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Por Edgard E. Murillo

A las cuatro de la tarde del doce de enero del año dos mil ciento cuarenta y dos, usando una poderosísima máquina del tiempo cuya procedencia revelaré en otra ocasión, arribé a la ciudad donde nací. Como la gente empleaba una jerga de palabras cortadas, quizás por exceso de tecnología, opté por hablar únicamente en casos de extrema necesidad. Más que hablar, mi propósito era conocer, así que lo primero que hice fue recorrer la ciudad y sus alrededores, guiado por la excusa de la comparación. El lago en forma de ocho había sido transformado en un estanque artificial surcado por dieciséis autopistas que se superponían como telarañas, y a lo largo de la costa de medialuna los edificios de cristal que se erguían orondos por las noches se hundían durante el día para evadir el calor. Una mañana quise saber de mí mismo, o sea, visitar mi tumba y averiguar si habría algún descendiente que tuviera mis lunares o mi forma de caminar. En el primer caso no tuve éxito porque el cementerio donde yo había pagado un lotecito en abonos suaves, ya no existía, y nadie me pudo decir dónde habían trasladado los huesos de sus inquilinos.

Siguiendo la sangre se me ocurrió acceder a los archivos del registro civil, poniendo el cuidado de no saber la fecha de mi muerte, porque eso de saber la fecha de tu último día debe ser una angustia terrible, razón por la cual yo compadezco a los condenados a muerte y de lo que se colige que por la misma causa odio la pena capital. Me dediqué pues a seguir la pista a cuatro de mis descendientes, dos hombres y dos mujeres. Uno de los hombres tenía el nombre, casualmente, como el mío.

Ya se entenderá dónde concentré las pesquisas. Encontré a mi tocayo en el Archivo de los Habitantes; vivía a tres minutos de distancia si se tomaba el tren hipersónico número 32 que salía cada 15 minutos del Gancho de Caminos, lugar que seguía llamándose así. La casa de mi descendiente era bonita pero pequeña, por lo que pensé estaba soltero. Me anuncié y él mismo salió  a recibirme. Le dije que yo era un jardinero que podía ayudar a podar los árboles. Rió de buena gana y no pude entender cuando me dijo que los árboles se podaban solos. No quise que me sacara de dudas para no seguir haciendo el ridículo. Antes de despedirme me fijé en sus ademanes y sinceramente de mí no tenía nada, aunque me pareció que achicaba el ojo izquierdo, tal como me pasa cuando sonrío. Los otros tres parientes del futuro residían temporalmente en otras áreas de la región, pues a los países ya no se les decía países, de modo que dejé de continuar la búsqueda, no fuese a suceder me encontrara con descendientes de un mestizaje más indefinido que el mío, que ni siquiera tuviesen el ojo izquierdo retardado.

Una semana después de mi llegada di persecución a las novedades y las posibles conductas residuales. Me gustó mucho el tratamiento de las aguas y la legislación en materia de fecundación, pero no logré entender por qué no había cambiado mucho la manera de elegir a los gobernantes; en igual sentido, las fiestas patronales, aunque tibias y esporádicas, seguían desarrollándose con abundantes bebidas espirituosas. Supe que los desfiles hípicos habían desaparecido cuando los derechos de los animales superaron a los de las personas.

Si bien mi ciudad permanecía en el mismo lugar, conservando su paisaje contra las montañas del norte, no llegué a sentirme del todo tranquilo, talvez debido al peso de la nostalgia o a una especie de arrepentimiento póstumo. Algo había en las personas que me era ajeno, las sentía como si fuesen prestadas o extranjeros en un país recién colonizado. Con esas impresiones me fui a caminar por el Malecón. Allí vi una placa que reseñaba la última destrucción del sitio ocurrida en el año dos mil ciento seis, cuando las aguas del lago recuperaron, por enésima vez, las tierras que le pertenecían.  Junto a un baranda de metal rojo estaba un hombre que parecía estar fumando, digo parecía porque sacaba humo por la boca sin tener ningún cigarrillo en la mano. Al igual que los árboles que se podaban solos, no pregunté al hombre de dónde provenía la fuente de aquél humo.  Me acerqué a él porque contemplaba el lugar donde había estado la península de cerros ondulados que tanto me habían encantado casi dos siglos atrás. Sin decir yo palabra alguna, el hombre dijo: “Dicen que ese lugar fue muy bonito, pero los comerciantes de arena desaparecieron la cordillera.” De su boca salió un chorro de humo color púrpura, y continuó: “Empezaron con el cerro cerca de la laguna verde, seca desde hace cincuenta años, y luego destruyeron los cerros ondulados que custodiaban una mansa laguna.” Le contesté que el ser humano es estúpido desde antiguo, pero el hombre insistió que eran menos brutos los de antes. No me opuse a su sabiduría.

