La misión

facebook-muerte-y-vida

Por Edgard E. Murillo

Igor Sunsín pensó que había olvidado la contraseña hasta que reparó que estaba escribiendo en mayúsculas. Aliviado, una vez dentro de la página, empezó a girar el scroll con el índice mientras repasaba con desgano las actualizaciones de la red social. No se tomaba la molestia de leer los nombres de algunos de sus contactos porque ya conocía las temáticas de sus posts. Sabía que Alejandra adoraba los memes políticos, que Hipólito subía únicamente imágenes de la virgen en todas sus advocaciones, que Desiré era aficionada a las fotografías de ocasos en la playa y que las mujeres sin asomo de pudenda eran las preferidas de Leonardo. Desactivó el chat para merodear tranquilo; esa noche Igor Sunsín quería jugar con el facebook a sus anchas. Luego de reír con las caricaturas de Neymar y del Papa Francisco husmeó en un par de muros ajenos, cosa que lo avergonzaba un poco. Subía y bajaba en busca de algo que le resultara atractivo. De repente le asaltó una inquietud “¿Qué pasará con mi cuenta si muero mañana? ¿Cuánto tiempo estará activada? ¿Un año? ¿Dos?”. Recordó que Octavio Laslo, amigo suyo en la primaria y a quien no veía desde entonces, había fallecido dos años antes. Lamentó mucho su muerte porque jamás tuvo oportunidad de conversar con él para rememorar los alegres años de la escuela. Por mera curiosidad abrió la ventanita del chat, escribió Octavio Laslo y oprimió Enter. La solicitud fue rebotada. Igor rió y cerró la aplicación. Una hora después, cuando estaba por salir del facebook, recibió un mensaje de alguien llamado Octavio Laslo. Sigue leyendo

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Te voy a dar un beso en lo que es la boca

Beso-boca

Por Edgard E. Murillo

Si nos sobra curiosidad y fijamos la atención en algunas expresiones que la gente usa de forma normal y cotidiana nos daremos cuenta que la comunicación está invadida de clichés y dichos que abusan el buen sentido de los significados.

Algunas veces las repeticiones abusivas tienen un origen inocente, como cuando en los años cincuenta del siglo pasado a alguien se le ocurrió hacer un manual para las escuelas de comercio en el que para la redacción de memorandos se indicaba que el párrafo segundo invariablemente debía comenzar con un “No omito manifestarle…” A partir de ahí nadie “omite” decir que no omite manifestar cualquier cosa, lo que bien podría sustituirse con un sinónimo. Estoy hasta la coronilla de esa frase, cuando la leo inmediatamente la tacho con un grueso marcador azul y reprendo a quien la escribió. Sigue leyendo

Mañana bancaria

Waiting in Line --- Image by © Royalty-Free/Corbis

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Por Edgard E. Murillo

Mis amigos modernos me quieren convencer que realice los pagos de los servicios básicos vía electrónica. Les digo que no soy millonario ni diputado para esconderme tras un teléfono o una pantalla y que además prefiero ir personalmente a los bancos por tres rotundas razones adicionales. La primera: Porque es una manera de asegurarme que mi dinero efectivamente entró a la gaveta del cajero. La otra: Porque verifico in situ que los banqueros están utilizando las ganancias que generan mis transacciones en la compra de cuadros al óleo y decoraciones carísimas provenientes de Italia o de un Mall de Miami. (No se crea tampoco que existe ligazón comprometida entre el dinero invertido y el buen gusto por el hecho que un banco exhiba cuadros carísimos, pero al menos reivindicamos cierto placer estético a cambio de las cargas que nos clavan en los estados de cuenta de las tarjetas de crédito.) Y la última: Porque me gusta observar a las personas. Sigue leyendo

La silueta de Eva

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Por Edgard E. Murillo

Había despertado mientras el cirujano cosía la herida, aturdido por la anestesia introducida entre dos vértebras, atado a una angosta camilla y rodeado de enmascarados que pretendían ser amables. El quirófano estaba frío, más allá de lo soportable para una persona envuelta por una bata verde que dejaba descubierta la parte de atrás. Minutos después un camillero me trasladó a la sala de los convalecientes donde había cuatro camas dispuestas una frente a otra. En la más cercana a la puerta una mujer dormía boca arriba cubierta parcialmente por una sábana que tenía el nombre del hospital. Sigue leyendo

