Ecce Homo (El juicio contra Jesús)

Ecce Homo_ Antonio Ciseri_

Por Edgard E. Murillo

Muchos sabemos, por información recibida desde niños o por aprendizaje escolar o religioso posterior, que Jesús fue condenado a morir crucificado por órdenes del representante romano en Judea llamado Poncio Pilato. Pero conocemos muy poco o nada acerca de las interioridades del proceso que se siguió en su contra, de las leyes imperantes, judaicas y romanas, y de todo el sistema administrativo de la comunidad judía que para entonces ya contaba con una organización política y jurídica de más de dos mil años de existencia. Historiadores, teólogos y juristas se han abocado a la tarea de encontrar pistas veraces y definitivas a este momento crucial, sin embargo sólo podemos atenernos a lo dicho por los evangelistas, de los cuales al parecer únicamente Juan estuvo presente en el arresto y en el juicio de Jesús. Sin pretensiones académicas ni exegéticas he escrito estas líneas para acercarme al tema lo más jurídicamente posible.

Jesús nace en Nazaret, en tiempos del rey Herodes El Grande, monarca de Palestina, aliado del más grande imperio hasta entonces conocido. Si bien la pax romana gobernaba el mundo gracias al poderío de sus legiones, los césares siempre tuvieron el cuidado de no alterar frontalmente las condiciones de fe de los territorios conquistados, en cierta medida permitían que junto a la diversidad de dioses paganos también se adorara a las divinidades territoriales, de tal forma que el Torá, el Talmud y la Misná siguieron siendo fuente teológico-jurídicas para el pueblo judío.

Roma interviene Palestina, Jerusalén y territorios aledaños en el año 63 a.c., por lo que toda la organización social, política y jurídica del pueblo hebreo estaba bajo la supervisión del Imperio. El máximo sacerdote, que a su vez era el presidente del Consejo Supremo (Sanedrín) era nombrado por Roma.

Pero no se crea que los judíos aceptaban de buena gana a los invasores romanos: jamás iban a aceptar la adoración a muchos dioses paganos. Hubo mucha resistencia y según los historiadores esa postura adquiriría ribetes de guerra santa, por lo que fueron muchos los levantamientos y escaramuzas de rebeldes en contra de las legiones romanas. Uno de esos patriotas malhechores fue precisamente Barrabás, a ello se debe el hecho que haya sido tan popular y estimado por su pueblo.

Bajo estas condiciones el pueblo de Israel vivía una “esperanza mesiánica”, estaban cansados de tanta sumisión y necesitaban de un salvador que los redimiese del yugo romano (Adviértase que cuando Juan se entrevista con Jesús en el Jordán le pregunta: “¿Eres tú el Mesías?”) Según el historiador Jorge Andújar esta pronta y deseada venida del Mesías con la presencia política y militar de Roma “configuraría un escenario adecuado para la figura jurídica de sedición que constituiría la acusación principal ante el juez romano Poncio Pilato”.

Jesús se encontraba en Getsemaní celebrando la Pascua con sus discípulos cuando en horas de la medianoche soldados judíos pertenecientes a la Guardia del Templo o Levítica ejecutó la orden de arresto emanada por el Sanedrín. Recuérdese que Jesús se encontraba dentro de los márgenes jurisdiccionales de Caifás, a la sazón sumo pontífice y presidente del Sanedrín. Según los Evangelios (oficiales y apócrifos) el arresto se hizo pacíficamente no obstante el pequeño incidente que hizo Pedro al cortarle la oreja a un guardia llamado Malco. Hasta ese momento no puede precisarse si intervinieron en el arresto soldados de las legiones romanas, todo parece indicar que no porque el Sanedrín tenía plenas facultades para obrar sin pedir autorización romana para los asuntos que ellos consideraban internos (Los mismos Guardias del Templo detuvieron y encarcelaron a Pedro y Juan días después de la muerte de Jesús).

Pero a Jesús no lo conducen donde el Sanedrín, quizás porque para las leyes judías éste solo podía funcionar en horas del día, en su lugar es llevado a casa de Anás, ex sumo sacerdote y suegro de Caifás. Son casi las dos de la madrugada, el Sanedrín requiere un mínimo de 23 presentes para conformar el quórum. Seguramente Anás, dado su parentesco con Caifás, logra interrogar a Jesús para inculparlo en el juicio en ciernes.