El retorno al año 2017 no fue difícil. Un asunto físico favorecía el éxito de los viajes al futuro porque se aprovechaba la dirección del universo en expansión; en cambio, viajar al pasado se corría el riesgo de perderse en alguna ventana desconocida. En mi caso, mi regreso quedaba garantizado en tanto se trataba de transitar por el camino andado.

Cuando volví a mi año fui a cancelar el lote en el cementerio, e insistí a mi familia que de acontecer mi muerte a mediano plazo, echaran mis cenizas al lago, así por lo menos en el futuro descansaría en un estanque apacible surcado por dieciséis autopistas cuyos ruidos me acompañarían por un buen tiempo.

Guardé la máquina del tiempo debajo de mi cama, y, siguiendo las instrucciones del manual, le di el debido mantenimiento.

No tengo intenciones de volver al futuro de mi ciudad. Es cierto que allí tienen la dicha de desconocer quién fue Romeo Santos, pero me da la impresión que la música ya no es prioridad en el siglo XXII. Y eso es peor que morir.

 

 

 

 

 

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La mujer del diablo

Por Edgard E. Murillo

La noticia tomó a Teresa por sorpresa. A pesar que poseía habilidades para captar la intención de las caricias antes que éstas fueran a posarse en sus manos, inicialmente pensó que aquél beso fugaz se trataba de un juego, de esos que los enamorados inventan para creerse que son la pareja más original del universo, mas nunca se imaginó que lo que quería Augusto era pedirle matrimonio. El día que lo hizo, ella inventarió mentalmente los gastos de la boda, la lista de los invitados y el diseño de su vestido. Cuatro años de noviazgo merecían la mejor  cereza de la cosecha sobre el pastel. Sigue leyendo

Creer o no creer, esa no es la cuestión

 

Por Edgard E. Murillo

La tradición procesional de las fiestas patronales de Managua, con todo lo que le es propio o subordinado, ajeno o intrínseco, como son los negritos embadurnados de aceite negro, las bandas chicheras y el guaro embrutecedor, me ponen a pensar acerca de la conveniencia de la existencia de Dios y el desenlace de esas prácticas de jolgorio y fe, no solo en Nicaragua, sino en todo el mundo cristiano. Tomo el ejemplo de Santo Domingo, no porque sea mejor o peor que otras celebraciones, sino porque nuestros temores y dudas existenciales, valga la perogrullada, se repiten de generación en generación, diluyéndose, transformándose o sustituyéndose por otras prácticas que tienen como propósito el alivio de nuestras penas por el paso en el tercer planeta del Sistema Solar. Entonces es cuando veo al Káiser, mi perro más joven, y me pregunto ¿Será dicha o tuerce que los animales no profesen alguna religión? ¿Será que ellos sí conocen la felicidad porque no se preguntan si hay vida después de la muerte? Me río de estas preguntas y encuentro el consuelo en mis pensamientos. Pienso, luego existo, como dijo el filósofo; en cambio el káiser, existe aunque no tenga capacidad de pensar. Sigue leyendo

La causa de los mártires

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Por Edgard E. Murillo

Los héroes mueren jóvenes, decían los griegos. Por eso los viejos podrán llegar a ser sabios, pero jamás héroes, no importa que en algún momento de sus vidas hayan realizado actos heroicos, pues la muerte prematura consagrada a una causa vale más que los infinitos méritos de los veteranos.