El nicañol

nicañol

Por Edgard E. Murillo

Mi hermana Elena cuenta que cuando estudiaba en Barcelona una amiga italiana le pidió que le enseñara español. Mi hermana dijo que encantada pero inmediatamente sus compañeras de cuarto, una española y otra venezolana, hicieron coincidir su protesta: “Elena no habla español, habla nicaragüense”. Y es que las amigas y amigos hispanoparlantes de mi hermana gozaban con cada palabra nica que ésta pronunciaba. Calache, cipote, palmada, chachalaca, engomada y pijudo fueron engrosando poco a poco el vocabulario de sus condiscípulos en la mediterránea Cataluña. Sigue leyendo

Tres microcuentos de amor y muerte

cuadro pareja enamorada violeta  gris y plata

Por Edgard E. Murillo

LA LÁPIDA

Juan Sorvino caminaba escrutando la fecha de muerte en las tumbas del cementerio; pasó de soslayo un angosto camino que conducía hacia una bóveda cuya puerta estaba entreabierta pero regresó y la cerró; al hacerlo fue impelido por un escalofrío a que leyera la primera lápida que estaba a sus pies: tenía su nombre, la fecha de su nacimiento y la dedicatoria de sus hijos que aun no habían nacido. El hombre, espantado, corrió hacia el hospital. Y fue así que Juan Sorvino logró esquivar la muerte gracias a la vasectomía.

 

LA DECISIÓN DE MILENA

Milena siempre había planificado sus muertes, la última había sido de aburrimiento, y la que le antecedió de puro pavor, por lo que decidió que en esta moriría de placer. Arregló su testamento, hizo una fina carta de despedida y rentó indefinidamente un cuarto de motel. Mientras su amante se esforzaba en quitarle el aliento besando sus pechos ella pensaba contenta que en la siguiente vida moriría de cosquillas.

 

LA TERCERA ES LA VENCIDA

En el siglo pasado un hombre de Granada se mató y reencarnó tres veces seguidas para pretender casarse con la abuela, la madre y la hija, porque la primera y la segunda no le habían hecho caso en su juventud. Cuando se presentó ante la hija, ésta le dijo que no era su tipo, entonces el hombre se dio cuenta por fin que las tres veces había reencarnado con cara de pendejo.

No hay permanencia voluntaria

Por Edgard E. Murillo

Cuando tenía siete años mi madre me llevó al cine a ver una película china desarrollada en las callejuelas de Hong-Kong donde unos chinos malos vestidos de negro intercambiaban patadas con otros chinos buenos vestidos de blanco. El personaje principal – Chang – era un chaparro achinado que montaba una motocicleta acompañado de una china con trenzas que también sabía volar patadas. Cada vez que Chang iba a entrar en bronca su novia le amarraba una cinta en la frente mientras sonaba una canción de Santana que decía: Oye cómo va, mi ritmo, bueno pa’ gozar, mulata. No recuerdo si hubo otra presentación en el matiné de ese sábado puesto que las películas chinas tenían la virtud de opacar cualquier otra que se pusiera en doble cartelera junto a ellas. Lo que sí recuerdo es que pedí a mis padres que me matricularan en una escuela de karate, la que abandoné pronto porque el profesor no tenía la bravura de Chang, ni abanicaba las patadas como él, ni mucho menos sabía andar en moto. Sigue leyendo

Advertencia

Por Edgard E Murillo
Cuidado siguen el camino
Que una vez desanduvo el enamorado
Que por buscar la espalda
— ese lugar donde se dice aterrizan los besos —
Llegó al cuello y la boca
Para nunca más regresar.
No se les ocurra preguntar
Que si esta vuelta es la mejor
O si por allí se precipitan las caricias
Porque si de perderse se trata
Es mejor perderse en cuerpo ajeno
En lugar de creer que la piel
Se hizo para soportar el frío y las ausencias.
 
 degas
(Edgar Degas, Mujer secándose el cabello)