Configurado el Tribunal se fija el delito: Blasfemia. Ha incurrido en la gravedad de llamarse hijo de Dios. Los judíos están alarmados y quieren apedrearlo, en muchos de ellos no cabe la idea que alguien haya sido anterior al rey David. También ejerce el sacerdocio sin que ninguna autoridad “jurídicamente válida” lo haya ungido y perdona a los pecadores, como lo hizo con la mujer adúltera descubierta in fraganti violando la ley hebrea, o a la mujer de Simón El Leproso, quien lava sus pies con lágrimas y seca sus cabellos. Esto parece ser demasiado para una sociedad fanática y profundamente religiosa.

Seguramente Jesús conocía muy bien la ley hebraica, por ello de forma prudente en primer momento no pronuncia el nombre de Dios, sabe que si dice el nombre “Yahveh” podría ser inculpado por la comisión de un delito, pero luego admite que él es el Mesías y eso basta para condenarlo (El Torá establece que la blasfemia es un crimen que se paga con muerte por lapidación, según lo dicho por el mismo Moisés). Supletoriamente también se le acusa de afrentar al Templo, de ser un mago y de incitar el no pago de tributos. Este último punto sería magnificado ante el procurador romano una vez desestimada por este la blasfemia como delito invocado.

Los Evangelios oficiales refieren que acudieron como testigos de cargo gente que había sido comprada por el Sanedrín pero el Talmud de Jerusalén y el de Babilonia señalan que Jesús había sido condenado por seducción (levantamiento político) de acuerdo a la deposición de dos testigos en riguroso cumplimiento a las normas de la época. Esa versión fue duramente atacada por los cristianos en la Edad Media.

Pero siguiendo los Evangelios, se dice que Caifás, frustrado por la incongruencia de los testigos, decide ser él mismo el interrogador. Pregunta a Jesús: ¿Tú eres el Cristo?, a lo que responde: Sí, yo soy. Eso convierte a Jesús en reo por su propia confesión. Ya no son necesarias otras pruebas.

El Sanedrín encuentra culpable a Jesús y ordena su muerte en la Cruz. Cabe señalar que el derecho hebreo no contemplaba la pena de crucifixión por lo que dicha disposición fue contra ley expresa, lo que en el derecho moderno se le conoce como prevaricato. En la discusión no participan dos de sus miembros, quienes son seguidores del Maestro: José de Arimatea y Nicodemo

Los autores J.J. Benítez y Bernardo Pinazo recogen muchas irregularidades que estuvieron presentes en la discusión del Sanedrín, siendo las más importantes: los procesos de sangre debían llevarse de día y jamás pronunciarse en la misma jornada; no se produjo ninguna votación; no se configuró el delito de blasfemia según la ley hebrea; se requería la mayoría absoluta para condenar a un reo (71 miembros), Jesús fue condenado por el mínimo (23); el juicio debió ser abierto por uno de los jueces y no por falsos testigos. Tales fueron las nulidades que acontecieron en el juicio de Jesús.

Pero eran tiempos de ocupación extranjera y el Sanedrín no podía ejecutar la pena de muerte, para ello debía contar con la aprobación explícita del representante del Imperio. Así, el Evangelio de Lucas refiere que cuando el Sanedrín lleva el caso del Nazareno frente al procurador romano y gobernador de Judea, Poncio Pilato, éste hace uso de un recurso que los abogados conocen como “inhibitoria por competencia”. El pasaje dice: “Al oír esto, Pilato preguntó si el hombre era de Galilea. Y al saber que Jesús era de la jurisdicción de Herodes, se lo envió, pues él también se encontraba en aquellos días en Jerusalén.” Según algunos juristas, la actuación de Pilato fue correcta porque la ley judaica seguía la doctrina del ius sanguini, la cual ordena juzgar a las personas por los lazos de sangre.

Herodes Antipas (hijo de Herodes El Grande) no encuentra peligro en Jesús y hasta se burla de él, lo envuelve en una túnica púrpura y lo devuelve a Pilatos. Pero los sanedrines sabían que Pilato no condenaría a Jesús por el delito de blasfemia (a fin de cuentas a Pilato no le importaba si Jesús se creía rey de los judíos dado el carácter politeísta de Roma) así que urdieron contra el condenado un delito que sí puso en alerta al procurador romano: el delito de sedición. De esta manera el delito religioso, por el cual Jesús había sido apresado, es trocado por un delito de orden político.

