La siesta

Por: Edgard E. Murillo

Entró sigilosamente al dormitorio sombreado por las ramas del almendro donde a su creer se aislaba el rumor del mediodía; tendió una colchoneta sobre el piso cerca de la puerta al advertir que la cama estaba ocupada, cerró los ojos y soltó un suspiro para negociar el sueño; el viento que se colaba por el techo hacía mecer rítmicamente las cortinas verdes pareciéndole nubes precipitadas. Entonces, en el preciso momento de entrar en duermevela llegó a su nariz el aroma que hacía años no atrapaban las paredes, percibió murmullos fugados provenientes de la calle que se confundían con la campanilla de un vendedor de helados, sintió el peso del cuerpo liviano de cuando era un niño tendido sobre aquella colchoneta de cuero, escuchó la viñeta de un extemporáneo noticiero vespertino y el remolinear de las hojas del árbol de acacia derrumbado antes de la guerra. No fue propiamente que el alma se le desprendiese del cuerpo, como había leído y escuchado tantas veces, sino que había logrado penetrar a su pasado de forma abrupta y vertical en una medida de tiempo imprecisa como el intervalo entre dos relámpagos. Sigue leyendo

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Esa noche, aquella mujer

old-fashioned

Por Edgard E. Murillo

Estaba yo en el pub Edwards, en Richmond. Era poco menos de la hora de los espíritus y la música adquiría ese sonido a vidrio y risas diluidas en hielo y alcohol que la vuelven inconfundible y monótona; estaba en la barra, solo, con las rodillas dobladas, sentado sobre una de esas silletas de metal giratorias que ponen en las barras de los bares de todo el mundo. Estar solo no es aburrido como parece, en ocasiones se fundan amistades efímeras que son más interesantes Sigue leyendo

Tres microcuentos

Por Edgard E. Murillo

EL AUTODIDACTA

El muchacho encontró un libro tirado en la calle; su título: “Secretos íntimos de la mujer”. Deshojó el libro y luego lo tiró a la basura: había decidido averiguar por su cuenta todos los misterios femeninos sin brújulas ni cartas de marear, no quería que le quitaran el gusto de descubrir los placeres inéditos que con el tiempo llegaría a conocer. Así el muchacho se hizo sabio en el amor. Sigue leyendo

