Mañana bancaria

Waiting in Line --- Image by © Royalty-Free/Corbis

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Por Edgard E. Murillo

Mis amigos modernos me quieren convencer que realice los pagos de los servicios básicos vía electrónica. Les digo que no soy millonario ni diputado para esconderme tras un teléfono o una pantalla y que además prefiero ir personalmente a los bancos por tres rotundas razones adicionales. La primera: Porque es una manera de asegurarme que mi dinero efectivamente entró a la gaveta del cajero. La otra: Porque verifico in situ que los banqueros están utilizando las ganancias que generan mis transacciones en la compra de cuadros al óleo y decoraciones carísimas provenientes de Italia o de un Mall de Miami. (No se crea tampoco que existe ligazón comprometida entre el dinero invertido y el buen gusto por el hecho que un banco exhiba cuadros carísimos, pero al menos reivindicamos cierto placer estético a cambio de las cargas que nos clavan en los estados de cuenta de las tarjetas de crédito.) Y la última: Porque me gusta observar a las personas.

Aclaradas las cosas paso a contarles que el sábado pasado fui a la casa matriz de un banco cuyo piso tiembla cada vez que alguien estornuda. Había una fila de caracol y otra pequeña para una sola operación pero elegí la grande para relajarme un rato. Esta vez dejé el libro de turno en el vehículo, a decir verdad lo había olvidado y no quise pasar otra vez por el chequeo que hacen los guardas de seguridad, pues los aparatos que utilizan para detectar metales causan cosquillas en mis canillas. Me puse al final de la cola y pronto ya estaba en medio de una larga culebra multicolor. Como soy poco para chatear decidí caracterizar a las personas; total, era sábado y el aire acondicionado estaba sabroso. Delante de mí, un hombre calvo y grueso resoplaba, llevaba una camiseta roja con letras negras que decía Kill the dragon; lo quedé viendo y me dio miedo; le puse El carnicero de la carretera Masaya. Viré la mirada hacia la curva siguiente de la fila; allí estaba una muchacha pequeñita con uñas mordisqueadas enviando mensajes de texto con su celular, caminaba de puntillas sin levantar la cabeza, como geisha; de vez en cuando sonreía y se acomodaba el tirante de su brasier con la mano desocupada; la bauticé La rigiosa. Hacia la derecha estaba un fulano con audífonos que llevaba colgado un bolso azul grande que parecía guitarrón. “Estos son los malditos que atrasan la fila”, sospeché. En efecto, cuando llegó a ventanilla sacó varios fajos de billetes de baja denominación suficientes para desatar la desesperación de un monje tibetano. A ese, ya saben, le puse El maldito. Una mujer despeinada situada detrás de mí se ganó el mote de La charraluda y al narizón con botas vaquero que estaba en la fila pequeña le encajé Tiro Loco McGraw. El caracol a ratos parecía achicarse, luego retomaba el mismo tamaño de las diez de la mañana, en tanto el “pase por favor” de las cajeras se colaba entre el chillido entrecortado de las impresoras y los sonidos que hacen los celulares cuando entra un mensaje. No me había percatado que en la fila estaba un famoso cronista deportivo; el tipo había puesto la peor cara de distancia posible, supongo para que no le preguntaran sobre los pronósticos del campeonato de beisbol; cuando coincidimos en ángulo visual bajé la cabeza para evadirlo, pero ahogué una risa que hizo que me diera un leve acceso de tos porque me topé con los pies de una mujer que llevaba unas sandalias finas de plataforma. Se había pintado las uñas del pie derecho en rojo carmesí, no así las del pie izquierdo cuyos dedos estaban ensombrecidos por la ambarina mezcla que deja la acetona. Pensé que a lo mejor no le había dado tiempo de pintarse las uñas del otro pie, así que le cogí simpatía: no cualquier mujer sacrifica su vanidad por cumplir sus mandados. Me entretuve un rato con la disputa que sostuvo un larguirucho agente de seguridad con El carnicero de la carretera a Masaya porque éste  respondía su celular cuando le daba la regalada gana a pesar de las advertencias de que contestara afuera. Creo que hay un virus de la estupidez en esto porque desde que se masificaron los celulares los bancos prohibieron las llamadas dentro de los mismos y la gente sigue haciendo de las suyas. Mi turno para llegar a las ventanillas se acercaba; Tiro Loco McGraw y La rigiosa se habían ido y seguía llegando gente variopinta. Sentí compasión por aquellos que nacieron en lugares donde todo mundo se parece, como en China o en Siberia. Estuve tentado a sentarme en las sillas de espera después que me atendieran para seguir con el festín visual pero tenía que irme. Pensé en la invitación que me hacen mis amigos para que pague on line. Está decidido: no lo haré. Porque entre pagar electrónicamente y hacer fila un sábado por la mañana existe una distancia como de aquí a la Luna subiendo por un mecate.

 

 

 

 

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2 comentarios en “Mañana bancaria

  1. Definitivamente esa es una buena práctica y la mejor manera de seguir apreciando la variedad de gente y cosas del mundo en que vivimos. También hay los que se ponen los audífonos y de pronto empiezan a cantar sin percatarse del ridículo que están haciendo.
    Este post me trajo a la mente a un amigo que tenemos en común; una vez lo encontré en Metrocentro con su mamá y me alegré de verlo contento con su vieja de un lado a otro. Total que nos encontramos unas tres veces y en una de ellas me acerqué para saludarlo y felicitarlo por llevar de paseo a su mamá. Muy solemne y con la voz engolada como Pavarotti (como es su costumbre) me dijo: No hermano al contrario, anda de saca clavo la vieja pues tengo que hacer varias gestiones y pagos en diversos bancos, hoy es sábado y con estas filas saldría mañana de aquí. Así que ella entra a la fila de tercera edad y embarazadas y así terminamos en un dos por tres, ahora mismo ya vamos para la casa. Y de Metrocentro hasta la luna… voló su carcajada!!

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