Los caprichos de la casualidad

 

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Por Edgard E. Murillo

Si de casualidades hablamos, les voy a relatar el episodio que confirma que nuestro país es como un pañuelo doblado, donde todo mundo se conoce. Pido disculpas si me faltan detalles; he tratado de ajustar los hechos tal cual sucedieron tomando en cuenta la virtud que tenemos de obviar ciertas verdades para darles paso a otras aleccionadas por la añoranza. Ustedes me entienden. Vamos que empiezo.

La burbuja que envolvía mi niñez se estremeció por la llegada al vecindario de una familia proveniente de la lejana Somoto. Mis amigos me avisaron que entre los inquilinos había tres niñas preciosas, y claro, me apuré en escoger la mía antes que se me adelantaran. Para no complicar mi existencia elegí a la menor de ellas, porque aparte de ser la más bonita tenía pecas en la cara y eso era un indicativo que podría tratarse de una extranjera, gitana quizás. Supe que se llamaba Cintya y empecé a tratarla como tal, es decir, como Cintya y como mi novia; Carlos se emparejó con la vieja de trece años que se llamaba Casandra y Javier se avino con la de en medio de nombre Ana Rosa, conocida por sus nombres invertidos — Rosa Ana —, pero ella insistía con obstinación en llamarse Roxana, porque la equis le hacía sentirse especial.

En las Purísimas de ese año entregué a la niña pecosa todos los gofios y los limones dulces con banderitas de papelillo que me obsequiaron; por ser su enamorado tenía que ser cordial y generoso sin caer en la desmesura o el descuido propio de novios primerizos. El día de San Valentín con mucha pena tuve que confesarle a mi mamá que tenía un “amorío” con la vecina somoteña, pues solo de esa manera podía conseguir dinero para comprar un regalo apropiado para la ocasión. La compra consistió en una bellísima caja de talco color amarillo con polvera del mismo color. Yo tenía la impresión que Cintya siempre olía a talco, o al menos eso me parecía cuando me sentaba cerca de ella los domingos en la misa de las siete de la mañana. El regalo tuvo un efecto inmediato y atrevido: ella me dio un beso en la mejilla izquierda. Por la noche, su mamá, doña Azucena, me invitó cenar en familia con derecho a doble vaso de pinolillo.

Meses después, no puedo precisar la fecha, Cintya llegó a mi casa a despedirse. Se quitó una pulsera que decía “Cintia Cicilia” y me la entregó.

— Soy Cicilia, pero Cintya es con “y” griega. — dijo sonriendo —Mañana regresamos a Somoto.

Guardé la pulsera por muchos años, más allá de los suficientes para olvidar las maneras de Cintya. Lamenté mucho no poder verla acicalada por la adolescencia, aunque no tuve que hacer grandes esfuerzos para redondear alguna idea al respecto.

…………

Ocho años después estaba yo en la Plaza de la Revolución con el propósito de conocer a Fidel Castro. Hacía una mañana hermosa, fresca y azul. Entre la muchedumbre encontré a Marisela, una muchacha que siempre parecía decir algo más que sus palabras. Sus ojos negros tenían la expresividad de una llovizna agitada que parecía nunca acampar. No veía a Marisela desde la fiesta que hubo en el instituto Maestro Gabriel, dos días antes que empezara mi servicio militar, así que teníamos mucho que conversar. Nos sentamos en el suelo para no tener interrupciones visuales; ella, un poco mayor que yo, estudiaba el segundo año de ingeniería civil y gustaba de intelectualizar los más mínimos detalles; nada se quedaba fuera de la cuadratura de sus razonamientos. La vez que le dije si creía que la luna desataba las pasiones de los enamorados, ella manifestó que la Ley de Newton estaba ajena a las cochinadas de las personas. Por otro lado, no escamoteaba su aversión hacia los poetas por considerarlos petulantes sin oficio ni beneficio, “en especial el mentado Neruda”.

