La nostalgia de Nadine

 

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Por Edgard E. Murillo

Pudo ser la primera semana de octubre cuando conocí a Nadine. Fue en una mañana fresca, de cielo limpio y de hojas secas revoloteando por las calles. David, Martinica, Moisés y yo habíamos quedado “flotantes” en la ciudad norteña después de dos meses de instrucción en la escuela de Apanás. Llevábamos apenas tres meses de servicio militar. Mientras esperábamos la asignación de nuestras unidades pasábamos los días conociendo la ciudad, jugando ping-pong y calificando las faldas de las muchachas que cruzaban el Parque Central. El azar nos había llevado a un pequeño negocio pintado de azulceleste que Nadine tenía frente a una pequeña plazoleta, donde degustábamos deliciosos refrescos de cacao, maracuyá y limonada que ella misma preparaba, además de las reposterías de piña y queso que servía en trocitos de papel de envolver porque en esa época escaseaban las servilletas. Todas las mañanas uno de nosotros viajaba en autobús a la base militar de Waswalí para preguntar sobre nuestras ubicaciones, regresando sin respuesta alguna. No hay cosa que desespere más a un soldado que la desocupación y la incertidumbre. Por las tardes, después de tomar refrescos donde Nadine, nos sentábamos en las bancas del Parque Central o en los escalones de la iglesia para releer las cartas, darle lustre a las botas o escuchar música en nuestros pequeños radios de transistores, todo para matar el hastío que amenazaba con volverse crónico.

— ¿Te has fijado que aquí en Matagalpa todas las mujeres son bonitas? – dijo David mientras su mirada era jalada por el bamboleo de una estudiante de calcetines blancos que le llegaban casi a la rodilla.

Todos asentimos con la cabeza en silencio hasta que la muchacha dobló en la primera esquina. Pero Moisés, cuyas sentencias parecían siempre las de un hombre viejo, dijo:– No, en todos los pueblos hay mujeres bonitas en la misma proporción, incluso en Managua; lo que sucede es que aquí todas pasan por el Parque Central.

Y así pasábamos horas tras horas hasta que la noche nos alcanzaba, luego caminábamos a la refresquería, le decíamos buenas noches a Nadine y volvíamos a la misma rutina al siguiente día. Nadine nos escuchaba, nos aconsejaba, e incluso se atribuía la facultad de regañarnos si descuidábamos el “porte y aspecto” o si deslizábamos alguna palabrota. A poco se convirtió en nuestra madrina. Nos divertía verla picar el hielo con sus manitas blancas como palomas y pregonar sus refrescos como si fuesen la última maravilla develada. Por recomendación nuestra, otros soldados voluntarios que también estaban flotantes empezaron a acudir a su negocio. Entre ellos estaba Gonzalo. Gonzalo no me caía bien porque tenía ínfulas de guapo, además de trovador, atleta y conquistador; talvez tuviera un poco de cada cosa, pero eso no nos causaba ninguna gracia.

Nosotros respetábamos mucho a Nadine porque a pesar que tenía nuestra edad era madre soltera de un bebé de nueve meses, razón por la que asumimos muy en serio el papel de cuidarla y mantenerla alejada de pretendientes inoportunos y zánganos. Pero Gonzalo rondaba mucho a Nadine. Y a ella parecía agradarle. Cierto día que Nadine cargaba a su pequeño hijo, Martinica le hizo saber que el bebé había ensuciado el pañal; enseguida Gonzalo tomó una lanilla que Nadine tenía en un bolso pequeño y él mismo lo limpió y lo cambió. Parece que eso desarmó a Nadine porque a partir de ese momento cada vez que llegaba Gonzalo a tomar refrescos los ojitos de la muchacha subían de fulgor.Cuando llegábamos temprano a la refresquería, Nadine nos decía que nos despacháramos refresco y repostería nosotros mismos, ella se pintaba en rojo los labios y se iba a conversar con Gonzalo a la plazoleta de enfrente. El entusiasmo manifiesto que Nadine tenía por el Gonzalo hizo que buscáramos otro lugar para distraernos. No nos quedó más remedio que volver al Parque Central. Creo que así pasamos dos semanas hasta que uno a uno fuimos siendo ubicados en los estados mayores regionales, los batallones de lucha irregular, las bases de apoyo operacionales, las unidades de infantería, de artillería…