Ante la ruptura del ciclo natural de la vida, la humanidad desde tiempos homéricos ha entendido la sangre de los mártires como el sacrificio máximo respecto al cual debemos rendir el mayor de los honores. El mártir no dice: “voy a hacerme mártir”. Si el martirio acontece es porque su conducta, o más bien su decisión, exige una fidelidad más fuerte que el apego a la vida, como bien lo ha expresado Antonio M. Baggio, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Sigue leyendo

La culpa la tuvo el González

Por Edgard E. Murillo

No recuerdo cuántas veces fui al cine-teatro González, el que incineraron hace poco y lo declararon de utilidad pública. Calculo que entre 1982 y 1985 asistí a ese barco de fantasía unas cuarenta veces. Allí vi a la jovencísima Susan Sarandon frotarse los pechos con tapitas de limón, a Robert De Niro desguapar la cabeza de un traidor con un bate de beisbol y a Martin Sheen surcar un río vietnamita para eliminar al coronel Kurtz sin tener la sospecha que terminaría siendo como él. También presencié un concierto casi en vivo de Los Beatles. Digo casi porque solo faltaron los melenudos para que todo fuera real: gritos, cantos, histeria, en una palabra, beatlemanía. La película se llamaba Los Beatles en concierto y por varios abriles dicho evento constituyó mi mayor delirio psicosomático.    Sigue leyendo

Cuando la inmortalidad se vistió de sargento

Por Edgard E. Murillo

De vez en cuando, con la sola pretensión de brindarle regocijo a mi alma, imagino estar presente en algunos eventos de entretenimiento que me hubiesen gustado vivir, por ejemplo, estar en el Yankee Stadium la noche que Reggie Jackson le metió tres jonrones a los Dodgers, o presenciar la final de la Copa del Mundo en México, en la que Pelé y Rivelino le dijeron con permiso a los azzurri. Me he visto en Woodstook, salpicado de lodo, en aquellos tres días de música, paz y amor, y también he admirado, desde un engramado húmedo tras una baranda, el despegue épico del gigantesco cohete Saturno V llevando los hombres a la luna. Son momentos que si tuviese un carro como el de Marty McFly, viajaría al pasado, no una, sino varias veces para re-vivirlos con absoluta felicidad. Sigue leyendo

Don Salomón se va al cielo

Por Edgard E. Murillo

El día de San Jorge, a la hora de la radionovela del mediodía, don Salomón, paciente de neumonía y abuelo materno de Hildebrando Ocaña, entró en agonía. Su hija Doris Leonor escurría una olla de frijoles cuando escuchó un lamento profundo; al principio pensó que se trataba de voces provenientes de la radionovela, pero al acercarse a su padre advirtió el cambio de respiración que los moribundos utilizan para emprender el último viaje.  La mujer dejó caer la olla y gritó a Hildebrando, hijo, tu abuelo se nos va. Sigue leyendo

¡Por fin!

 

Por Edgard E. Murillo

Los memes apocalípticos de las redes sociales, la supuesta tercera guerra mundial y las recientes desventuras de un boxeador venido a menos, ocupan la atención de los nicaragüenses en esta Semana Santa, sin percatarnos que después de la misma la tramitación de los juicios civiles será totalmente diferente. El Código de Procedimiento Civil, de 110 años, uno de los dos pilares jurídicos heredados por el presidente José Santos Zelaya, murió este 8 de abril sin pena ni gloria, y en su lugar lo ha sustituido el esperado Código Procesal Civil de Nicaragua. Sigue leyendo

Esta entrada es a propósito

Por Edgard E. Murillo

Cuando el calor del verano uniforma el cielo, y todo cuanto está debajo de él, pienso en cosas que no suelo pensar de ordinario: que si se detiene de repente la Tierra nos jodemos todos; que si las estrellas no sean más que luciérnagas gigantes que Dios utiliza para reírse de nosotros; que si a lo mejor ya he muerto varias veces, porque nadie sabe lo que es morirse. Cosas así. Son pensamientos fugaces pero recurrentes durante los meses de marzo y abril. Sigue leyendo

Quise decir verbal

Por Edgard E. Murillo

En el enmarañado mundo de las relaciones interpersonales no son pocos los que confunden los goces sensuales con el amor. A mí me sucedió una vez lo contrario y fue suficiente para que desde entonces repensara las palabras antes de pronunciarlas, más si se está frente a un público con escasa voluntad analítica. La equivocación tuvo lugar la noche que embrollé la palabra verbal con oral. Como saben, los límites entre esas dos palabras son muy tenues, casi como la que existe entre cielo y arriba. Pero mejor leamos lo que sucedió, así ustedes me darán la razón o me expondrán en el paredón de los reproches. Sigue leyendo