Por siempre joven

Por Edgard E. Murillo

Desde hace un tiempo ciertas señales me estaban sugiriendo que creyera que estaba poniéndome viejo. Puede acontecer que una persona esté vieja sin haber llegado realmente a la vejez o bien que confunda que vivir bastante sea lo mismo que estar viejo. Estas reflexiones de rescate — que me habían tranquilizado en varias situaciones– fueron amenazadas por algunos amigos, quienes coordinados por envidia o insidia, se habían dado a la tarea de repetir que ya estábamos viejos cada vez que nos saludábamos. Mi respuesta era siempre la misma: Estás viejo vos, no jodás. Sigue leyendo

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Chismografía autorizada

ajaja

Por Edgard E. Murillo

Hay que dejar claro de una vez que el chisme moderado es saludable. No es cierto que sea malo per se. El problema fue que llegó a nosotros una versión exagerada del cotilleo desde que Carlos Mejía escribió y cantó La Tula Cuecho, metiendo todo el “chismerío” en el mismo saco. Y eso no es justo. Una platicadita inocente y picarona acerca del prójimo, esa que usamos de continuo para no caer en el tedio existencial sin repercusiones que lamentar, es muy diferente al dardo grosero que pretende suprimir o ridiculizar a una persona, rozando el límite de lo verdaderamente injurioso. Sigue leyendo

Tres minicuentos del espacio impúdico

Por Edgard E. Murillo

 MUNDO RESPETABLE

Al fondo del universo, tras la línea divisoria que separa lo que empezó una vez y lo que acaso será, existe un planeta, posiblemente de algún mundo reacio, donde habitan las almas de las mujeres de dudosa reputación. En fecha calculada en términos de luz, cuando el cosmos conocido llegue a ese planeta extraviado, las  almas de las mujeres de dudosa reputación serán liberadas y se fusionarán en número atómico con los cuerpos de las inmaculadas habidas y por haber; de esa manera, por fin, el espacio y el tiempo serán cosa menos complicada, y los prejuicios mutarán en leyendas y mitos agradablemente aceptados, por capricho universal. Sigue leyendo

La América Nuestra

Por Edgard E. Murillo

Azotadas por las olas, las tres pequeñas embarcaciones seguían rumbo al Oeste; habían aparecido algunas algas flotando a la deriva pero el horizonte seguía tragándose el mar. Si bien las naves se habían aprovisionado de agua y pescados por su paso en las Canarias, la comida empezaba a escasear. Algunas noches los hombres creían escuchar quejidos y ruidos provenientes desde las profundidades del océano, ocasionándoles pavor; y en otras les parecía que aquel viaje sin punto de llegada era un castigo por haber seguido la ambición de obtener unas cuantas monedas. Sigue leyendo

El visitante del Delta Blues

Por Edgard E. Murillo

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El cruce entre la autopista 61 con la 49 en Clarksdale, Mississippi, es el lugar que los amantes del blues y los seguidores de leyendas quisieran conocer. Fue allí mismo, en una noche sin Luna, donde el atormentado Robert Johnson vendió su alma al diablo a cambio de tocar el blues como ningún mortal lo había hecho jamás.

Dos pasiones arrebatadas tuvo Robert Johnson: el blues y las mujeres; la primera de ellas le dio el sentido de la existencia, en tanto la segunda le llevó de la mano hacia un final que bien pudo ser alguna de sus canciones. Habría sido un pescador de aguas mansas, o un dedicado cortador de algodón en las planicies del Sur, como lo habían sido sus abuelos esclavos, pero nada lo sedujo más que cantar y tocar la guitarra. Durante su infancia llevó el apellido Spencer hasta que su madre le contó que su verdadero padre había sido Noah Johnson, un disoluto amante que había desaparecido como si nada, por lo que a partir de entonces  Robert cambió el apellido y decidió buscar a su padre para conocerlo. Sigue leyendo

¿Tecnología de fantasía?

Por Edgard E. Murillo

Un día de estos soñé que había despertado por la mañana y que la computadora de la sala de mi casa no estaba. Cuando pregunté por ella, mis hijos, viéndose con cara de asombro, dijeron en coro: “¿La qué…?”  Busqué la laptop que guardo en el cajón de la ropa sucia y tampoco la encontré. Espantado, corrí hacia el garaje para ver si estaba todavía el carro, pensando que talvez habíamos sido víctimas de algún robo; sin embargo, allí se encontraba como todo lo demás. Al llegar al trabajo no noté ningún cambio dramático, solo que frente a mi escritorio estaba una pequeña máquina de escribir Olivetti en lugar de una PC con pantalla plana. Supe de inmediato que el mundo informático de mi vida había desaparecido. Sigue leyendo