De sueños y dragones

Sueños y dragones

Por Edgard E. Murillo H.

Por medio de un sueño supe el paradero de un reloj Seiko automático que perdí hace casi treinta años. Siempre creí que se había reventado la pulsera y que había caído al suelo sin darme cuenta. En el sueño lo encontré al fondo de una mochila, envuelto en un pañuelo amarillo que tenía bordadas mis iniciales, junto con otras cosas que ya había olvidado en mi vida despierta. 

En nuestro idioma no existen definiciones para el sueño en su doble acepción: como fenómeno onírico y como acto de dormir, a diferencia del francés (reve y somneil), el inglés (dream y sleep) y el alemán (Traum y Schlaf). En español decir tengo sueño es diferente a decir tuve un sueño, así que voy a referirme a los sueños en sustantivo.

Hay una gran variedad de sueños. Sin pretender ser taxativo sino meramente enunciativo, los hay premonitorios, regresivos, terroríficos, mágicos, recurrentes, perturbadores, mojados, filosóficos, veleidosos, descolocados, llorones, vengativos, risueños, trascendentes, reprimidos, hablantines, sudorosos, chúcaros y atrevidos.

En una película, Catherine Zeta-Jones dice que en las noches en vela, a fuerza de pensar, ella se vuelve sabia hacia la madrugada. A mí, por el contrario, la sabiduría me llega por medio de los sueños. En sueños he brindando conferencias de economía con una coherencia y exquisitez mejor que cualquier egresado de la Escuela de Negocios de Harvard. En otra ocasión despotriqué contra el empiriocriticismo, yendo más lejos que el propio Vladimir Lenin. El sueño también desarrolla las capacidades políglotas. Mi inglés no es fluido pero una vez soñé que mantuve una conversación larga y tendida con John Lennon. Me dijo que le gustaba que Yoko Ono fingiera sus orgasmos — como cuando grabó Kiss, kiss, kiss — y que los anteojos de marco redondo los compró en una tienda de segunda cerca de Trafalgar Square.

Tengo la capacidad de despertarme para ir al baño a mitad de un sueño interesante y retomar el hilo de la historia sin ningún esfuerzo. Igual procedo si tengo una pesadilla agradable. Pero además uno aprende de los sueños. Quizás por eso hay gente que se dedica a interpretarlos. De continuo escucho que si uno sueña con alguna parte del cuerpo hay que interpretar el significado con ciertas variables. Por ejemplo, si se sueña que uno pierde un diente es señal de muerte, pero no para el que sueña sino para un pariente tanto más próximo cuanto más cerca está el diente de la línea media de la boca, tal como lo indica Noel Clarasó en su Enciclopedia de la Simpatía;  o que si se sueña que se recibe un vaso de agua se anuncia un nacimiento, haciendo la aclaración que si el agua se derrama habrá algún contratiempo en el parto, y si el vaso se rompe el contratiempo puede consistir en la muerte de la madre o del niño. Una vez leí que los sueños recurrentes tienen que ver con experiencias vividas en otras vidas (Brian Weiss, Muchas Vidas, Muchos Maestros) y algunos psicólogos afirman que los sueños son expresiones de deseos reprimidos, mas yo no me creo ese cuento. De lo que sí estoy seguro es que los sueños pueden lograr descubrimientos notables, como el que hizo el químico August Kekulé cuando por medio de un sueño encontró la respuesta al dilema de la molécula del benceno, o a la ubicación del reloj que referí al inicio de esta nota y que por el cual regresaré para lucirlo orgulloso.

Mis sueños son sencillos, tratan sobre maremotos, besos apasionados, tratados de filosofía, naves espaciales y temática jurídica (soñé una vez que estrangulaba a un juez). Pero hay sueños que pueden convertirse en realidad. Por eso quiero concluir con un cuento atribuido al poeta chino Wu Ch’eng-en (c. 1505- c. 1580) titulado La sentencia. Dice así:

“Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño el emperador juró protegerlo.

Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó a buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga el ministro estaba cansado y se quedó dormido.

Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:

—- Cayó del cielo.

Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó:

— Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.”

 

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