Un regalo singular

Por Edgard E. Murillo

Cursaba el segundo grado en el Colegio Bautista cuando la profesora Coquito pidió a los alumnos que donáramos un libro para hacer crecer la biblioteca de primaria. Nos dijo que la donación se llevaría a efecto el 23 de abril, día dedicado a Miguel de Cervantes. Yo únicamente tenía un libro, el que me había regalado un año antes la directora de la escuela Salvador Mendieta por haber sacado las mejores notas (Jamás repetiría tal hazaña). La mañana que me entregaron el premio supe inmediatamente que era un libro porque el envoltorio lo decía todo; en cambio al niño del segundo lugar le dieron una pelota de fútbol número cinco, igualita a la que pateaba Pelé de chilena en los anuncios de Coca-Cola. Mis padres me consolaron diciéndome que las pelotas tenían menos vida útil que un libro, eso sin contar con que las vecinas desalmadas se las robaban cuando caían dentro de sus jardines. La decepción se me quitó cuando abrí el regalo y vi que se trataba de un libro ilustrado que llevaba por título “La Segunda Guerra Mundial”. Era una edición en pasta dura, a colores, de unas ochenta páginas, donde se resumían los eventos más importantes de la contienda. Recuerdo que me fascinaba sobre todo ver las fotografías retocadas de los soldados durante la campaña rusa en Finlandia y las proezas de los alemanes en el Afrika Korps: en unas, los combatientes aparecían envueltos en trapos blancos, incluyendo los fusiles, y en las otras, la infantería mecanizada de Rommel tomaba descanso durante la ofensiva de El Alamein. No se me hizo difícil entrar en el contexto bélico de la lectura porque para entonces ya había visto todos los capítulos de la serie televisiva Combate, en el canal seis, y sabía que Hitler siempre era el malo de la película y que los gringos habían desembarcado en Normandía, así que me pareció que no iba sufrir mucho si donaba el libro para la biblioteca; además, la profesora Coquito había dicho que tenía que ser un libro personal y, como ya he dicho, yo no tenía más que el libro de la SGM.

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Los días tuanis

Por Edgard E. Murillo

JUEVES

El jueves es el clutch de la semana. De este día depende que el viernes sea un sábado chiquito o solamente un viernes seco y pelado. El jueves, o juerves como dice la libidinosa, es el día para debutar y presumir. Si usted tiene impulsos recónditos de Bienvenido Granda o Rocío Dúrcal puede irse de karaoke sin miedo al ridículo. Total: no hay registro policial de que alguien haya “asesinado” una canción. Por el encanto intrínseco que tienen los jueves, hay que disfrutarlos en compañía, bien sea en grupos grandes o con la persona amada, deseada o indicada (que no siempre suele ser la misma). Como el ruido del fin de semana empieza a colarse por los rincones, del jueves se sirven, ocasionalmente, aquellos que ruegan y roban besos. Por la misma razón los índices de concepciones se disparan las noches de jueves (¿Será porque son noches de damas?). Pero también esas noches pueden ocuparse para seguir el curso de las constelaciones y el humo de las fritangas, o bien para desempolvar cuadernos de la secundaria y reírnos de nuestros antiguos errores ortográficos. Todo se vale los jueves.

VIERNES

El viernes es el premio mayor de la semana. Yo nací un viernes, tal vez por eso me gusta tanto. Es el día más productivo. Acostumbro trabajar el doble que cualquier otro día, no únicamente porque había dejado pendiente cosas por hacer. El viernes es el día de los jeans y las camisetas, de los piropos involuntarios y de la música con decibeles irresponsables. No hay viernes aburrido. Estoy por creer que la alegría de los viernes contagia a los chefs y cocineros, lo que explica que no haya comida desaguisada que por bien no venga. Por las tardes, el sol brilla cómplice y sonriente, los jóvenes disimulan con perfumes las eclosiones hormonales, las promesas se tornan solemnes, el torbellino nos alcanza; en fin, se arma el despelote. Pero hay que tener cuidado: he visto cómo los viernes cambian a las personas al punto que los defectos son reducidos a su mínimo tamaño, casi indetectables; por eso no es conveniente enamorarse o salir en la primera cita un día viernes. Aunque siempre debemos de recordar la siguiente máxima: viernes que no se goza, el lunes se los cobra.   

SÁBADO

Recorrer los pasillos del mercado Roberto Huembes a partir de las diez de la mañana coparon los sábados en los tardíos noventas e inicios del presente siglo. Dejaba a mi madre en la tienda de abarrotes de doña Nora mientras yo deambulaba comprando pinolillo, chicha, queso frescal y revistas para leerlas el domingo. Cuando me tocaba ir solo, una vez terminadas las compras, me sentaba a disfrutar de unas cervezas en el bar frente a la barbería de Chipilo, sobre la avenida central del mercado (El otro bar al que iba, por el área de las artesanías, había caído en desagracia desde que la dueña se pasó a una religión abstemia). Para entonces a mí me parecían sabrosas las cervezas, todavía no había caído a la cuenta que sabían a jabón Prego. En épocas navideñas era bárbaro sentarse en el bar frente a la barbería de Chipilo. Ahí se veía de todo. Me gustaba fijarme en las parejas disparejas, no por las diferencias de edades ni por la fealdad sobresaliente del hombre o la mujer, sino por la forma de vestir o comportarse. Las parejas terminan pareciéndose entre sí con el paso del tiempo, así que yo calculaba, entre cervezas y semillas de marañón, cuántos años de juntos llevaban las que pasaban por la pasarela frente a la barbería, en medio de la bullaranga de los villancicos y Marco Antonio Solís. Ahora, veinte años después, mis sábados son diferentes, ya casi no voy al Roberto Huembes, pero he aprendido a exprimir las mañanas y las tardes como si de una función de matiné de doble tanda se tratara.  

