Diabliness

Por Edgard E. Murillo

En una de sus célebres Cartas, C.S. Lewis nos dice que no cree en el Diablo, entendido este como un poder absoluto opuesto a Dios, pues es imposible que exista una perfecta maldad, ya que descartado todo lo bueno — inteligencia, voluntad, memoria, energía y existencia — no quedaría nada de él. Ergo, el Diablo como antípoda del Bien, no existe. Pero Lewis enseguida aclara que sí existen ángeles descarriados, enemistados con Dios, a quienes llama simplemente diablos, siendo Satán el cabecilla o dictador de ellos; de ahí que Satán es el contrario, no de Dios, sino del Arcángel Miguel.

Simpatizo con la teoría de Lewis aunque no comulgo con la creencia en el diablo ni con otras posibles jerarquías derivadas de él. Alguien dijo una vez que el diablo era la coartada más acabada y perfecta de todas las religiones, lo que me parece congruente con mi sistema de creencias. Sin embargo, como el tema ha apasionado a mucha gente, tanto a los que creen en Lucifer como a los artistas que han tratado de representarlo, me justifico por no aguantar las ganas de escribir al respecto, siempre animado por la más pura curiosidad, punto que desde ya dejo aclarado, pues no pretendo con estas líneas demostrar o refutar la existencia del demonio, o como se le llame, ya que para eso están los teólogos y la íntima convicción de cada quien; tampoco persigo evidencias testimoniales, porque me basta lo que le sucedió a un tío abuelo de mi mamá, quien en su juventud una noche se quedó dormido de cansancio en la letrina de la hacienda El Paraíso, en El Crucero, después de pasar todo el día con diarrea; por la madrugada una mujer se levantó y caminó las cuarenta varas que distaban de la casa al excusado; la mujer, tarareando una canción, se levantó las enaguas y se sentó donde creyó estaba la tasa esperándola. Un grito de terror despertó a los mozos de la hacienda. La sorprendida corría y gritaba sin rumbo; cuando al fin la calmaron, por muecas indicó que se había sentado sobre el mismo diablo y que era muy peludo.

Aclarado lo anterior empezamos diciendo que a contrapelo con lo que se cree el diablo no siempre ha sido el malvado de la película. En la Antigua Grecia, por ejemplo, lo consideraban el vivificador de todas las cosas y existía la creencia que cada uno de nosotros tenía un “demonio protector”. Durante siglos, en el imaginario de todos los estamentos humanos, la figura del demonio coexistió con otras creencias sin causar mayores desvelos y quebrantos. Hititas, persas, macedonios, griegos y romanos diversificaban sus costumbres atendiendo la disputa entre el Bien y el Mal, definiendo por consiguiente la manera de entender el mundo a través de la cultura y la filosofía y dándole forma a las religiones que crecían bajo la égida de las guerras de conquista.

Es la tradición judeocristiana la que dota al demonio de perfil y contenido. No estoy seguro si otro libro sagrado tenga tantas referencias al diablo como lo hace la Biblia. Daniel Defoe observa en su Historia del Diablo (Parte I, capítulo IV), que éste ha recibido los nombres siguientes: Serpiente (Gén., 3:1), El gran dragón rojo (Apoc., 12:9), El acusador (Apoc., 12:10), El enemigo (Mat., 16:25), Satán (Job., 1,7 y Zac., 3: 1-2), Belial (2da. Ad. Cor. 6:15), Belcebú (Mat., 12:24), Mammon (Mat., 6:24), Ángel de la Luz (2da. Ad. Cor., 11:14), El ángel del abismo (Apoc., 9:11), Príncipe de la potencia del aire (Ad. Efe., 2:2), Lucifer (Isa., 14:12), Abaddhon o Apolon (Apoc., 9:11), Legión (Mar., 5:9), El dios de este siglo (2da. Ad. Cor., 4:4), El espíritu impuro (Marc., 9:25), El espíritu inmundo (Marc., 1:27), El espíritu embustero (1° Reyes 22:22), El tentador (Mat., 4:3), Hijo del amanecer (Isa., 14:12). Y paremos de contar.

Por muchos siglos el malévolo estuvo confinado a las profundidades de la Tierra, no obstante que el hombre siempre se las ingenió para que fuese objeto susceptible de apropiación artística. Fueron los pintores de la Baja Edad Media los primeros en graficar al diablo con alas de murciélago, talvez por la repugnancia que provocan estos animales, en contraposición a las alas de los ángeles, que son hermosas y algodonadas. Los artistas debían de forjar al Malvado lo más feo posible (Por la misma razón mi cuñada Ivania cuando tenía seis años exclamó en su aula de clase que ella sabía cómo era el diablo, explicando a su maestra y demás alumnos que ese señor era feo, negro, con cachos y hediondo a azufre).

