No creer también cuenta

simon

Por Edgard E. Murillo

Es probable que el motivo por el cual los fantasmas huyan de mí sea porque no creo en ellos. Me doy cuenta que las invocaciones que he realizado al filo de la madrugada han fracasado, más que por otra cosa, por falta de convencimiento propio. Debe ser muy incómodo presentarse ante alguien que duda de tu existencia. No creo que algún espíritu amigable, maléfico o chocarrero,  ande penando en el limbo o que tenga una puerta de acceso al “más acá”, salvo el vórtice de los hospitales donde entran y salen impunemente las enfermeras, como una vez escribí para este Barco Azul Aqui

A propósito de mi talante respecto a los fantasmas recordé la historia cuando San Pedro frustró las fantásticas habilidades de Simón El Mago quien hacía caminar las estatuas y otros prodigios dignos de elogio y asombro. Cuentan que el sorprendente Simón visitó Roma para convencer al santo que sus doctrinas estaban dizque erradas. Simón se presentó ante Pedro como el sol de las almas, refiriéndole que Selena, su mujer, no era más que su reflejo, es decir, la luna. Le dijo que al comienzo de los siglos la luna había bajado a la Tierra donde fue poseída por el sol, haciéndola madre, siendo así que habían nacido los ángeles, los que con el tiempo se rebelaron y encadenaron a Selena a su cuerpo mortal, el cual reencarnaba sucesivamente; que al darse cuenta el sol de la maldad de los ángeles, bajó a la tierra a liberar a su amada llevándosela consigo y que desde entonces nos alumbra desde el cielo. A Pedro le causó gracia la perorata de Simón pero pronto le interrumpió: ¿No eres tú acaso el que dice que sabe volar? Si vuelas, quiero verlo. Entonces Simón, que ya antes había volado sin problemas sobre Samaria y Cesárea, subió a la torre más alta de la Caput Mundi, desplegó su capa y se lanzó al vacío. El resultado: dos dientes quebrados y fracturas en piernas y costillas.

Muchas de las cosas en esta vida existen porque creemos que existen, cuando en realidad solo tienen lugar en nuestra imaginación y desaforada fantasía. Pero, si creemos en ellas ¿Será que de verdad existan? Si Pedro hubiera creído a pie juntillas que Simón podía volar ¿El mago hubiese volado como lo había hecho en Samaria ante un público crédulo?

Para llevar la conciencia tranquila me limito a no creer en lo que no quiero creer, así estoy a salvo de los encantadores de la palabra y otros tramoyistas desocupados, teniendo el cuidado sin embargo de no perder la capacidad de maravillare por las cosas que hacen agradable la vida en este mundo al cual vine sin pedir que me trajeran y que dejaré algún día con cierta carga de resignación.

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