I see dead people

Por Edgard E. Murillo

No sé desde cuándo, el caso es que veo gente muerta; no muerta en sus mortajas, ni cadavéricas, tampoco fantasmagóricas, simplemente las veo en la calle cuando ya están muertas; sucede que las veo sin saber de su desaparición creyéndolas vivas, algo que me confunde pues jamás se me ocurriría que ya están muertas.

A pesar que ya había tenido sospechas de este tipo de experiencias con muertos vivientes, tuve acceso al misterio el día que le dije a doña Cándida  -la señora que trabaja en casa de mi madre- que había visto a doña Elsa esperando que yo pasara a su lado cuando esta agradable señora había fallecido dos semanas antes.

Ese mediodía salí de casa de mi madre, saludé a quienes me topé en la cuadra sonando el claxon -al que llamamos pito-; la gente sonreía, decía adiós con sus manos y asentía con la cabeza, lo que me llenaba de satisfacción. Es muy bonito ser habitante de segunda generación en un barrio que nunca parece envejecer, los jóvenes crecen tan rápido que se confunden con sus hijos y estos con sus hijos, entonces uno tiene la agradable tarea de adivinar si los nietos son hijos de sus amigos o de algún zángano que pasó como estrella fugaz en el vecindario. Poco antes de llegar a la esquina de Arriba doña Elsa se detuvo para cederme el paso. Yo pité, ella levantó la cabeza, hizo un gesto seco, mudo y raro, pero no me inmuté; al fin y al cabo doña Elsa era de pocas palabras. Me detuve, la vi cruzar la calle, le dije adiós y seguí el rumbo. Fue entonces cuando doña Cándida me dijo escandalizada que yo había visto una aparición pues doña Elsa había fallecido un par de semanas antes.

No hice aspavientos del incidente, a lo mejor había errado en la persona, esas cosas pasan, pero pronto murió otra mujer que yo también vi después de su muerte. Era otra vecina. Jamás sostuve palabras con Alicia (este no era su verdadero nombre), es más, creo que nunca conocí su voz porque ella no salía de su casa, cosa que llegó a extremos después de fallecido su esposo, hará unos quince años.

Tal como pasó con doña Elsa, un día Alicia me saludó en la calle. Yo sabía que estaba muy enferma, eso me movió a indagar para conocer la respuesta que intuía no obstante las reservas del caso.

— Doña Cándida ¿Ya se murió doña Alicia?

— Sí, murió hace un mes ¿No me diga que no sabía?

Le dije que la había visto comprando sopa el domingo anterior, hurgando con un cucharón resplandeciente mientras me lanzaba miradas ajenas, frías y titubeantes.

Esa tarde doña Cándida se apartó de mí.

A partir de ese momento estuve pendiente de las personas que aparecían en mi camino; apenas las saludaba llamaba a doña Cándida para preguntarle si habían muerto. Pero conforme pasaron los meses empecé a olvidar el asunto.

Creí haber perdido la capacidad de detectar muertos impertinentes hasta que ayer vi al borrachín testarudo de Julito deambular por las calles del vecindario con un saco sucio sobre el hombro, como cargando su existencia. Me pareció verlo bastante desmejorado, triste (cosa rara en él) e indeciso. Esperé que caminara sobre la acera pero se entretuvo en una caja que estaba lista de ser llevada por el camión de la basura. Pasé a su lado despacio; no me reconoció.

Hoy me dijeron que el borrachín murió el martes pasado de un infarto fulminante. Sentí pena y alivio por él.

Pienso que en ocasiones la muerte juega con uno para divertirse. A veces camino sintiéndome extraño e intemporal, como si estuviera viviendo una vida paralela a consecuencia de una muerte intrascendente acontecida en un instante que bien podría repetirse ad infinitum. Es como si la muerte y la vida encontraran la misma puerta para fugarse. Es probable que por esa misma puerta los muertos salgan a dar sus últimos paseos en los lugares donde vivieron.

No me importa ver a gente muerta caminando por las calles, a lo mejor un día logro preguntarles cuál es el propósito de dejarse ver por mí después de morirse. Todo depende de mi estado de ánimo y de la disposición de ellos.

Pienso que una tarde, al mirar el cielo escurrido por la lluvia, me encontraré a un amigo muerto, y al doblar la esquina a otro, y más allá a mis abuelos también muertos. Ese día, sin pensarlo dos veces ni mirar hacia atrás, estaré seguro que estaré bien muerto, pero no lo suficiente para no contar el cuento. Y tengan por seguro que ese día ni en los días posteriores no me le cruzaré a nadie por el camino. Lo prometo.

adonis

La Matamorfosis de la muerte de Adonis,  Franceschini (1648-1729)

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Un comentario en “I see dead people

  1. Hola!! Me dejó intrigada la historia.. Me sonó familiar.. Te cuento en el 2010 me re-encontré con un amigo un 1ero de enero del mismo año. A los meses de haberlo visto después de casi 3 años de no saber de él.. Falleció en un accidente automovilístico casi a los 2 o 3 meses de haber muerto me llevaron por parte de la universidad a una gira de campo a la cementera cemex, ese día revivi el accidente que tuvo mí amigo, nunca entendí porque tuve un flashback de su accidente.. Hay cosas que pasan que no las logró entender. Saludos

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