Elvis y la teacher

foto BAUTISTA

Por Edgard E. Murillo

El colegio donde estudié desde el segundo grado en adelante había quedado colindante con la zona cercada definida a raíz de la sacudida de aquel diciembre que borró para siempre la entonces capital más bonita de Centroamérica. Afortunadamente los daños a la estructura fueron parciales, lo que permitió que la matrícula escolar del 73 se trasladara provisionalmente a Masaya, a diferencia del Goyena o el Pedagógico que tuvieron que construir nuevas instalaciones fuera del área terremoteada. Como ingresé un año después del seísmo todavía había muchos edificios derruidos a los cuales penetraba con mis amigos después del timbre de salida en busca de muertos y tesoros soterrados, cosa que molestaba sobremanera a míster Wilson, el director, quien a veces nos perseguía entre los escombros sin darnos alcance. 

Al igual que las perseguidas de míster Wilson, los diez años que estudié en el Colegio Bautista estuvieron preñados de innumerables anécdotas; pero en esta ocasión no les contaré de la vez que Franklin, desde el fondo del aula, tiró mi Biblia por el suelo con tanta fuerza que llegó hasta los pies de la profesora de religión y ésta me castigó creyendo que había sido yo a pesar de mis protestas; ni el día que Brenda, la de matemáticas, me dio un reglazo (a mí y a cinco más) solamente porque participé en la caída a pedradas de un panal de avispas que descubrimos en un recodo del techo cerca de la biblioteca de primaria. Esta vez, amigos míos, les relataré la mañana que vi llorar a mi profesora preferida.

Sucedió el diecisiete de agosto, un miércoles para ser preciso; recibíamos clases de inglés; la profesora María Elena copiaba los verbos irregulares en el pizarrón y sollozaba; nosotros, niños y niñas de diez y once años, estábamos asustados porque la teacher era una muchacha muy alegre y jamás la habíamos visto llorar; es más, ninguna profesora había llorado delante de sus alumnos, según supimos por indagaciones posteriores al evento.

Los detalles los evoco como si hubiesen ocurrido ayer: La supervisora, que siempre merodeaba por los pasillos en busca de hallazgos, asoma por una de las paletas de vidrio y al percibir el silencio reinante advierte el lloriqueo de la teacher; entra al salón, toma por los hombros a la sufriente y todos en vilo escuchamos cuando le pregunta:

— ¿Qué pasó María Elena?

La teacher, con lagrimotas (many big tears) , contesta:

— ¿Es que no se ha dado cuenta?

— No, ¡qué pasó! — le dice espantada la supervisora, pasándole una pañoleta roja para que enjugara los riachuelos que surcaban sus mejillas.

— Es que… — aguanta el llanto la teacher; se limpia las manos de tiza en la falda y termina la respuesta —. Es que ayer murió Elvis.

Los cuarenta y dos niños del quinto grado nos volvemos a ver, “¿Qué?”, “¿Quién?” “¿Cuál Elvis?”. La teacher se da la vuelta y nos dice:

— Elvis, ha muerto, Elvis Presley. Is dead —. Y se sonó la nariz con la pañoleta roja.

El aula se llenó de murmullos y caras de sorpresas; dos niñas lloraban también, no por el finado, sino por ver el llanto de la teacher; la supervisora nos dijo que saliéramos a la cancha de fútbol y que jugáramos hasta el cansancio, si eso era posible.

Pasó mucho tiempo para ver nuevamente sonreír a la teacher, todo por culpa de Elvis, cuyo amor hacía él la había llevado a estudiar inglés para entonar correctamente, en sus ratos de ensoñación, todas sus canciones. Y para bailarlas como Dios manda.

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios

Un comentario en “Elvis y la teacher

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s