Pilato examina a Jesús. El reo no cuenta con abogado que lo defienda como ya era usual en el derecho romano, incluso en los territorios ocupados. Al final el procurador dicta la sentencia para beneplácito del Sanedrín y del pueblo en frenesí de castigo.

Algunos autores especulan que la sentencia decía:

“Jesús de Nazaret, seductor del pueblo, conspirador contra César; falso Mesías, será conducido a través de la ciudad hasta el lugar de las ejecuciones y en ella permanecerá hasta la muerte”

Otros arguyen que solamente se dijo:

“Ibis ad crucem” (A la cruz irás).

Como sea, Jesús no pudo recurrir a esa decisión aunque otros lo hubiesen hecho por él por una sencilla razón: no tenía derecho a apelar por no ser ciudadano romano (Civitas optimo jure), algo que sí invocó a su defensa el apóstol Pablo cuando fue juzgado por el mismo Sanedrín varios años después.

La crucifixión era una pena infamante que se aplicaba a los que desafiaban el poder político de Roma, es decir, era una pena prevista en las leyes romanas. En el año 71 a.c. seis mil rebeldes leales a Espartaco habían sido crucificados lo largo de la carretera que conducía a Roma, la Vía Apia. Dada la crueldad de la pena, ciertos autores sostienen que a Jesús le aplicaron varios delitos (concurso de delitos), tales como: “receptatorum” o delito público de encubrimiento y complicidad, el delito de “soladiciorum”, o delito de asociaciones para fines ilícitos, y el delito de “sedittio”, delito público de tumultos; sin embargo en lo que coinciden es que seguramente fue sentenciado por el delito de Lesa Majestad (Laeasae Majestatis) perpetrado contra el Estado, ya que según la última versión de la Ley Julia, este delito se castigaba con el suplicio de la crucifixión.

Se dice que fue el propio Pilato quien puso las iniciales INRI sobre la cabeza de Jesús para burlarse precisamente de los judíos quienes no aceptaban que el martirizado era su rey. Como sabemos la frase abrevia: Iesus Nazareum Rex Iudium. Jesús fue detenido, juzgado, condenado y ejecutado en menos de 24 horas.

Vemos pues que Jesús fue sometido a un doble proceso, uno religioso (judío) y otro político (romano), ambos igualmente ilícitos y arbitrarios, en donde se violentaron sendos derechos reconocidos en las legislaciones de la época, además de incurrir en transgresiones a normas de procedimiento que llevaban implícitas nulidades.

¿Fue culpable Jesús frente a los delitos imputados? No creo que el incidente de dispersar los comerciantes del Templo hubiese puesto en alerta el poder de Roma como para temer que sus tributos mermaran considerablemente, salvo que Poncio Pilato haya dado un mensaje de escarmiento al enviar a morir a un hombre que había osado impedir la libre circulación de monedas. Es posible también que el procurador romano haya cedido a la presión del Sanedrín para mostrar que Roma “entendía” el sentir religioso de las tierras conquistadas. No acepto la versión que pinta a Pilato como un pusilánime que cedió ante la casta sacerdotal judía. Jesús no era militar ni usó la fuerza para disputar a Roma súbditos o riquezas, él dejó muy claro desde el principio que su reino no era de este mundo. Por ello no veo que el delito de atentar contra el Estado sea sostenible desde el punto de vista de la peligrosidad del procesado Jesús de Nazaret. Roma actuó en consecuencia con su naturaleza imperial.

Para los judíos la figura de un mesías surgido entre pescadores vulneraba sus creencias derivadas de las leyes mosaicas — algo que no interesaba a Roma habida cuenta que coexistían muchas sectas dentro de la comunidad hebrea — sin embargo más que eso quizás comenzó a inquietarle el espíritu legislador de Jesús en casos concretos (la mujer adúltera, el divorcio, etc.)

Religión y Poder decidieron la vida de un hombre cuyo martirio y posterior resurrección anunciada luego se convertiría en la esencia y creencia misma de la civilización occidental.

Viernes Santo, 2013.

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