Música fechada

Por Edgard E. Murillo

Sin la música la vida no tendría sentido, fuera hueca y solemnemente aburrida, incluso peligrosa; el maestro Tchaikovski dijo que si no fuera por la música habría más razones para volverse loco.  La música es connatural al género humano, me atrevería a decir que seguramente jugó un papel decisivo en el proceso evolutivo. Descendemos del primer mono que se puso a bailar cuando le encontró ritmo de cintura a los silbidos.

Todos tenemos un soundtrack de nuestras vidas, pues para cada época existe una canción con la cual nos identificamos, sea porque nos gustaba desde niños o porque coincidió con eventos de difícil olvido. Cuando escucho la canción Love Me Do de los Beatles caigo en picado a la casa de mi abuelita paterna, situada más allá del límite Oeste del casco urbano de la Managua de entonces; mis tíos escuchaban la canción en un tocadiscos portátil todos los días mientras hacían sus tareas de la escuela. Igual poder de transportación tiene la balada Quererte a ti de Ángela Carrasco, la que me conduce a las inéditas tardes de mi adolescencia en la sierra chontaleña, justo antes de encender los candiles y comentar las incidencias de la alfabetización.

La música también nos asocia con personas. O sea que hay canciones que tienen nombre y apellido, pero esto no sucede a todos por igual. No recuerdo que alguien me haya dicho: “Edgard, cuando oigo esa canción me acuerdo de vos”. Talvez me lo han dado a entender, pero no me lo han expresado con todas las letras. Tal parece que las posibilidades para encarnarme en alguna canción son mínimas.

Hay canciones que llegan y se van sin que nos demos cuenta; otras, por el contrario, impactan como rayo. He visto llorar a hombres y mujeres de temple fuerte a causa de una balada romántica. Mi amigo Leonel cuando está con sus buenos tamarindazos se emociona bastante escuchando Mujeres Divinas de Vicente Fernández y Ariel entorna los ojos cada vez que canta The Search is Over de la banda Survivor. Sin embargo, ambos han negado contar los motivos de tales embelesamientos, como si la confesión trajese consigo alguna pena capital. Otros, por su parte, no soportan escuchar siquiera el intro de alguna tonada: “¡Quitame esa canción que me recuerda a ese maldito!”. Por supuesto hay canciones que no pueden desligarse de eventos únicos. Tengo una amiga que sonríe cada vez que escucha Lágrimas de José José; dice que esa canción sonaba en la radio cuando hizo el amor por primera vez.

Y a propósito de primera vez, la canción Spirits (Having flown) de los Bee Gees la escuché una noche en Comalapa y desde entonces me pareció (y aun me sigue pareciendo) tan perfecta que recuerdo el anuncio del locutor: “Ahora les vamos a poner una canción del último álbum de los Bee Gees; a la una, a las dos…”

Pero hay una rola cuya nitidez de evocación me agrada sobremanera. Creo que ya la había escuchado un par de veces pero escucharla en el momento a que me referiré hizo que quedara grabada en mi memoria de forma tan fresca como indeleble.

Había llegado a la finca “El Quetzal” en compañía de Julio Cruz para entregar un reporte de la jornada cafetalera; creímos que la pasaríamos bien pero ambos nos enfermamos esa noche, la víspera de la Navidad: a Julio le dio un ataque de asma y a mí un insoportable dolor de muela. En la casa hacienda había música, algarabía y algo de ron; toditas las muchachas estaban sin novio, acaso porque no los tuviesen o porque no los vi por ninguna parte. Pero no pudimos festejar; apenas pude hablar de temas revolucionarios con una alemana risueña y pecosa que fumaba como endemoniada; el dolor me tenía fuera de servicio y el asma de Julio empeoraba a medida que se acercaba la medianoche. Pedimos un lugar donde dormir y nos llevaron al segundo piso del beneficio de café. Como no andábamos cobija y el frío era tan intenso tuvimos que dormir dentro de un cerro de granos de maíz. Hacia la una de la madrugada llegaron a despertarnos para la cena, comí un poco e inmediatamente se me quitó el dolor (allí supe que los analgésicos son ineficaces con el estómago vacío), sin embargo ya era demasiado tarde para buscar a la alemana o festejar; me volví a meter al cerro de maíz y le dije a Julio feliz Navidad. Julio maldijo por lo bajo.

Por la mañana caminamos unos cinco kilómetros entre brumas y cafetos hasta salir a la carretera, le hicimos señas a un bus que iba para Matagalpa, subimos y nos sentamos al fondo, en los asientos del centro. En eso, como puesta a propósito, empezó a sonar la canción mientras el aparato serpenteaba cuesta abajo por la angosta carretera. Nos quedamos callados hasta que la canción cesó por completo. ¿Cómo olvidar ese momento? Terminaba la adolescencia y la música giraba burlona ante nosotros, entre el frío metal de la guerra y la vida que corría paralela a ella, en espera que le pusiéramos fecha para recordarla.

Esta es la carretera bajando a Matagalpa:

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Y esta es la canción que salvó la Navidad de 1983:

 

 

 

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4 comentarios en “Música fechada

  1. Una de las canciones con más pegada y fusión de ritmos en ese tiempo. Tenía un casete con esta versión y la original de Eddy Grant , un día me lo prestaron y nunca regresó a mis manos. …
    Eran los 80´… que podemos decir de esto… cortes de café, botas altas o botines Cobra, pantalón verde olivo o jeans prelavados marca Bin Bin, camisas por fuera o camisetas con chaquetas atadas a la cintura…amores de cafetal… la vida perfilándose tan dulce, bucólica y efímera a la vez por la constante presencia de la muerte. Increíble pensar que en medio de una guerra tuvieran lugar tantas cosas a la vez, luego vendría el servicio militar a madurarnos con carburo.
    Hace 32 años de esto… sería bueno saber que venían pensando Vos y Julio en ese trayecto entre Jinotega y Matagalpa, mientras sonaba la música… cuanto lograron, ganaron o perdieron y lo que al final aprendieron. Después de haber andado tantos años, y vivir muchas cosas; deberían reeditar ese viaje. No para mirar atrás o tratar de componer cosas que no debieron ser, pues al final del camino somos el producto de todo lo vivido, y todo lo que pasa tiene un propósito, aunque este lo encontremos o entendamos muchos años después. Gracias por compartir esta entrada!!
    Un abrazo y que estés bien!!

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    • Así es Víctor, la juventud se abre camino aún en lugares agrestes; para esa época uno no tenía idea de muchas cosas, pero con todo, reíamos y soñábamos igual que cualquiera; creo que la clave era (y lo sigue siendo) encontrarle el lado agradable a las cosas. Talvez por la misma “instantaneidad” a la que te referís, la chavalada de entonces se procuraba un poco de eternidad, ya sea por medio de las canciones o simplemente vivir el día a día con la jodedera comprometida como estandarte. ¿Que qué estaba pensando esa mañana en el bus? Bueno, yo creo que pensaba que era muy afortunado de vivir esa experiencia, que nos esperaba una regañada por andar libreteados (por la libre) y que eso no nos importaba porque íbamos a caerle de sorpresa a las muchachas de nuestro colegio y de los colegios de la zona 5/7 que cortaban café en Matagalpa. Saludos y gracias por comentar!

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  2. No j… Revisando mi FB me acorde de tu chat y definitivamente la partistes! a estas altas horas de la noche se unieron un cúmulo de buenos recuerdos que me harán dormir tranquilo, saludos hermano.

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