Mis otras mujeres

Por Edgard E. Murillo 

Me enamoré de ella cuando la vi bailando y cantando Borderline. Eran las seis de la tarde. Recuerdo bien que llevaba un lazo rojo amarrado a su indómita cabellera. Yo tenía 18 años, ocho menor que ella, cosa que no me afectó demasiado porque no soy remilgoso en asuntos de edad. Bullanguera y salaz, Madonna es una de mis mejores amigas: siempre entregada sin pedir nada a cambio. Lo mejor de ella son sus ojos desenfadados y su inagotable capacidad de reinventarse a sí misma.

Las rubias no me atraen, salvo la añoranza que me causa Marilyn Monroe (toda ella entera) y los ojazos gatubelescos de Michelle Pfeiffer. Pero hay una que tiene un Je ne sais quoi que siempre me pone inquieto. Talvez sea el descaro de sus labios o alguna que otra voluptuosa razón. Puede que se deba a su andar o a su mero existir. El caso es que Kim Bassinger, esa orquídea salvaje, abre las puertas de la sensualidad sin permiso previo.

Demi Moore es bella. Es bella incluso llorando a moco tendido, como la vimos en “Ghost”, o enseñándonos las estrías del vientre en “Striptease”. Tiene la belleza suficiente como para perdonarle cualquier pecado, no importa si este es venial, capital o simplemente accidental. Varias veces le dije pendejo a Bruce Willis cuando la cambió por la Jojovich, aunque en el fondo me sentí aliviado. Una completa sex symbol sin fecha de caducidad.

Violentamente dulce como mi país, eternamente glamorosa como París, Catherine Zeta-Jones es un oasis de piel. Esta mujer no se anda con babosadas, dice y hace lo que quiere porque tiene licencia para matar con la mirada sin importar las consecuencias. De sonrisa infantil, es hiedra que trepa en las fantasías más descabelladas. Su belleza es irresponsable, como una potra desbocada cuesta abajo.

Mónica es la carne celeste que poetizó Darío. Porque para soportar la vida, “tan doliente y tan corta”, basta un gesto suyo, incluso una indiferencia. Utiliza recursos oníricos para entrometerse en vidas ajenas. Mónica es la belleza obsequiada con todos sus misterios sin derecho a devolución. Es el culmen de la creación estético-sensual. ¿Cómo pudo Dios hacer algo sin cometer ningún error? Se me viene a la mente la vieja canción: “Then I saw her face/ now I am a believer”. Gracias a Mónica Bellucci soy un creyente.

monica

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