DOMINGO

Hago memoria para ubicar el domingo más tuani que he tenido y me doy cuenta que casi todos lo han sido. A menos que uno esté enfermo, los domingos son para hacer las cosas que nos hacen estar tranquilos con nosotros mismos. Sin embargo, recuerdo uno que no cumplió esa norma. Fue un completo anti-domingo de agosto del ochenta y cinco (por mucho tiempo lo llamé El día que no existió); pero me abstendré de referirme a él porque los “anti” son eso: “anti”, y mejor esperaré el momento adecuado para dedicar una entrada a todos los “antis” que me han sucedido. Lo bueno de los domingos es que un domingo no se parece a otro, como ocurre con los lunes o los malditos martes (Los martes son malditos por la sencilla razón que están despuecito del lunes). También las actividades domingueras se han ido transformando con el paso de los años. Esto tiene que ver con el asunto del aprovechamiento. Hace quince años mis domingos eran igual de intensos que los de ahora, pero mis parámetros de aprovechamiento eran diferentes. El rollo es que de aprovechamiento en aprovechamiento se nos olvida que el domingo también tiene veinticuatro horas. Para cerrar con este último día tuani, quiero confesarles que he llegado al convencimiento que los domingos se sienten más largos si uno se levanta más temprano. Por eso creo que lo mejor es no dormir el sábado. 

ACLARACIÓN

A veces ocurren cosas tuanis los lunes, martes y miércoles. No nos confundamos. Esos acontecimientos simplemente son eventos tuanis que ocurren en días que no lo son, sin que por ello esos días no-tuanis se conviertan en días tuanis.    

Planetarium

Por Edgard E. Murillo

DESTINO CUÁNTICO

Cuando Fulvio murió creyendo que todavía no estaba muerto, parte de él, tal vez el espíritu, llegó a un universo diferente del que conocemos. Nada de tres dimensiones espaciales ni el rollo de la gravedad ni de los elementos primigenios. A Fulvio le pareció interesante estar allí: perplejo y lleno de curiosidad, aunque muerto. Pensó que podría encontrarse en el Lado Oscuro de la Luna, pero no vio a Jim Morrison ni a Janis Joplin, supuestos moradores de esa mitad escondida. Fulvio tuvo que pellizcarse la espalda para darse cuenta que no estaba en el trasero de la Luna, así que esperó que se manifestaran otras señales para confirmar que efectivamente estaba bien muerto.  Al percatarse que las leyes de la física actuaban caprichosamente en el lugar donde se encontraba, se convenció que en la Tierra no había nada que valiera la pena, salvo la creencia en que existen sitios más interesantes donde se logra la continuidad perpetua. Pero como la sola idea de la eternidad le asustaba, se consoló con la esperanza de la muerte y deseó profundamente recalar en cualquier lado oscuro, no importa el planeta, satélite o universo, siempre que contase con la compañía de algún cantante o filósofo de reputada sordidez.

EL COLOSO

El planeta Júpiter es un sol fallido. Es todo gas, tormentoso y protector. Gracias a su descomunal tamaño, innumerables asteroides son atraídos hacia él, impidiendo de esa manera bombardeos masivos sobre nuestra Esfera Azul y sus vecinos. Por eso, cada vez que me doy cuenta que un meteorito ha sido tragado por el coloso, en vez de mencionar a Dios, digo con orgullo indisimulado: “Gracias a Júpiter”.  Estoy seguro que al Creador no le importa el guiño; total, los romanos tuvieron por dios al equivalente del Zeus griego por varios siglos y no les fue tan mal durante su Imperio. Júpiter está en el “outfield” del sistema solar, junto con Saturno, Urano, Neptuno y Plutón, este último despojado de su condición de planeta hace varios años. Se me antoja que Júpiter es el macho de esos planetas externos, pero, al igual que Dios, no tiene quien le haga compañía. Saturno sería su pareja ideal, con esos anillos concéntricos que embellecen su figura, pero Saturno no es hembra, aunque tenga todas las pretensiones de serlo. Como sea, Júpiter, solo o acompañado, nos seguirá cuidando, y por esa misma razón, el próximo perro que tenga lo llamaré Júpiter. Ojalá honre su nombre persiguiendo ruedas sin anillos.  

VENUS

Venus es un planeta cuyo período de rotación demora casi un año terrestre. Es caliente, brillante y hermoso. Está asociado al amor y a la mujer, probablemente por la dificultad de separar los oleajes de la pasión, imprevistos y abrasadores, ígneos y siempre presentes, de las suavidades y misterios de las carnes femeninas. Los romanos (otra vez los romanos) tuvieron sus virtudes, y una de ellas fue encajar divinidades a todo, en una fiesta politeísta que añoro sin haberla vivido (La diosa Venus, como sabrán, fue la diosa del Amor y la Belleza), así que en la repartidera de nombres no dudaron en ponerle Venus al astro que nos deleita dos veces al día: tempranito en las mañanas, lucero del alba, y al caer las tardes, haciendo fiesta vespertina. Sin género de dudas, es mi planeta preferido. Ilumina en marzo con tanta intensidad que a veces pienso que quiere decirme algo. Suelo disfrutarlo por las noches, cuando muestra una posición indecisa; pero a partir de la canícula, se acuesta hacia el noroeste, rumbo que se me antoja toman los delfines cuando procuran el apareamiento. Creo que estoy sometido al influjo de Venus más que al de la Luna. La Luna tiene reservada las mareas, los eclipses y sus perfiles rebanados; en cambio Venus tiene por mérito exclusivo remecerme el corazón. De una cosa estoy seguro: el día que me muera, antes de pensar en el destino inmerecido de mi alma, pensaré en Venus, en Júpiter y en los posibles Lados Oscuros. Uno nunca sabe dónde será la próxima estación.  

