El día que la luna tuvo dueño

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Por Edgard E. Murillo

Hace algunos años leí en alguna parte que un chileno llamado Miguel Onofre Huenchual, había presentado dos décadas atrás una denuncia en contra de la NASA por supuestos daños que esta agencia estaba ocasionando en la Luna mediante bombas que hacían explotar en el cráter Cabeus, en el Polo Sur, dizque con el propósito de encontrar agua.

Para el señor Huenchual, que declaró pertenecer a una tribu ancestral, “mapuche guanche”, la Tierra “tiene suficiente agua para abastecer a la actividad humana y como buenos habitantes de la madre tierra, primero debemos divulgar buenos hábitos en el consumo de este valioso líquido”. Reclamaba el carácter sagrado que para los mapuches representa la Luna porque el satélite natural “merece todo el respeto de la Humanidad, no sólo por ser uno de sus símbolos de siempre, sino por lo que representa para el equilibrio de la Naturaleza en la Tierra, sobre la que influye. Todos debemos respetar a la madre tierra, antes que alterar otros sistemas que precisamente no han sido inventados por el hombre. En consecuencia, la Nasa debe cesar todos los experimentos que provocan daños irreparables para la armonía del Universo”.

Lo que no dijo la nota es que lo que seguramente había alentado al chileno a promover la demanda fue el hecho que desde 1954 la Luna le pertenecía a un compatriota suyo, el señor Jenaro Gajardo Vera. Abogado de profesión, don Jenaro, a la sazón de 35 años, quería ingresar a un club selecto de su ciudad pero para agremiarse debía ser poseedor de bienes raíces. Una noche de luna llena fue suficiente para que al letrado se le ocurriera la idea de registrar legalmente la Luna a su nombre; el 25 de septiembre de 1954 compareció ante un notario e inscribió para sí la propiedad de la Luna ante el Conservador de Bienes Raíces (Registro Público) de Talca. Para justificar su dominio sobre el pequeño astro el listo abogado se amparó en una ley chilena que decía que podían inscribirse las propiedades sin título, siempre y cuando se demostrara que el solicitante era su dueño antes de 1857. Y el señor Jenaro Gajardo lo demostró de alguna manera (en esto casos los testigos son la prueba por excelencia), además indicó sus medidas y límites aproximados (¿Arriba, abajo y los lados circundantes, el espacio sideral?). Así las cosas, el terrateniente extraterrestre terminó de cumplir los requisitos publicando por tres veces consecutivas un edicto dando aviso a aquellas personas que “tuvieran algún derecho sobre la luna” y realizó el pago de 42,000 pesos de arancel por la inscripción. Al día siguiente, certificado en mano, el abogado Gajardo fue aceptado en el club social que tanto apetecía pertenecer.

Pero las cosas no fueron tan fáciles para Jenaro. Como la noticia tuvo resonancia mundial, la administración de rentas le cayó encima y un buen día le fueron a exigir que pagara sus impuestos sobre la Luna. Se cuenta que lo visitaron dos inspectores para exigirle el tributo (equivalente a nuestro IBI); don Jenaro, muy tranquilo les dijo que estaba anuente a pagar pero que antes le presentaran, según las normativas, las medidas exactas y el avalúo de catastro para determinar el monto del pago. Los cobradores se quedaron viendo, pidieron disculpas y nunca más volvieron a molestar al propietario Jenaro.

Años después, en 1967, 90 países suscribieron el Tratado del Espacio Ultraterrestre de la ONU, que prohíbe la compra de objetos fuera de nuestro planeta. Sin embargo, dado el carácter irretroactivo de la ley, dicho tratado no podía afectar la inscripción que había hecho a su favor el señor Jenaro. Eso explica el intercambio de misivas diplomáticas entre el señor Jenaro y el mismísimo presidente Richard Nixon.

Cuando los EEUU anunciaron la misión de alunizaje, el apoderado del señor Jenaro dirigió al Consulado estadounidense en Santiago una carta dando aviso de la propiedad de la Luna. A los pocos días Nixon contestó:

“Solicito en nombre del pueblo de los Estados Unidos autorización para el descenso de los astronautas Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que le pertenece“.

Jenaro contestó muy efusivo:

“En nombre de Jefferson, de Washington y del gran poeta Walt Whitman, autorizo el descenso de Aldrin, Collins y Armstrong en el satélite lunar que me pertenece, y lo que más me interesa no es sólo un feliz descenso de los astronautas, de esos valientes, sino también un feliz regreso a su patria. Gracias, señor Presidente“

Por estas palabras y por otro hecho coincidente y curioso seguramente a don Jenaro no le importó que Aldrin y Armstrong clavaran la bandera de las barras y las estrellas en suelo lunar, es decir, en un lugar de su propiedad, como si se tratase de una conquista en tiempos de Pompeyo. Don Jenaro estaba ajeno a toda la cacareada carrera espacial entre soviéticos y estadounidenses, y él estaba más que seguro de ser el verdadero dueño del satélite de la Tierra. El hecho al que me refiero fue este:

En 1968, mientras los astronautas del Apolo 8 orbitaban la luna, uno de ellos leyó los primeros diez versículos del Génesis, lectura que fue transmitida a millones que seguían la misión por la televisión. Semanas después un ateo norteamericano demandó a la NASA por haber permitido que unos empleados públicos, en horas de trabajo, oraran en vivo y directo, lo que implicaba una intromisión a las creencias religiosas de las personas no cristianas. La Suprema Corte declaró improcedente la demanda alegando falta de jurisdicción (la Corte solo puede juzgar en los Estados Unidos) lo que implicaba que la extraterritorialidad norteamericana no podía vencer la fuerza de gravedad de nuestro planeta azul. De esta manera el señor Jenaro logró que los EEUU, a través de su Presidente y un fallo judicial, le reconocieran sus derechos sobre nuestro satélite natural.

Muchos años después un fulano llamado Dennis Hope no reparó en consideraciones románticas y como buen norteamericano le buscó ganancias al asunto; él también registró y alegó la pertenencia de la Luna, solo que estaría dispuesto a venderla en lotecitos (que considerado), para tal efecto creó la empresa Lunar Embassy, la que por 20 dólares vende un acre lunar en cualquier lugar disponible. Parece chafa pero esa empresa ha obtenido ingresos que superan los siete millones de dólares (pueden entrar a su página web); entre sus clientes figuran los ex presidentes Carter y Reagan, así como personalidades del jet Set. Hay otras empresas que se dedican a la venta de lotes, como The Lunar Registry o Moon Estates, empresas que siguen la tónica lucrativa de Mr. Hope. Pero ninguna entidad o persona puede ignorar la pertenencia de la Luna al señor Jenaro, quien fue su dueño sin ningún interés más que el amor de pertenecer a un club social.

Jenaro Gajardo falleció en 1998. En una notaría de Santiago está registrado su testamento, el cual dice:

“Dejó a mi pueblo la luna, llena de amor por sus penas”.

22 de octubre de 2012

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