La misión

facebook-muerte-y-vida

Por Edgard E. Murillo

Igor Sunsín pensó que había olvidado la contraseña hasta que reparó que estaba escribiendo en mayúsculas. Aliviado, una vez dentro de la página, empezó a girar el scroll con el índice mientras repasaba con desgano las actualizaciones de la red social. No se tomaba la molestia de leer los nombres de algunos de sus contactos porque ya conocía las temáticas de sus posts. Sabía que Alejandra adoraba los memes políticos, que Hipólito subía únicamente imágenes de la virgen en todas sus advocaciones, que Desiré era aficionada a las fotografías de ocasos en la playa y que las mujeres sin asomo de pudenda eran las preferidas de Leonardo. Desactivó el chat para merodear tranquilo; esa noche Igor Sunsín quería jugar con el facebook a sus anchas. Luego de reír con las caricaturas de Neymar y del Papa Francisco husmeó en un par de muros ajenos, cosa que lo avergonzaba un poco. Subía y bajaba en busca de algo que le resultara atractivo. De repente le asaltó una inquietud “¿Qué pasará con mi cuenta si muero mañana? ¿Cuánto tiempo estará activada? ¿Un año? ¿Dos?”. Recordó que Octavio Laslo, amigo suyo en la primaria y a quien no veía desde entonces, había fallecido dos años antes. Lamentó mucho su muerte porque jamás tuvo oportunidad de conversar con él para rememorar los alegres años de la escuela. Por mera curiosidad abrió la ventanita del chat, escribió Octavio Laslo y oprimió Enter. La solicitud fue rebotada. Igor rió y cerró la aplicación. Una hora después, cuando estaba por salir del facebook, recibió un mensaje de alguien llamado Octavio Laslo.

— Hola Igor.

Igor hizo una mueca de extrañeza y se arrellanó a la silla.

— ¿Quién sos?

— ¿No leés mi nombre? Soy Octavio Laslo

— Ajá.

Igor tuvo unos segundos de indecisión, luego prosiguió.

— ¿Qué contás Octavio?

— Pues nada, con la novedad que estoy muerto.

— Jajajaja… Está buena esa, pero tengo sueño. Adiós.

— Buenas noches Igor. Saludos a la Negra.

Igor quedó tieso. “Negra” era el apelativo íntimo que le daba a Ivette, su esposa, pero lejos de mostrarse sorprendido se molestó porque pensó que alguien le estaba jugando una broma inusualmente rara. Cerró la página de facebook y apagó la laptop. El reloj marcaba las once y veinte de la noche, caminó hasta su cuarto, se hundió en sus almohadas y le dio un beso a Ivette en la espalda, quien dormía con desparpajo.

La mañana siguiente Igor le comentó a su mujer sobre la broma en el facebook.

— Talvez a alguno de tus contactos le cayó el mensaje — razonó ella.

— ¿Pero cómo supo que a vos te dicen negra?

— Pudo haber sido una casualidad; no soy la única negra en el mundo — contestó Ivette haciendo un guiño.

— Sí, pero ¿cómo supo que Octavio murió?

— Mi amor, vos sabés que el Internet es raro. — Hizo una pausa y luego añadió —: A lo mejor fueron los administradores gringos.

Después de la cena Igor Sunsín entró a su facebook y encontró un mensaje de Octavio que decía: “No te olvidés de tus amigos”. Antes de contestar Igor escribió “Octavio Laslo” en la barra de búsqueda con la esperanza de encontrar al bromista pero, igual que el día anterior, el intento fue en vano. Entonces Igor escribió.

—  Te voy a pedir un favor: No sé quien sos pero este juego no me gusta, te agradecería dejar de molestar.

La lucecita verde del chat se apagó, Igor llenó sus pulmones para sacar un suspiro pero en seguida apareció una frase.

— Hola Igor ¿Saludaste a la negra de mi parte?

Igor no pudo resistir la tentación de contestar.

— ¿Cuál negra?

— Pues Ivette. Ella es muy linda, pero merece más.

La paciencia de Igor Sunsín reventó por el lado más delgado.

— Mirá desgraciado: decime quién puta sos o te jodo la vida.

— Inútil amigo. Ya estoy muerto.

— ¡No me jodás!

— No te pongás así, mirá que fuimos buenos amigos. Yo me sentaba junto a vos en la escuela. Vos me entregabas tu cuaderno de matemáticas para que yo resolviera los problemas en mi casa a cambio de cinco córdobas. ¿Vas a decir que no te acordás?

La cabeza de Igor Sunsín giró sin control en el torbellino de los recuerdos. La perplejidad puso su rostro pálido y sudoroso.

— ¿Cómo sabés eso?

El corazón de Igor latía desacompasadamente.

— Porque soy Octavio.

