Tarifario

 

tarifario

Por Edgard E. Murillo

Bien conocido es que en la Roma Imperial el negocio de la prostitución era muy próspero, tanto que el emperador Augusto decidió gravarlo. Las prostitutas estaban obligadas, previo registro en la oficina del edil, a pagar tributos al Fisco, de lo que se deduce que los romanos eran muy prácticos y que no se andaban con moralinas sobranceras. Si había ingreso, pues había que aumentar las arcas del César. El registro y la tasa tributaria daba derecho a que el Estado Romano concediera la licentia Stupri, es decir, el documento legal para que las mujeres de alquiler no fuesen importunadas por las autoridades. En atención al rango social y al lugar donde se realizaba “el oficio” las prostitutas principalmente se catalogaban en: Delicatae (las meretrices de lujo), las Famosae (ricas o famosas que ejercían por placer, por ejemplo Mesalina, esposa del emperador Claudio. Cuentan que esta señora retó a la prostituta más célebre de Roma en una competencia de clientes, la que ganó porque su contrincante se retiró tras haber copulado con sesenta hombres en una misma noche), las Lupae (que ejercían en los Sigue leyendo

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El odio no es para cualquiera

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Por Edgard E. Murillo

“Peores son los odios ocultos que los descubiertos.” Séneca.

Yo puedo perdonar muchas cosas, excepto cuando las personas lastiman mi frágil entendimiento, como cuando Alec Baldwin dejó escurrir de sus manos a Kim Bassinger, o cuando Bon Jovi le entró a las baladas para vergüenza de sus ímpetus rockeros. Acciones como esas no admiten indultos ni amnistías posibles. Conste que para nada soy rencoroso, sólo que cuando evoco ejemplos como los mencionados me hierve la sangre a fuego lento. Sigue leyendo

Sábado de noche

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Por Edgard E. Murillo

Son las siete y treinta de la noche en algún lugar de Bello Horizonte. Un músico charro ofrece melodía de su acordeón, le digo cortésmente que no, aunque quiero decirle que cómo se le ocurre que voy a escuchar una canción si no estoy acompañado ni acavangado. Sale una muchacha alta con blusa pequeña que desvela su ombligo y unas estrías en su costado derecho (no le pude ver el izquierdo); una joven vestida de traje bancario estornuda tres veces sin decir gracias después de varios “salud” mientras los meseros deambulan a paso doble haciendo equilibrio con las bandejas. Entra un tipo con un tatuaje en el brazo que dice Matilde. Pobre Matilde, su nombre anda haciendo el ridículo en un brazo peludo. Hace su Sigue leyendo

Ya sé de donde vienen

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Por Edgard E. Murillo

A las dos de la tarde, un martes antes de Navidad, entré al quirófano. Iba descalzo y enfundado por una ridícula bata verde que sólo cubría la parte de adelante porque los modistas hospitalarios no han diseñado un traje que sepa combinar el recato con la utilidad. Me hicieron acostar en una estrecha camilla mientras una enfermera hacía preguntas que son imposibles de recordar debido al estado de nerviosismo en que me encontraba; me canalizó para la administración de medicamentos y puso unas cosas pegajosas en mi pecho conectadas a una máquina que hacía ruidos como sonar de submarino; la anestesióloga, que es amiga mía, utilizó algo que me pinchó la columna; pronto llegó el médico enmascarado, inyectaron sedante en la manguerita del suero y cuando les dije que ya no sentía mis piernas empezaron lo que ellos llaman el procedimiento. Pedí que quitaran la música espantosa que salía de algún lugar, cosa que hicieron de buen humor, luego me quedé dormido. Desperté cuando sentí que me estaban apretando “por dentro”, me quejé, la enfermera dijo que era imposible que sintiera dolor, le dije que no era ella la que estaba en la camilla. Me quedé despierto hasta la última puntada. Sigue leyendo