Polvos atípicos

Por Edgard E. Murillo

IRRELEVANCIAS

Un amigo me contó hace poco que durante el cierre de campaña electoral que hizo el gobierno en mil novecientos noventa, en la revoluta de consignas, guaro y banderas, conoció a una muchacha con quien terminó romanceando justamente debajo de la tarima principal. “Se llamaba Ana Sirias”, me dijo. “Recuerdo su nombre porque lo repetí varias veces para que no se me olvidara”. Dudé de esa confesión porque yo conozco todas las correrías de mi amigo, así como él las mías, y nunca me había relatado ese episodio de tinte político-partidario. Cuando hice el reclamo correspondiente, me contestó: “No te lo había contado porque ese fue un polvo no relevante”. De la misma manera que mi amigo repitió el nombre de Ana Sirias para que no se le olvidara, yo quedé insistiendo la expresión “polvo no relevante”, todo para encontrarle algún sentido, si caso lo tiene en el ámbito de las relaciones interpersonales. Le dije a mi amigo: ¿Creés que haya polvos no relevantes como para sacarlos de las listas de los polvos “oficiales”? Mi amigo me dijo: “Claro que sí, no jodás”. Entonces le pregunté: ¿Y no creés que vos podrías ser un polvo no relevante de alguien? Y él, después de quedarse callado unos minutos, contestó: “Fijate que la Ana Sirias tenía una sonrisa bien bonita”.

CUESTIONES INMOBILIARIAS

Estaba almorzando con unos amigos el día que José Mendoza, ex teniente del ejército, se me acercó para pedirme un consejo legal. Me relató que para los años ochenta había gestionado la compra de una casita en Villa Libertad, al oriente de la ciudad capital. Que como ya ganaba un salario más o menos decente, se había llevado a dicho inmueble a Carmen, una mujer pizpireta de caderas cilíndricas, quien trabajaba de civil en el Estado Mayor. Que para esas fechas lo mandaron a estudiar Tropas Generales a Cuba, por año y medio, y que cuando regresó encontró que Carmen había puesto la casa a su nombre gracias a la intersección carnal de un capitán de apellido Tinoco. Después de hacerle algunas preguntas, el ex teniente me dijo bien apesarado que un peregrino polvo le había quitado la casa, a lo que yo le dije que sí, que ese tipo de polvo era de aquellos que la doctrina jurídica llama “polvos inmobiliarios”, pero que talvez Carmen había sacado más provecho de lo que él se imaginaba. José Mendoza me quedó viendo con extrañeza. Suspiré y le dije: “Mirá hermano, si Carmen utilizó esa casa para conseguir préstamos, el polvo echado no fue solamente inmobiliario, sino que tuvo efectos hipotecarios”. Entonces vi cómo a José Mendoza se le llenaron los ojos de lágrimas.   

ENTERRAMIENTOS

Nadie podría imaginar que Silvia y Noel tenían como lugar de sus encuentros amatorios el cementerio occidental de Managua. La primera vez que reposaron sus cuerpos sobre una lápida fue cuando quedaron rezagados después de un funeral vespertino donde enterraban a la hermana de una amiga de Silvia. Verdad que Noel desde chavalo quería pelarle el ojo a la muerte “en su misma casa”, y que a Silvia no le daba miedo acostarse sobre las tumbas, considerando que una vez, en el último año de la década de los setenta, media hippie y media insurgente, había hecho el amor cerca del Puente El Edén (vaya nombre) en medio de una balacera de los mil demonios. Bueno, la historia es que el día que explotó Chernóbil, después del noticiero televisivo de las ocho, Silvia y Noel arribaron de la mano al cementerio con el propósito de reiterar la consumación del acto que los mantenía más unidos que un diputado a su curul. Encontraron una zanja, seguramente en espera de un cliente tempranero del siguiente día, y sin pensarla mucho se metieron en ella. En una maniobra sublime, Silvia se puso encima de Noel y le dijo que esa noche se moriría de placer antes de morirse de verdad. Noel intentó parpadear y sintió cómo Silvia se acomodaba en aquella incomodidad. Silvia reía porque Noel se quejaba del desnivel del fondo de la zanja cuando sintieron que un puñado de tierra caía sobre ellos. La primera reacción fue quedarse quietos, a lo mejor creyendo que aquello había sido un derrumbe natural, pero en seguida sintieron que una cantidad descomunal de tierra llovía sobre sus cuerpos semidesnudos. Silvia gritó (incumpliendo la promesa de no gritar aun en casos de miedo) y Noel se levantó, aparentemente, para impedir que otra palada de tierra cayera sobre ellos. Como la zanja no era muy honda, Noel saltó a la superficie con relativa facilidad, y en seguida llegó a su lado Silvia, con el brassier en una mano y una piedra en la otra. Arriba no había nadie. No había ningún ruido, ni siquiera los perros ladraban. Silvia le dijo a Noel: “Talvez fue un temblor”, pero cuando ella giró la cabeza, al percatarse de una estampida ligera, vio a Noel que saltaba un muro con las nalgas al aire, tal como si huyera de una mujer celosa que lo había cogido in fraganti con su mejor amiga.        

Segunda mitad

Por Edgard E. Murillo

Un día de estos, mientras conducía al trabajo oyendo una canción de KC & The Sunshine Band, recordé que cuando tenía once años tuve la experiencia de “verme” siendo un adulto. Puedo evocar exactamente el lugar y el momento donde gesté esa febril proyección: en casa de mi madrina Irma en Villa Don Bosco, viendo el último partido de Pelé, donde el rey se puso las camisetas del Cosmos de Nueva York y del Santos de São Paulo, para jugar cuarenta y cinco minutos con cada una de ellas. En el entretiempo del partido me vi de veintiséis años, casado por amor, o por algo parecido a eso, y propietario de un faro sobre una ensenada, contiguo a una estación de ferrocarril.  Aunque no tenía claro a qué me iba a dedicar para ganarme la vida, en la visión yo estaba satisfecho porque había asistido al Mundial de Fútbol de mil novecientos ochenta y seis, cuya sede obviamente para entonces yo desconocía.

