Así lo viví

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Por Edgard E. Murillo

A las siete y treinta minutos de la noche entramos corriendo al estadio, subimos a la plataforma que conduce a gramilla y buscamos el mejor sitio que nos permita un cómodo ángulo visual evitando posibles apretujamientos. Las pantallas gigantes instaladas a ambos lados del escenario muestran collages de imágenes y fotografías de Los Beatles y Paul McCartney, en tanto que la atmósfera es envuelta por canciones de los Fab Four versionadas por varios artistas. A nuestra derecha hay un quiosco ofreciendo frutas y pastelillos de queso (Sir Paul es vegetariano y pide no consumir carne durante sus presentaciones, sin embargo también ofrecen hot-dogs ¿Serán de soya?); un poco atrás algunos entusiastas se agolpan sobre un toldo que vende camisetas, gorras y llaveros oficiales de la gira OUT THERE. La gramilla del estadio está cubierta de bloques de goma que semejan un enorme rompecabezas bajo nuestros pies. Miro el cielo, está despejado, muchos temen que llueva porque la ciudad lleva cuatro días de soportar fuertes aguaceros vespertinos. La noche pinta bien, como que Dios tampoco quiere perderse el concierto. Compro un “burrito” de frijoles, aguacate y queso y un jugo enlatado por 4 mil quinientos colones, algo así como 230 Córdobas. No me importa el precio, cruzo los dedos para que el antojo no caiga pesado al estómago y no me haga correr a los sanitarios portátiles que están al fondo. Eso sería una calamidad perversa. Para disimular el cansancio en los pies (habíamos hecho fila por más de tres horas) me pongo a apreciar el diseño del techado del estadio. Nace del suelo en columnas de acero que se curvan sobre las graderías laterales hasta caer parabólicamente simulando una nave espacial, aquello es un portento ingenieril, un sombrero partido que esa noche será testigo de emociones tanto inéditas como reminiscentes.

Hacia las ocho y quince las luces sobre el escenario se apagan, al igual que las pantallas gemelas, cesa también la música, lo que hace que la gente se posicione en algarabía. Un fuerte murmullo empieza a trocarse en gritos y en brincos de ansiedad. Miles sacan sus cámaras fotográficas y los que no, sus smartphones. De adelante nos viene una ola de júbilo. Nos empinamos para apreciar la tarima. De pronto encienden las pantallas gemelas y vemos a Paul con el bajo Höfner cruzando su pecho; saluda con la mano izquierda, sonriente, lleva puesto un traje azul marino. Sin preámbulos, antes que amaine la histeria de la bienvenida, empiezan los acordes de Eight days a week. Me digo a mí mismo: “No son los Beatles, es Paul McCartney”, pero me resisto a creerlo. La banda que lo acompaña emula la grandeza del artista. La gente canta, grita, aplaude, alza los brazos, toma fotos, llora, se abraza. Advierto que mi hermana Ana está en frenesí y le digo “¿Ya lo viste?”, ella achina los ojos y me contesta con una sonrisa esplendorosa: “¡Siiiiiiiii!”. Inmediatamente Paul canta Save us, un tema de su último álbum. Los gritos siguen. Al terminar la canción McCartney dice en perfecto castellano: “¡Buenas noches San José!”. Ovaciones. “Esta noche hablaré un poco de español… solo un poquito” (Hace un gesto con los dedos indicando poquito). Aplaudimos con euforia. En seguida, punteando el Höfner entona: …♫♪Close your eyes and I´ll kiss you, tomorrow I´ll miss you, remember I´ll always be true♫… La beatlemanía sacude el Estadio Nacional de Costa Rica. Le sigue Listen to what the man said para luego ejecutar una de mis canciones preferidas de Wings: Let me roll it, la que vuelvo a cantar con el brazo en alto como lo hice la noche anterior en la intimidad del Jazz Café San Pedro. El liverpuliano usa una Gibson Les Paul para guiar el furioso riff de guitarras. Pronto, ya sin el traje azul: “La siguiente canción la grabé con esta guitarra en los sesenta”, y sin demora se oyen los coros escalonados de Paperback writer. Las pantallas se iluminan de alegorías, dos chorros de luces surcan los cielos, el alma está a punto de salirse de nuestros cuerpos. Después anuncia: “Esta es para mi preciosa esposa Nancy”. La canción se llama My Valentine. Nos agarra por sorpresa The long and windding road, la bella balada lírica del penúltimo álbum del Cuarteto de Liverpool; luego sube el tono con la estridente rola Maybe I´m amazed, que dedica a su fallecida esposa Linda, con-fundadora de Wings; toma una guitarra acústica y deleita con las sesenteras I´ve just seen a face y We can work it out. La edulcoración  musical continúa con Another day y And I love her, y como sigue con la guitarra acústica aprovecha para dejarnos caer sin piedad Blackbird en el preciso instante que el escenario literalmente se eleva. Canta la emotiva Here today para su “hermano” John, luego New y Queenie eyes, seguida de Lady Madonna, la cual es acompañada de imágenes de mujeres que han dejado huella en la Historia. Gracias a las pantallas de veinte metros de alto por doce de ancho vemos que un abejón se posa en el brazo del cantante, este lo toma entre sus dedos y le dice: “Fly my friend, fly”, el abejón sale volando y miles aplauden y ríen ¿Será eso parte del show? Las ansias corales se multiplican con la pegajosa All together now, la que es rematada con la sargentopimienta Lovely Rita. Todo va bien, que digo, maravilloso. El sonido de alta fidelidad golpea nuestros pechos. Pienso que el precio de la entrada al concierto y los gastos del pasaje ya los he desquitado con creces. Lo que estoy viviendo escapa de estimaciones mundanas.

