Bajo los cañones civiles

palacio

Alzó la vista al techo de tejas, hizo un rictus frente al grueso espejo, respiró hondo y dijo para sí la frase que lo envalentonaba. “Si tenés los pies en los estribos, no queda más que jinetearlo”. Había salido de su casa con el traje bien planchado y almidonado, del bolsillo derecho de su pantalón colgaba una leontina de oro que había prestado al joyero del barrio San Antonio, préstamo por el cual hubo que llevar a dos vecinos para que atestiguaran la entrega y la promesa de devolver la prenda tan pronto culminara el solemne acto en la plaza pública. Por las principales avenidas circulaban ya algunos coches de tiro, y hacia el norte, más allá de las líneas del ferrocarril, se oía el lánguido silbatazo del vapor “Amelia”. La ciudad todavía respiraba el siglo diecinueve.

El hombre llegó a la botica del doctor Filipo Bravo antes de las siete de la mañana, abrió el candado que estaba enganchado de la aldaba, empujó la puerta con los puños y entró. Una ventisca ligera que alborotaba el suelo de la calle Candelaria empolvó la mesita situada frente a un estante que exhibía grandes frascos de vidrio repletos de algodón, pastillas y jeringas de aluminio y cristal. Arrimó una silla a la única ventana de la sala y se puso a ojear el periódico “El Liberal”, haciendo espera que llegara doña Matilde, la vendedora de tibio y cosa de horno cuyo pregón cortaba la tranquilidad de la mañana. En la esquina superior derecha de la portada del diario podía leerse: “Cañonazos en la Capital”, lo que prendía el entusiasmo del aprendiz de farmacéutico.

Doña Matilde entró a la botica, puso el canasto que llevaba en la cabeza sobre la mesita polvorienta y sirvió el tibio humeante en un pequeño pocillo de metal.

— ¡Don Chacatillo!, ¿Y para dónde se la lleva tan catrín?—- A doña Matilde no le gustaba decirle Chacate, que era así conocido por todos, pero a falta de saber su verdadero nombre, suavizaba el apodo en diminutivo, el que por demás le parecía inofensivo y pintoresco.

—- Pues hoy es mi día, Matilde. Se lo voy a contar porque de todas maneras usted se va a dar cuenta, sólo que voy a esperar al patrón para no contarlo dos veces.

La vendedora aprovechó la espera para husmear en los frascos de vidrio mientras Chacate bebía en pequeños sorbos para no quemarse la lengua. A los diez minutos llegó el dueño de la botica; al igual que doña Matilde el doctor Bravo puso cara de moneda grande cuando lo vio enfundado con semejante vestimenta.

— ¡Idiay!, ¿Qué jodido te pasó ahora? — reprimió el doctor, creyendo que a su empleado se le había muerto un familiar, o peor aún, que se iba de viaje a León, como tenía por maña hacerlo sin consultárselo.

Chacate alargó su cara con una sonrisa, le pidió al doctor que se sentara y con una gravedad nunca vista en él, dijo:

— A las diez de la mañana me caso con la Mariíta en la plaza pública. Cuando oiga los cañonazos ya vamos a estar casados.

— ¡Ave María! — exclamó asustada doña Matilde, persignándose con la señal de la cruz.

El galeno quedó en una pieza mientras el otro mantenía la sonrisa y levantaba una de sus cejas como diciendo qué le parece; había escuchado que un cañón de artillería dispararía en la plaza pública para festejar in situ el primer matrimonio celebrado con arreglo al nuevo código civil, mas nunca pensó que su empleado iba a permitirse tal osadía, mucho menos su novia, la señorita María de Jesús, quien se veía tan recatada y sometida a las prácticas usuales de la parroquia.

— ¡Estás loco! — dijo asustado el doctor Bravo —- ¡La gente va a decir que un matrimonio sin cura no tiene validez! ¡Vos sabés como es la gente en esta Villa!

— Ya está decidido patrón, ahorita mismo voy a alquilar el coche donde el compadre Crisanto Lezama para que pase recogiendo a la Mariíta a las nueve y media. Mi hermana Virginia va a sustituirme por una semana, usted sabe que ella maneja la botica mejor que yo. Espero me disculpe pero fue una decisión de última hora. A lo mejor llega el mero presidente a la ceremonia.

— ¡Que presidente ni que nada!— dijo el doctor Bravo desaprobando con la cabeza.

Chacate alisó el casimir con las manos, le dio las gracias al patrón y salió silbando en dirección a la plaza, radiante y a paso erguido; algunas personas lo saludaban y él les regresaba el gesto levantando el ala del sombrero. Llegó a la casa de Crisanto Lezama que quedaba en el otro extremo del barrio y le indicó por dónde tenía que llegar con la novia a la plaza pública, advirtiéndole que cuidadito olvidaba a los testigos.