Bajaba la cuesta de Asososca cuando aleatoriamente salió de mi playlist la canción Sandy, de John Travolta. Como si estuviera sentado en la butaca del cine, sentí nuevamente la emoción lacrimosa de cuando Danny Zuko implora a Sandy que se quede un rato más, que él está in misery (o sea, hecho mierda) y que sigue preguntándose por qué lo dejó. Trato de recordar porqué Sandy abandonó a Danny y me parece que el tipo le hizo un desplante muy grosero. Más adelante, frente donde fue la embajada americana, hay un embotellamiento, lo que aprovecho para saltar la canción que sigue porque no va con el espíritu de la mañana.     

El Mundial del ochenta y seis se realizó en México, pero la final no la vi en el estadio Azteca, sino en un auditorio semiabierto cerca de Ticuantepe. Algo no cuadra aquí, me dije. Creo que a partir de entonces empecé a darme cuenta que la vida no era la justa aliada que yo creía, sino una señora de piernas cruzadas que tejía trampas para el prójimo, y que a pesar de ello persistía en ser encantadora.

A la altura de la estatua de Montoya, mis reflexiones se profundizaron cuando sonó la canción More, More, More, de la ex actriz porno Andrea True. Pensé en cómo la vida nos envuelve en su remolino, sacudidos por ese capricho de Dios llamado azar, como decía Marguerite Yourcenar; y cómo la gente que vamos conociendo, en las diferentes vueltas y percances, nos va influenciando o marcando, tanto para imitarlas como para no parecernos del todo a ellas. Cavilé que atravesamos por situaciones que determinan, difieren o distorsionan nuestras historias personales, acontecimientos íntimos que laceran las emociones, como un duelo o el exilio, además de las tragedias colectivas, que en la mayoría de las veces nos convierten en caínes prepotentes, como pasa en las guerras y las revoluciones.

Cuando Patti Smith descargó su apasionada voz en Because the Night, pensé en cuánto del niño que fui quedó en el adulto que soy ahora. Saber si tengo todavía algún porcentaje de producto limpio surgido de mis sueños infantiles cobró mayor relevancia cuando Donna Summer gimió Down Deep Inside, tema de la película donde Jacqeline Bisset se negó a salir desnuda, pero ni falta que hizo. En seguida hice un recuento rápido de los acontecimientos más notables de mi vida, es decir, mis desgarros, triunfos, errores y satisfacciones que me han dado identidad; pero al inventariarlos dudé que la suma de ellos fuese garantía inequívoca para explicar el resultado de lo que soy hoy en día. Porque hay eventos, por ejemplo, que sin ser de los llamados “importantes” puede que hayan calado más con respecto a los que sí lo fueron. Hay amores “menores” que a lo mejor tuvieron mayor significancia de la que yo supuse que tenían. Talvez alguna de mis indecisiones no se deba tanto a miedos como a convencimientos malos o buenamente preconcebidos.  

Al arribar a mi destino, estaba terminando de sonar The Logical Song, de Supertramp, la que no pudo caer en mejor momento (“¡Por favor, decime quién soy!”). Casualidad o no, dejé correr un par de canciones en espera que fueran las ocho en punto. Bajé del carro y vi el cielo. El sol, inusualmente pálido, se escondía tras las nubes. Respiré hondo, abrí la puerta de la oficina y dije buenos días.

Resonaba en mi cabeza la última canción, una de Barry White, cuando me sentí nuevamente de once años, disfrutando del partido de despedida de Pelé, viéndolo correr con la camiseta del Santos sin lograr anotar como lo había hecho con la del Cosmos. Entonces, en ese preciso momento, escuché la voz de ese niño diciéndome que la vida es un juego único e irrepetible y que mi segundo tiempo apenas está comenzando.

Novedades abrileñas

Por Edgard E. Murillo

FELIPE

Después de tantos años de espera, murió el Príncipe de Edimburgo, consorte de Isabel II, la gruñona mandamás de Gran Bretaña, Irlanda del Norte y de la Commonwealth. Felipe llevó una vida, no de Rey, pero casi-casi. Se tomaba los lunes libres, dormía en cama-separada y bebía cerveza negra como los vikingos, además, tenía la coartada de decirle “mi reina” a Isabel sin que esta sospechara que estaba siendo zalamero o insincero.   

TITANIC

Se cumplieron 109 años de cuando Jack y Rose, por andar de calenturientos sobre cubierta, distrajeron la atención del vigía de turno, quien no tuvo tiempo para avisar que el Titanic iba a chocar de costado contra un iceberg en el Atlántico Norte. De todas las mujeres enamoradas que iban en el barco, solamente Rose pudo sobrevivir. Gracias a ella, Celine Dion hizo una canción, y James Cameron, el marido de Linda Hamilton, se enredó con la nieta de la sobreviviente.

FACULTADES

Miguel Bosé dio una entrevista en la que dice que está perdiendo la voz en la medida que ha ido menguando su vivencia en el amor. Esta noticia pone en el tapete la disminución de las facultades por escasez de ternura. Es posible que así sea, aunque el cantante dijo también que en toda su vida consumió drogas de forma aleatoria e indiscriminada, por lo que a lo mejor la reducción de sus atributos tenga que ver más con algún síndrome de abstinencia que por falta de traqueteo.      

CALORES

Empezaron los calores sofocantes. Según el termómetro, ha hecho más calor en Managua (37° C) que en Chinandega (35° C), algo que nos debe de preocupar a los capitalinos. Todavía hace unos años fui testigo de un cuadro insólito. En una calle del mercado de Chinandega, cerca de los juzgados, un gato estaba dentro de un charco para sofocar el calor. La gente se detenía para tomarle fotos, en tanto el minino, con el agua al cuello, decía miau sin mucho afán. “Esto jamás lo veré en Managua”, pensé, sin imaginar que pronto nos convertiríamos en concesionarios exclusivos del Infierno.

ALQUILER

He estado pendiente del abandono de la casa del vecino del lindero oeste. Cada día la maleza se extiende por el patio; las enredaderas, secas y deshojadas, trepan por el enmallado, formando una pared casi fantasmal, y las hojas, podridas todas, están a punto de hacer colapsar el bajarete sobre el lavadero. La bujía se ha fundido y parece que nadie ha abierto la puerta trasera desde hace varios meses. Voy a dar un rodeo a la propiedad colindante, talvez haya algún rótulo que diga “Se alquila”. De haberlo, existe la oportunidad que tarde o temprano me convierta en vecino de mí mismo.  

