La América Nuestra

Por Edgard E. Murillo

Azotadas por las olas, las tres pequeñas embarcaciones seguían rumbo al Oeste; habían aparecido algunas algas flotando a la deriva pero el horizonte seguía tragándose el mar. Si bien las naves se habían aprovisionado de agua y pescados por su paso en las Canarias, la comida empezaba a escasear. Algunas noches los hombres creían escuchar quejidos y ruidos provenientes desde las profundidades del océano, ocasionándoles pavor; y en otras les parecía que aquel viaje sin punto de llegada era un castigo por haber seguido la ambición de obtener unas cuantas monedas. Otras veces los hombres cantaban su valor o lloraban por su suerte mientras desde el Sur los seguía una tormenta que incrementaba sus temores. Sucedía entonces que las tres naves se alineaban para protegerse de los infortunios del averno. Ese día la dieta en la nao Santa María había sido la misma del día anterior: sopa de lentejas, carne salada y anchoas. Quizás gracias al vino los hombres permanecían quietos y expectantes, no obstante el conato de rebelión que fue sofocado una semana antes gracias a la disuasión que emanaba del prestigio del Almirante. El miedo era fundado: ningún marinero de la Europa latina se había hecho a la mar por más de dos semanas sin avistar tierra. Ellos llevaban dos meses navegando hacia occidente, hacia los lugares exóticos que el Almirante confiaba llegar pronto: Cipango, Catay y las Indias Occidentales.

Se hizo la noche. La Pinta iba a la vanguardia, de pronto un grito hizo resonar la embarcación, provocando que las demás carabelas, que iban un poco rezagadas, encendieran sus faroles y los hombres se fuesen hacia la popa.

Bartolomé de Las Casas relata así el acontecimiento:

“…Y porque la carabela Pinta era más velera e iba delante del Almirante, halló tierra e hizo las señas que el Almirante había mandado. Esta tierra vio primero un marinero que se decía Rodrigo de Triana; puesto que el Almirante, a las diez de la noche, estando en el castillo de popa, vio lumbre, aunque fue cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra; pero llamó a Pedro Gutiérrez, repostero de estrados del Rey, y díjole que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y viola… Después de que el Almirante lo dijo, se vio una vez o dos, y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra… A las dos horas después de media noche pareció la tierra de la cual estarían dos leguas…”

Y Francisco López de Gómara:

“Prosiguió su camino, y luego vio lumbre un marinero de Lepe y un Salcedo. A otro día siguiente, que fue 11 de octubre del año de 1492, dijo Rodrigo de Triana: “Tierra, tierra”, a cuya tan dulce palabra acudieron todos a ver si decía verdad; y como la vieron, comenzaron el Te Deum Laudamus, hincados de rodillas y llorando de placer. Hicieron señal a los otros compañeros para que se alegrasen y diesen gracias a Dios, que les había mostrado lo que tanto deseaban. Allí viérades los extremos de regocijo que suelen hacer marineros: unos besaban las manos a Colón, otros se le ofrecían por criados, y otros le pedían mercedes. La tierra que primero vieron fue Guanahaní, una de las islas Lucayos, que caen entre la Florida y Cuba, en la cual se tomó luego tierra, y la posesión de las Indias y Nuevo-Mundo, que Colón descubría por los Reyes de Castilla.”

A partir de ese Primer Viaje, en las tierras del Nuevo Continente, el castellano aunque predominante, terminó fundiéndose con las lenguas nativas hasta formar acentos y modismos propios; no así la cruz, que más por las malas que por las buenas, borró para siempre las creencias y divinidades de un mundo que en ciertos aspectos superaba al Viejo Mundo cristiano.

Pero fue la mezcla de razas el producto más acabado de aquella realidad traumática que duró varios siglos, dándonos identidad y perfiles compartidos, desde Tierra del Fuego hasta el Río Bravo.

Somos la América cantada por Rubén, esa que “tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”; la de mares bravos, de islas engarzadas y montañas de cúspides níveas, de ruinas y pirámides donde sangra y respira un pasado que clama y conmociona; la de hombres y mujeres que habidos aquí, venimos también de allá; la América nacida de un encuentro que a la vez fue un desencuentro; la fecunda, altiva y rica América Nuestra, la América Mestiza.

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