La fe de cada quien

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Por Edgard E. Murillo

Soy de los que cuando visito por primera vez una ciudad lo primero que hago después de conocer el mercado es entrar a la iglesia parroquial, me gusta hacerlo por la puerta principal que siempre se abre al oeste según los esquemas canónicos; camino unos pasos por la izquierda, cruzo la nave y me siento junto la puerta sur para recibir el viento que penetra el edificio haciendo ondular las velas puestas al pie de las imágenes; aprecio la fuerte madera lustrosa de las bancas, respiro profundo y me dejo inundar por la sensación hasta que advierto que el sacristán me observa de soslayo, entonces adopto una posición contemplativa y paso revista por el techo, las paredes, las cortinas y por supuesto las estatuas que le dan significado a la parroquia. Así me voy dando cuenta de la antigüedad del edificio, de su cuido o descuido, de las placas conmemorativas, de la dimensión del campanario, de la frugalidad del altar, de la acústica, del brillo del piso, de la altura de las pilastras. Una señora de mediana edad se sienta cerca de mí, pronto se arrodilla y musita sus oraciones; más allá un anciano enciende una vela y roza con sus dedos arrugados los pies de la estatua de un ángel en eterna juventud; el olorcillo a incienso a veces se percibe cuando el viento se escurre por las columnas en sentido contrario. De repente me siento solo con la fe de algunos en un lugar donde la fe parece ser atrapada. Una fe que conmueve.

Cuando estoy en una iglesia donde está esa fe que me conmueve, la historia del cristianismo carece de importancia. La gente no reza ni da gracias a Constantino por haber tenido la revelación (In hoc signo vinces) que años después sirviera de fundamento a Teodosio para adoptar el cristianismo como religión oficial del imperio romano una vez vencidas las tentativas del emperador Juliano de restablecer el paganismo; tampoco la gente se acuerda de la reconquista sangrienta de Jerusalén, ni de las Cruzadas contra los infieles, ni del Santo Oficio de la Inquisición para limpiar la herejía, ni de los siete primeros concilios ecuménicos, únicos reconocidos por la iglesia surgida después del cisma de oriente; tampoco se llega a invocar en una iglesia la cruz blandida de la conquista de América que nos trajo el catolicismo, ni las proezas de dominicos y franciscanos durante la colonia y la independencia. Nada de esto tiene que ver con la fe de las personas. Porque la fe de las personas es un acto sencillo, íntimo, único, personal e intransferible.

Pensando esto vino a mi mente el cuento corto de Rubén Darío titulado “El Sermón” que apareció en El Heraldo de Costa Rica el 8 de mayo de 1892,  que en su parte medular dice “Eran Moisés y su pueblo delante del Sinaí; era la palabra de Jehová en el más imponente de los levíticos; era el estruendo vasto de los escuadrones bíblicos; las visiones de los profetas ancianos y las arengas de los jóvenes formidables; eran Saúl endemoniado y el lírico David calmándole a son de harpa; Absalón y su cabellera; los reyes todos y sus triunfos y pompas; y tras el pasmo de las Crónicas, el Dolor en el estercolero, Job el gemebundo. Después el salmo florido o terrible pasaba junto al proverbio sabio, y el cántico luego, todo manzana y rosa y mirra, de donde hizo volar el orador una bandada de palomas. ¡Truenos fueron con los profetas! Terriblemente visionario con Isaías, con Jeremías lloró; le poseyó el “deus” de Ezequiel; Daniel le dio su fuerza; Oseas su símbolo amargo; Amón, el pastor de Tecua, su amenaza; Sofonías su clamor violento; Argeo su advertencia, Zacarías su sueño y Malaquías sus “cargas” isaiáticas. Mas nada como cuando apareció la figura de Jesús, el Cristo, brillando con su poesía dulce y altísima sobre toda la antigua grandeza bíblica… Mateo surgió a nuestra vista; Marcos se nos apareció; Lucas hablónos del Maestro; el “predilecto” nos poseyó; y después que el gran San Pablo nos hizo temblar con su invencible prestigio, fue Juan el que nos condujo a su Patmos aterrador y visionario; Juan, por la lengua de aquel religioso sublime, ¡el primero de cuantos han predicado la religión del Mártir de Judea que padeció bajo el imperio de Augusto! Rayo de unción fue la frase cuando pintó los hechos de los mártires, las vidas legendarias de los anacoretas; las cavernas de los hombres pálidos cuyos pies lamía la lengua de los leones del desierto; Pablo el ermitaño, Jerónimo, Pacomio, Hilarión, Antonio; y los mil predicadores y los innumerables cristianos que murieron en las hogueras de los paganos crueles; y entre ellos, como lises cándidos de candidez celeste e intacta, las blancas vírgenes, cuya carne de nieve consumían las llamas o despedazaban las fieras, y cuya sangre regada en el circo fertilizaba los rosales angélicos en donde florecen las estrellas del Paraíso.”

Lo dicho por Rubén es una incursión poética a las aguas de quienes sustentan la fe cristiana, aguas que algunos navegan en una barca llamada religión.

A muchos no les llama la atención participar en un culto organizado por muchas razones. Unos son de todos los días, otros de algunas veces al año. En mi caso me conmueve más comprender la fe de los demás que la mía propia. Entiendo que la asistencia religiosa te puede brindar una perspectiva clara y coherente sobre los hechos más trascendentales de la vida como la familia, el amor, la enfermedad y la misma muerte, pero me parece que  eso es asunto de cómo experimenta la fe cada quien. Y como no hay un “medidor de fe” estoy a salvo de cualquier crítica velada, malintencionada o con propósitos redentores.

Seguiré llegando a las iglesias para hacer el mismo recorrido y sentarme  en el mismo lugar; la próxima vez imaginaré la cadena de hombres y mujeres que me precedieron en actos de penitencia y supondré su absolución; trataré de saber lo que pensaban mis abuelas cuando estaban frente al altar sumidas en sus plegarias mientras el viento jugaba con la luz de las velas en épocas de Semana Santa.

Estaré muy atento.

 

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Un comentario en “La fe de cada quien

  1. Pingback: Creer o no creer, esa no es la cuestión. | elbarcoazul

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