Cuando el novio llegó a la plaza ya estaba el Juez de Distrito y su secretario. A poco acudieron tres gendarmes con casco de guerra prusiano, un montón de curiosos y una delegación del ayuntamiento. Sobre un montículo de arena roja, en el extremo oeste de la plaza, había una mesa de madera labrada, dispuesta de forma que los novios le dieran la espalda a la iglesia parroquial. Sobre la mesa había un libro cosido a mano en cuyo lomo se leía Matrimonios y dos pluma fuentes marca “Waterman” por si una fallaba.

María de Jesús llevaba un vestido blanco de dos piezas, con un tocado rojo floreado, zapatos bajos forrados con gamuza color beige y un collar de inequívoca manufactura francesa que sobresalía por su finura y elegancia. Al bajar del coche conducido por Crisanto Lezama, un redoble de tambores indicó que la ceremonia estaba próxima a empezar. Ella había prescindido de todo maquillaje, a excepción de sus labios, adornados de rojo vivo.

Chacate, que chorreaba sudor bajo el sobrero, no paraba de sonreír admirando la belleza de su prometida. De cuando en cuando ojeaba el reloj y sumía la panza para realzar el traje de sastre que lo engalanaba. Los testigos eran dos hombres ilustres de San Antonio, leoneses de pura cepa, uno de ellos poeta y el otro talabartero. Estos habían preparado un almuerzo y bailongo en el Club Social cuyos gastos corrían a su cuenta.

La gente poco a poco fue aglomerándose frente a la mesa donde se encontraban los novios, los testigos, el juez y el secretario. Pronto empezaron las especulaciones que el novio era masón y que por eso había desdeñado el matrimonio religioso, otros juraban hasta con los dedos de los pies que la señorita María de Jesús en su adolescencia había traficado arrumacos con Alejandro Chávez y que el fantasma de la culpa la importunaba, en tanto las beatas aguzaban la vista para detectar cualquier ensanchamiento en la rabadilla de la novia, y los más benévolos aseguraban que Chacate lo que pretendía era obtener un puesto en alguna oficina gubernamental. Los comerciantes, los de apellido y los que no tenían, los estibadores del atracadero, los empleados del ferrocarril, las vivanderas, las maestras, los músicos de la Banda de los Supremos Poderes y hasta los borrachines, estaban esperando las palabras del juez de distrito bajo el inclemente sol de mayo.

El juez, de quien solamente diremos era bastante feo, abrió el libro en la primera página y en alta y clara voz procedió a leer:

“En la ciudad de Managua, Capital de la República, a las diez y veinte minutos de la mañana del dieciséis de mayo de mil novecientos seis, ante el infrascrito juez y secretario que autoriza, constituidos en la Plaza Pública según convocatoria presidencial, con el propósito de celebrar el matrimonio civil concertado entre Don Jesús María Saballos y la señorita María de Jesús Campos, a las voces del Código Civil, y…”

Los aplausos y las vivas a los novios no se hicieron esperar, el secretario pidió calma, pero como suele suceder después de las alegrías espontáneas, quedó flotando en el ambiente un murmullo que puso más nervioso al juez. Había ya más de doscientas personas en la plaza, el calor era insoportable, pero nadie se movía, podría decirse que la gente estaba disfrutando aquello como algo propio, entre una mezcla de orgullo y desafío al poder espiritual.

Cuando el juez anunció que los novios quedaban unidos en matrimonio, sonó un estrépito. Las palomas que se guarecían bajo los árboles que rodeaban la plaza salieron despavoridas con dirección al lago, la gente gritó de júbilo y los novios se trenzaron en un beso que demoró hasta que sonó el siguiente disparo. Amigos y familiares se abalanzaron sobre los recién casados, los testigos también eran felicitados, al igual que el juez, quien se apartó un momento para empinarse una botella de aguardiente de procedencia indefinida. De pronto, ante el asombro de todos, se abrió paso entre la multitud el presidente Zelaya. Iba sonriente, acompañado de su gabinete. El presidente abrazó a Chacate y le dijo algunas palabras al oído, luego pidió un aplauso fuerte para los novios y regresó de la misma forma al palacio de gobierno.

La fiesta en el Club Social estuvo alegrísima. Hubo muchos regalos y deseos de una gran descendencia.

Chacate nunca dijo a nadie qué es lo que le dijo el presidente al oído. Pero cuando estaba ebrio, cosa que hacía muy seguido, y escuchaba algún disparo o cañonazo, él se incorporaba y gritaba a todo galillo:

— ¡Viva Zelaya, jueputa!

(23-1-15)

Anuncios

2 comentarios en “Bajo los cañones civiles

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s