CICLOS

Gracias a las temperaturas, abril cuartea la tierra para la temporada lluviosa. En este mes, abundante en mangos y sandías, me han sucedido varias cosas: Di mi primer beso, supe que Tracy Chapman tenía las pelotitas adentro y no colgadas, como creía la gente; subí al ciberespacio el Barco Azul y llegué a la conclusión que todas las religiones son falsas y verdaderas al mismo tiempo. En abril generalmente caen las primeras lluvias. Esto sucede tres semanas después que el ceibo que está frente a mi casa bota todas las hojas y asoma los primeros rebrotes verdes en la punta de las ramas. Entonces, con los primeros chaparrones, empieza otro ciclo en este mundo de príncipes consortes y de temperaturas extremas. Un mundo en el que, para bien o para mal, solo somos aves de paso.   

Notas y remembranzas

Por Edgard E. Murillo

Una tarde calurosa, cuando yo tendría unos treinta años, visité el salón cervecero Los Ídolos. Con lapicero en mano y sentado en la barra, de cara a la rotonda de Bello Horizonte, escribí sobre una servilleta diecisiete razones para dejar de beber guaro. Cuando cumplí cuarenta, exactamente en el mismo lugar, me vinieron a la mente solamente cinco razones, esta vez convertidas en simples “motivos”. Entonces tuve miedo y apuré un trago de cerveza. Debe ser horrible quedarse sin excusas.    

ii

Los extraterrestres no han visitado la Tierra porque están esperando la evolución fatal del lenguaje inclusivo.

iii

Soy todas las noches figuraciones anticipadas, conatos de lo que seré al día siguiente. Por esa razón me gusta madrugar. Entre menos duerma, más probabilidades tengo de cumplir con las ambiciones de la víspera.

iv

Desisto continuar creyendo que lo que he visto por las noches en el cielo sean objetos voladores no identificados. He seguido las trayectorias rectas y los giros tímidos de las extrañas luces sobre el espacio abierto de Managua, provenientes del mismo punto cardinal; los he visto brillar y luego apagarse, como lo haría una microsupernova caprichosa. Cuatro avistamientos disfruté el pasado mes de febrero, justo cuando pensaba que las coincidencias me estaban abandonando. Pero he llegado a la conclusión que no son ovnis pilotados por extraterrestres. Son unos estúpidos drones. Y eso me pone de mal humor.  

v

No puedo olvidar la explosión del transbordador espacial Challenger. Ese día una enamorada me iba a dar el sí, pero al final no me dio ni el sí, ni el no, ni el talvez, pues nunca más la volví a ver. La imagen de la tragedia me consuela porque imagino que la supuesta enamorada iba en el transbordador y que ella murió en vez de la profesora de secundaria.

vi

Cuando yo estaba pequeñito, doña “L” llegó a casa de mi mamá preguntando si habíamos sentido un temblor de tierra. “No quiero morir a la edad de Cristo”, dijo compungida. Yo la quedé viendo, y a decir verdad, no le vi ningún rasgo bíblico. Con el pasar del tiempo conocí a varias personas que tenían miedo de cumplir treinta y tres, porque creían que a esa edad podían estirar los tenis de manera espontánea; pero gracias a la libre confesión de doña “L”, se me hizo fácil llevar la cuenta de sus años, para satisfacción mía, y mala suerte de ella.   

vii

Una mañana, cuando yo tenía diez años, jugaba a la guerra con Jorge Danilo y Cocoliso. Utilizando reglas de madera, clavos, hule y un trozo de cuero, habíamos construido rifles que lanzaban semillas de jocotes. Cuando la mamá de Jorge Danilo nos vio, dejó escapar una seria recriminación: “¡Chavalos jodidos, cuidado le sacan el ojo a un cristiano!”. Quedé confundido. ¿Cómo iba a saber yo quién era un cristiano, un musulmán, o simplemente un ateo? Pero la pregunta que más me atormentaba era: ¿Será que el ojo de un cristiano tiene más valor que el de los demás?   

viii

Era un país tan miserable, que las aspiraciones de los bachilleres no estaban cifradas en el estudio de las ingenierías o las ciencias médicas, ni en el cultivo de las artes o la búsqueda de la verdad por medio de la investigación, sino en colarse en algún partido político para lograr una concejalía o una pinche diputación, cueste lo que cueste, “porque soy el elegido, sí señor”.  

ix

Estoy absolutamente convencido que solo se quiere una vez. Las otras nueve ocasiones son variaciones de la misma melodía, a veces con violines, y otras veces a capella.

x

Pasan cosas muy extrañas. Ayer me confundieron con otra persona. Fue tan convincente la emoción de mi interlocutor que, cuando me despedí de él, dudé por un instante de mi propia identidad.

