Doña Pandora y el fin de Los Pollos Azules

Pandora

Por Edgard E. Murillo

Un jueves cualquiera de los años noventa Víctor Manuel llegó a mi casa en estado de congoja anunciando que necesitaba con urgencia un Emotional Rescue, como gustaba decir cuando quería mojar las palabras con cervezas. Por esas casualidades del destino descubrimos un pequeño negocio cerca de la iglesia Don Bosco que prestaba condiciones mínimas para conversar. No bien llegamos al sitio lo bautizamos como Los Pollos Azules debido al aceitoso color azul en que estaban pintadas las paredes, las mesas, el menú y hasta el techo, y porque ofrecían pollos rostizados con papas fritas y salsa de tomate. Pedidas las primeras cervezas olvidamos de inmediato los motivos del porqué estábamos sentados allí y pronto la conversación derivó en asuntos propios de un par de amigos que juntando las edades no llegaban a la cincuentena, teniendo cuidado de no comernos al prójimo por puro gusto.

Al tercer jueves (por motivos religiosos solamente íbamos a Los Pollos Azules los días jueves) ya habíamos hecho amistad con Yolanda, la mesera, quien se esmeraba en servirnos las cervezas cercanas al punto de congelación y nos alcahueteaba poniendo música grunge a todo volumen. Una vez Yolanda se enfermó de mentira y no llegó trabajar, así que nos atendió la dueña del negocio, quien además hacía de cajera. La propietaria de Los Pollos Azules, bonita para qué, aruñaba los cuarenta, tenía un lunar cerca de la nariz y abanicaba las pestañas como queriendo sustituir las palabras con ellas. Esa tardenoche estaba radiante, reía en favor nuestro y movía los hombros al compás de la música. Tan pronto Víctor Manuel dijo ya vengo se fue a conversar con ella. Mientras, encendí un cigarrillo, fingí tararear una canción y me quedé viendo el techo azul y las paredes del mismo color hasta que mi amigo regresó quince minutos después con una sonrisa de irrefutable victoria.

— Me dio su número de teléfono — dijo apenas se sentó, empinándose la cerveza que ya estaba caliente—. Le pregunté cómo se llama su perfume.

Tuve que acercarme a él lo más que pude para escuchar sus palabras debido a la estridencia de la música.

—- ¿Cómo se llama?—- le pregunté más que intrigado

—- Se llama Pandora— me gritó al oído.

—- ¿Cómo?

—- ¡Pandora!

Asentí con la cabeza y sonreí con cierta extrañeza.

El siguiente jueves la dueña de Los Pollos Azules no dejó que Yolanda nos atendiera; ella misma sacó dos cervezas de la mantenedora, las cobijó con servilletas y se dirigió a nuestra mesa más sonriente que nunca. Víctor, ya envalentonado, le dio un beso en la mejilla, y yo, para no quedarme atrás le dije:

—- ¿Cómo está doña Pandora?

—- ¿Cómo me dijo?— preguntó ella muy seria frunciendo el ceño.

— Doña Pandora — repetí.

Sentí una patada en el tobillo derecho pero creí que Víctor Manuel ahuyentaba un gato negro que deambulaba por debajo de las mesas.

— Ese es su nombre ¿no?; Víctor me dijo que usted se llama Pandora.

La mujer lanzó una mirada de noventa millas a mi amigo, secó la mesa con un paño húmedo y tras un giro taconeado regresó a la barra. Víctor Manuel, lívido, me quería matar.

—- ¡No seas bruto! ¡Ella no se llama así; así se llama el perfume que usa!

—- ¡Vos me dijiste que se llamaba Pandora cuando te pregunté su nombre! — me justifiqué airado.

—- ¡No!— exclamó mi amigo casi al borde del llanto

—- Vos tenés la culpa por no explicarte bien — le dije mientras le hacía señas a Yolanda para que nos llevara la cuenta.

De camino a nuestras respectivas casas le porfiaba a Víctor que Pandora era un nombre común en algunos lugares (no me pregunten cuáles) y que por lo mismo había visto normal que la señora se llamara de esa manera. Teniendo en cuenta que éramos muy jóvenes para argumentar disculpas, decidimos ausentarnos en Los Pollos Azules por un tiempo, pero cuando volvimos tres meses después el negocio había cerrado. Fue así que nos privamos de las atenciones de su propietaria, que para mí sigue siendo la guapa y atenta doña Pandora.

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Un comentario en “Doña Pandora y el fin de Los Pollos Azules

  1. Parafraseando a alguien que gracias a Dios ya murió, tengo que decir: ¡¡Edgard Murillo no es mi amigo…es mi hermano!! Desde que vi la foto me di cuenta de lo interesante que sería esta historia. Un abrazo y que estés bien!

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