Fear of flying

Fear

Por Edgard E. Murillo

Volar es todo un suplicio para mí, principalmente si vuelo en aviones pequeños. Este lunes viajé a Bluefields y sufrí los 45 minutos del vuelo, talvez sólo comparados de manera parcial con media hora en el consultorio con el dentista.

Todo estaba bajo control, subí al pequeño avión bimotor de 40 plazas con la serenidad propia de un viajero experimentado y hasta elegí un asiento cerca de una puerta de emergencia, eso sí, ni muy atrás ni muy adelante, pero no tan cerca de las alas. Suspiré y abrí un libro de sátira política para relajarme; encendieron los motores y apareció una azafata con cara de muñeca rusa que hacía simulaciones mientras una voz hablaba de las medidas de seguridad; la azafata indicó con muecas que debíamos leer el manual de seguridad (Por supuesto que a mí no se me ocurrió semejante barbaridad porque me hubiese bajado del avión) y que no debíamos de inflar el salvavidas dentro de la aeronave; apagué el celular antes que lo solicitaran, pero pocas personas hicieron lo mismo, e iniciamos por fin el ascenso; me asomé por la ventanilla para medir el grado de inclinación de la nariz en comparación con vuelos anteriores y verifiqué que el avión había subido en ángulo de 40 grados tomando la misma ruta sobre el Lago Cocibolca.

Aun no sé porqué los pilotos elevan tanto los aviones en rutas cortas, ¡les encanta volar alto!; al ratito la azafata con cara de muñeca rusa pasó empujando un carrito ofreciendo fanta naranja con galletas de vainilla; me dio pena preguntarle si tenía Flor de Caña o alguna bebida emparentada, así que sufrí el viaje con los sentidos alterados a causa de la sobriedad. Aguanté, canté tres canciones de Los Beatles y traté de leer un poco, pero nada calmaba la ansiedad hasta que la misma voz anunció que iniciábamos el descenso; entonces la Costa Atlántica mostró su naturaleza: nubarrones aparecieron en el firmamento y los últimos cinco minutos volamos entre una espesa niebla que hacía levemente vibrar el fuselaje, me acomodé en el asiento y a unos cien metros antes de tocar tierra pude ver la vegetación tropical; la pista húmeda acogió bien las ruedas del avión y cuando bajé me salió una sonrisa como si me hubiesen dado el mayor piropo jamás proferido.

Tomé un taxi y fui al muelle para tomar una panga y dirigirme a la isla El Bluff; la panga con motor fuera de borda cruzó la bahía con destreza mientras me dejaba acariciar la cara por la brisa proveniente del oeste. Después de realizar mis gestiones laborales abordé la misma lancha y regresé a la ciudad costera. Los representantes de una compañía me invitaron a comer y por supuesto pedí consumé de mariscos y camarones al ajillo con tres cervezas para los nervios del retorno. Me di cuenta que las cervezas no calman los nervios.

A las dos en punto ya estaba en el aeropuerto; me asusté un poco cuando vi que regresaría a Managua en una pequeña avioneta de 12 plazas, con un sólo motor. Pedí una smirnoff, luego otra. Subimos a la avionetita y me fijé si el piloto aparentaba tener el carácter suficiente para sortear una tormenta, creo que lo parecía; se puso los lentes Ray Ban que usan todos los pilotos y a su lado se sentó una muchacha, con Ray Ban también; pensé que se trataba de la aeromoza,  luego supuse que era la copiloto, ya durante el vuelo me pareció que era su novia.

El vuelo de regreso fue un poco más relajante, a pesar que estaba a metro y medio detrás del piloto y la muchacha; prometí no fijarme en el tablero de vuelo para no asustarme si alguna luz se encendía, solamente estaría pendiente del altímetro (Es importante estar pendiente del altímetro), de manera que mi atención se alternaba viendo el altímetro– que llegó a marcar 8,500 pies–, la ventanilla para adivinar los pueblos chontaleños y las manos de manicure reciente de la muchacha al lado del piloto, quien no estuvo quieta durante el vuelo: ella le pasaba galletas, tomaba fotos con su celular samsung, señalaba el GPS y no disimulaba su maravillamiento por las destrezas del capitán (Supongo que todos los pilotos son capitanes).

Tocamos tierra a las cinco de la tarde y me acordé de aquél campesino que dijo: “No somos aves para vivir del aire, no somos peces para vivir del mar, somos hombres para vivir de la tierra”.

El piloto supo sortear las tormentas para hacerle el viaje agradable a la muchacha y de paso a nosotros. Creo que me atreveré a volar nuevamente…

30 de octubre de 2011

DSC02578

El río rompe el verdor chontaleño para hundirse en la espesura de la Costa Caribe. Foto de mi cortesía.

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