xi

Recuerdo el día que por primera vez vi una mujer desnuda en movimiento. Fue alrededor de las siete de la noche, en el destartalado cine Colonial. Había llegado con Cocoliso y Marcos a ver sin ropa a Sylvia Kristel, para entonces la mujer más famosa del mundo. Yo había visto mujeres desnudas en las revistas que el profesor de educación física del colegio nos había requisado, pero no había apreciado a ninguna caminando de un lado a otro, lo cual apremiaba mi curiosidad. El cine estaba tan abarrotado que la taquillera nos entregó los boletos de forma automática, sin percatarse de nuestra ansiedad de adolescentes. Nos quedamos de pie, cerca de la puerta izquierda, a la orilla de un ventilador que soplaba aire caliente. Cuando apareció Sylvia Kristel en pelotas, la sala quedó muda. La vi caminar de frente hacia la cámara, despacio y segura, con sus ojos claros puestos en mí. De repente, Cocoliso me tocó el hombro. “¡Qué jodés!”, le dije, “¿Qué pasó?”. Cocoliso me dijo que su papá estaba a unos metros de nosotros, debajo del proyector, y que teníamos que irnos, porque si el viejo se daba cuenta que andábamos viendo Emmanuelle, él, Cocoliso Rodríguez, no se salvaría de una buena aporreada. Diciéndome esto estaba cuando advertí que el viejo venía hacia nosotros con un cigarrillo encendido en la boca. Parecía un dragón endemoniado. “¡Nos vio!” grité. Salimos del cine como quienes huyen de un incendio y paramos la carrera hasta que alcanzamos el portón del cementerio oriental, muertos de risa. Nunca supimos si el papá de Cocoliso pudo reconocernos. Talvez no salió del cine en persecución nuestra porque no andaba dinero para volver a pagar la entrada. O a lo mejor solo iba al baño. Lo cierto es que la primera vez que vi a una mujer desnuda en movimiento hice record de cien metros planos en menos de ocho segundos, alentado por la mirada desafiante y tristona de Sylvia Kristel.   

Giras judiciales

Por Edgard E. Murillo

Desde hace un par de años estoy viajando a occidente regularmente para atender unos asuntos en los juzgados de León y Chinandega. A decir verdad, los casos en cuestión son el resultado de otros que bien podrían haber terminado de otra manera, sin embargo, como soy una persona que se deleita en viajar por el interior del país, no me importa que los dueños de los pleitos sigan halándose de las greñas. Total, la abogacía se sirve de las desavenencias, y el ser humano, cuando se trata de exponer e imponer sus vanidades, siempre tira al monte, como las cabras.   

Durante esos viajes, la mayor parte de las veces me detengo primero en los juzgados de León, esto debido a que el poder judicial solamente atiende hasta la una de la tarde, so pena que los vehículos de los funcionarios se conviertan en calabazas en caso de seguir estacionados después de esa hora. Pero antes de llegar al Complejo Judicial, que está en las afueras de la ciudad universitaria, tengo por parada obligatoria desayunar quesillo con bastante crema. Es parte de un ritual que tengo desde que era chavalo. Como norma de conducta y actitud ante la vida, me enseñaron que si vas a León por la carretera nueva, que ahora es la vieja, es pecado abstenerse de pasar comiendo quesillo acompañado de tiste en jícara en Nagarote o La Paz Centro. Es como viajar Ocotal sin pasar tomando café por Matapalo. Casi como entrar a una iglesia sin persignarse.   

Cuando el Complejo Judicial de León fue construido hace más de quince años, la gente creyó que todas las sedes de la justicia iban a ser así de bonitas. Pero la alegría duró poco. León fue la excepción, el arrepentimiento arquitectónico de las casas judiciales más o menos elegantes.

Pese a lo dicho, lo agradable del “Complejo Judicial de León”, con su doble pasillo en la segunda planta que permite neutralizar el calor propio de la región, no compensó en absoluto la burocracia ni el desorden. Los juzgados metropolitanos posiblemente sean los más caóticos del país, al menos en la tramitación de las causas civiles heredadas del agotado sistema escrito. Lo que medio salva el desorden es la amabilidad reprimida de los funcionarios que atienden al público, característica que los hace ser eficientes cuando quieren. Como nota graciosa, los funcionarios leoneses no les dicen “doctores” a los abogados, sino “licenciados”, que es lo que en verdad corresponde, pero lo hacen no por ceñirse a la letra del título, sino para dar una impresión de ser políticamente correctos. Ustedes ya saben cómo son los leoneses cuando pretenden presumir pedigrí ilustrado.

No acostumbro entrar a la ciudad de León después de las diez de la mañana, el tráfico atormenta las callejuelas estrechas, volviéndolas toditas iguales porque ninguna tiene nombre, y quien no conoce las vías de preferencias, que mejor se encomiende al misericordioso. Por esa razón, yo sigo la aburrida ruta que circunda la ciudad, pasando el puente sobre la hondonada del Río Chiquito, las zonas francas y el Maxi Palí, hasta llegar a la gasolinera Puma, donde hago estación para ir al baño y tomar café negro. Nota: No se les ocurra hacer pipí en los baños del Complejo Judicial de León. Yo sé lo que les digo.

Si un día usted transita entre León y Chinandega, y la vía está libre porque no están realizando ninguna reparación en algún tramo, o porque los policías en la entrada a Telica están revisando sus celulares, o porque los camiones de los maniseros están en mantenimiento, siéntase un ser afortunado.

Para sobrellevar el viaje de esos cincuenta kilómetros, no hay nada mejor que ver el paisaje, aunque sea de reojo, de la cordillera volcánica. Sin embargo, siento un vacío en el pecho cuando advierto la pálida cicatriz que baja por el volcán Casita. No creo que nadie pueda todavía abstraerse ante semejante tragedia.

Chinandega ha cambiado bastante. Si bien siempre hubo una fuerte actividad comercial, ahora hasta McDonalds tienen. Ya los juzgados no están dentro del mercado, sino que cuentan con su propio “Complejo” (He dicho en otras ocasiones que complejo y edificio no son sinónimos). Me dio gusto saber que al Complejo de Chinandega lo bautizaran con el nombre de María Haydée Flores, mi ex profesora de derecho agrario. Recuerdo con cariño a María Haydée, a pesar que un día me llamó “somocista” porque me puse a reír cuando ella dijo que el caballo de Pancho Villa corcoveó al presentir la muerte de su jinete. En realidad yo no me reí por la suerte de Pancho Villa, ni por la de Siete Leguas, su caballo, sino por otra cosa que se me ocurrió en ese preciso momento, de la que ahora no me acuerdo. Como sea, creo que el nombre está bien puesto, considerando que la profesora Flores formó a muchas generaciones con su peculiar estilo de enseñanza.

