Nunca dejé de quererla

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Por Edgard E Murillo

Debió ser hace unos diez o doce años cuando creí empezar a querer la ciudad donde dejé el ombligo. Todo empezó la tarde en que caminaba empapado de sudor por el barrio San Luis, poco antes de avistar un incendio cerca de los semáforos de Larreynaga. Acababa de salir de la casa de un amigo, a quien consolaba por la pérdida del cidí Pulse de Pink Floyd. Yo le decía que un disco con una lucecita roja intermitente (el primero en su género) no se podía perder como si la noche. Lo dejé revolviendo toda su casa en busca del tesoro y yo me fui a pie hasta la mía bajo el anaranjado sol de Semana Santa.

Esa tarde tuve la primera sensación de agrado hacia el calor de la capital. Lo disfrutaba tal como si fuese un forastero y no alguien que había nacido a veinte cuadras del Xolotlán. Decidí asumir el calor y la humedad con agradecimiento. Total, me dije, para eso existen las cervezas y los abanicos. Iba con una sonrisa pintada en la cara que ni a trompones me la quitaban mientras la gente corría de un lado a otro para averiguar de dónde salía el humo que cubría todo el vecindario. Cuando me dijeron que se estaba quemando el negocio de fotocopias situado a una cuadra de la gasolinera corrí hacia el lugar con desesperación porque días atrás había dejado allí un libro, que no era mío, para que lo fotocopiaran y engargolaran. Me confundí entre el gentío que sacaba con afán papelería y demás artículos de oficina; sofocado por el humo y desafiando las llamas, bajo chorros de agua que caían de todas direcciones, yo preguntaba a los empleados del negocio si habían sacado un libro con tapa verde que tenía el escudo de Nicaragua, pero ellos jadeaban y me veían como si yo hubiese ocasionado el siniestro. Di por quemado el libro y me retiré sucio, mojado y riéndome de la cara que iba a poner el dueño del libro cuando le contara que se había chamuscado el Miércoles Santo. Desde ese día soy indiferente a los incendios y a las altas temperaturas en épocas de verano. Superada la aversión al calor quedaba aún pendiente un asunto que  impedía que el enamoramiento hacia mi ciudad fuera total. Me refiero a la incongruencia entre sus atributos naturales y el relajo urbanístico posterremoto.

Por razones de edad, mis únicos flashes recordatorios de la Vieja Managua tienen que ver con un desfile paralelo al Estadio Cranshaw, un anaquel repleto de conservas en el Mercado Central y las caminatas con mi madre sobre la Avenida Roosevelt. Como muchos terremoteados mi familia emigró hacia las ciudades cercanas. Un año después regresamos y mi mente infantil tropezó con el desolado paisaje del centro destruido y las barriadas periféricas que intentaban inútilmente darle aspecto de ciudad decente. Managua lloraba sus heridas y parecía hacer todo lo posible para que no cicatrizaran. La frase De donde fue comenzó a ponerse de moda.

Aunque moraba en los barrios orientales, mi vida transcurría en la Zona Cercada, en el área terremoteada. Allí estaba mi escuela, mis cines preferidos y el alma errante de la ciudad desaparecida. Costó mucho que asimilara el descalabro de la capital. Me revolcaba de envidia cuando los granadinos, leoneses o jinoteganos  hablaban delicias de sus terruños. Yo no podía decir lo mismo, la vergüenza me lastimaba, más cuando un amigo de escuela oriundo de Chontales me dijo que Managua era un potrero con semáforos. Pero un día sucedió algo revelador. Hará unos cinco años  que visité una anciana en el barrio San Sebastián para arreglar su testamento y sin darme cuenta empezamos hablar de la Managua de antaño, no la de los años sesenta, sino la de los cuarenta y más remota todavía, siguiendo las historias que le habían contado sus padres. Mientras la plática fluía, poco a poco fui reconstruyendo detalles preciosos de mi pueblón. Ella me hablaba de las vende frutas de la estación del ferrocarril, de las palmeras y enramadas a lo largo de la costa, de las boticas y talabarterías, de las lavanderas de Tiscapa y las  damas emperifolladas de sociedad, de los personajes olvidados, de las celebraciones oficiales y de los responsos en la catedral. Semanas después, mi tío Emilio, otro conocedor de la Vieja Managua que también vive en San Sebastián, remató con algo que yo desconocía: que mis abuelos paternos habían vivido de jovencitos en una pequeña casa frente a la costa del lago. Mi tío me enseñó el sitio y no pude por menos que apreciar las verde grisáceas ondulaciones de Chiltepe sobre el inmenso tapete azulado. Imaginé a mis abuelos en arrumacos, viendo el mismo cuadro hace más de setenta años. Entendí al instante del porqué me embrujaba esa vista, el único paisaje que no dejé de amar a pesar de las ruinas de la ciudad. Supe sin demoras que lo mío no era odio hacia Managua, sino nostalgia, una nostalgia epidérmica y transgeneracional, pero sobre todo me di cuenta que, a pesar del calor y el descalabro de sus direcciones, nunca había dejado de quererla. Si vuelvo a nacer, no dudaría que fuese otra vez a veinte cuadras del Xolotlán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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