Igor apartó los dedos del teclado, quiso llamar a su esposa pero, conociéndola, pensó que volvería a minimizar sus dudas recordándole que talvez aquello era cosa de los administradores del facebook.

— ¿En qué fecha moriste?

— En el idus de marzo, como el Emperador, solo que mi muerte no fue tan violenta.

— ¿Dónde estás enterrado?

— En el cementerio occidental, detrás de la capilla jaspeada que está en el lindero Norte, tercera tumba de izquierda a derecha. ¿Por qué preguntás eso?

— ¿Por qué me estás escribiendo?

— Bueno, quien me buscó en el facebook fuiste vos…

Igor Sunsín estaba sudando, calculando las preguntas.

— Si ya estás muerto ¿Por qué…?

— Ya te dije que solamente atendí tu llamado; antes de morir era un aficionado tremendo al facebook, y lo sigo siendo, solo que ahora con limitaciones y algunas reglas.

— Aun no me convenzo de tu muerte. ¿Puedo hacerte más preguntas?

— Claro

— ¿Quién mató a Kennedy?

— ¿Qué tipo de pregunta es esa? Te creía más inteligente.

— Es que pensé…

—  Te diré algo: Acá donde estoy el tiempo es diferente al de los vivos; aquí coexiste el presente con el pasado y a veces con destellos del porvenir, es algo complejo; pero eso no te autoriza saberlo todo. Creo que ni el mismo Kennedy sabe quién lo mató.

— ¿Cómo es que vos tenés facebook?

— Ah, eso… Fue mi opción como aficionado a las redes sociales. Otros tienen medios más convencionales para comunicarse con los vivos. Te agradezco que me hayas buscado, a veces me aburro porque no tengo con quien conversar.

— ¿Entonces hay vida después de la muerte?

— Vida no. Digamos que hay otro tipo de existencia.

Igor se levantó a tomar un vaso de agua fría. La quietud suspendida bajo el manto de la noche lo hizo suponer que era muy tarde. Vio el reloj de pared. Eran las diez y treinta. Entró al cuarto. Su mujer leía sentada en la cama recostada a la pared. “Hey, llegó el que creí que ya no tenía mujer” disparó Ivette en tono burlón. “Ya vuelvo— dijo Igor a su esposa, pellizcándole el dedo gordo del pie — Voy a cerrar la compu.”

Cuando Igor Sunsín regresó a la sala había un mensaje de Octavio Laslo que decía: “Tengo que irme, chateamos otro día.”

Pasó un mes sin que Igor volviese a establecer contacto con Octavio, hasta la noche de un viernes, cuando aquél subía canciones a su muro.

— Hola Igor.

— ¿Dónde estabas? Pensé que no volverías.

— Ivette trató de establecer contacto conmigo, dos días después de nuestra última conversación.

— ¿Qué pasó?

— Nada, no respondí. Mi misión es con Igor Sunsín, no con tu mujer.

— ¿Misión?

— Te dije que aquí tenemos reglas.

— ¿Cuál es tu misión conmigo?

— No creo que te agrade saberlo, pero en todo caso te lo diré. Mi misión consiste en comunicarte la fecha de tu muerte.

Igor Sunsín se tambaleó.

— No quiero saber.

— Lo siento. Es mi deber. Si una persona viva invoca a un muerto por cualquier medio, nuestra obligación es…

— ¡Te dije que no quiero saber de eso!

— Esas son las reglas, Igor. Hoy será mi última sesión con vos; no tenemos permitido hacer más de tres. ¿Estás preparado?

Igor cerró el facebook de sopetón, sentía que le faltaba el aire; salió al patio y escuchó el canto de un ave nocturna que cortaba la noche sin luna. Entró nuevamente al facebook para salir correctamente de la página. Cuando lo hizo había un mensaje de Octavio que no quiso leer.

A partir de ese día no volvió abrir el facebook ni comentó con nadie lo ocurrido. Tres meses después de aquella conversación Igor Sunsín llegó al cementerio a buscar la tumba de Octavio Laslo. Recordaba bien el lugar que le había indicado a través de los mensajes de texto. Encontró una lápida sin pintar que contenía la inscripción: “Octavio J. Laslo. Descanse en la Paz del Señor. 1965-2013. Se levantaban nubes oscuras por el horizonte, pronto caería lluvia y el cementerio quedaría limpio y húmedo. Igor Sunsín estaba de pie, apreciando cabizbajo la tumba de Octavio; de pronto sintió un escalofrío que bajó de la nuca a los hombros, sintió la presencia de alguien detrás de él, volteó lentamente. Allí estaba un niño vestido de uniforme escolar que le extendía la mano a guisa de invitación. “Hoy es el día Igor”, dijo el niño. Era Octavio Laslo ensanchando una sonrisa. Igor Sunsín quiso gritar, pero un estremecimiento le nubló la vista y se desmoronó sobre su base como una torre de arena.

Fin

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