Cuando uno llega a los juzgados de Chinandega tiene la sensación de estar visitando un penal en medio del desierto. No hay árbol ni caseta a la vista, al igual que los juzgados de Tipitapa. Es increíble que no hayan sembrado una palmera siquiera. Pero ya adentro la cosa cambia. Los aires acondicionados, que deben ser muchos, sudan la gota gorda para que no la suden los usuarios. A diferencia de los juzgados de León, la sala de atención al público tiene sillas agradables a disposición de los pacientes que aguardan su turno con el talante de Job.  Como sé que me voy a demorar esperando, abro mi libro de turno y aprovecho cualquier ruido para echar una miradita al entorno.   

Llama la atención que a los juzgados de Chinandega llegan más abogados varones que mujeres, talvez por el calor, y las pocas abogadas que litigan son ya señoras, salvo una que me que me quedó viendo raro cuando en diciembre pasado le pregunté si en Chinandega había restaurantes vegetarianos. No comprendí su reacción. Esa vez estuve “platicón”, pero generalmente estoy callado. Hay mejores cosas que hacer que soltar la lengua en medio de tantos abogados.

En febrero pasado llegué y agarré el número veintitrés. Estaban atendiendo el quince cuando advertí a una abogada de ojos claros que estaba en ventanilla. Pensé que por la anchura de sus caderas debía llamarse Soledad o Jeniffer. Entonces me fijé que sobre el talle del pantalón se le veía una porción de la rabadilla surcada por dos estrías apenas perceptibles. Cuando la abogada se puso a contraluz, las estrías se mostraron más definidas. Miré alrededor y nadie veía la rabadilla de la abogada, solo yo. Eso me incomodó, por lo que para no seguir pensando en el asunto, me puse a buscar estrías en google. Perdón, quise decir que me puse a ver las actualizaciones de mis redes sociales.

Bueno, después de ser atendido tras largas horas de espera, toca buscar un lugar para comer. Chinandega tiene varias opciones, pero prefiero los bufetes populares. Allí uno puede encontrarse con algún conocido. Después de cierta edad, es más fácil encontrarse con gente en la calle que cuando se tiene veinte años; sin embargo, pese a que voy más o menos seguido a Chinandega, no he podido encontrar a un amigo que conocí durante la guerra, al que me encantaría volver a ver. Sólo sé que se llama Julio y que tiene voz de barítono trasnochado. Cuando lo conocí yo tenía dieciocho y él era más joven de lo que soy ahora, o sea que ya debe estar llegando a viejo, si acaso sigue vivo.

Por lo dicho, una vez finalizadas las actividades abogadiles, patrullo por las calles chinandeganas con la esperanza de reconocer a mi amigo Julio, aunque creo que tengo más probabilidades de encontrar a la abogada de las estrías. Entonces, a lo mejor, ella me ayude a encontrarlo. Vamos a ver que ocurre primero.

Renaceres

Por Edgard E. Murillo

PASOS CONOCIDOS

Fue exactamente frente a las taquillas de Cinemark, en Metrocentro. Yo estaba revisando de pie las notificaciones en mi celular cuando escuché el taconeo que alteró todo mi sistema nervioso. Levanté la vista cuando la mujer pasó frente a mí. Cargaba unas bolsas con artículos de librería y llevaba puesta una mascarilla de tela color beige, blusa blanca y falda negra ceñida. Así como existe una interesante asociación para identificar a las personas por medio de sus voces por sobre los rasgos faciales, di por sentado que aquellos pasos los había escuchado en la lejanía ultramundana de mis días. Quien sabe cuántas veces debí escucharlos para que fueran registrados en las fibras más recónditas de mi ser. La pigmentación de las pantorrillas de la mujer y la forma en que bajó por las escaleras me confirmaron que efectivamente yo había tenido tratos íntimos con ella en alguna parte; pero no pude adivinar, de primas a primera, en qué otra vida ella había sido mi devota amante, o si por el contrario, yo la había dejado ir de forma irresponsable, como la estaba dejando ir esa noche, en medio de una pandemia, por los pasillos tediosos de un centro comercial.

EL GRAN SUEÑO

Cada vez que me despierto por las mañanas tengo la sospecha que estuve muerto. Esto es así porque experimento el olvido de alguna cosa, por muy insignificante que sea. Uno se acuesta, muere y nace al día siguiente con la cabeza más o menos reseteada. No podría ser de otra manera: hay cosas que se olvidan durante el sueño. Cuando era niño, leí que una soviética estuvo en coma durante veinte años y cuando despertó no podía recordar nada, ni podía caminar, ni tampoco hablar. Esa historia me fascinó porque tuve una idea acerca de lo que significaba estar dormido más de lo necesario. O lo que es lo mismo, estar muerto durante un buen rato. Por algo Raymond Chandler tituló una de sus novelas “The big sleep”. El gran sueño. El sueño eterno. Eso debe ser la muerte: un sueño largo, libre de altibajos, ininterrumpido y radicalmente plácido. Si la reencarnación existe, lo que llamamos “deja vú” no debe ser más que la imposibilidad de recordar algo que vivimos en otra vida, algo que olvidamos precisamente por haber estado dormidos durante mucho, muchísimo tiempo.

LÍBRANOS DEL KARMA, AMÉN

Los budistas me caen bien aunque no los entienda. Recuerdo que a finales de los años ochenta unos budistas se ponían a tocar pandereta en la glorieta del parque central de Managua. Yo tomaba el autobús todos los días en el parque, así que les echaba un vistazo a los sacerdotes (supongo que lo eran) y me preguntaba que dónde dormían, qué comían, si sus mujeres usaban ropa interior y porqué siempre andaban rapados y envueltos en tela color naranja. Me parecían excéntricos. Luego supe que ellos andan con su rollo de liberarse de los karmas. El karma no es un premio-castigo impuesto por una deidad, sino que es el resultado “mecánico” de nuestras acciones. Está unido al asunto de la reencarnación, o más bien, del renacimiento. Dependiendo de nuestras acciones, al morir podemos luego renacer en una divinidad, en otro ser humano, en un animal o en un ser infernal. Algunos budistas entienden que el karma funciona como un “polvo” que se adhiere a nuestra alma cada vez que realizamos una mala acción. Si el alma pesa más, entonces bajamos más rápido a los infiernos. Yo, por si las moscas, trataré que mi alma siempre ande livianita. ¿Ustedes no?

