Las escapadas de Nelly

Nelly

Por Edgard E. Murillo

No recuerdo su nombre, sólo que empezaba con N. Pudo haber sido Nohemí, Nadhir o Ninoska. Por mí está bien recordarla como Nelly.  La conocí en la Escuela de Bellas Artes, poco después de la revolución. Tendría ella la edad incierta más allá de los veinte, lo que motivaba que yo estuviera pendiente de su generoso carácter y de todo lo demás que la constituía. Nelly era diferente a todas las muchachas que hasta entonces había conocido. Era triangularmente atractiva: hombros angostos y caderas anchas; le gustaba ponerse jeans ajustados, zapatos tenis y camisetas blancas. Pero lo que la distinguía era su alegría gestual y su talento para conversar sobre cualquier cosa.

Todos los días ella llegaba a clases con retraso, unas veces se justificaba, otras no; eso era lo de menos porque su entrada era siempre triunfal. El aula se paralizaba mientras Nelly arrastraba el caballete por el centro del salón, engrapaba el papel estraza sobre el papelógrafo y rebuscaba sus lápices. El profesor seguía en silencio sus movimientos y ella decía en voz alta, como si el mundo se moviera en torno suyo: “Ya podemos empezar”. Yo me sentaba cerca de la ventana para aprovechar los efectos que la luz hacía sobre los modelos de yeso que teníamos que dibujar. Y también porque era el lugar preferido de Nelly. A pesar que en ocasiones perdía la concentración cuando ella se sentaba delante de mí, yo me sentía responsable de su rendimiento en cierta manera. Cuando la veía contrariada hurgando carboncillos en su cartera yo le ofrecía los míos, igual pasaba con las tizas y con los borradores de agua. Era muy importante para mí esa tarea. Si yo le fallaba en logística talvez Nelly emigraría a otro rincón y sería otro quien corregiría sus fallos de perspectiva y aprovecharía el olor de su perfume. La verdad es que Nelly no era buena dibujante pero se tomaba las cosas en serio. Durante nuestras faenas artísticas dos o tres veces me preguntaba que cómo iba su dibujo, entonces le decía que había algo desproporcionado entre el objeto del primer plano y el fondo claroscuro. Ella aguzaba la vista, cogía el borrador y reempezaba los trazos con cuidado y delicadeza. Por esa razón me hice uno de sus mejores amigos.

Un día llegué tarde, el profesor relucía por su ausencia. Afuera, bajo la sombra fresca de un Chilamate, cinco condiscípulos escuchaban a Nelly quien contaba la vez que había experimentado un desdoblamiento. Un año atrás dormía en su cuarto cuando de súbito sintió que su alma se desprendía de sus carnes. El alma flotó lentamente sobre el cuerpo tendido en la cama y se alejó lo suficiente como para sentarse sobre el ropero que estaba en dirección a sus pies. Se veía plácidamente dormida, tan tranquila que hasta había olvidado que era ella misma, o más bien, su propio cuerpo. En la habitación, silencio total, solo una paz ondulante que semejaba  el oleaje del mar sin el rugir de la espuma. La joven mujer quieta en la cama, boca arriba, cubierta con un camisón celeste y las almohadas a los lados. El espíritu de Nelly suspendido en el aire, libre, gozoso, etéreo. Unos minutos de aturdimiento. El espíritu hace un giro, siente que enfoca su extensión en la habitación pero algo la atrae al cuerpo, quizás el cuerpo mismo o algo que no sabe explicar. Cae en cascada sobre ella misma. Nelly, cuerpo y alma, empieza a moverse.

¿Qué pasó después?

Por la mañana me levanté asustada. Me paré sobre una silla junto al ropero,  vi la cama en idéntico ángulo como la vio mi espíritu la noche anterior. Creí que se había tratado de un sueño, un sueño bien hecho, pero no, no fue un sueño. Días después, como para estas fechas, la experiencia se repitió. ¡Qué hermosa me veía! Uno es bello cuando duerme y más cuando es observado por uno mismo. Me vi pues con detenimiento, me acerqué a mis mejillas para intentar darme un beso pero no pude. Me fui al otro lado de la cama y vi mi cabello suelto enredado en la almohada, bajé hasta mis pies, quise tocarlos pero me di cuenta que no podía porque no tenía manos. Entonces quise despertar. ¡Fue algo espantoso!  Luchaba por abrir los ojos pero en lugar de eso yo giraba sobre mi cuerpo que yacía sobre la cama. No sé en qué momento sentí que caía en un abismo profundo; el aroma de las sábanas indicó que ya estaba en mi cuerpo y desperté sobresaltada. La última vez que me pasó eso fue hace tres meses, pero en esa ocasión supe cómo lidiar con el asunto: después de rondar mi cuerpo, después de estudiar todos mis detalles, mejor que como si estuviera frente a un espejo, me dejo entrar gustosamente en él. Así es cómo doy mis vueltecitas de vez en cuando. Talvez más adelante me arriesgue a salir del cuarto. No es tan feo sentirse más allá que para acá.

Todos hicimos silencio. Nelly estaba sentada sobre la grama. Levantó la vista, suspiró como queriendo aspirar todo el aire circundante y caminó hacia el aula. El profesor había llegado.

No conozco otra persona que haya vivido algo así. Si ustedes conocen alguna, por favor háganmelo saber. Talvez esa persona comentó su experiencia a otra, y ésta a otra, hasta llegar a oídos de Nelly. Entonces existiría la probabilidad de que vuelva a ver a la mujer que visitó, en sueños o en espíritu, mis solitarias noches de adolescencia.

Octubre, 2013.

 

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Un comentario en “Las escapadas de Nelly

  1. Grato, ameno, seductor… hasta quedé prendado por Nelly y la esperanza de que sus paseos hayan ido más lejos que entonces… Quizas un dia de estos tambien se de una vueltecita por mi alcoba, con la consabida experiencia adquirida a través de los años 😉

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