Sin pausas, el gran músico interpreta Everybody out there, la canción que da nombre a la gira, para luego dar paso a la orquestal Eleanor Rigby. Le sigue Being for the benefit of Mr. Kite, la sicodélica canción compuesta por Lennon para el célebre disco de 1967. Los juegos de luces y las mezclas de sonido se disparan junto con los aplausos y vítores. Alguien le pasa una guitarrita (ukelele) y el Caballero de la Orden dice: “Esta es para mi hermanito George”. Nos quedamos en una pieza. Nunca antes he escuchado una versión de Something más hermosa que esa. Aquello es demasiado. También es demasiado escucharlo cantar a gritos las rocanroleras: Hi, hi, hi y Band on the run, dos certificadas joyas de la era Wings. ¿Cómo puede alguien de casi 72 años ejecutar quiebres de voz y gritos de “Yeah, yeah” tal como lo hizo en su juventud? ¡Mentira que solamente canta canciones suaves! ¡Mentira que el músico usa coros para disimular su voz! Así pues, el beatle más beatle canta a todo pulmón Ob-la-di-ob-la-da, Back in the USSR y la pirotécnica Live and let die, cuando previamente ya hemos disfrutado Jet, C´moon y Nineteen Hundred and Eighty-Five. Asterisco: justo cuando empieza Live and Let Die le digo a mi hermana que se aliste para los juegos artificiales, pongo en “record” mi camarita y grabo la canción de principio a fin. ¡Conmoción total! Todavía no salimos de aquella parafernalia cuando sin darnos cuenta, Paul, parapetado tras el sicodélico piano, empieza a cantar Hey Jude ¿Estoy soñando? ¿Merezco yo estar aquí? Miles de personas portan hojas de papel con la leyenda “NA” de manera que el coro de la famosa canción lo pueda leer Sir Paul desde el escenario. Y todos nos desgañitamos: “Na, na, na, na… Na-na-na-na… Na-na-na-na… Heeey Juuude” ¡Oye, le estamos haciendo coro a un ex beatle!

Por segunda vez el ídolo se despide. Todos pedimos otra canción. Las poderosas luces del escenario se apagan pero nadie se mueve. Al cabo de un minuto el Miembro del Salón de la Fama del Rock and Roll reaparece con excelentes bríos para regalarnos Day tripper y la bailable Get back, dos piezass sempiternas del cuarteto británico; después toma nuevamente la guitarra acústica para hacernos cantar con voz quebrada la sublime Yesterday. Derrame de lágrimas por doquier. Cuando termina de cantar Let it be mi primo Emilio exclama: “¡Ahora ya me puedo morir!” Pero hacia el cierre Paul nos tiene una sorpresa inimaginable. Pregunta en tono retador: “Do you wanna rock?” (“Yeeesss!”, contestamos al unísono), entonces el rasgueo frenético de guitarras nos eleva con la canción más trepidante del Álbum Blanco, Helter Skelter. ¡Eso es el acabose! Vuelvo la mirada a Ariel y mi amigo tiene la cara como si estuviese viendo a alguien caminar sobre las aguas. El músico planetario regresa al piano para ejecutar el medley con el que finaliza el último álbum de Los Beatles: Golden slumbers/Carry that weight/The end. Aplaudimos agradecidos. Las sonrisas de todos dicen lo bien que la hemos pasado. Los reflectores se encienden. Del escenario una explosión hace volar miles de papelitos multicolores que se nos pegan a la ropa como souvenir. Paul se despide formando un corazón con sus manos. El soundtrack de mi vida ha finalizado.

 

1 de mayo de 2014

 

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