Juro que esto ya lo había vivido

deja

Por Edgard E. Murillo

La canción de Franco de Vita trajo a colación las veces que he sentido experiencias, como si dijéramos, repetidas. Todos hemos pasado por esos momentos donde nos decimos “esta carambada me suena familiar”.

Lo más bonito es que esto sucede de forma inesperada, como un asalto al espíritu, empujándonos al misterio y a cierta satisfacción inveterada. Hay por supuesto inducciones, como una canción o un olor, pero casi siempre acontece con la apreciación del entorno, como la forma en que el sol dora los árboles en una tarde de noviembre, o por el golpe de las voces de personas desconocidas; cual un rayo sin tormenta nos sacude y hace que algunos sucesos tengan inmediata relación con algo sucedido.

La primera vez que pasé por el trance descrito fue cuando de niño observé a unos pescadores de Casares que arrimaban sus pequeñas embarcaciones a la costa trayendo consigo pescados de diferentes clases y tamaños; en un instante supe los movimientos que ellos tenían que hacer, como si estuviese viendo una escena repetida, anticipándome incluso a las pausas de sus respiraciones para sacar los botes del agua. Esto ya lo viví, me dije. Sin embargo eso era apenas el principio. Años después, durante una velada con guitarras en casa de mi tía Olga sentí el escalofrío de lo vivido cuando alguien se echó un trago sin arrugar la cara en el preciso microsegundo que sonaba una canción de José Alfredo Jiménez. Por un momento me sentí mayor que todos los presentes. Otra vez que estaba en Xiloá con unos amigos una mujer resbaló y cayó de tal manera que llamó la atención de todos los veraneantes, la levanté riéndome porque yo ya la había visto caer varias veces en mi memoria. Cuando escuché por primera vez el chasquido involuntario de unos labios me dije que ese beso ya lo había dado en alguna remota ocasión. El amor es eterno, pensé.

Pasaron los años y los eventos parecieron distanciarse, no obstante algunas sensaciones fueron aclarándose lo que me permitió suponer que yo había vivido en varias personas en diferentes épocas. Es muy posible que haya sido tipógrafo holandés del siglo XVIII, marino de Nápoles durante una erupción del Vesubio, aprendiz de curandero en la Salamanca musulmana, esclavo egipcio en la fundación de Alejandría, escribano de un monasterio mexicano en tiempos de Maximiliano, tramoyista en el Moulin Rouge y restaurador de pinturas descalabradas en Venezuela; también fui soldado herido y muerto en una guerra difusa y cocinero de peroles descomunales en la época colonial. Pero las evocaciones no estaban tan diáfanas como en dos relativamente recientes. Fueron así:

Había pedido encarecidamente a la doctora Urroz que me dejara participar en el nacimiento de mi hijo, los minutos pasaban y la labor de parto se complicaba; Jeanette estaba exhausta y el quirófano parecía ser la mejor opción, todo estaba listo para la cesárea pero de pronto la doctora me gritó: “¡Venga conmigo que ya viene!”. Me hicieron ponerme una bata verde horrible, un gorro y sobrebotas del mismo color e ingresamos raudos a la sala de expulsión. La pediatra, la doctora Alina, amiga de infancia que reencontré en el hospital, me animaba a que animara a Jeanette para que empeñara todas las fuerzas posibles. Fueron minutos que sentí de horas. Yo estaba como levitando, a ratos me quedaba inmóvil por lo que Alina tenía que halarme de las manos para ubicarme en los acontecimientos; Jeanette me decía que ya no podía más, Alina y yo le decíamos que tenía que poner todo de su parte para concluir lo que las mujeres habían hecho desde siempre. Los tres hablábamos mientras Jeanette sacaba energías quien sabe de dónde, hasta que en una espiración repentina mi hijo cayó en las seguras manos de la doctora Urroz. De pronto, justo en el momento que el bebé emitió su primer llanto sentí el Déjá Vu más sorprendente hasta entonces acontecido. Casi caigo de bruces cuando tuve la nítida impresión que en el puerto de Veracruz, el sábado 1 de septiembre de 1810 una mujer que había sido yo había dado a luz a unas gemelitas. Alina achicó sus ojos tristes con una sonrisa que apenas se percibía tras la mascarilla. Me pareció que ella también había estado asistiendo aquel parto en el México convulso de la primera década del siglo XIX. Ella me quiso decir con su mirada: ¿verdad que esto ya lo habías vivido?

Lo fantástico continuó manifestándose cuando hace poco más de dos años estaba en Plaza Inter comprando libros usados; el vendedor me ofrecía con entusiasmo algunos libros de literatura, en eso advertí apilados los trece tomos de los comentarios al código civil español de José María Manresa y Navarro, edición de 1952; el precio era lo exacto que andaba en los bolsillos, comprar la colección significaba quedarme sin dinero para la semana así que decidí salir rápido del lugar antes de hacer una locura, sin embargo en el estacionamiento me detuve en seco y pensé la oportunidad que estaba dejando escapar, además, bien podía pedir prestado para la comida; regresé, pagué sin pedir rebaja y me empacaron los libros en una caja. Al día siguiente no hallaba donde ubicar los tomos, terminé poniéndolos en la parte superior del librero, los ordené y me senté satisfecho para contemplarlos. Algo frío recorrió mi espalda que hizo que me levantara, caminé hacia los libros y como guiado por un misterioso magnetismo tomé el tomo IV, lo abrí y abaniqué las páginas; casi en el centro se encontraba la fotografía de una mujer, de unos veinticinco años, pelo castaño oscuro (a pesar que la fotografía es en blanco y negro estoy seguro que ese es el color de su cabello); la mujer se había fotografiado ligeramente de perfil mostrando su lado izquierdo, con una sonrisa que retaba felicidad; me fijé detenidamente en los contornos del rostro y pude percibir una inmensa familiaridad, entonces una especie de nostalgia empezó a inundar mi alma. Supe que se trataba de alguien que significó mucho para mí por el repentino impulso que sentí de acariciar aquellas bellas cejas cuyas formas me parecía saber de memoria. Le di vuelta a la fotografía y leí: “Tuya en el tiempo y la distancia, Evelina, 1956.”

18 de septiembre de 2012

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