La guerra terminó, nos hicimos adultos y los años empezaron a jugar con los destinos y las circunstancias. Hace cinco años encontré a David en Plaza Inter y le pregunté por Nadine. Me dijo que ella tenía un pequeño restaurante en Matagalpa. De causalidad yo tenía un viaje a esa ciudad para esa semana y con las indicaciones que me dio mi amigo llegué hasta el negocio de quien fuera nuestra madrina, sabiendo que obviamente no me reconocería después de veinticuatro años. Para ser sincero, de ella sólo recordaba su rostro sonrojado – quizás por el acné- y su redondo derrièrre. En el local no había nadie. Solamente Nadine. La reconocí inmediatamente. Leí el menú pintado en una pizarra pegada detrás del mostrador y pedí de desayuno gallo pinto, huevos a la ranchera, cuajada, tortilla y café negro. De cuando en cuando miraba a Nadine pero ella estaba muy seria, tanto que empecé a dudar que fuese la misma muchacha risueña que picaba el hielo con destreza. Terminé de comer, sonreí a Nadine, ella me sonrió por cortesía y pedí la cuenta. Llegó hasta la mesa a recibir el pago, entonces me puse de pie y le pregunté viéndola a los ojos:– Usted es Nadine, ¿verdad?– .Sí— me dijo frunciendo el ceño. — ¿Cómo sabe mi nombre?.– Yo te conozco desde que eras muy jovencita, de cuando tu hijo estaba de brazos. Los inquisidores ojos de Nadine hacían un esfuerzo extraordinario de ubicarme en sus recuerdos. — Yo llegaba a tu casa, a la refresquería, con mis amigos del servicio militar, a finales de 1984.

— ¿Sí? ¿Cómo te llamás?

— Edgard, Edgard Murillo. No creo que te acordés de mí, eso fue hace mucho, además éramos un grupo algo grande… y yo pesaba 125 libras…

La mujer reía contrariada, apenas meneaba la cabeza para indicarme que no se acordaba de mí.

— Yo visitaba tu casa con Martinica, el gordo ¿te acordás?, con David, el flaco alto, con Oscar…

— ¿David? ¿David que?

— David Pavón.

— Ah, creo que de ese sí me acuerdo.

Entonces tomé aire y le dije:

— Y también te visitaba con Gonzalo.

Nadine dio un pequeño paso hacia atrás, clavó su mirada en la mía y los ojos se le aguaron al instante. Sentí un poco de pena, talvez había sido imprudente. Ella se dio cuenta.

— ¿Qué hiciste de tu vida, Edgard?

— He estado ocupado en varias cosas. Tengo tres hijos, estudié derecho…

— ¿Sos abogado?

— Sí, pero no es mi culpa.

Nadine se rió y esparció sus lágrimas con la yema de los dedos. Suspiró y caminé con ella hasta el rellano de la puerta. Me dijo que había tenido tres hijos más. No quise preguntarle otros detalles. Nos despedimos con un apretón de mano.

— Me saludás a los muchachos – me dijo—. Deciles que siempre a la orden.

De regreso a Managua no dejé de pensar en Nadine. ¿Qué habría hecho en veinticuatro años? ¡Toda una vida! Talvez algunas cosas tendrían otro sentido para ella si no fuera por los recuerdos. A veces los recuerdos tienen la potencia de hacernos cambiar más que lo que harían las esperanzas si se dejasen en libertad. Quise haberle hablado de los detalles que alguna vez tangencialmente compartimos pero consideré que no era el momento apropiado. Siento que ella también quiso haberme hecho muchas preguntas. Quién sabe. Quizás solo hubiéramos evitado hablar de temas escabrosos, tal como posiblemente lo habíamos hecho con éxito cada cual a su manera en el decurso de los años. ¿Habría encontrado el amor Nadine? No lo sé, pero estoy seguro que el estremecimiento que tuvo cuando mencioné a Gonzalo no fue un estremecimiento de amor, sino de nostalgia. Algo que no fue y pudo haber sido. O algo más triste y profundo, como lo que fue y no siguió siéndolo. Puedo ver a Nadine diciéndome adiós con su mano izquierda esa mañana de hace cinco años, tal como lo hacía mientras cargaba a su hijo en las tardes de aquel octubre, en aquellas tardes cuando Gonzalo la acompañaba en la plazoleta frente a su casa, antes que la guerra se lo llevara para siempre.

7 de agosto de 2013

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