La silueta de Eva

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Por Edgard E. Murillo

Había despertado mientras el cirujano cosía la herida, aturdido por la anestesia introducida entre dos vértebras, atado a una angosta camilla y rodeado de enmascarados que pretendían ser amables. El quirófano estaba frío, más allá de lo soportable para una persona envuelta por una bata verde que dejaba descubierta la parte de atrás. Minutos después un camillero me trasladó a la sala de los convalecientes donde había cuatro camas dispuestas una frente a otra. En la más cercana a la puerta una mujer dormía boca arriba cubierta parcialmente por una sábana que tenía el nombre del hospital.

Debido a la inclinación de las camas de los hospitales yo tenía perfecto ángulo visual para apreciar la puerta de entrada, la puerta del baño y las dos camas de enfrente, ocupada una de ellas por la mujer que dormía. Todo estaba bien, la herida no me dolía y el frío menguaba. La operación había sido un éxito. Yo quería sonreír y nada más que sonreír. Pero pronto sucedería algo que cambiaría mi estado nervioso: la mujer despertó. Que una paciente despierte no implica mayores problemas, pero aquella mujer no solamente había despertado sino que se había sentado en el borde de la cama sin mucho esfuerzo con evidentes ánimos de caminar. Yo estaba pendiente de sus movimientos, más por entretenerme que por curiosidad. Estiró los brazos, descolgó la bolsa de suero con la mano izquierda, sus pies buscaron las sandalias, las calzó con destreza y caminó oronda por el pasillo. Era una mujer ni alta ni baja, de pelo negro y de unos veinte-casi-treinta. Caminaba con seguridad, más bien con donaire, envuelta también con una arrugada bata verde. Yo hacía como si dormía, cosa que no me cuesta mucho porque mis ojos son chiquitos. De pronto ella hizo un giro ¡Y allí estaba! ¡Allí estaba su nalgatorio expuesto retando al Universo! Me invadió una sensación de perplejidad y privilegio que hizo que olvidara por un instante que estaba recién operado. El tiempo que transcurrió desde que vi sus nalgas hasta que entró al baño me pareció distorsionado, casi estático, como el que transcurre cuando uno está dormido o haciendo el amor. Oí que bajó la palanca y regresó sobre sus pasos. Cuando se sentó en la cama quedó viendo las paredes, ignorándome; luego se acostó.

Aquello fue una sorpresa tan agradable que anhelé que a la mujer le regresaran rápido las ganas de orinar. No recuerdo qué santo bajé en ese momento. Quince minutos después volvió a sentarse en la cama. Esta vez estaba yo más que atento. De nuevo sus pies danzaron buscando las sandalias e igual caminó como si estuviera en una pasarela. Cuando hizo el giro para entrar al baño dibujé cada contorno de sus caderas, tenía tenues camanances, como si fuesen ojillos custodiando la rabadilla; aprecié un pequeño lunar en el pegue de la pierna derecha, y la incipiente celulitis desvelada a contraluz más bien le daba al par de masas compactas un aspecto terrenal bien reclamado; pero sobre todo me supe de memoria su andar acompasado y la forma en que sus carnes se acomodaban para que las piernas dieran cada paso. La mujer cerró la puerta, hizo lo suyo y salió. Yo estaba entre mostrarle que estaba despierto o seguirme haciendo el dormido. Preferí quedarme quietecito, tal como si nada, mientras ella subía a la cama a esperar la próxima orinada.

Entró una enfermera a tomar la temperatura a los dos únicos pacientes del cuarto, garabateó en los expedientes que estaban sobre las camas y se fue canturreando algo inentendible. Me preparaba para la tercera exhibición cuando llegó la hermana de mi vecina. Supongo que era su hermana porque era más joven que ella. Hubiera confirmado el parentesco si talvez me hubiera fijado en algún detalle en común entre ambas pero aquella tarde yo no quería perder tiempo en hacer comparaciones inútiles. La visita fue más que inoportuna porque cuando mi acompañante — a quien para efectos de este relato llamaremos Eva — se levantó otra vez para ir al baño, su hermana o quien haya sido, cometió la insensatez de amarrar las tiritas de la bata de la paciente para que no enseñara sus bondades, asegurándose que nadie pudiera verle siquiera la nuca. Mi antipatía por la metiche no duró mucho porque minutos después llegó la enfermera para llevarse a Eva a otra sala, entonces apreté los ojos y me quedé dormido esbozando una sonrisa.

Cuatro años después fui a comer a un restaurante de comida china con mi hija. Yo miraba el menú cuando una mujer de la mesa del fondo se levantó para servirse sopa de wantán con un cucharón en forma de copa. Aunque graciosa y simpática la comensal no tenía nada de lo que políticamente se dice extraordinaria, pero cuando se puso de perfil exponiendo las modestas abundancias que remataban sus piernas, no pude por menos que sentir lo que seguramente sintió Rodrigo de Triana al avistar ignotos destinos. Esa mujer, vestida toda, no era sino Eva, la Eva de la Sala de Recuperaciones. Sus posaderas la habían delatado. Intenté gritarle “Eva, Eva” pero recordé que ese era un nombre de fantasía. Lentamente fue invadiéndome una especie de orgullo mal disimulado porque por primera vez había reconocido a alguien, no por su cara ni por su voz, sino por su trasero. Mi hija me dijo algo pero no oí, talvez volvió a preguntármelo porque ella volteó la vista hacia donde yo tenía la mirada. Yo sólo pensaba en los glúteos de Eva. Estaba seguro que era ella, pero ¿cómo confirmarlo? Mi hija me preguntó si yo conocía a esa mujer. “No”, quise decirle, “Solamente la conozco por detrás”. La mujer se sentó y disfrutó el almuerzo con su familia. Pero yo no comí en paz. Cuando salió tuve sus nalgas lo bastante cerca como para confirmar que eran las mismas del hospital no obstante que estuviesen ligeramente ceñidas por un bikini y un marinero desteñido. Quise salir y preguntarle si ella había estado hospitalizada cuatro años antes pero tuve miedo que me dijera que sí. Porque si me hubiese dicho “si” ella me hubiera preguntado que cómo lo supe. Y claro que no iba a decirle “Te reconocí por el trasero”. Era una situación muy incómoda. Además, bien pudo ella decirme que “no” porque se hubiera acordado que en el cuarto solamente había otro paciente mientras ella entraba al baño con el derriére al aire, lo que equivaldría a una autoincriminación. Así que, si por esas casualidades de la vida vuelvo a reconocer a Eva por la única manera en que estoy entrenado para hacerlo, no hablaré con ella acerca del percance de la Sala de Recuperaciones. Por sabido, lo callaremos. Es lo mejor.

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