Por siempre joven

Por Edgard E. Murillo

Desde hace un tiempo ciertas señales me estaban sugiriendo que creyera que estaba poniéndome viejo. Puede acontecer que una persona esté vieja sin haber llegado realmente a la vejez o bien que confunda que vivir bastante sea lo mismo que estar viejo. Estas reflexiones de rescate — que me habían tranquilizado en varias situaciones– fueron amenazadas por algunos amigos, quienes coordinados por envidia o insidia, se habían dado a la tarea de repetir que ya estábamos viejos cada vez que nos saludábamos. Mi respuesta era siempre la misma: Estás viejo vos, no jodás. Pero poniendo prudente cuidado fui adivinando las referidas señales hasta ponerlas contra la pared. Las primeras llegaron por medio de las canciones. Si una persona tiene un repertorio musical que abarca más de tres décadas es que está próximo a ser viejo (Abraham y otros personajes del Antiguo Testamento vivieron muchos años talvez porque no tuvieron referencias musicales para atarlas a un remoto recuerdo). La segunda señal apareció con las gracias que ocasionan de vez en cuando los hijos, no solamente los de uno sino los de los contemporáneos. Los hijos de nuestros amigos tienen la pésima costumbre de embarazar o dejarse embarazar sólo con el propósito de hacer viejos a sus padres y de carambola a los amigos de sus padres. Como dice Cantinflas: No hay derecho.

Ya estaba casi por resignarme que todas esas señales convergían en la certeza que ya estaba viejo cuando pronto levantaron del horizonte otras de naturaleza diferente; luces que me indicaban que ni la música, ni los nietos, propios o ajenos, hacen a la gente más vieja que cuando empiezan a asumir ciertas actitudes con absurda seriedad, como por ejemplo pintarse el bigote; o cuando se erigen como juzgadores universales después de haber tenido una vida desordenada y licenciosa (Dieron la carne al diablo para darle los huesos a Dios, dice mi amiga Ruth); o cuando pretenden evadir los placeres como si fuesen entes sin derecho a la cosquilla.

Dejé de preocuparme por el paso de los años cuando empecé a darme cuenta que llegar a viejo tiene sus ventajas. No me refiero a la exclusividad de la ventanilla en los bancos, o al llamado privilegio de la nostalgia; hablo de ventajas de verdad, como que la palabra del viejo se tiene siempre por verdadera, incluso cuando miente. Es raro dudar de lo dicho por un viejo, a menos que se trate de un político o de un rabo verde en ofensiva (también hay viejas así, pero éstas tienen el rabo de otro color, rosado talvez). Otra ventaja de ir en camino a la vejez es que uno experimenta eso que en la juventud no existe. Me refiero al sosiego. No hallo las horas que se me quiten las ganas de los jolgorios para dedicarme a estudiar filosofía griega o disfrutar de las hojas secas llevadas en arrullos por el viento estival mientras bebo un vaso de limonada con bastante hielo; de seguro hasta me volveré un poeta místico. Según mis estimaciones eso acontecerá dentro de unos quince años, a menos que el cuerpo insista en llevar la contraria. Los viejos además pueden darse el gusto de hacer el ridículo cuando les plazca, algo vedado a la juventud; para confirmarlo basta darse una vuelta por los karaokes de Managua los sábados por la noche: pocos menores de treinta años tienen la osadía de tomar el micrófono como si fuesen Raphael o Rocío Dúrcal. Son los viejos los que protagonizan el desmadre.

Bien vistas las cosas, podría asegurar que la vejez, si uno está sano y optimista y si tiene amor y gusto por lo bello, es una etapa donde se puede disfrutar bastante, así que ya no importa que me digan que estoy viejo; es más, ya tengo la respuesta cuando me digan así, y es la que dice una amiga que tiene un programa en la radio: Viejo es el mar y todavía revuelca.

Bienvenidos sean los años, pues.

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3 comentarios en “Por siempre joven

  1. Considero que la edad es algo espiritual, he visto jóvenes con el espíritu muerto, sin sueños, amargados, con rostros apagados y una pereza arraigada en sus cuerpos, por el contrario he visto adultos de la tercera edad con un espíritu renovado, con ganas de vivir, enérgicos. La eterna juventud es vivir la vida un día a la vez, disfrutar el momento, aprender de los errores y fracasos, levantarse las veces que sea necesario, dar lo mejor de si mismo, ayudar al compañero, divertirse, reír, viajar, es vivir de tal manera que el día de mañana podamos ver los frutos, a través de nuestros hijos, la comunidad, nuestro país, saber que alguien respiró mejor porque hicimos la diferencia, envejecer no es malo, porque las arrugas se asoman a flor de piel, lo triste es cuando envejece nuestro espíritu, nuestros sueños, nuestros ideales. Hay una frase muy parecida a la del mar y reza: “Viejos son los caminos y todavía echan polvo”. Así que cada quien decide a qué nivel quiere llevar la vejez, mientras haya vida hay esperanza, aprendamos a envejecer dignamente, es parte del proceso de vida, a la fecha no conozco seres inmortales, que nos recuerden por las huellas que dejamos a nuestro paso y no por las canas que se asoman en nuestros cabellos. Esa es mi sencilla opinión.

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