El poder exculpatorio del gato

Poder del gato

Por Edgard E. Murillo

Llegué temprano al juzgado, la secretaria golpeaba con sus dedos las teclas de una máquina de escribir Olympia mientras susurraba lo que escribía, tenía abierto un código que ojeaba de vez en cuando para verificar los artículos que copiaba a ritmo frenético, alzó la vista y sin dejar de escribir me preguntó qué quería; con más nervios que otra cosa le dije que yo quería ser abogado de oficio en ese juzgado; le entregué la constancia de la universidad donde indicaba que ya había cursado las materias de derecho penal y de instrucción criminal, anotó mi nombre en una libreta y dijo más para ella que para mí: Venga mañana a las ocho.

Al día siguiente tuve mi primer caso. Mi defendido era un muchacho que había encontrado un rollo de alambre de teléfono tirado en la carretera, él lo levantó y al notar que el cable subía hasta llegar a un poste decidió cortarlo y llevárselo para su casa con tan mala suerte que una patrulla de la policía lo encontró con el bulto a tuto. Javier (así se llamaba) me dijo que quería el alambre para tender ropa y yo le creí entre risas.

A los pocos meses ya era defensor gratuito en dos juzgados de distrito, había comprado un maletín con tres depósitos y trataba de imitar el andar presumido de los abogados con experiencia. Fue entonces cuando conocí al doctor Alcides Mondragón. El doctor Mondragón gustaba vestir de guayabera blanca, tenía anillos en todos sus dedos como Ringo Starr y fumaba cigarrillos Camel sin filtro. Poseía la fama de ganar todos sus casos y a pesar que era bastante feo parecía que llevaba la vida sin complicaciones. Una vez lo seguí hasta el estacionamiento para preguntarle acerca de las causas extintivas de la responsabilidad penal y contestó que toda consulta ocasionaba emolumentos. No le gustaba dar consejos ni se detenía en los pasillos para conversar con colegas salvo que fuesen mujeres bonitas a quienes besuqueaba la mano por cada saludo y despedida.

Para un diciembre me nombraron para defender un fulano que había participado en una riña tumultuaria. El caso no era difícil pero yo quería lucirme porque la juez era nueva con prestigio de severa, así que estudié mucho para hacer una buena defensa, incluso leí algunos capítulos de Los lineamientos de la teoría del delito de Enrique Bacigalupo para que mi escrito conclusivo (en esa época los juicios eran escritos) estuviese bien fundamentado. Y así lo hice. Recuerdo que dividí mi ponencia en cuatro apartados, a saber: Relación de los hechos, doctrina nacional y extranjera, jurisprudencia y exoneración jurídica. Cuando la terminé ni yo mismo creí haberla escrito: seis folios a doble cara con un lenguaje jurídico que no parecía el de un estudiante de cuarto año de derecho. Estaba seguro que el adversario quedaría abrumado, pisoteado, humillado. Presenté el escrito y al día siguiente me quedé helado cuando leí la sentencia:

“Ha lugar a poner auto de segura y formal prisión al procesado fulano de tal…”

¡No lo podía creer! Mi caso, el caso de lujo, al que yo más había puesto empeño, lo había perdido. Apelé en caliente de la sentencia pero no podía ocultar mi frustración y desamparo. Una semana después, cuando había asimilado un poco la perplejidad, regresé al juzgado y me topé con el doctor Mondragón.

—Vengo a presentar un escrito conclusivo— le dijo a la secretaria.

El doctor Mondragón guardó la copia en su maletín de cuero de cocodrilo y salió del juzgado fumando su cigarrillo Camel sin filtro (Todavía se podía fumar en las oficinas). En ese instante se me ocurrió averiguar algo que tendría consecuencias definitivas en mi vida profesional: Quise saber lo que había escrito el doctor Mondragón en su escrito conclusivo. Me dije que talvez ahí estaban los secretos de la ciencia penal que me llevarían a tener éxito en los demás casos, la nata de la sapiencia abogadil, las claves para suscitar el entendimiento por la dogmática jurídica, las pautas que allanarían las dudas del judicial, las palabras exactas para postular los ejes de una verdadera defensa. Tomé el expediente que la secretaria había dejado sobre el  escritorio y leí con expectación el escrito del doctor Mondragón. Decía así:

“Señora Juez Quinto de Distrito del Crimen de Managua: Soy Alcides Mondragón, de generales conocidas en la presente causa No. 543-91, ante Usted con los más cumplidos de mis respetos comparezco y expongo:

Señora Juez: No hay que buscarle tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro. Mi defendido es inocente. Pido su excarcelación.

Managua, diez de enero de mil novecientos noventa y dos.

(f) A. Mondragón. “

Dos días después el doctor Mondragón, cigarro en mano, leía la sentencia absolutoria mientras la secretaria le entregaba la orden de libertad a favor de su defendido. Yo estaba en un rincón observando la escena.

Salí estupefacto del juzgado. Llegué a mi casa, agarré todos los libros de derecho penal, incluyendo el de Bacigalupo, los metí en una caja y los fui a vender al Mercado Oriental por trescientos córdobas.

Fue así cómo un gato me apartó para siempre de la práctica forense criminal.

 

Mayo, 2012

 

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