Gracias a Goethe y el romanticismo alemán el demonio saltó a las tablas. La seducción filosófica y el posterior pacto entre Fausto y Mefistófeles cobraron celebridad en toda Europa y muy pronto se crearon obras siguiendo esa temática. Pero ni el aparente relajamiento producido por la Reforma Protestante ni la belleza estética contenida en dichas piezas teatrales fue suficiente para que en algunos países se siguiesen permitiendo las mismas. En la obra Der Freischütz (El cazador furtivo) de Weber, el protagonista hace un pacto con el demonio para que éste le facilite aquellas balas embrujadas que siempre dan en el blanco y así conseguir la mano de Ágata. La ópera se estrenó en 1821 y tuvo un éxito musical arrollador. Seis meses después ya había cruzado las fronteras germanas. Lastimosamente, en Viena un bando municipal prohibió la presencia del diablo y de las balas indispensables a la escena principal. No obstante allí, sin Satán ni balas, la obra alcanzó celebración total.

Así, poco a poco el diablo fue colándose en la cultura popular hasta llegar a ser un incómodo necesario. Ni siquiera el Siglo de Oro Español dejó escapar la oportunidad para crear obras referidas al Caído. La misma iglesia católica empezó a usar al demonio en sus representaciones religiosas, aunque fuese a regañadientes y de forma tangencial (En Nicaragua tenemos el caso de los diablitos en las fiestas de Santo Domingo de Guzmán).

Dicen que antes era peligroso y de mala educación mencionar la palabra diablo. Todavía hay gente que le dice El innombrable, cuando en realidad al llamarlo así ya lo están nombrando. Hace cuarenta años nadie podía siquiera usarlo como nombre de algún calache, mucho menos como marca de perfume, sin embargo desde que tengo uso de memoria embadurnamos galletas de soda con una pasta llamada Jamón del Diablo. Una vez leí sobre el caso de un hombre que demandó al Estado de su país porque el registro civil había negado la inscripción de su hijo recién nacido. El hombre quería que su hijo se llamara Diablo alegando el derecho de todo ciudadano a tener un nombre y una identidad. El juzgado de instancia declaró sin lugar la demanda porque consideró que ese nombre era atentatorio contra las buenas costumbres, sin embargo el más alto tribunal revocó la sentencia. Desconozco si ese niño llevó su nombre con vergüenza, desprecio u orgullo.

En Chile de los años sesenta un guitarrista llamado Patricio Enríquez Núñez fundó un grupo musical llamado Los Diablos Azules. Pero Patricio Enríquez no era un nombre llamativo desde el punto de vista artístico-comercial, así que se lo cambió por Pat Henry (algo parecido hizo Aniceto Prieto con Anice Price). Pat Henry y los Diablos Azules tuvieron tanto éxito que la gente empezó a simpatizar con la palabra diablo, dándole continuidad a la aceptación que por ese nombre había tenido una canción en los Estados Unidos llamada Devil in a blue dress, versionada luego por los Yaki de México como Diablo con Vestido Azul, de tal manera que el demonio terminó haciéndose popular. Treinta años después el diablo ya no era un viejo negro, feo, con cachos y hediondo a azufre, sino que tenía largas piernas torneadas, usaba tacones rojos y se llamaba Liz Hurley.

liz

Oscilo entre la risa y el aburrimiento cuando leo o escucho acerca de las sectas que se dicen satánicas; me parecen de lo más ridículo, como también me divierte que digan que hay “música satánica”, o “libros satánicos”. Muchos artistas utilizan estos recursos como punch publicitario, verbigracia lo que hicieron los Rolling Stones al titular su sexto álbum: Their Satanic Majesties Request, o sea: Sus Majestades Satánicas Reclaman. Es a la fecha y algunas personas se refieren a ellos como Sus Majestades Satánicas, lo cual me parece injusto en extremo. En realidad la frase es una parodia a lo que dicen todos los pasaportes británicos: Her Britannic Majesty requests and requires… Ni Keith ni Mick son satánicos; y si uno de sus grandes éxitos se llama Symphaty for the devil, basta con traducir la canción para darnos cuenta de lo contrario.

El diablo siempre ha estado entre nosotros. Hemos creído en él, sea evitándolo o evocándolo; leyéndolo en la Biblia y en la buena y mala literatura; haciendo chistes o profiriendo amenazas de perdición eterna; viendo películas o tratando de olvidarnos de su “presencia tentadora”.

Un espíritu maniqueo nos acompaña y seduce. No tenemos la culpa de eso. Así es nuestra naturaleza humana.

diabolo san agustin

El diablo ofrece el Libro de los Vicios a San Agustín, de Michael Pacher (1483)

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “Diabliness

  1. Maestro, muy buena esta entrada, felicidades!! Tenés razón El Diablo siempre ha estado entre nosotros y por mucho que lo evitemos ahí seguirá. Me acuerdo de un antro regentado por una voluptuosa dama de nombre Madame Satán, el lugar nada tenía de diabólico pero usaba el nombre de su regente como gancho publicitario…… dicen las malas lenguas que todos los clientes llegaban a ese lugar a hacer diabluras…aunque nunca se supo de qué tipo de diabluras se trataba jajajaja!!
    Un abrazo y que estés bien!!

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