El infinito

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Por Edgard E Murillo
 
En la palabra está el infinito
También en las soledades
Y en las cimas donde retoza el viento
En la estrella que nace, se apaga
Y vuelve a nacer en el ocaso
 
La cintura del infinito es elástica
Trémula y de color índigo
(Como el pelaje del unicornio)  
Gusta por esconderse en el horizonte
Tras los bordes del Universo
 
En la nostalgia está el infinito
Que es la materia primaria de los poetas
De los buscadores de sirenas
Y de los que subastan los placeres
 
El infinito anuncia la danza
Del Paraíso Perdido
Las mañanas que desperezo tu espalda
Entre sábanas y caricias amanecidas.
 
 
                                   
                                  
 
 
 
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Nunca dejé de quererla

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Por Edgard E Murillo

Debió ser hace unos diez o doce años cuando creí empezar a querer la ciudad donde dejé el ombligo. Todo empezó la tarde en que caminaba empapado de sudor por el barrio San Luis, poco antes de avistar un incendio cerca de los semáforos de Larreynaga. Acababa de salir de la casa de un amigo, a quien consolaba por la pérdida del cidí Pulse de Pink Floyd. Yo le decía que un disco con una lucecita roja intermitente (el primero en su género) no se podía perder como si la noche. Lo dejé revolviendo toda su casa en busca del tesoro y yo me fui a pie hasta la mía bajo el anaranjado sol de Semana Santa. Sigue leyendo

El fuero de los vencedores

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Por Edgard E. Murillo

Los actos de exterminio y crímenes sistemáticos – cual más inimaginable todos ellos – que en la década de los cuarenta del siglo XX perpetraron los nazis en contra de miles de personas, merecieron la reprobación de la sociedad civilizada de entonces, por lo que la creación de un tribunal especial que juzgara a los criminales alemanes fue visto con simpatía y anhelos de justicia en toda Europa. Hess, Göring, Dönitz, Borman, Keitel y otros diecinueve personajes apocalípticos fueron puestos en el banquillo de los acusados en el célebre Tribunal de Núremberg en octubre de 1945, cinco meses después de concluida la guerra. Sigue leyendo

Lapsus machinae

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Por Edgard E. Murillo

De niño padecí de forma ocasional de un extraño síndrome que consistía en confundir algunas palabras que leía; por ejemplo, cerca de la casa de mi tía Nena, sobre la 35 ave. N.O.,  había un letrero que decía “alimentos balanceados”, el que leía invariablemente como “alimentos balaceados”. Yo suponía que los alimentos los agarraban a balazos por alguna razón, talvez para triturarlos y dárselos a las aves. Para asegurarme que no era un error, cada vez que pasaba por donde estaba el letrero lo leía despacio, pero de nada servía, ¡allí siempre decía “balaceados”! No había manera de leer otra cosa. Tiempo después me pasó con algotras palabras pero conforme los años pasaron las confusiones  fueron cesando por divina providencia. Refiero esto porque ayer una compañera de trabajo rió a carcajadas cuando contó que había leído incorrectamente un letrero recién puesto en la oficina. El letrero dice: “Ruta de evacuación”, pero ella jura y perjura que leyó: “Ruta de eyaculación”. Sigue leyendo

Nuestro río San Juan

Por Edgard E. Murillo

Déjenme decirles que conocí el río San Juan cuando ya mis huesos habían decidido no seguir creciendo. Durante mi primera juventud varias veces acaricié la idea de visitar San Carlos navegando desde San Jorge pero nadie me hizo campaña en serio  para realizar la aventura. Cuando terminaron de construir la carretera que une Acoyapa con San Carlos me quedé sin excusas para seguir postergando la gira al único departamento del país que me faltaba por conocer. Hasta hace poco llegar a San Carlos por tierra era algo así como subir a la luna con una escalera de mano. Los pegaderos eran terribles debido a las lluvias eternas que mantenían hecho chicle el suelo. En ocasiones recorrer cincuenta kilómetros podía llevarse todo el día. Hoy es cuestión de pocas horas y si usted viaja temprano puede darse el gusto de apreciar bandadas de monos que suben a los árboles a ambos lados de la carretera cerca del empalme de Morrito.  Sigue leyendo

¿En verdad cambia la gente?

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Por Edgard E. Murillo

Un amigo me dijo una vez que él ya no era la misma persona que fue un año atrás porque sus células eran otras. Que su piel, sus pelos y su sangre habían sido sustituidos por otra piel, otro pelaje y otros glóbulos. Dijo que uno huele a niño cuando se es niño y huele a viejo cuando se está viejo. Nadie es igual que lo que fue meses o años anteriores, concluyó. Le dije que no estaba de acuerdo porque en todo caso esa sustitución era sobre la misma base celular, por lo que a fin de cuenta éramos los mismos. Le pregunté si creía que su mujer era otra cada semana y me dijo que precisamente ese era el motivo por el cual la había aguantado por tanto tiempo.  Sigue leyendo

No creer también cuenta

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Por Edgard E. Murillo

Es probable que el motivo por el cual los fantasmas huyan de mí sea porque no creo en ellos. Me doy cuenta que las invocaciones que he realizado al filo de la madrugada han fracasado, más que por otra cosa, por falta de convencimiento propio. Debe ser muy incómodo presentarse ante alguien que duda de tu existencia. No creo que algún espíritu amigable, maléfico o chocarrero,  ande penando en el limbo o que tenga una puerta de acceso al “más acá”, salvo el vórtice de los hospitales donde entran y salen impunemente las enfermeras, como una vez escribí para este Barco Azul AquiSigue leyendo

Doña Pandora y el fin de Los Pollos Azules

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Por Edgard E. Murillo

Un jueves cualquiera de los años noventa Víctor Manuel llegó a mi casa en estado de congoja anunciando que necesitaba con urgencia un Emotional Rescue, como gustaba decir cuando quería mojar las palabras con cervezas. Por esas casualidades del destino descubrimos un pequeño negocio cerca de la iglesia Don Bosco que prestaba condiciones mínimas para conversar. No bien llegamos al sitio lo bautizamos como Los Pollos Azules debido al aceitoso color azul en que estaban pintadas las paredes, las mesas, el menú y hasta el techo, y porque ofrecían pollos rostizados con papas fritas y salsa de tomate. Sigue leyendo

La reforma procesal en Nicaragua

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Por Edgard E Murillo

El Derecho, en tanto regulador social, es ineficaz si no tiene la virtud de contar con los cauces por los cuales consiga sus propósitos y fines. Esos cauces o sendas están definidos normativamente por el derecho procesal, de lo que se infiere que el proceso no es más que el Derecho mismo en movimiento. Los códigos procesales adoptados por Nicaragua desde su formación como República exigían la forma escrita para la tramitación de los juicios, prescindiéndose casi por completo de la usanza verbal propia del sistema anglosajón.

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