Chismografía autorizada

ajaja

Por Edgard E. Murillo

Hay que dejar claro de una vez que el chisme moderado es saludable. No es cierto que sea malo per se. El problema fue que llegó a nosotros una versión exagerada del cotilleo desde que Carlos Mejía escribió y cantó La Tula Cuecho, metiendo todo el “chismerío” en el mismo saco. Y eso no es justo. Una platicadita inocente y picarona acerca del prójimo, esa que usamos de continuo para no caer en el tedio existencial sin repercusiones que lamentar, es muy diferente al dardo grosero que pretende suprimir o ridiculizar a una persona, rozando el límite de lo verdaderamente injurioso.

Digo esto porque estoy convencido que la sociedad se pondría tullida y triste si los miembros que la componen sólo se ocuparan de sus asuntos, en abierto desprecio a lo que acontece a su alrededor. Los entendidos en la materia aseguran que chismear provoca que nuestro cuerpo libere endorfinas, como cuando hacemos alguna actividad física placentera, llevándonos a estados de euforia y felicidad. También afirman que el chisme es un cohesionador social por excelencia (Nadie quiere quedar fuera de la cadena) y un mecanismo para determinar lo que es bueno y lo que es reprobable, atendiendo parámetros morales preestablecidos. Esto último es muy importante porque los niños, al escuchar chismorrear a los mayores, deducen que lo que hizo la vecina o el vecino está mal por el carácter secreto del mensaje y por la cara de susto que pone la persona que está recibiendo el mismo.

Por si fuera poco la actividad chismográfica reporta beneficios para la salud porque reduce el stress. Si una persona escucha que alguien la está pasando mal, entonces le parecerá que sus problemas no son tan graves como los cree, de lo que resulta que el cotilleo puede sacarnos de rachas de aguevamiento infundado.

En esta inmensa viña del Señor hay quienes son blancos de chismes casi por predestinación, se habla de ellos incluso cuando no han hecho nada; pero también existen personas que no levantan ningún comentario. En mi caso particular, si bien he tenido experiencias dignas de relato, no se compararán jamás con las aventuras de un desactivador de explosivos o de un seductor de mujeres comprometidas, que viene siendo casi lo mismo; de ahí que hace unos meses me propuse decir o hacer cosas que antes disimulaba por prudencia para ver si de esa manera entraba en el hit parade de los chismes. Los resultados fueron decepcionantes. O bien a nadie le importo, o los chismes que genero son de tan poquísima monta que sería una pérdida de tiempo repetirlos.

Me van a disculpar que puse a dos mujeres chismorreando para adornar la entrada. Había encontrado a dos pajaritos secreteándose pero la imagen no era apropiada para el sentido de estas notas. Todos sabemos que los hombres son más chismosos que las mujeres, la diferencia está en el escándalo con que éstas anuncian la primicia y la capacidad expedita que tienen de reproducirla.

No soy divulgador compulsivo de chismes, salvo que éstos recaigan directamente sobre quienes me caen mal, que en realidad son escasos; pero cada vez que me preguntan ¿Ya sabés la última?, siento cosquillitas en el estómago y respondo: No, pero ¿qué pasó?

Y el día adquiere otro color.

 

 

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9 comentarios en “Chismografía autorizada

  1. Don Edgard: Primero que nada, lo disculpo por la imagen ya que al final me convenció con ese penúltimo párrafo, el aceptar que los hombres también les gusta el chisme es bueno, lo digo porque es un estereotipo marcado al genero femenino. No niego que al leer su chismografía autorizada me recordó a personajes que conozco y que están marcados por el chisme principalmente en mi barrio jajajaja.

    Y como dicen por ahí “El chisme agrada, pero el chismoso enfada” así que con cuidado o mejor morderse la lengua…
    Saludos.

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  2. Buenísimo Edgard. La cuestión es que las mujeres se avientan “pija” hasta de su interlocutora y peor si anda con un vestido que a su gusto se le ve ridículo. Los hombres nos enfrascamos en lo gacho que somos con las mujeres y lo que hace el prójimo, más si es cuestión de trabajo, eso sí, un personaje político es carne de cañón hasta dejarlo ralito.

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