Lapsus machinae

máquina-de-escribir

Por Edgard E. Murillo

De niño padecí de forma ocasional de un extraño síndrome que consistía en confundir algunas palabras que leía; por ejemplo, cerca de la casa de mi tía Nena, sobre la 35 ave. N.O.,  había un letrero que decía “alimentos balanceados”, el que leía invariablemente como “alimentos balaceados”. Yo suponía que los alimentos los agarraban a balazos por alguna razón, talvez para triturarlos y dárselos a las aves. Para asegurarme que no era un error, cada vez que pasaba por donde estaba el letrero lo leía despacio, pero de nada servía, ¡allí siempre decía “balaceados”! No había manera de leer otra cosa. Tiempo después me pasó con algotras palabras pero conforme los años pasaron las confusiones  fueron cesando por divina providencia. Refiero esto porque ayer una compañera de trabajo rió a carcajadas cuando contó que había leído incorrectamente un letrero recién puesto en la oficina. El letrero dice: “Ruta de evacuación”, pero ella jura y perjura que leyó: “Ruta de eyaculación”.

También los oídos nos pueden engañar. Siendo estudiante de derecho tuve amistad con Marcela, a la sazón secretaria de actuaciones del juzgado donde yo hacía mis prácticas. Cuando le comenté de los extravíos visuales de mi infancia dijo que eso era nada en comparación con lo que le había pasado una vez.  Me contó que había llegado a laborar a la Casa de la Justicia con cero kilómetros de experiencia. Al principio la juez del despacho la puso a rotular expedientes pero pronto le asignó la tarea de redactar autos de mero trámite hasta que un buen día le ordenó mecanografiar una sentencia de cabo a rabo. La juez leía el borrador en voz alta mientras Marcela tecleaba con dos dedos poniendo mucha atención para no cambiar puntos por comas. Así llegó el momento en que la autoridad dijo: “En base a las consideraciones hechas la suscrita juez falla”. La secretaria se paralizó.

— ¿Qué pasó mija? — preguntó la judicial.

— Nada doctora ¿Me podría repetir lo último?

— Claro que sí Marcela: “En base a las consideraciones hechas la suscrita juez falla”.

La muchacha acarició el teclado, encogió los hombros y concluyó la oración. La juez, que había estado de pie mientras dictaba la sentencia, se sentó en cualquier silla para leer con sus bifocales, pero al cabo de un minuto soltó un grito:

— ¡Marcela, qué es esto!

Como la titular del juzgado había dicho rápidamente “La suscrita juez falla”, la pobre Marcela había puesto “La Jesucristo Juez falla”. Mi amiga me dijo que clarito había escuchado el nombre Jesucristo. La señora juez se dejó convencer por la secretaria de que el error había sido ocasionado por las teclas sarrosas de la máquina de escribir, por eso cuando llegó la primera computadora de escritorio al juzgado Marcela fue una de las primeras que su jefa  envió a estudiar informática, todo para que no tuviera la sinverguenzura de cometer nuevamente dislates de primeriza. Y fue así cómo los dedos de Marcela no la volvieron a traicionar.

 

 

 

 

 

 

 

 

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