La siesta

Por: Edgard E. Murillo

Entró sigilosamente al dormitorio sombreado por las ramas del almendro donde a su creer se aislaba el rumor del mediodía; tendió una colchoneta sobre el piso cerca de la puerta al advertir que la cama estaba ocupada, cerró los ojos y soltó un suspiro para negociar el sueño; el viento que se colaba por el techo hacía mecer rítmicamente las cortinas verdes pareciéndole nubes precipitadas. Entonces, en el preciso momento de entrar en duermevela llegó a su nariz el aroma que hacía años no atrapaban las paredes, percibió murmullos fugados provenientes de la calle que se confundían con la campanilla de un vendedor de helados, sintió el peso del cuerpo liviano de cuando era un niño tendido sobre aquella colchoneta de cuero, escuchó la viñeta de un extemporáneo noticiero vespertino y el remolinear de las hojas del árbol de acacia derrumbado antes de la guerra. No fue propiamente que el alma se le desprendiese del cuerpo, como había leído y escuchado tantas veces, sino que había logrado penetrar a su pasado de forma abrupta y vertical en una medida de tiempo imprecisa como el intervalo entre dos relámpagos.

La singularidad de Pedro para alcanzar su pasado mejoraba conforme avanzaban los días, una vez ponía la cabeza en la almohada sentía y escuchaba lo vivido en su infancia sin mucho esfuerzo, gozando de olvidados eventos que justificaban cosas que el porvenir supuestamente se había encargado de difuminar.

Al cabo de pocas semanas recordaba detalles perdidos, como el orden de las canciones del disco de Paul Mauriat que había comprado su madre a un vendedor ambulante, la marca de la camisa que se había puesto para ir a una función matinée al cine América el mismo día de la apertura del supermercado Bello Horizonte, los detalles previos de los tres jonrones de Reggie Jackson en un juego de serie mundial, el atajo que tomaba para visitar a sus primos en el barrio Santa Rosa, los nombres y apellidos de todos los que habían dado con él la comunión en la iglesia Don Bosco con  los respectivos trajes dispares que llevaban esa mañana, el chiste que hizo el padre Rossi durante la ceremonia y el sabor de la hostia remojada en vino blanco.

Una tarde fue a la hemeroteca a hurgar los periódicos de octubre del año setenta y siete, encontró un artículo en la edición del día veinte acerca del memorable sexto juego de la serie mundial acontecido dos días antes donde Jackson había hecho historia: quedó pasmado cuando comprobó que línea por línea el reportaje se ajustaba bastante al recuerdo instalado en su memoria apenas unos días atrás. Rebosaba de contento porque de cada siesta obtenía mayor discernimiento y profundidad sobre su pretérito existencial.

Pocos meses después, conforme las poderosas vivencias saturadas de excitación sacaban brillo a su memoria adentrándose en su pasado lejano, un olvido patente se hacía cada vez más persistente por las cosas que le sucedían en fechas recientes. Podía recitar un anuncio televisivo sobre la cerveza  Löwenbräu dejado de anunciarse hace treinta y cinco años pero olvidaba espontáneamente la ruta que había tomado para llegar a su oficina esa misma mañana, o el nombre de las personas que había conocido después de haber iniciado sus trances regresivos. Empezó a tener dificultades con el manejo de la computadora, luego llegaron las pesadillas con la guerra de Vietnam, se llenaba de angustias cuando buscaba en vano la Isla de Gilligan los sábados al mediodía, varias veces se espantó cuando se dio cuenta que el televisor era de colores; caminaba por las calles y le decía guardia a la policía cuando no jurumba, iba al mercado y pedía avena Quáker en lata, una tarde quiso entrar a un cine y dio marcha atrás cuando supo que era una iglesia que paraba el sufrimiento; de forma ineluctable fue perdiendo la sensibilidad memorística inmediata y como un ciego avanzaba en un presente cada vez más extraño y olvidadizo. Pedro, consultor, casado, de cuarenta y cuatro años, se quedó en el laberinto de sus doce años con el espanto y el gozo de vivir las cosas por primera vez.

Un día salió temprano y olió el aroma de la adolescencia. Nunca más pudo recobrar su presente.

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