No hay permanencia voluntaria

Por Edgard E. Murillo

Cuando tenía siete años mi madre me llevó al cine a ver una película china desarrollada en las callejuelas de Hong-Kong donde unos chinos malos vestidos de negro intercambiaban patadas con otros chinos buenos vestidos de blanco. El personaje principal – Chang – era un chaparro achinado que montaba una motocicleta acompañado de una china con trenzas que también sabía volar patadas. Cada vez que Chang iba a entrar en bronca su novia le amarraba una cinta en la frente mientras sonaba una canción de Santana que decía: Oye cómo va, mi ritmo, bueno pa’ gozar, mulata. No recuerdo si hubo otra presentación en el matiné de ese sábado puesto que las películas chinas tenían la virtud de opacar cualquier otra que se pusiera en doble cartelera junto a ellas. Lo que sí recuerdo es que pedí a mis padres que me matricularan en una escuela de karate, la que abandoné pronto porque el profesor no tenía la bravura de Chang, ni abanicaba las patadas como él, ni mucho menos sabía andar en moto.

Niños cine

Como los cines de la apacible Managua de entonces no exhibían películas de miedo, y si lo hacían no me daba cuenta, salieron en mi auxilio los filmes de terror de  los años cincuenta que pasaban en la pantalla chica los viernes después del noticiero. El televisor Elca de mi casa, que obviamente era en blanco y negro, me llevó a un pequeño pueblo portuario donde Tippi Hedren pasó pegando gritos por más de una hora en The Birds; hizo que contuviera la respiración con El Monstruo de la laguna negra (mi hermana Ana y yo estábamos viendo esa película cuando empezó el terremoto del 72); asustó mi alma con la terrorífica Muerte en el faro; y me enganchó para siempre en la ciencia ficción con El increíble hombre menguante, que sigue las tribulaciones de un hombre que se vuelve cada vez más pequeño hasta confundirse con las células.

Pero la aventura de los cines apenas estaba por llegar. Los días domingos, después de asistir a misa, mi hermana y yo recorríamos en compañía de otros niños – cuyas edades oscilaban entre ocho y once años – los tres kilómetros que separaban nuestro vecindario de los cines América y Bello Horizonte para asistir cumplidamente al matiné de doble tanda. Si ya habías visto la primera película no te podías salir del cine, así que bien sentaditos esperábamos la que sí queríamos ver, cosa que no nos importaba demasiado. Bien valía esperar por ejemplo una de Bud Spencer y Terence Hill,  o cualquiera de Herbie, el Volkswagen con vida propia. De vez en cuando mis tíos me llevaban a ver películas raras, como Papillon y Chinatown, pero me gustaban más las clásicas western y las de catástrofes: Incendio en la Torre, Terremoto y Aeropuerto 75, por mencionar algunas. Aunque ya había pasado su tiempo, me encantó ver a Julie Andrews cantar “My favorite things” en La Novicia Rebelde (¿Será por eso que me entusiasman las monjas?), pero ya antes la había visto bailar sobre los tejados de Londres en Mary Poppins.  Cuando cumplí once años ya había visitado todos los cines de Managua, menos el Salinas, el Colonial y el ABC (esta último porque era un cine para adultos).

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Gran revuelo causó la inauguración de los cinemas 1 y 2 en el Camino de Oriente con la película La Guerra de las Galaxias. Un año después en el mismo lugar fui al estreno de Fiebre de Sábado por la Noche; esa tarde había tanta emoción que una de las muchachas que estaba en la fila de atrás tomó una foto a la pantalla en el preciso momento en que John Travolta aparece en calzoncillos.

Con la pubertad llegó la revolución – o talvez la revolución la apresuró – y comenzamos a disfrutar filmes producidos fuera de los cánones hollywoodenses. Películas japonesas (El Imperio de los Sentidos), soviéticas (Moscú no cree en lágrimas), alemanas (Fitzcarraldo), multinacionales (Noveccento) y brasileñas (Beso en la boca, Engrazadinha), las alternaba con las sexicomedias italianas que disfrutaba en el pequeño cine Aguerri, que quedaba a dos cuadras de mi colegio. Por temor que no me dejaran entrar debido a mis enclenques dieciséis, me ponía de puntillas frente a la taquilla y con voz grave fingida decía: “Un boleto, por favor”. En ese cine le vi las nalgas varias veces a Gloria Guida. Podría decirse que gracias a ella entiendo bastante el italiano.

Hubo un tiempo en que los días jueves veía hasta tres películas; para esas me acompañaba un amigo, Pancho, a quien le gustaba el cine tanto como a mí. Tomábamos la ruta 109, nos bajábamos en los escombros para entrar al Aguerri, luego a las cuatro de la tarde corríamos hasta el cine González, o el Margot, y de regreso asistíamos a la última función del cine Salinas, famoso por las silletas despernancadas de la luneta.

Gloria Guida

La crisis económica en tiempos de guerra deterioró severamente las salas de cine que habían sobrevivido el terremoto del 72 y aun las que se habían construido posteriormente. Cuando se abrió el proceso de revisión de confiscaciones, los dueños de los cines prefirieron el pago indemnizatorio a la devolución de los mismos, sea porque ya no tenían interés en seguir proyectando películas, sea porque creían que no podrían modernizarlos en corto plazo. Como fuese, en los tempranos noventa las salas que habían sido nuestros palacios de solaz y entretenimiento clausuraban con mucha pena y nada de gloria, más que la albergada en los corazones de la chavalada que rió, lloró y besó bajo las luces de sus proyectores. La era de los teatros glamorosos había terminado. Los cines gemelos María y Tetel fueron ocupados de bodegas de cualquier cosa y luego por iglesias que prometían parar el sufrimiento, igual suerte padecieron los legendarios González y Cabrera. El teatro Margot, otrora uno de los mejores cines de Centroamérica, quedó abandonado a su suerte, como un barco encallado en la arena del dolor y la grosería. Ahora los cines que funcionan en la capital están comprimidos en los centros comerciales. Son pantallas grandes con buen sonido, nada más. No hay doble tandas matutinas donde reboce la emoción y el asombro, como la vez que me di cuenta que la música de Santana también sirve para motivar una buena pelea de karate entre chinos de grupos rivales.

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(Reciente fotografía de lo que una vez fue el teatro Margot)

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(El Margot en su época de oro)

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