Ruidos de la noche

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Por Edgard E. Murillo

El silencio cae sobre la casa como una copa volteada atrapando el cantar de los grillos, el tic tac del reloj de pared y el rugir monótono de la refrigeradora. Tomo asiento en el comedor, de espaldas a la cocina. Un zancudo me pica el brazo y me rasco con brusquedad para evitar que brote una roncha. Me sorprende el sonido que hace la piel cuando la someto con las uñas. El ruido de la piel rascada a la una de la madrugada me hace repensar acerca de los escondites de la muerte pero sobre todo me invita a invocar a los fantasmas. Veo a través de los ventanales de la sala y llamo con la mente la presencia de uno de ellos. Hace varios años, después de un aguacero nocturno, un espectro de cabeza alargada se montó a mi carro mientras yo conducía sin compañía por la bajada de San Juan. Un escalofrío en Sigue leyendo

La cantina ideal

El sabalete

Por Edgard E. Murillo

Una tarde como la de hoy así con lluvia suave y truenos que rascan las panzas de las nubes yo quisiera estar en el bar El Sabalete. Nada más pregúntenme y les cuento que nada allí sale sobrando. Si no fuera porque en El Sabalete se vende guaro y cervezas les diría que es la cantina perfecta. Siempre hay mesas limpias y desocupadas, la música suena a tu interés más que a tu gusto (en ocasiones de una complicidad alucinante); las botanas, con o sin grasas, ligan a la perfección; los baños huelen a lavanda y las meseras sonríen a todos tus ocurrencias, como si fuesen amigas tuyas de toda la vida, o aun de vidas anteriores. En El Sabalete no Sigue leyendo

El poder exculpatorio del gato

Poder del gato

Por Edgard E. Murillo

Llegué temprano al juzgado, la secretaria golpeaba con sus dedos las teclas de una máquina de escribir Olympia mientras susurraba lo que escribía, tenía abierto un código que ojeaba de vez en cuando para verificar los artículos que copiaba a ritmo frenético, alzó la vista y sin dejar de escribir me preguntó qué quería; con más nervios que otra cosa le dije que yo quería ser abogado de oficio en ese juzgado; le entregué la constancia de la universidad donde indicaba que ya había cursado las materias de derecho penal y de instrucción criminal, anotó mi nombre en una libreta y dijo más para ella que para mí: Venga mañana a las ocho. Sigue leyendo

Las escapadas de Nelly

Nelly

Por Edgard E. Murillo

No recuerdo su nombre, sólo que empezaba con N. Pudo haber sido Nohemí, Nadhir o Ninoska. Por mí está bien recordarla como Nelly.  La conocí en la Escuela de Bellas Artes, poco después de la revolución. Tendría ella la edad incierta más allá de los veinte, lo que motivaba que yo estuviera pendiente de su generoso carácter y de todo lo demás que la constituía. Nelly era diferente a todas las muchachas que hasta entonces había conocido. Era triangularmente atractiva: hombros angostos y caderas anchas; le gustaba ponerse jeans ajustados, zapatos tenis y camisetas blancas. Pero lo que la distinguía era su alegría gestual y su talento para conversar sobre cualquier cosa. Sigue leyendo

Acerca de la inteligencia maradoniana

maradona

Por Edgard E. Murillo

Cuando yo estaba en secundaria algunos comentaristas deportivos empezaron a llamar genio a Diego Armando Maradona. Mi profesor de matemáticas replicó diciendo que sólo los diestros en los números podrían considerarse inteligentes o genios, dependiendo de su grado de brillantez intelectual. En principio estuve de acuerdo con el profesor porque ya antes había escuchado a un pugilista decir que él tenía su propia “filosofía” cuando seguramente ignoraba quién había sido René Descartes o San Agustín. Meses después vino el Mundial de México y los cronistas calificaron al mediocampista argentino no solo de genio sino de artista, un Da Vinci del campo, y Sigue leyendo

El espejo de Guerrero

Espejo

Por Edgard E. Murillo

Antonio Vallejos conducía por el camino viejo y contempló la perspectiva del pueblo cuyas calles de tierra le evocaban soleadas tardes y extrañas sensaciones. El pueblo costero se extendía en forma de media luna hasta llegar a la playa y un sentimiento de paz le subía por el estómago cada vez que examinaba sus tejas blancas y las estrechas calles. —Algún día conoceré ese pueblo— se había prometido muchas veces.

Quizás de niño había recorrido aquellas empedradas avenidas que resistían el paso de los años con toda la indiferencia del mundo, por ello no se sorprendió al sentir un impulso urgente de bajar de su auto y caminar a sus anchas, con el entusiasmo propio de un turista. Había estado inquieto Sigue leyendo