-Cola. Mis padres me consolaron diciéndome que las pelotas tenían menos vida útil que un libro, eso sin contar con que las vecinas desalmadas se las robaban cuando caían dentro de sus jardines. La decepción se me quitó cuando abrí el regalo y vi que se trataba de un libro ilustrado que llevaba por título “La Segunda Guerra Mundial”. Era una edición en pasta dura, a colores, de unas ochenta páginas, donde se resumían los eventos más importantes de la contienda. Recuerdo que me fascinaba sobre todo ver las fotografías retocadas de los soldados durante la campaña rusa en Finlandia y las proezas de los alemanes en el Afrika Korps: en unas, los combatientes aparecían envueltos en trapos blancos, incluyendo los fusiles, y en las otras, la infantería mecanizada de Rommel tomaba descanso durante la ofensiva de El Alamein. No se me hizo difícil entrar en el contexto bélico de la lectura porque para entonces ya había visto todos los capítulos de la serie televisiva Combate, en el canal seis, y sabía que Hitler siempre era el malo de la película y que los gringos habían desembarcado en Normandía, así que me pareció que no iba sufrir mucho si donaba el libro para la biblioteca; además, la profesora Coquito había dicho que tenía que ser un libro personal y, como ya he dicho, yo no tenía más que el libro de la SGM.

Sigue leyendo