La noche del meteoro

meteorito

Por Edgard E. Murillo

Lo primero que hice cuando salí de la covacha fue ver el cielo, un cielo negro pringado de estrellas de todas las intensidades infinitamente posibles, parecía como si las pudiese coger con las manos, o más aun, como si fueran a entrar por los ojos; caminé hacia el punto de guardia y casi pierdo el paso en el borde del pozo tirador. Esa noche mi campo visual tenía que cubrir más de treinta metros, cerca de un alambrado tras el cual empezaba el cafetal, de espaldas a la cocina; eché un vistazo a la zanja para cerciorarme que no había algún animal y me senté en el borde empezando a calcular las dos horas de vigilia. Me di cuenta que estaba algo expuesto por lo que opté por agazaparme junto a un arbusto cuyas raíces sobresalían sobre el zacatal que llegaba hasta las covachas de periodismo. Una lechuza alzó vuelo desde algún lugar y sobrevoló el plantío de enfrente hasta perderse en la silueta del macizo de Peñas Blancas. Al rondín, que pasó como a la media hora, sorprendido de verme dos noches seguidas, le expliqué que la noche anterior había acompañado a una amiga en su turno porque ella tenía miedo; el rondín me dijo que me iba a enfermar si seguía desvelándome tanto, le contesté que nadie se muere de desvelo cuando se tiene veintidós años. Me quedé solo nuevamente. Pronto me puse a buscar satélites, soy muy bueno para eso; lo hacía por breves instantes porque no podía darme el lujo de descuidar la posta, además duele la nuca estar viendo tanto tiempo para arriba. Alguien salió de la covacha de zootecnia y le pedí la contraseña; una voz de mujer contestó y la dueña de esa voz salió en carrera rumbo a la letrina, algo le ha de haber hecho daño, pensé. En ese momento recordé que la correa del fusil estaba algo larga, lo bajé de mi hombro para acomodarlo en mis piernas y empecé a ajustar la correa. El cañón del AK-M estaba frío, casi húmedo, pero apenas olía a aceite; por miedo a que tomara sarro o por simples ganas de matar el tiempo me puse a frotarlo con mi gorra. En esas estaba cuando algo escalofriante sucedió de repente. Un sordo destello de luz pasó de un lado a otro sobre el cafetal; me suspendí del suelo, subí el fusil y me agaché, asomé la cabeza sobre el pozo y giré la vista hacia la cocina pensando que un vehículo había encendido las luces altas por accidente. Pero no, no había vehículo alguno. En cuestión de microsegundos se me ocurrió ver hacia el cielo. Y la vi. Vi cómo una inmensa estela de luz blanquiazul se difuminaba de Norte a Sur, era algo así como si Dios hubiese pasado una inmensa tiza sobre el pizarrón de la noche. Aquello era maravilloso. La estela demoró unos seis segundos en desaparecer. No tuve ninguna duda. Sobre la montaña, sobre la isla de Peñas Blancas, sobre nosotros, aquella fría madrugada decembrina, había pasado un meteoro. O algo cósmico que no podría precisar. A los pocos minutos pasó el rondín, me dijo que había “sentido” el destello pero que no había elevado la vista al cielo, igual me dijo el posta que estaba cerca del puesto médico (La muchacha de la letrina ni cuenta se dio); parece que solo yo tuve el privilegio. Le conté a mi relevo que estuviera atento, que la noche estaba llena de señales indescifrables. Me fui a acostar pero no pude controlar mi entusiasmo. Si acaso dormí, creo que lo hice sonriendo. Los perros ladraron hasta el amanecer.

Septiembre, 2014.

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