Lo que nos delata

César Augusto Prima Porta

Por Edgard E. Murillo

Eso de mencionar todos los cargos y títulos que una persona posee, con o sin mérito, siempre me ha causado mucha gracia. Cuando yo estaba chavalo trataba de adivinar la forma en que presentaban al líder soviético, camarada Leonid Brézhnev, Secretario General y Miembro del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Presidente del Soviet Supremo y del Consejo de Ministros y Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas de Tierra, Aire y Mar. Me recordaba los títulos que el senado romano otorgaba al César: Invictus, Dominus Noster, Princeps Senatus, Imperium Maius, Pontifex Maximus. Si de la Roma Imperial viene esta costumbre, mucha razón tuvo Juan Bautista Alberdi, quien dijo que lo que más copiamos de Roma no fue el sólido y extenso derecho civil, sino su derecho público externo e interno, la guerra y el despotismo, con toda su parafernalia de distinciones y espaldarazos. A partir de entonces, hacer más grande el nombre de las personas por medio de los títulos se volvió — usando la palabra en boga —  viral.

Pero fue durante la Edad Media cuando los títulos, cargos y honores rebasaron el tino y la conmensuración. Gracias a la sugerente intersección de la reina consorte María Luisa de Parma, en solamente seis años, Manuel Godoy tuvo los siguientes empleos y títulos: Secretario de la reina; gentil hombre de cámara con ejercicio; regidor perpetuo de la villa de Madrid y de las ciudades de Santiago, Cádiz, Málaga, Écija, y veinticuatro de la de Sevilla; consejero de Estado; superintendente general de Correos y Caminos; primer secretario de Estado y del Despacho; inspector y sargento mayor del Real Cuerpo de Guardias de Corps; capitán general de los Reales Ejércitos; almirante de España e Indias, con tratamiento de Alteza; caballero comendador de la Orden de Santiago; caballero de la gran cruz de la Real Orden de Cristo y de la religión de San Juan; caballero gran cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III; caballero de la insigne Orden del Toisón de Oro; Grande de España de primera clase; señor del Soto de Roma y del estado de Albalá; duque de Alcudia, de Sueca y de Evoremonte; y príncipe de la Paz y Basano.

Para no quedarme atrás, quiero anticiparme exhibiendo mis propios títulos. Si no son tantos es porque no tengo ninguna María Luisa que me haga el volado de interceder a mi favor. En caso de olvidar alguno, háganmelo saber a través de los comentarios al post. He creído conveniente prescindir de algunos, verbigracia los que provienen de asuntos militares, puesto que esos méritos acontecieron cuando me empezaban a salir pelos en la cara y he perdido las credenciales; tampoco incluyo los académicos, dado que tengo la tendencia de rehusar la petulancia y porque no siempre el que tiene más diplomas colgados en la pared es el más inteligente. Me conformo con otros más verosímiles y cercanos a mi condición mundana. Así pues, no queda más por decir que soy el primogénito de don Edgard y doña María Elena; abogado y notario público en ejercicio; bloguero; capitán de navío (del Barco Azul); delegado plenipotenciario para las compras del fin de semana; pintor retirado por caso fortuito; rescatista de la palabra ninguneada; diácono encubierto de Motastepe; curador de música Brit Pop; ciento noventa y tres libras; amante en permanente construcción; perito de la nostalgia compartida; asimilador de lo que pudo haber sido, pero que por mi culpa, no fue; percusionista de oído; marchante de obras inadvertidas; desarmador de relojes descompuestos y de todo lo que no sirva; viajero sin visa gringa; amigo por telepatía de Jim Morrison; porfiado de las causas aparentemente perdidas; bohemio de la palabra en las rocas; mayor de edad, casado y del domicilio de Managua.

Si todavía estas condiciones no logran identificarme, pido mil disculpas; lo que pasa es que olvidé decirles que la modestia me delata, y eso me da un poco de rabia.

 

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8 comentarios en “Lo que nos delata

  1. Leyendo esta entrada me he puesto a pensar en los eufemismos con que ahora disfrazan esos grandes nombramiento o títulos por palabras o expresiones “más suaves o decorosas” ya que son consideradas tabú, de mal gusto, groseras o demasiado francas en comparación con las usadas en el pasado reciente de nuestro país.
    Antes se anunciaba así: …y en esta mañana pletórica de felicidad por ser nicaragüenses; tenemos el grandísimo honor de iniciar este solemne acto con las sabias palabras de nuestro querido y Excelentísimo Presidente de la república, General de División, Príncipe de esto o aquello, Hijo dilecto de lo otro etc, etc. Don Anastasio S….
    Ahora se dice o anuncia así: “en esta noche hermosa e intensa para unirnos en fuerza insobornable, en sol de libertad y en lucha inclaudicable”….”aquí está Fulano de tal, sublime, trascendente, infinito, gigante, Comandante Supremo, Presidente Eterno, amigo, hermano, compañero, camarada, Fulano querido, profundamente amado por los pueblos del mundo y por el pueblo nicaragüense…(siguen partes aún más inconducentes que las antes anotadas)
    El fin sigue siendo el mismo, ensalzar o cepillar a quien recibe tantas loas o lisonjas, pero se ha llegado al abuso de la retórica en el sentido de que no se facilita la comunicación del mensaje sino que se entorpece con la verborrea lisonjera utilizada en la actualidad.
    Los griegos a través de los romanos nos legaron la retórica o el “el arte del bien decir” conocida también como “la habilidad técnica para expresarse de la forma adecuada”. Lamentablemente la efectividad de la comunicación y sus aspectos estéticos valen un carajo; más que discursos lo que escuchamos es metáforas, alegorías, y sobre todo las hipérboles, con las cuales se exageran las cosas para darle un peso mayor o menor del que en realidad tienen según sea el interés contextual de quien discursa.
    Volviendo a “lo que nos delta” y teniendo el honor de conocerte me atrevo a decir que entre tus múltiples títulos falta: Gran maestro, Soldado del honor, Capitán y Caballero de la sangre, Ratón de biblioteca, Padre de tus hijos, y otros que por su significado tan ambiguo se prestarían a malas interpretaciones, conviniendo encerrar dichas atribuciones en un solo título denominado General de lo ignoto. Un abrazo y que estés bien!!

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