— Mejor me dedico a resolver problemas de cálculo porque los números no se pueden torcer como las palabras— me dijo la tarde que intenté leerle unos poemas de Maiakovski, o de  Benedetti, no recuerdo bien.

En su defensa puedo añadir que fue Marisela quien insistió que yo no era un revolucionario en el sentido estricto de la palabra, sino un romántico social empedernido en su versión más comprometida.

— Yo vine a conocer a Fidel porque estrechó la mano del Ché Guevara— le dije muy serio. En realidad yo no tenía otra razón para estar allí.

— Pues yo vine porque un pajarito me dijo que vos andabas de permiso en Managua y sabía que te iba a encontrar aquí— me contestó achinando los ojos con una risa burlona.

Apretujados, comiendo elote asado y bebiendo chicha en bolsa, estaba yo con la flaca Ye-ye (así le decían a Marisela sus amigos desde la secundaria) sobre el caliente asfalto, hablando de las dificultades de la revolución, de la última canción de Dimensión Costeña y de las amistades en común. Me confesó que ese mismo día viajaba a Somoto a visitar a su amiga del alma llamada Lyn, y que regresaba al día siguiente. Le dije que allí vivía una hermana de mi papá y sin pensarlo dos veces me ofrecí acompañarla con la condición que a la vuelta me bajaría en el empalme de Sébaco para retornar a la brigada de infantería de La Dalia. Convenidos en el plan salimos rápidamente hacia la terminal de autobuses del Mercado Mayoreo dejando atrás los aplausos y las canciones de la plaza.

El viaje a Somoto fue de pesadilla, para empezar hicimos fila dos horas bajo el sol de mediodía; entre codazos y empujones subimos al destartalado autobús, el cual además de gente trasportaba gallinas, guineos, perros y cajas de diferentes tamaños amarradas con mecate, soportando los gritos del cobrador que anunciaba que al fondo todavía estaba “vacío” sin que cupiera ya una aguja.
— Te va a caer bien mi amiga Lyn, vas a ver. — me decía emocionada la flaca Ye-ye.— Y también te va agradar su mamá y sus hermanas; pero te advierto algo: no hablés de política delante de la señora porque no le gusta ¿Oíste? Y será mejor que te quités ese uniforme verdeolivo.

Conforme la flaca Ye-ye hablaba de su amiga y su familia, fui sintiendo la corazonada que se trataba de doña Azucena y sus hijas ¿Podría ser? Lo que aun no encajaba era el nombre de su amiga puesto que doña Azucena no tenía hija alguna con ese nombre. Entonces quise salir de dudas.

— Tu amiga, Lyn… ¿Ese es su nombre?

— Bueno, así le digo yo. Ella se llama Ana Rosa, pero nadie le dice así; yo le digo Lyn por Rosalyn.
¡Santo Dios! ¡La amiga de la flaca Ye-ye era una de las hijas de doña Azucena! Empecé a ponerme ansioso pero no dije nada. ¿Y si doña Azucena no me recordaba? La última vez que me había visto yo tenía diez años.

Llegamos a Somoto casi a las cinco de la tarde. Doña Azucena estaba afuera de su casa, sentada en una mecedora. La flaca Ye-ye apresuró el paso y gritó desde la calle:

— ¡Hola señora! ¡Cómo está! — dijo — Mire: le presento un amigo.

Doña Azucena levantó la mirada, se puso de pie y me dijo:

— ¡Hijo mío, que alegre verte!— Y me envolvió con un abrazo tan fuerte que todavía me duele la espalda.— ¡Casandra, mirá quien está aquí!

La flaca Ye-ye se quedó en una pieza. No entendía nada, solo reía contrariada. Después de las preguntas que doña Azucena hizo acerca de mi familia, que dónde estás, te ves bien y otras convenciones, pasé a preguntarle por Cintya.

— Ay hijo, esa muchacha anda jalando con un hombre feo diez años mayor que ella. Es el jefe del comando de aquí.— dijo la señora, y volviéndose hacia la confundida flaca Ye-ye, le dijo: —Edgarcito es como un yerno para mí.

