Ruidos de la noche

Azul08

Por Edgard E. Murillo

El silencio cae sobre la casa como una copa volteada atrapando el cantar de los grillos, el tic tac del reloj de pared y el rugir monótono de la refrigeradora. Tomo asiento en el comedor, de espaldas a la cocina. Un zancudo me pica el brazo y me rasco con brusquedad para evitar que brote una roncha. Me sorprende el sonido que hace la piel cuando la someto con las uñas. El ruido de la piel rascada a la una de la madrugada me hace repensar acerca de los escondites de la muerte pero sobre todo me invita a invocar a los fantasmas. Veo a través de los ventanales de la sala y llamo con la mente la presencia de uno de ellos. Hace varios años, después de un aguacero nocturno, un espectro de cabeza alargada se montó a mi carro mientras yo conducía sin compañía por la bajada de San Juan. Un escalofrío en la nuca hizo que viera por acto reflejo el retrovisor para encontrarme con la mirada pétrea de una dama de pelo larguísimo que estaba sentada en el asiento de atrás. Giré la cabeza con espanto temerario pero la visitante ya no estaba, tras lo cual tuve que abrir las ventanillas, acelerar a fondo y subir el volumen de la radio para restablecer mis funciones vitales. Esta vez prometo no asustarme. Por eso sigo viendo sin parpadear hacia los ventanales aguardando un eventual grito ultramundano. Como no toma forma ningún cuerpo o silueta me ofrezco una invitación: ¿Qué tal un té de manzanilla? Pongo dos bolsitas en una taza de agua caliente y vuelvo a sentarme en la misma silla. Cuando he tomado la mitad de la taza empiezo a sudar. Me relajo. Dos chicharras levantan su desafinado canto. Las busco en la sala pero no alcanzo a verlas. Al ratito cesan sincrónicamente. Permanezco sentado en actitud acechante, en espera que los fantasmas rompan la quietud de la noche con su danzar deshilachado y ululante. Un haz de luz parece moverse tras una ventana. Levanto una ceja ¿Serán ellos? No. Es un relámpago lejano que se filtra por los cristales. Termino el té y los fantasmas siguen con su jueguito de no revelarse ante mí. Siempre ha sido así; desde que tengo uso de memoria ellos tratan de hacerme creer que no existen. Medito en lo afortunado que fue Jonathan Harker la noche que vio a su anfitrión reptar por las paredes de aquel ruinoso castillo en Transilvania. ¿Molestarán los fantasmas solamente a los desprevenidos? Pasa una hora, talvez dos. El canto de un gallo me hace recordar que debo descansar. Me levanto de la silla, apago las luces y exhalo de resignación. Cuando abro la puerta de mi habitación oigo un portazo en el cuarto de arriba que sirve de bodega. La emoción me invade. Subo rápidamente las escaleras para sorprender al escurridizo visitante. Busco la llave que está bajo un libro y abro la bodega conteniendo la respiración. No enciendo las luces para estar en ambiente. Pero nada. Las ventanas están aseguradas. Vuelvo a cerrar la puerta y desciendo por las escaleras maldiciendo mi suerte. Me acuesto con suavidad para aterrizar el sueño. De pronto otro portazo. ¿Qué es ese ruido? pregunta Jeanette sobresaltada. No es nada, le digo, son los fantasmas que aprovechan los ruidos de la noche para ocultar su cobardía.

Edgard E. Murillo H.- (19-5-14)

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