ETERNO RETORNO

La versión occidental del renacimiento es la idea del eterno retorno. Para los estoicos, la estructura del tiempo es cíclica, por lo que todo está condenado a repetirse a perpetuidad. Quiere decir que tendremos que vivir esta vida innumerables veces, y no habrá en ella nada nuevo, pues según Nietzsche, adalid consumado del eterno retorno, “cada dolor y cada placer y cada pensamiento y suspiro, y también cada cosa indeciblemente pequeña y grande de tu vida, deberá retornar a ti, y todas en la misma secuencia y sucesión”. No me gusta esta versión. Saber que naceré de nuevo siendo otra vez yo, en tiempos y circunstancias idénticas, y no pudiendo cambiar nada, me da pavor. Si tan solo tuviera la capacidad de corregir algo, como empujar a alguien por un barranco, pues a lo mejor. No tiene chiste nacer infinitamente en el mismo pellejo si volvemos a cometer los mismos errores y disfrutar los mismos placeres. Sin embargo, puede ser que el cuento del eterno retorno explique excepcionalmente la naturaleza de los presentimientos, esas cosquillas que sentimos en el alma cuando estamos frente a alguna decisión; aunque creo que los presentimientos son otra cosa. Talvez no sean más que susurros de advertencia de algún ángel indiscreto o de cierto habitante de un mundo paralelo aburrido de vagabundear. Nadie lo sabe. Solo lo sabremos el día que hayamos traspasado el umbral definitivo, poniéndole punto final a tantas especulaciones.     

El tiempo de la estrella roja

Por Edgard E. Murillo

Una de mis costumbres en época de verano es mirar el cielo tachonado de estrellas. Suelo hacerlo entre nueve y las diez de la noche, tanto porque en ese fragmento de tiempo las estrellas que me interesan están en mejor posición de ser observadas, como por razones de regocijo, pues no hay nada más sabroso que sonreír minutos antes de sumergirme en el encanto del sueño. La observación la hago desde el patio de mi casa, en un espacio situado entre el palo de nancite y el cerco enmallado del lindero oeste. A esa hora, allí se coloca el cinturón de la constelación de Orión, por lo que tengo que empinarme para poder ver a Rigel, su estrella más brillante, o agacharme un poco para encontrar a Betelgeuse, la estrella roja que me interesa sobremanera porque “pronto” podría explotar para convertirse en una supernova. Dicen los astrónomos que cuando estalle, el brillo de su colapso iluminará más que la luna y que será visible en pleno día durante mucho tiempo. Moriría feliz si tuviese la oportunidad de ver el ocaso fulgurante de Betelgeuse, aun sabiendo que dicha estrella está a seiscientos años luz de distancia. Quiere decir que si explosión sucediese mañana, lo que veamos en el cielo habrá realmente ocurrido cuando los españoles todavía no se habían montado a sus carabelas para descubrirnos. Esas mediciones del tiempo se me antojan fascinantes y dan paso a meditaciones y especulaciones de diversa índole, al punto que he tenido la sospecha que todo el firmamento bien podría ser una impostura de Dios, algo así como una jugarreta para confundirnos. A lo mejor no haya tal infinitud estelar y lo que exista no sea más que una maraña de espejos superpuestos donde las estrellas se reflejan de forma desquiciada y repetitiva ad nauseam; porque si a Dios se le ocurre escribir derecho sobre líneas torcidas, ¿quién garantiza que el Máximo Creador no quiera divertirse a costa de estas limitadas y mortales criaturas que embobadas apreciamos las noches despejadas? Recordemos que Dios lleva una vida solitaria, exenta de sobresaltos, cuyos gustos, antojos y necesidades todavía desconocemos.

A pesar que las elucubraciones espacio-temporales dan lugar a simpáticas fantasías, caemos en seguida a la cuenta que mientras nos quebramos la cabeza en ello, eso que llamamos vida, con sus mares de lamentos y anhelos desmedidos, nos va consumiendo irremediablemente. Y así sucede cuando también nos hacemos las grandes preguntas filosóficas, como el sentido de la vida y el fin de la misma, proceso en el cual hemos creados las religiones y las ideologías, para consuelo y condenación de nuestra especie.

La vida podría semejarse a un globo que depende de nuestra capacidad para inflarlo, de ahí que Séneca afirmaba, en respuesta a quienes se lamentaban de la duración de la vida, que ésta no era breve, sino que los humanos la abreviábamos con nuestros excesos y negligencias. Pero hay un momento en que la vida no me parece corta ni extensa. Sucede cuando veo el cielo en las noches despejadas de verano, pues dicha actividad tiene por mérito distorsionar el tiempo, o más bien, hacer que el mismo tenga una justificación más íntima y satisfactoria. En esos momentos, el pasado se entromete con el futuro, haciendo que el presente carezca de sentido, como si por momentos dejáramos nuestro tiempo y nos metiéramos en el de las estrellas. Luego, al bajar la vista y sentir mi corporeidad, con cierta congoja extraña, vuelvo a la realidad finita y sensitiva.

La verdad, amigos míos, la vida es elástica. Es inmensamente larga cuando estamos en la infancia, y se va haciendo incómodamente corta a medida que envejecemos (Oh, paradójica relatividad). Por eso le tengo envidia al brillo de Betelgeuse, aun sabiendo que se está muriendo, pues seguirá jugando con el tiempo de los humanos, en espera de una señal de Dios para estallar, y si por casualidad dicho evento ya ha sucedido, la pirotecnia de la explosión podría estar “en camino” para que, en un futuro no tan lejano, afortunadas retinas tengan el privilegio de apreciar el fenómeno, que nosotros, inquilinos cósmicos del presente, no tendremos el lujo de disfrutar.