Sangre en mis labios

 

Luscious lips

Por Edgard E. Murillo

El sábado 18 de mayo Miguel se dio cita con Andrea en Los Ídolos. Era la tercera vez que salían y como las veces anteriores decidieron verse en un restaurante para luego terminar la jornada entre sábanas y abundantes consideraciones recíprocas. Andrea, treinta y dos años, sonrisa carnosa y ojos vivarachos, pero sobre todo soltera, había conocido a Miguel cuatro meses antes, en la clausura de un foro sobre danza contemporánea. El romance no tuvo más preámbulo que una docena de chats por los cuales ambos habían presentado sus credenciales de la manera menos hipócrita posible; sin embargo, desde que salieron por vez primera Andrea no se había reservado nada para después: su personalidad afincada en la espontaneidad se iluminaba en la intimidad y anunciaba con su talle bajo y con sus palabras que el amor sensual era su carnaval personal y que había que seguirlo y celebrarlo “como Dios manda”

Las cosas no podían estar mejor para Miguel, apenas tenía medio año de haberse quedado soltero, después de un extenuante y aburrido matrimonio de dos años que se desbarrancó sin darse cuenta; la presencia de Andrea le había devuelto muchos caprichos existenciales y arrancado emociones que creyó nunca más volver a disfrutar, ella era la novia que siempre había querido tener, o más bien la que siempre quiso ostentar. En realidad, ambos estaban cómodos y satisfechos con la relación porque se habían dado cuenta que coincidían en el gusto por la bohemia, el color azul, los poemas de Jaime Sabines, las caricias aleccionadas por las cervezas y las lluvias que aún no llegaban. Trataban evadir las conversaciones acerca de relaciones anteriores para fundamentar la suya bajo otros parámetros.

Esa noche Andrea llegó primero, a las siete en punto, escogió una mesa y pidió el menú. A los diez minutos arribó Miguel, ella hizo un gesto al mesero e inmediatamente fueron puestas ante ellos dos cervezas Toñas bien frías. Andrea había elegido ese lugar porque ahí se había iniciado en la dolce vita nocturna, y también porque de niña había vivido en Bello Horizonte y le gustaba el rumor sordo de los vehículos que circulan por la rotonda cuando el día se acuesta. Él sugirió pedir pollo rostizado, pues a su manera de ver las cosas, las pizzas ya no tenían la calidad que solían tener diez o quince años atrás, cuando servía en ese local un mesero que arrastraba los pies al caminar y que sus amigos habían renombrado “El pájaro patinador”, en honor a un pájaro que patinaba fatigosamente en una serie de televisión.

Una mesa que estaba cerca de la barra fue rodeada por cuatro músicos vestidos de negro ataviados por un escandaloso lazo rojo que hacía de corbata, al tiempo que entonaban “Feliz Cumpleaños” mencionando el nombre de una mujer. Pronto otro grupo hizo lo suyo en el pasillo.

— Lo bueno de aquí es que escuchás rancheras sin pagar—dijo Andrea mientras estiraba los brazos y subía sus pies en la silleta, los pies morenos y delicados que hechizaban a Miguel.

— Pero es un relajo, es un imposible escuchar las canciones— se quejó Miguel alzando la voz.

— A mí me gusta el relajo, ¿sabés por qué? Porque soy relaja por convicción más que por vocación.

Miguel rió, acercó la silla y gritó al oído de Andrea:

— En el futuro los instrumentos musicales no harán ruido, al menos en estos lugares; la gente se pondrá unos audífonos especiales para escuchar las canciones que han pagado, o sea que sólo vos vas a escuchar las rancheras, la gente verá a los músicos gesticular y tocar sus instrumentos pero sólo vos podrás escucharlos. Así las demás personas podrán conversar tranquilamente ¿No te parece interesante?

— ¡Eso sería espantoso!

— Hay cosas peores que eso.

— ¿Por ejemplo?

— Dejarse morir en nombre del amor.

— Es verdad. El amor se hizo para gozarlo, no para sufrirlo.

— Brindo por eso.

Chocaron las botellas y se dieron un beso acaracolado. En la pausa de la ranchería alguien puso en la roconola electrónica una canción de las Four Non Blondes (la única conocida de las Four Non Blondes); eso encendió el gusto por el canto de Andrea, tanto que pidió a Miguel que pusiera la canción nuevamente.

“¡Por qué no la conocí antes!” se dijo él. “¡Que linda es la vida!”, pensó ella.

Miguel vio el reloj, tomó conciencia que debían de seguir aprovechando el tiempo en otro lugar y así se lo hizo saber a Andrea.

