El mundo por el ombligo

ompalos

Por Edgard E. Murillo

Debo a mi padre el amor a las Bellas Artes, creo que en alguna vida pasada debió ser artista de alguna ciudad de la cuenca del mediterráneo. Aún recuerdo cuando llevó a casa una enciclopedia acerca de dibujo, pintura y escultura occidental desde la antigüedad hasta los ochocientos con ilustraciones full color en las páginas del centro; me encantaba pasar las páginas de cada uno de los diez tomos deteniéndome en las pinturas que parecían cobrar vida propia; a los ocho años ya era aficionado al arte renacentista italiano, en especial de los desnudos de Botticelli y Miguel Ángel. Cierto día objeté que todas las pinturas de algunos florentinos mostraban a Adán y Eva con ombligo cuando se suponía que uno había sido creado de barro y la otra de una costilla extraída sin consentimiento; le hice saber a mi papá de mi “descubrimiento”, él me dijo que los pintores sabían de ello pero que lo habían hecho por estética, “¿Te imaginás una mujer sin ombligo?”. La respuesta me pareció buena pero no satisfizo enteramente mi tozuda curiosidad.

A finales de los años ochenta, en una semana santa bastante reveladora, en vez de buscar compañía que me sacara de una pena de amor, leí un pequeño ensayo de Jorge Luis Borges titulado La Creación y P.H. Gosse, estudio que tangencialmente aborda el caso de los ombligos de la pareja caída. El argentino refiere el libro del zoólogo y naturista inglés Philip Henry  Gosse, Omphalos, escrito en 1857, por el que intentaba “desatar el nudo geológico” concluyendo que efectivamente Adán y Eva tenían bien puestos sus ombligos. A partir de ahí me volví admirador de la metafísica del ombligo.

De algo aparentemente baladí surgió toda una teoría respecto a la Creación. Gosse trató de salir al paso a los ataques que geólogos hacían a la versión bíblica de la creación en seis días aduciendo que la vida transcurría en círculos, como el eterno retorno, dado que si uno asume la creación de la nada “tiene que haber vestigios de una existencia anterior que nunca existieron realmente”. El zoólogo argumentaba que Dios había puesto el ombligo de forma deliberada; de acuerdo con su hipótesis el Hacedor al momento crear el mundo había introducido además algunas cosas ficticias para que creyésemos que habían existido realmente, por ejemplo el ombligo de Adán, los fósiles y los anillos de los árboles. Estas cosas o hechos él los llamó “procrónicos”, es decir, fuera del tiempo. “¿Por qué no razonar que los fósiles y estratos geológicos habían sido meramente objetos procrónicos de un tiempo no existente anterior a la Creación?” Gosse dijo pues que el mundo había sido creado hace 6000 años pero con evidencias falsas de que es mucho más antiguo. Omphalos (que en griego significa ombligo) fue atacado duramente tanto por científicos como por teólogos, sin embargo dejó leña para la especulación filosófica y para la fascinación de muchos. Años después el filósofo Bertrand Russel postuló el argumento “La tierra de cinco minutos” que sugiere que no podemos tener la certeza de que el mundo comenzó a existir hace cinco minutos, que es posible que haya aparecido así como es, incluyendo ruinas falsas, abuelos falsos, en fin, recuerdos falsos de todo el mundo porque “nada de lo que pase ahora o pueda pasar en el futuro puede invalidar la idea de que el Universo haya sido creado hace cinco minutos”.

Así, la metafísica del ombligo me llevó a la mitología del ombligo. Zeus mandó a volar dos águilas desde dos puntos opuestos para determinar con su encuentro el centro del Universo, el Ònfalos, el ombligo; ahí se formó uno de los oráculos más famosos simbolizado por una piedra en forma de huevo; el poeta Píndaro señaló que Ònfalos no solo era el centro del universo sino además la vía de comunicación entre el mundo de los muertos, el terrenal de los hombres y el celestial de los dioses. El ombligo ha sido objeto de mito y de culto, de asombro y de estética, como dice mi padre.

Como sea, al margen de todas las teorías y especulaciones alrededor del ombligo, algo es claro: es un punto hipnotizante, epicentro y puesto de vigilancia de la actividad genital y estereotipo de la belleza femenina.  Si bien la eterna cicatriz que llevamos sin remedio no sirve para nada, no deja de inquietarnos para sumergirnos hasta el propio origen del mundo, creando hipótesis fantásticas como creíbles; nos insta para adornarlo con piercings y tatuajes o para sencillamente presumirlo. Por ello cada vez que toco el ombligo de mi mujer y el mío propio (los dos únicos ombligos que tengo permitido tocar), pienso que menos mal a Dios se le ocurrió ponernos el ombligo exactamente en ese lugar y no en la frente o en la rabadilla; definitivamente no tendría el mismo encanto ni yo hubiese escrito estas líneas el primer domingo de marzo.

4 de marzo de 2012

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