El otro invitado

cena-movil

Por Edgard E. Murillo

Supongo que ya debe de existir un nombre para la manía de revisar el celular por el solo gusto de fisgonear. Algunos sicólogos culpan esta abominable práctica como la causa del fin de la conversación. Pareciera que es más interesante deslizar el índice que desentumir la lengua.

Hace meses fui a un restaurante en la carretera sur, un restaurante muy bonito para qué, de esos donde ponen candelitas en cada mesa y los meseros con sonrisa ensayada te hacen las sugerencias de mayor a menor precio sin que les tiemble el alma. Yo me debatía entre la ensalada y los antipastos cuando aparecieron cuatro muchachas en sus treinta con acompañantes heterosexuales; se sentaron en la mesa de al lado y pidieron bebidas espumosas en promoción. Hice el intento de cambiar de mesa pero hubiese sido un acto de mala educación. La verdad yo quería tener una plática tranquila con Jeanette, sin escuchar risotadas ni comentarios ajenos, por lo que pedí al cielo que nuestros vecinos no hicieran tanta bulla. El cielo me escuchó. Al cabo de diez minutos hubo un silencio tan bruto y encantador que pensé que los comensales de la mesa de al lado se habían ido. Volteé la mirada y allí estaban todos, cada uno con su celular, chateando y jugando solitario. Así pasaron como veinte minutos, tiempo que aproveché para disfrutar de la voz y las manos de mi esposa.

En otra ocasión ya había sido testigo de un evento más patético que el anterior; fue hace bastantes años, en los Pollos Camperos de Bello Horizonte, en la época que los celulares eran casi desconocidos. Pasaba por allí en un taxi y como no había probado esos pollos le dije al conductor que me dejara frente a la rotonda. Eran las dos de la tarde de un viernes de marzo. Pedí camperitos y no me acuerdo que más, y por supuesto, la toña de rigor. Estaba apreciando la decoración del lugar y el lunar de la mesera cuando advertí que una pareja estaba en un rincón: era un juez medio amigo mío con su esposa, una morena de piernas rollizas con cadenitas de oro en los tobillos. No saludé al hombre porque no era mi amigo completo, además estaba muy serio, como cuando alguien sale de un casino con los bolsillos vacíos. Él tenía los codos sobre la mesa con las palmas juntas, viendo al hicaco; ella, absorta, leía cabizbaja el papelito que ponen por mantel. Yo los observaba con disimulo y me decía que esos majes no iban a aguantar un mes más de casados. Comí mis camperitos, y como ellos no terminaban su almuerzo porque lo hacían con parsimonia, pedí las cervezas suficientes para no quedarme con la duda si habían intercambiado palabras. No dijeron esta boca es tuya. El juez bebió dos toñas y su mujer un té frío que dejó a la mitad. Luego pagaron la cuenta y se fueron arropados en silencio. Yo sentí tristeza ajena esa tarde; me dio mucho pesar que mi medio amigo tuviera un matrimonio así. Creo que se divorciaron, porque años después vi al togado con otra mujer, no tan bonita como su ex, pero al menos conversaban hasta por los codos y las rodillas. Me pregunto: ¿Qué hubiera pasado si el juez y su esposa hubiesen tenido un celular para chatear o jugar solitario en la rosticería? ¿La distancia entre ambos hubiese sido más profunda? ¿O hubieran reído y comentado algo que leían en ese momento? Talvez, en algunos casos remotos pero posibles, los celulares puedan servir para salvar matrimonios. De nosotros depende que el celular, ese otro invitado, no sea una excusa para evadirnos, sino un pretexto para unir las piezas que amenazan por separarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

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