Hablando estábamos de los domingos de misa, del regalo del talco con bellota color amarillo y que Ana Rosa, Roxana o Lyn se había ido esa mañana para León, cuando llegó Cintya con su flamante novio. ¡Coincidencia dentro de la casualidad: el muy condenado de su novio, un tipo de casi dos metros de altura, yo lo conocía porque vivía cerca de mi casa en Managua!

— ¡Fierecilla! — me dijo fingiendo como si fuésemos amigos— ¿Qué andás haciendo por aquí?

Yo quería decirle que tenía una pulsera que decía el nombre de su novia pero opté por decirle otra verdad: que yo era amigo de la familia de Cintya muchos años antes que ella lo conociera a él. Ahora la sorprendida era doña Azucena y su hija.

A mí el tipo siempre me había resultado indiferente, tanto por la edad que tenía como por su manera de ser; mas, a partir de la casualidad de encontrarlo en Somoto había conseguido un motivo tangible para despreciarlo, no porque fuera el novio de mi infantil amor, sino porque su presencia lastimaba la sensibilidad de doña Azucena. A la familia de Cintya le resultaba difícil entender cómo ésta -grácil como una mariposa- aceptaba pasearse por las calles del pueblo de la mano de aquella figura desproporcionada. Por una cuestión de estricta educación me abstendré de describir al fulano, sólo diré que además de grande era gordo, barbado, falaz, corneto y reía como hiena en celo. Y para colmo, militar advenedizo.

Después de la cena le dije a la flaca Ye-ye que me acompañara donde mi tía. Antes de salir doña Azucena me llevó a una esquina de la sala y me susurró:

— ¿La Marisela es tu novia, hijo?

— Creo que no. ¿Qué le dijo ella?

— Me dijo que son amigos pero se puso a reír.

Llegué a casa mi tía Melba donde me recibieron con muchos abrazos y expresiones de felicidad. Mi tía lanzó una mirada analizadora a la flaca Ye-ye, parecida a las que realizan los guardias en los aeropuertos.

Luego de “ponernos al día” le dije a mi tía que si me podía dar albergue, pero en seguida aclaré que Marisela dormiría en casa de doña Azucena, antes que pensara una barbaridad.

De camino a casa de doña Azucena le dije a la flaca Ye-ye que nos sentáramos un ratito a conversar en el parque. Hacía un frío seco, el típico frío de Somoto en enero.

— Que linda está la noche — alcancé a decirle, un poco temeroso por la respuesta que podría recibir.

— Sí, es verdad.— suspiró ella, y viendo al cielo, añadió — Hasta me atrevería a escribir un poema.

— ¿En serio? ¿Vos?

— ¿Por qué no? Estoy tan inspirada que podría escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos” — dijo, mientras se deshacía en risas que encadenaba a modo de carcajada.

Durante las dos horas que pasamos sentados en la banca de concreto de aquel parque solitario no hablamos para nada de guerra ni de plazas llenas ni de cuándo volveríamos a vernos, sólo compartíamos el gozo de la amistad y de las felices y raras coincidencias acontecidas ese mismo día.

Fui a dejar a la flaca Ye-ye a casa de doña Azucena y regresé a casa de mi tía Melba. No había terminado de decir buenas noches cuando mi tía me preguntó a rajatabla si Marisela era mi novia.

— Por hoy lo fuimos; mañana, quién sabe.

Al día siguiente, después del almuerzo, Casandra, Cintya y el que tenía por pareja nos fueron a despedir a la terminal de buses. Cuando me bajé en Sébaco le dije a la flaca Ye-ye que se portara bien; ella puso sus manos sobre la ventanilla esbozando una sonrisa que llamaba un abrazo apretado. Sus ojos negros reflejaban tristeza callada y profunda. El autobús giró hacia Managua.

Era el mismo autobús en que habíamos viajado el día anterior.

 

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