— Dejá tu carro aquí, vámonos para mi casa en el mío y después te traigo de regreso —dijo ella, y añadió en tono pícaro —: Mi casa es pequeña pero tengo una cama con almohadas muy suaves.

Miguel pagó la cuenta sin demora y entregó una propina generosa al mesero. Dos mujeres pasaron cerca de la mesa y una de ellas gritó a Miguel: “Adioooooós”. Muy educado, con una sonrisa entre forzada y asustada él respondió: “Adiós amor”. Encogió los hombros y dijo a Andrea: “No sé quiénes son”.

Lo primero que hizo Andrea al llegar a su casa fue descalzarse y entrar al baño. Miguel se quitó la camisa y se echó de espaldas sobre la cama. Cerró los ojos. Todavía retumbaba en su cabeza el ruido de las trompetas y los guitarrones. Estaba pensando en que no había dejado recomendado su vehículo cuando sintió un golpe brusco en el pecho y unas manos que apretaban su cuello con furia. Se dio cuenta que era Andrea porque ella, montada sobre él sin dejar de estrangularlo, gritaba: “¡Maldito, maldito!” Miguel tomó los brazos de la mujer y la empujó hacia atrás, pero ella regresó con otra embestida, entonces Miguel la empujó con su rodilla derecha y levantó a Andrea en peso, la llevó hasta la pared y al fin pudo pronunciar palabra.

— ¡Qué te pasa!

— ¡Maldito, quiénes son esas zorras, decime maldito, a mí no me vas a ver cara de pendeja!

Como Miguel tenía sujeta las muñecas de Andrea para evitar arañazos u otro tipo de agresión, ésta trató de propinarle un golpe bajo, luego otro. Ella seguía gritando y pidiendo los nombres de las mujeres que habían osado decirle adiós a Miguel. Entonces Andrea se agachó, abrió sus brazos que estaban asidos fuertemente por las manos de Miguel e hizo un movimiento lateral que le permitió acercarse lo suficiente para morder el brazo izquierdo de su víctima. Los dientes se hundieron en la carne. Miguel sintió un dolor espantoso y sacudió a Andrea con las manos, ella dejó de morderlo y él apresuradamente tomó la camisa que había dejado en la cama, pero cuando buscó la puerta sintió las uñas de Andrea que le surcaban la espalda desnuda, él apuró el paso y escuchó el estallido de un jarrón contra la pared, cerca de la puerta.

— ¡Maldito, me las vas a pagar vos y esas putas!

Miguel salió a la calle y Andrea seguía con los gritos, algunos vecinos asomaban sus cabezas, cosa que no importaba a la mujer que se desgañitaba en insultos.

— ¡Me vas a reponer el jarrón hijueputa!

Cuando Miguel llegó a Los Ídolos aún estaba asustado, su corazón parecía brincar y bajar hacia el abdomen y respiraba con dificultad. Se sentó en la barra y pidió un trago doble de Gran Reserva mientras trataba de asimilar mentalmente lo sucedido. La mujer de la barra le sirvió el trago y le señaló el brazo.

— ¿Qué le pasó ahí? Tiene sangre.

Miguel dio un respingo, se vio el brazo por encima del hombro y apretó los labios ahogando un improperio, pero no dijo nada, sólo murmuró una disculpa, cambió de posición y apuró el trago. En el acto se dio cuenta que Andrea podría regresar a Los Ídolos, ella sabía dónde estaba estacionado su vehículo; sintió miedo que el escándalo lo siguiera hasta allí. Pagó el trago y recorrió el mismo pasillo angosto por el que había salido una hora antes de la mano de Andrea.

Nadie sabe el destino que espera tras el velo del vocerío y el golpe de las botellas, el chasquido de los besos o las palabras dichas o reprimidas; nadie sabe de las trampas hechas de uñas y dientes al amparo de la perfidia. ¡Que misterios se esconden en la sombra de las almas! Bulla, calor, luces de neón, música estridente, vidrio, cenizas, dolor, lengua, sonrisas. Todo se cruzaba en la cabeza de Miguel esa noche caliente y bizarra. Imaginaba las parejas buscándose las manos y los labios en la medialuz de los bares y karaokes sin sospechar si el final sería mágico o estupefacto. Quería llorar su mala estrella en el amor. Esa misma noche borró el número de Andrea en su celular.

Días después recibió un mensaje de texto de un número desconocido. Era la estrofa de un poema de Gabriela Mistral. Decía:

“¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.”

 

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