Sábado de noche

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Por Edgard E. Murillo

Son las siete y treinta de la noche en algún lugar de Bello Horizonte. Un músico charro ofrece melodía de su acordeón, le digo cortésmente que no, aunque quiero decirle que cómo se le ocurre que voy a escuchar una canción si no estoy acompañado ni acavangado. Sale una muchacha alta con blusa pequeña que desvela su ombligo y unas estrías en su costado derecho (no le pude ver el izquierdo); una joven vestida de traje bancario estornuda tres veces sin decir gracias después de varios “salud” mientras los meseros deambulan a paso doble haciendo equilibrio con las bandejas. Entra un tipo con un tatuaje en el brazo que dice Matilde. Pobre Matilde, su nombre anda haciendo el ridículo en un brazo peludo. Hace su entrada una peliteñida despampanante, lleva zapatos de plataforma y de la mano de un fulano que nadie quisiera tenerlo de yerno. ¡Oh!, aparece un vecino de mi mamá, veo que se sienta en una mesa de afuera, anda con una mujer que no es su mujer y una vieja que no es su suegra. Me agacho un poco para que no me vea, al ratito le acaricia la oreja a la mujer, lástima que está de espaldas pero por la anchura de los hombros y otros detalles que no revelaré me parece que ella ronda los treinta y ocho. Una adolescente cambia las baterías de su cámara digital y saca fotos a la comida, de seguro las sube a facebook más tarde. ¡Uy!, llega una mujer con pantalón tigreado, tiene pinta de recién levantada de alguna cama, abre la puerta del área con aire, se asoma y entra. El vendedor de discos ha hecho su agosto, en todas las mesas ha vendido películas de acción y cidís de Alicia Villareal y Alejandro Fernández. Portazos, botellas, timbres. Parece que el vecino de mi mamá me vio, se fue a una mesa del fondo, fuera del alcance de mi vista. Los adúlteros son muy pudorosos. Hay bulla, mucha bulla alegre. La chavala del pantalón tigreado se va, su acompañante queda solo (Me doy cuenta porque me levanto y veo a través de las ventanas, previa aclaración que no me gusta el chisme). Un niño juega con las servilletas, las rompe y las tira al suelo. Una mamá soltera llega con su hijo dormido, lo acuesta en la banca pero el niño se despierta. Las madres solteras son más bonitas que la mayoría de las madres casadas, quien sabe la razón. Suena otra canción ranchera. Una muchacha pizpireta con un short diminuto sale acompañada de un hombre más viejo que yo. Eso no me da dentera. Una mesera recoge una comanda que se le cae, luego se le vuelve a caer, sonríe porque sabe que la estoy viendo. Jenni Rivera canta Amor de Contrabando. Apuro otra cerveza. Por la tele pasan un desfile de una especie de carnaval. Bandas de guerra, muchos meneos de rabadillas y faldas chingas. El hombre que quedó plantado por la chavala de pantalón tigreado sale con el celular en la mano. Un cliente que entra se dirige a mí con la mano extendida; me digo que ya estoy viejo porque siempre en cualquier lugar encuentro a alguien que dice conocerme. La música es difusa, no sé si suenan Los Hermanos Cortés o los mariachis, me parece que es una canción mariachada de Los Hermanos Cortés. En la música y en el amor todo se vale. La pareja de la mesa al lado discute quedito, casi por señas; ella sustituye las palabras con sus dedos nudosos, gesticulando más de la cuenta. Más allá, en la mesa de la esquina cerca de la cocina, hay cuatro veinteañeros ebrios y satisfechos ¿Por qué la juventud no se complica la vida? El capitán de meseros se acerca y me pregunta si todo está bien. Por supuesto que todo bien, caso en contra ya me hubiese ido. —¿Le gusta la María?— me pregunta. Aclara pronto: la mesera de rojo. Quiero contestarle que no es mi tipo pero ni yo mismo sé si las Marías son de mi tipo. Le pregunto por mi pedido. — Ya casi— me contesta por mero trámite. Una mujer cuarentona pasa frente a mí, me dirige una sonrisa, yo le digo buenas noches inclinando la cabeza. Alguna vez conversamos, esa impresión me dio cuando le vi la cicatriz antigua de una vacuna en el brazo izquierdo. La mesera de rojo se limpia con el índice el sudor que se acumula bajo la nariz, camina más aprisa y acentúa el contoneo; creo que le parezco simpático. Un hombre mayor sale con su familia, me saluda con deferencia, tampoco recuerdo de dónde lo conozco. Voy al baño. Sobre el lavamanos hay un espejo, mi rostro sin afeitar sonríe; me doy cuenta porqué creo que a la mesera de rojo le importo. Me llevan una boca de totopos. La gente de la mesa de al lado sigue tomando fotos, ahora a una cubeta llena de cervezas y hielo. Me intrigo por el final de la chavala de pantalón tigreado. ¡Wait! Entra otra una pareja dispareja: una niña como de veinte cargando un bebé acompañada de un viejo como de sesenta y pico. Puede que el niño sea de él, y si no lo es, él lo asume valientemente como propio. Mi pedido está listo pero pido unos chilaquiles con cebolla asada y chile verde. Se alborota la gente. Coexisten voces, canciones con violines, trompetas, carcajadas y choque de botellas. Adopto una posición más cómoda. Me pongo los lentes. Los señores de la mesa de la derecha hacen malabares para pagar la cuenta, uno de ellos saca un billete de veinte dólares y el más joven ofrece su tarjeta de crédito bajo la advertencia que le paguen antes de la fecha de corte. Sobresale en semejante bullicio una carcajada de mujer, una carcajada aparentemente deliberada, como de bruja. Una clienta sale del baño de mujeres, se mete el celular en la chicha izquierda pero me entretengo en otra comensal que enseña toda la espalda, desde la raya de las nalgas hasta la nuca. Le cuento diecisiete lunares. ¡Un momento! La del pantalón tigreado está en las mesas de afuera, ¡Es la misma de la carcajada de bruja! Pido otra cerveza. El mariachi arrecia. Le pido a la mesera de rojo la cuenta, me la lleva junto con la comida empacada. Veo la hora, tengo que irme. Salgo del lugar apesarado, giro por la rotonda y Los Ídolos está a reventar. La música ranchera resuena en mi cabeza. Prometo volver otra vez.

Abril, 2013

 

 

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