El hombre del sombrero gris

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Por Edgard E Murillo

Dos días después del asesinato de John F. Kennedy, mientras  el principal sospechoso estaba siendo conducido a la cárcel del condado, un hombre fornido de traje negro y sombrero gris inexplicablemente evadió los protocolos de seguridad del cuartel de policía de Dallas, desenfundó un revolver Colt e hirió mortalmente al reo. El nombre del pistolero: Jack Ruby. Un reportero del Dallas Times Herald llamado Bob Jackson sacó una foto justo en el momento del disparo.

En algún lugar mi abuela paterna compró una bandeja de metal sobre la cual había sido quemada la primera plana del Dallas, así que durante mi infancia observé esa primera plana colgada en la sala de la casa de mi abuelita Ana, junto a un bordado de un dragón con ojos saltones que sacaba una fina lengua bífida. A decir verdad en la réplica litografiada había dos fotografías. En la más pequeña aparecía la viuda, Jackie, de vestido y guantes negros, cubierta por un velo oscuro que dejaba traslucir su acongojado y glamoroso rostro, flanqueada por sus pequeños hijos (John-John haciendo un saludo militar) y sus cuñados. Pero a mí me intrigaba más la otra, donde el pistolero de sombrero gris arremetía contra el hombre flaco ante la impavidez extraviada de sus custodios. Como el texto estaba en inglés y yo ni siquiera podía leer en español, siempre preguntaba que quién era aquel hombre y la respuesta de mis interlocutores era la misma: “Ese fue el que mató a Kennedy”. Pasaron algunos años para que me diera cuenta que el hombre que hacía la mueca de dolor no era Kennedy sino Oswald, el presunto magnicida. La comisión que investigó el crimen dijo que no había ningún vínculo entre Oswald y Ruby, que la “verdad” se sabría al cabo de muchas décadas, tiempo bastante y suficiente como para desdibujar el estupor y la impotencia. Años después Ruby murió en la cárcel cuando esperaba la revisión de su caso, creándose una trama de novela negra alrededor de su figura, trama que ni siquiera Travis, el desadaptado de Taxi Driver, hubiese podido resolver viéndose al espejo. Si yo hubiera nacido en los Estados Unidos hace setenta u ochenta años, no me hubiese gustado conocer a Jack Ruby; tampoco hubiera gastado los 60,000 dólares (de haberlos tenido) en que fue subastado el sombrero que este desagradable sujeto llevaba el día que mató a Oswald. Pero Jack Ruby sí tuvo amigos y también alguien compró con orgullo el sombrero para encasquetárselo los fines de semana y poder decir con orgullo “I Love America! Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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