Silencios cósmicos y otras reflexiones

Por Edgard E. Murillo

Así como la paz no solamente es la ausencia de la guerra ¿Puede entenderse el silencio como la ausencia de ruido? ¿Habrá algún lugar donde no se escuche nada, salvo el sonido del silencio, al decir de la canción?  Ese lugar existe: el espacio sideral. Como sabemos, allá arriba (decir arriba es un capricho gravitacional) el sonido no se puede propagar, por lo que solo fuera de nuestra atmósfera podremos percibir el silencio absoluto. En el espacio negro y frío, donde no hay materia, el sonido sencillamente no se oye; dos astronautas pueden hablar entre sí dentro de la nave pero una vez fuera no podrán escucharse mutuamente aunque chillen como Amanda Miguel.

Aquí en la tierra siempre hay ruido, incluso cuando hay “silencio total”. Algunas personas dicen preferir el silencio de la noche cuando lo que en realidad perciben son los ruidos que se encuentran sepultados por los rayos solares.

El día se encarga de espolear nuestros tímpanos gracias a la sucesión de ruidos informes y constantes que atropellan nuestro existir segundo a segundo, minuto a minuto, hora tras hora, hasta llevarnos al punto de la resignación, cuando no al vértigo. Ahorita mismo escucho el ruido del acondicionador de aire, portazos de alguna casa vecina, voces fugadas, un feroz taconeo que baja por la calle, el gorgoteo del agua que se va por el inodoro, pitazos de automóviles, los timbres de los celulares, el sordo picoteo que emana de mi teclado. ¿Cómo podemos soportarlo?

A veces, ya pasadas las diez de la noche, salgo al patio de mi casa a observar las estrellas y solo escucho el ruido que hacen las hojas (decir ruido del viento es un capricho poético porque el viento no hace ruido, a menos que roce algo, así sean los vellitos de nuestras orejas); entonces me regocijo de ese silencio nocturno, como arrullado por una danza misteriosa y etérea. Pero aguzo el oído y pronto me aturde el canto eterno de los grillos. Mi consuelo llega cuando pienso que a falta de esos ruidos nocturnos estaríamos expuestos a otros que seguramente nos inquietarían demasiado, por ejemplo el plash-plash del parpadeo, el estiramiento del diafragma o el ruido acuoso del torrente sanguíneo ramificándose en la cabeza.

No sé si la muerte nos hará escuchar el silencio. Si es así, entonces la muerte será como estar en el espacio exterior con los ojos cerrados y sin pensar en nada. Exactamente lo que sentíamos antes de nacer, solo que sin expectativas de nacer.

espacio

Por la poca gravedad sería interesante ver cómo viaja una lágrima o un salivazo en el lado oscuro de la Luna. Eso no lo hicieron los gringos porque no podían quitarse el casco y porque tampoco se les ocurrió esa idea. Después de la cacareada carrera espacial los norteamericanos desistieron de seguir enviando hombres a la luna. Decían que Indochina los había dejado lavados y que era mejor seguir con otras empresas más aterrizadas, como por ejemplo, tirar la piedra y esconder la mano. Ahora están pensando en enviar una misión tripulada a Marte cuando ni siquiera han visto el comportamiento de una lágrima o un salivazo en nuestro satélite. No se les entiende.

apolo XVII

Vamos a imaginarnos que viajamos a la Luna y que pedimos una cerveza en un bar atendido por una alemana regordeta, quien además se toma una con nosotros. El líquido baja despacito hasta caer blandito en el estómago y despacito sube también a la cabeza. Después de siete botellas sentimos que nos pesan los pies, tanto como si estuviésemos en suelo terrestre, pero sin los estragos de la ebriedad. La resaca en la Luna, sin embargo, debe ser espantosa. También debe serlo el vómito lunar. Aun con todo, creo que las compañías de lúpulos fermentados harían un buen negocio allá arriba. Es que no me cuesta imaginar la Luna como un lugar atestado de negocios con luces de neón donde abunden las amargas y carne a la parrilla, especialmente en las fechas de cuarto creciente, cuando la gente anda más susceptible al placer. No puedo concebirla de otra manera. Una Free Zone donde una de las recompensas sea eructar mientras nuestro planeta se asoma patas arriba sobre el horizonte. Sería algo único. Mágico.

lunabeer

Si la reencarnación existe, nadie nos puede negar la creencia que la misma pueda acontecer en otra galaxia, dejando por descontado que en el Sistema Solar no hay otra pelota habitable más que la Tierra. Mi preocupación no estriba en que reencarne en un mundo donde tengamos antenas en la frente o, peor aún, donde la reproducción sea asexuada (ahí veremos cómo resuelvo), sino que caiga en un planeta donde no haya sonidos. Un mundo sordo me llevaría a la locura de forma irremediable toda vez que haya tomado conciencia que el ruido existe en otras galaxias. Estoy por escribirle a Stephen Hawking para preguntarle si los agujeros negros destruyen o amplifican el sonido después de atravesarlos, pues, si los nulifica, prefiero revivir en este puto planeta antes que caer en una dimensión carente de algarabía sonora. Dicho lo cual, y teniendo por testigos a los seguidores del Barco Azul, mi epitafio queda arreglado de la siguiente manera:

Y se fue buscando el ruido donde quiera que esté.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s