La noche del meteoro

meteorito

Por Edgard E. Murillo

Lo primero que hice cuando salí de la covacha fue ver el cielo, un cielo negro pringado de estrellas de todas las intensidades infinitamente posibles, parecía como si las pudiese coger con las manos, o más aun, como si fueran a entrar por los ojos; caminé hacia el punto de guardia y casi pierdo el paso en el borde del pozo tirador. Esa noche mi campo visual tenía que cubrir más de treinta metros, cerca de un alambrado tras el cual empezaba el cafetal, de espaldas a la cocina; eché un vistazo a la zanja para cerciorarme que no había algún animal y me senté en el borde empezando a calcular las dos horas de vigilia. Me di cuenta que estaba algo expuesto por lo que opté por agazaparme junto a un arbusto cuyas raíces sobresalían sobre el zacatal que llegaba hasta las covachas de periodismo. Una lechuza alzó vuelo desde algún lugar y sobrevoló el plantío de enfrente hasta perderse en la silueta del macizo de Peñas Blancas. Al rondín, que pasó como a la media hora, sorprendido de verme dos noches seguidas, le expliqué que la noche anterior había acompañado a una amiga en su turno porque ella tenía miedo; el rondín me dijo que me iba a enfermar si seguía desvelándome tanto, le contesté que nadie se muere de desvelo cuando se tiene veintidós años. Me quedé solo nuevamente. Pronto me puse a buscar satélites, soy muy bueno para eso; lo hacía por breves instantes porque no podía darme el lujo de descuidar la posta, además duele la nuca estar viendo tanto tiempo para arriba. Alguien salió de la covacha de zootecnia y le pedí la contraseña; una voz de mujer contestó y la dueña de esa voz salió en carrera rumbo a la letrina, algo le ha de haber hecho daño, pensé. En ese momento recordé que la correa del fusil estaba algo larga, lo bajé de mi hombro para acomodarlo en mis piernas y empecé a ajustar la correa. El cañón del AK-M estaba frío, casi húmedo, pero apenas olía a aceite; por miedo a que tomara sarro o por simples ganas de matar el tiempo me puse a frotarlo con mi gorra. En esas estaba cuando algo escalofriante sucedió de repente. Un sordo destello de luz pasó de un lado a otro sobre el cafetal; me suspendí del suelo, subí el fusil y me agaché, asomé la cabeza sobre el pozo y giré la vista hacia la cocina pensando que un vehículo había encendido las luces altas por accidente. Pero no, no había vehículo alguno. En cuestión de microsegundos se me ocurrió ver hacia el cielo. Y la vi. Vi cómo una inmensa estela de luz blanquiazul se difuminaba de Norte a Sur, era algo así como si Dios hubiese pasado una inmensa tiza sobre el pizarrón de la noche. Aquello era maravilloso. La estela demoró unos seis segundos en desaparecer. No tuve ninguna duda. Sobre la montaña, sobre la isla de Peñas Blancas, sobre nosotros, aquella fría madrugada decembrina, había pasado un meteoro. O algo cósmico que no podría precisar. A los pocos minutos pasó el rondín, me dijo que había “sentido” el destello pero que no había elevado la vista al cielo, igual me dijo el posta que estaba cerca del puesto médico (La muchacha de la letrina ni cuenta se dio); parece que solo yo tuve el privilegio. Le conté a mi relevo que estuviera atento, que la noche estaba llena de señales indescifrables. Me fui a acostar pero no pude controlar mi entusiasmo. Si acaso dormí, creo que lo hice sonriendo. Los perros ladraron hasta el amanecer.

Septiembre, 2014.

De venganzas y amores

eloisa

Edgard E. Murillo

Hace algunos años vi una película ambientada en Londres de 1940 acerca de una interesante historia de amor. A pesar que ya estaba comenzada decidí verla porque soy un irreductible aficionado de los filmes de la Segunda Guerra Mundial, además porque se trataba de una película inglesa, fuera de las monadas hollywoodenses. La trama es la que sigue: Una mujer británica casada con un general de la aviación se enamora de un diplomático alemán. Inglaterra se alista para otra contienda bélica mientras Jürgen y Lady Thompson viven su fantasía a velocidad de vértigo. Son fantásticas las escenas donde los amantes se desnudan sobre el vidriado techo del Royal Albert Hall en tanto suenan las sirenas anunciando los bombardeos sobre la ciudad. El frenesí de la guerra aumenta la pasión. Los enamorados hacen planes para fugarse a un país neutral, pero sucede que alguien le llega con el chisme al marido de Lady Thompson. El traicionado persigue a Jürgen pero este huye a su país. Lady Thompson queda desconsolada, su marido la perdona pero le establece serias y humillantes condiciones. Cuando se da cuenta que el amante de su mujer se encuentra en Dresde, el general ordena el bombardeo sobre esta ciudad, tiene la esperanza que alguna bomba alcance la cabeza del desgraciado. Cada explosión se convierte en una porción de su venganza. Dresde es reducida a cenizas. No se sabe si Jürgen logra sobrevivir. Sigue leyendo

Confesiones de amor

cc

Por Edgard E. Murillo

Camilo Mendieta hacía intentos desesperados por enamorarse de Enriqueta. Quería saber si talvez enamorándose de su novia aquella relación tendría música y sentido. Primero probó con besarla de forma diferente (Enriqueta era buena besadora en los primeros cinco segundos pero después tanto su lengua como su pasión menguaban), luego intentó con prologar las visitas a su casa, después con salir a bailar los viernes por las noche. Todo inútil. ¿Qué si Enriqueta estaba Sigue leyendo