Los besos de Raquel

besos

La mañana del catorce de Abril, mientras se disponía  a tomar un baño, Raquel resolvió seguirle la pista a sus besos. Un sueño madrugador le había advertido que si todo deja un rastro, los besos con mayor razón podrían tener el privilegio de la memoria compartida. Creía que la importancia de los besos en los recuerdos de las personas no podía ponerse en tela de duda, que pocos se preguntaban acerca de las huellas invisibles que dejamos desde que aprendimos el uso de los labios para esos propósitos; tenía la convicción que con cada beso uno entrega un pedazo del alma, un mordisco de la existencia misma que se transfiere sin revocación.

—El alma deambula a través de los besos— se decía, mientras repasaba mentalmente los nombres de los hombres besados por ella, excepto el segundo cuyo beso no había pasado de ser un pico de medio minuto con los ojos abiertos.

Salió del baño, se ajustó sus jeans preferidos y empezó la búsqueda de nombres pretéritos en el orden de aparición.

Sintió curiosidad de saber del comportamiento o las consecuencias de los besos que proporcionó a sus besantes; en seguida planteó para sí la idea de clasificar los besos en tres categorías: los buenos, los malos y los trascendentes; o mejor, los apenados, los fáciles y los molestos; rectificó en seguida al recordar las palabras que su madre le dijo cuando cumplió sus trece: “Hija, hay tres tipos de besos: los ingenuos, los juveniles y los de cama”.

Su mente se confundía en tantas evocaciones y ensayos clasificatorios cuando alcanzó a sentir el pellizco de una canción, de esas que suenan deliberadas para complacer las circunstancias e hinchan el pecho porque desafían el tiempo; la canción le sugirió buscar en el fondo de su alma lo que en realidad pretendía saber de sus besos; de pronto, curiosas posibilidades ampliaron el horizonte de su entendimiento y decidió buscar aquél beso que la había estremecido, el que por años había navegado con bandera propia en todos los puertos de su extensión femenina.

Encontró al sujeto gracias al informe de una amiga, era el administrador de la oficina de correos, no estaba segura de recordar su nombre, le parecía que se llamaba Armando o algo así. Una mañana decidió visitarlo en su trabajo, llegó temprano y se anunció.

El hombre, al ver a la mujer de treinta y tantos, de altas piernas y hombros bronceados, musitó una palabra que a Raquel le pareció la pronunciación de su nombre. Se saludaron y tomaron asiento en las silletas de cuero de la salita de espera. Llevaba un pañuelo rojo alrededor de su cuello, ligeramente suelto para que pudiera mezclarse con el cabello indómito que tantas veces él le había admirado en silencio.

Le ofreció café y ella le indicó que lo tomaba sin azúcar; hablaron de lo rápido que pasan los años y de la reciente Semana Santa. Después de varios circunloquios ella disparó: ¿Te acuerdas que alguna vez nos besamos?; tras una pausa el hombre, acomodándose en el cuero tieso de la silleta, contestó: ¿Alguna vez nos besamos? Ella sonrió contrariada, él se quedó serio y repitió la pregunta ¿De verdad nos besamos alguna vez?

Raquel no lo podía creer, hizo un ademán para levantarse, un calambre le subió por el estómago, intentó llorar, no pudo; de forma impetuosa y sin previa insinuación tomó al hombre de los hombros y lo besó. Fue un beso audaz, directo, sin contemplaciones; el hombre pretendió corresponder pero el contacto labial llegó a su culminación en cuestión de segundos cuando ella lo apartó de un empujón. Apresurada hurgó en su cartera y sacó un cigarro maltratado, lo encendió temblorosa  y succionó con desenfreno.

Observó al hombre que aún permanecía perplejo y sonrió. Una oleada de alivio y regocijo surcó los entresijos de su humanidad, retrocedió unos pasos y no sintió el peso de su cuerpo; la liviandad parecía ser causada por un estado de ingravidez que empujaba el humo de sus pulmones hacia cualquier parte mientras su corazón acomodaba las palpitaciones a la normalidad. De una manera maravillosa e inmediata se dio cuenta que el beso que tanto había idealizado estaba retornando a su alma sin pena ni celebración.

— Ahora me doy cuenta— dijo Raquel— que el olvido también regresa cosas.

A partir de esa mañana Raquel se sintió libre como nunca jamás y dejó de preocuparse por el destino de las cosas que se otorgan de forma consciente y voluntaria, porque al fin y al cabo uno nunca sabe de los juegos del recuerdo y el olvido.

16 de enero, 2012.

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