Ya sé de donde vienen

enfermeras

Por Edgard E. Murillo

A las dos de la tarde, un martes antes de Navidad, entré al quirófano. Iba descalzo y enfundado por una ridícula bata verde que sólo cubría la parte de adelante porque los modistas hospitalarios no han diseñado un traje que sepa combinar el recato con la utilidad. Me hicieron acostar en una estrecha camilla mientras una enfermera hacía preguntas que son imposibles de recordar debido al estado de nerviosismo en que me encontraba; me canalizó para la administración de medicamentos y puso unas cosas pegajosas en mi pecho conectadas a una máquina que hacía ruidos como sonar de submarino; la anestesióloga, que es amiga mía, utilizó algo que me pinchó la columna; pronto llegó el médico enmascarado, inyectaron sedante en la manguerita del suero y cuando les dije que ya no sentía mis piernas empezaron lo que ellos llaman el procedimiento. Pedí que quitaran la música espantosa que salía de algún lugar, cosa que hicieron de buen humor, luego me quedé dormido. Desperté cuando sentí que me estaban apretando “por dentro”, me quejé, la enfermera dijo que era imposible que sintiera dolor, le dije que no era ella la que estaba en la camilla. Me quedé despierto hasta la última puntada.

Esa noche no pude dormir a causa del dolor. La bolsa que contenía el suero se había acabado a la medianoche, a las tres de la mañana mi esposa fue a buscar a la enfermera quien estaba departiendo alegremente con otras en una sala al final de un pasillo; la enfermera llegó, repuso el suero, y con cara de ralos amigos inoculó un líquido ligeramente amarillo; le dije que no soportaba el dolor, contestó agriamente que había puesto un analgésico y que no pondría otro hasta que el médico de base llegara a las ocho de la mañana. Dio la vuelta sin disimular su enojo, creo más bien su odio.

A las siete de la mañana llegó a mi cama una enfermera regordeta con el pelo mojado oloroso a champú, tenía cara colorada y era diabólicamente seria, no supe su nombre porque las enfermeras raramente dicen sus nombres a los pacientes, además porque en esas condiciones uno no puede retener casi nada. Repetí mis dolores y soltó la respuesta sabida: A las 8 viene el doctor. La enfermera regordeta cabeceó para saludar a otra de su especie que acababa de entrar rauda sin decir buenos días (se entenderá que tampoco dicen buenos días); esta última llegó con la noticia que los médicos ya estaban en la ronda, entonces las enfermeras se levantaron y empezaron a leer los expedientes, poner termómetros y revisar las bolsas de suero. Y también empezaron a estirar los labios hacia los lados intentando lo que se conoce como sonrisa. El médico me revisó y le conté mis padecimientos, la enfermera hizo una mueca de hastío y salió detrás del galeno diciéndole que lo miraba más delgado. Al mediodía me dieron de alta y ninguna enfermera estaba cerca para que consiguiera una silla de ruedas.

Durante la convalecencia clasifiqué mis discos compactos, enlisté las canciones de los MP3, actualicé el inventario de libros de la biblioteca, me fijé en las partes sucias de las paredes inadvertidas al ojo cotidiano, pero sobretodo vi mucha televisión. Devoré todos los programas de History y Discovery Channel, las películas de Film Zone y Cinemax (mi presupuesto no alcanza para tener HBO), y por supuesto aprecié con cierto aburrimiento los reportajes sobre El Santo Grial y otras cristiandades.

Una tarde vi un programa que hizo que me levantara de la cama. Trataba acerca de espíritus malignos que perturban la tranquilidad de los habitantes en ciertas casas antiguas del Este de los Estados Unidos. Un equipo de médiums y curiosos estudiantes universitarios de física habían sembrado de aparatos de detección magnética, calorífica y fotográfica en viviendas que habían reportado alguna actividad paranormal. Y la habían evidenciado. Decían que los entes perversos no habitaban las casas de forma permanente sino que entraban y salían por un lugar ciego llamado vórtice, y que esto lo hacían en horas determinadas de la noche.

En ese momento tuve la revelación.

Horas antes de mi operación, mientras soportaba el ayuno y paseaba por el hospital advertí un raro lugar que nunca era visitado por nadie; había un letrero sobre una puertecilla de madera y vidrio que decía: Ropa contaminada. No pasar. La curiosidad me venció y quise abrir la puerta. Estaba con llave. Durante toda la mañana no había visto entrar ni salir a nadie por esa puerta, entonces traté de ver por la ventana pero una película de pintura azul impedía apreciar su interior. Cansado de esperar le pregunté a una muchacha de limpieza acerca de lo que había dentro. “Ahí no hay nada, señor, es una puerta clausurada”. Me pareció muy extraño.

No me costó mucho tiempo comprenderlo todo: Ese lugar, ese cuartucho arrinconado en el pasillo del hospital no es otra cosa más que el vórtice intradimensional por el cual salen y entran esos seres demoníacos con cuerpo de mujer que con jeringa en mano y gorro blanco pululan en los cuartos hospitalarios para atormentar a los enfermos. ¡Gracias a Discovery Channel supe la verdad!

No les miento; cuando vayan a un hospital busquen ese cuarto; pero cuidado, no suceda que usted asista en el preciso momento en que alguna enfermera esté de salida de su turno y se lo lleve para nunca más volver.

Febrero, 2012.

 

 

Anuncios

Un comentario en “Ya sé de donde vienen

  1. Que horrible…te juro me recuerda cuando estuve hospitalizado en el militar una semana por un cancer de colon que gracias a dios estoy haciendole guevo para sobrevivir a esa terrible enfermedad. Algo que quiero agregar al relato es el hecho que para toda babosada que quieren hacer con vos te dicen…”respire profundo”…cuando terminas de hacerlo ya te zamparon el enema, te hicieron dilatacion rectal para evacuar los pedos que te quedan post-operatorio, porque si pujas te duele hasta el alma, te clavan otra aguja, te jalan la sonda foley…y en eso tuve quizas suerte, porque fue un enfermero. Lo hizo gentilmente. Es probable que si hubiera sido uno de esos seres diabolicos (ENFERMERA) que mencionas en tu relato, me hubieran jodido hasta el orgullo…jajajaja…
    Buenisimo mi hermano…

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s