La novia que fue y no tuve

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Por Edgard E. Murillo

La semana pasada, mientras me lustraban los zapatos en el juzgado, miré pasar al abogado Kevin Mitchell. Creí que no podría saludarlo pero al rato lo encontré conversando con un señor, un cliente supongo, en el portón de los juzgados penales de audiencia. Al verme sonrió e hizo un ademán con la cabeza. Así saluda todas las veces Kevin Mitchell que una vez tuvo nombre de pila.

— ¿Cómo va todo, Kevin?— le pregunté.

— Bien— contestó con su risita de niño travieso. Le di unas palmaditas en la espalda y entré a las oficinas donde se presentan los escritos. Kevin casi no llega al juzgado y cuando llega lo hace de forma extraña, casi clandestina, como lo haría un cobrador de saldos insolutos o un amante que ensaya reconciliación.

Lo conocí en Puerto Viejo, Zelaya Norte, mientras prestábamos el servicio militar; como los dos éramos los únicos reclutas urbanos dentro de aquel batallón de campesinos inmediatamente nos hicimos amigos, no obstante que nuestras conversaciones eran raquíticas puesto que Kevin era más de gestos y carcajadas que de comentarios épicos o paisajísticos, de los cuales yo era entonces un aficionado y aun lo sigo siendo.

Una mañana un avión enemigo sorprendió a todos cuando pasó rasante sobre las covachas con dirección hacia Río Blanco; iba tan bajo que no habíamos tenido tiempo de distinguir el ruido de los motores de hélices con suficiente antelación. Kevin y yo hicimos el intento de dispararle pero ya estaba en ángulo inalcanzable cuando salimos del susto. Creo que solamente los centinelas del lindero sur pudieron hacerle unos cuantos disparos (y eso que con miedo porque no estaban seguros, nadie lo estaba, que si ese avión era de los nuestros o del enemigo). Otro día estábamos lavando ropa en el río Iyas cuando el caudal del río creció súbitamente y con estrépito, tuvimos que correr para buscar refugio en unos árboles de níspero sobre un serpenteado camino atravesado de zarzas. En otra ocasión fuimos perseguidos por una manada de jabalíes cerca de Dipina, y la Noche Vieja del 85 la pasamos comiendo guapotes fritos con café negro.

En enero o febrero del siguiente año el teniente Cali, jefe del batallón, me ordenó entregar un informe en la Región Militar ubicada en una calle empinada de la ciudad de Matagalpa. Kevin me pidió que llevara una carta a Mabel (Meybol, decía él), quien vivía en el barrio Guanuca.

— ¿Es tu novia?— le inquirí para saber si entregaba la carta antes de llegar a la Región Militar.

— Algo así— respondió riéndose.— ¡Pero no abrás el sobre!

Salí muy temprano de Puerto Viejo haciendo una pequeña escala en Waslala y en la brigada de infantería de La Dalia. Cuando llegué a Matagalpa me bajé del jeep en el puente sobre el río Guanuca, pedí orientación y una vivandera me señaló una casa minifalda con rótulos de Pepsi y Se vende hielo.

— Bueeenoooos diiiiias— pregunté con timidez— ¿Aquí vive Mabel… o Meybol?

Una muchacha morena, alta, que llevaba puesto un short cortísimo, salió a recibirme. Soy Mabel, dijo. Me identifiqué y esperé que abriera la carta para ver la cara que ponía, de esa manera sabría yo la calidad del vínculo que tenía con Kevin. Mabel sonreía a medida que leía entre susurros las líneas que le había escrito mi amigo; en eso ella se disculpó, entró a la cocina y puso en mis manos un vaso de fresco de naranja con bastante hielo picado.

La amiga o novia de Kevin (nunca me lo dijo a las claras) tenía ojos grandes y una sonrisa de pájaro que yo evitaba contemplar porque me distraía en apreciarle sus larguísimas piernas. Como se entenderá, dadas las circunstancias de tiempo, modo y lugar, era difícil conversar con ella sin padecer taquicardia o sudoraciones.

A partir de entonces cada vez que me mandaban a Matagalpa me ofrecía a Kevin en llevarle cartas a Mabel y la misma cantidad de veces estaba ella en casa, amable, de short, dispuesta a preguntarme casi siempre las mismas preguntas: que cómo iba la guerra, que si yo era de Managua, que si tenía novia, que si me iba a quedar en la fiesta del colegio San Ramón. Me había hecho su amigo, creo que más que el propio Kevin. Una tarde de lluvia fui con ella al cine Perla pero jamás se me ocurrió siquiera tocarle la mano. En tiempos de guerra no hay deslealtad que se convalide o justifique. Me consolaba saber que andaba cuidando la novia de mi amigo. Por razones fortuitas, después de esa tarde nunca más supe de ella.

Ayer vi nuevamente a Kevin y le recordé sobre la crecida repentina del río, de la carrera con los jabalíes y de lo pendejos que fuimos por no haberle disparado al avión. En la primera pausa le pregunté:

— ¿Has visto a la Meybol? ¿Qué habrá sido de ella?

— No sé, eso decímelo vos— me contestó con su risa de fauno, y prosiguió—: yo no la seguí visitando porque me dijo que vos eras su novio; como después de eso no te volví a ver, ni a ella tampoco, pretendí olvidar el asunto; por esa razón en la universidad nunca fui tu amigo cercano a pesar que habíamos estado juntos en el servicio militar.

Me quedé en una pieza. Kevin advirtió mi estado de estupor y entonces me dijo:

— ¿Será que nos engañó esa jodida?

— No— le dije—- Ella simplemente fue. Mejor dejémosla en el recuerdo.

Y nos fuimos a beber un café.

 

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