Esa noche, aquella mujer

old-fashioned

Por Edgard E. Murillo

Estaba yo en el pub Edwards, en Richmond. Era poco menos de la hora de los espíritus y la música adquiría ese sonido a vidrio y risas diluidas en hielo y alcohol que la vuelven inconfundible y monótona; estaba en la barra, solo, con las rodillas dobladas, sentado sobre una de esas silletas de metal giratorias que ponen en las barras de los bares de todo el mundo. Estar solo no es aburrido como parece, en ocasiones se fundan amistades efímeras que son más interesantes que las afianzadas, como que la gente se abre más porque sabe que no te volverán a ver en su puta vida. No quise revisar mi celular, he aprendido que es de pésima urbanidad revisar el celular mientras se toma un trago en medio de gente extraña proveniente de quién sabe Dios donde. Hurgaba los acentos de los presentes cuando de pronto escuché una voz detrás de mí.

— May I sit next to you?

Volví la mirada. No había confusión: Era Amy Winehouse.

— Sí, claro, puede.

— Where are you from, dear?

— Soy de Nicaragua. Ando de paseo por Londres. Le agradecería me dejara en paz, si es tan amable.

—- Ah, Nicaragua.

No me gusta que me molesten en un bar, mucho menos alguien en estado etílico, aunque sea una mujer en el pináculo de la celebridad. Es un principio que he respetado desde siempre.
Amy Winehouse sacó un cigarro de una cajetilla de metal y el barman lo encendió con diligencia anticipada, luego ella pidió una copa de vino tinto y la mitad de un huevo cocido con una pringa de mostaza Dijon. De un solo bocado tragó el huevo. Se limpió la comisura de sus exagerados labios pintados en marrón y bebió la mitad de la copa. Sentí un olor acre pero no estaba seguro si el olor expelía de ella o de otra persona que estaba sentada en la barra. En temporada invernal los londinenses se bañan poco, igual sucede con los franceses y todos los habitantes de lo que fue el Sacro Imperio Romano. Amy tarareaba la canción que sonaba en el ambiente. Era una canción de los Sex Pistols. Me dirigió la mirada y sonrió. Pensé que talvez yo había sido grosero, mas no creí que a ella le importaría una disculpa de mi parte.

— ¿Le molesta que fume? — me preguntó en perfecto español.

Encogí los hombros.

— ¿Sabes qué? — me dijo — Yo sé que el tabaco me puede matar pero yo no moriré de eso. A decir verdad ya estoy muerta.

Yo hice una mueca y le di una palmadita en la espalda huesuda y tatuada. Ella tenía la vista fija en la copa vacía y movía la cabeza con malicia entretenida. Pedí otro trago, esta vez doble. Amy me quedó viendo con reproche, maldijo por lo bajo en francés y de entre los pechos sacó un billete arrugado de cincuenta euros.

— Yo invito— dijo con un deje arrastrado. Pidió una botella de whiskey y dos vasos.

Empezamos a hablar de música, de la posible inexistencia de la muerte y de Camila de Cornualles, antes llamada Parker-Bowles. Uno que otro cliente se acercaba a cerciorarse si era ella, constatado lo cual ella firmaba los autógrafos en servilletas y cajetillas de cigarros, luego retomaba la conversación acerca del R&B, el agua embotellada, los extraterrestres y los amores carentes de sexo que la gente define como amistad. Amy reía con gracia, muy diferente a la risa que yo había creído que tenía, sus ojos chispeaban alegría y le gustaba morder los cigarros (Me contó que eso lo había aprendido de Winston Churchill, a quien detestaba). Jamás creí que me iba a caer tan bien, es verdad que me gustaban algunas de sus canciones pero ella se superaba a sí misma entre cada trago y carcajada. Me tocaba las manos y las piernas mientras hablaba, cosa que no me molestó en absoluto porque eso me daba cierto aire de importancia en el bar, además yo era su invitado y lo menos que podía hacer era quejarme de sus tocamientos y de su desparpajado humor.

Hacia la mitad de la botella sonó una canción suavecita. La canción era de Adele.

— Esa gorda me cae mal— dijo como para sí misma.

— Es bonita— repuse.

—- ¿Ella? ¿Te gusta?

— Pues sí, tiene una belleza especial, aunque demasiado british para mi gusto.

— ¿Y yo te gusto?

La pregunta incomodaba un poco. Amy me estaba viendo a los ojos muy de cerca, de manera tal que era casi imposible escapar de su órbita. Me puse a reír y bebí un trago con todo y hielo. Amy acercó su silleta, me tomó de los hombros y disparó:

— Dame un beso.

— No.

—- ¿Por qué? ¿Porque comí huevo cocido con mostaza?

— No. Porque en mi país los hombres no besan a las mujeres que fuman.

Amy se echó para atrás forzando una risotada, intentó besarme pero al ver que yo no bromeaba decidió no seguir insistiendo. Nos terminamos la botella y prometí que cuando viajara a mi país la llevaría a cantar a la Ruta Maya y que también le haría un tour con mis amigos por las Isletas de Granada. Nos dimos un abrazo. Allí me di cuenta que era ella la que olía mal, pero ya me había acostumbrado. Le pedí su número telefónico, me dijo que casi nunca contestaba, entonces me dio el número de su mejor amiga, Anne-Lisse.

Cuando regresé a Nicaragua llamé una tarde al número de Anne-Lisse pero la operadora dijo que hacía falta un dígito. Probé con todos los números. Fue en vano. Creo que Amy se equivocó. O a lo mejor fue una broma para divertirse conmigo. O una revancha por no haberle concedido el beso que me pidió.

Así son las celebridades.

(18-11-14)

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