Ni con el pétalo de una rosa

Por Edgard E. Murillo

Hubo un tiempo que estuve tentado de organizar un comando especial para darle caza y castigo físico a los hombres que golpeaban a las mujeres. Pensé utilizar las mismas técnicas empleadas por el Mossad para capturar nazis en Argentina. La idea era localizar a los desgraciados y verguearlos con bates de beisbol del extranjero hasta dejarlos más para allá que para acá; sin embargo, después me pareció que estaría utilizando otro tipo de violencia, así que dejé de insistir en el proyecto con cierta añoranza. Busqué entonces otra forma de enfrentar el problema, pero nada podía sustituir un buen batazo en las costillas. ¿Qué hacer? Sigue leyendo

Glosario alternativo

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Por Edgard E. Murillo

Analista político: Tonto útil cuya ignorancia es sobrepasada por aquellos quienes le creen.

Autocinema: Establecimiento que las parejas utilizaban para aprender a soltar sostenes y abrir portañuelas con una sola mano.

Barco Azul: Sitio web de Edgard E. Murillo que invita a sacudirse el polvo de la cotidianeidad.

Beso francés: Gentil choque de labios que permite que las lenguas realicen la faena que aquellos no pudieron culminar.

Caminata espacial: Absurdo creado por los coreógrafos de Michael Jackson cuando se dieron cuenta que éste ya no cantaba ni la chalupa. Sigue leyendo

El pelón que quitaba el miedo

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Por Edgard E. Murillo

El sábado por la noche reacomodé los papeles de los archivos que tengo en casa, boté facturas viejas, encontré fotografías que ya no recordaba dónde las había guardado, hice carpetas desde la A hasta la Z; me detuve para leer una que otra anotación breve escrita en un cuaderno de apuntes: ideas fugaces, palabras desconocidas y fechas para hacer los pagos de los servicios; puse la radio (La programación a medianoche es mejor que la del día, talvez porque los locutores diurnos tienen buena voz pero pésimos gustos musicales); abrí las ventanas de par en par, revisé si los libros estaban en el orden establecido, los de derecho en medio, arriba los de literatura y a la izquierda los demás, todo perfecto; de pronto empezó a soplar un viento fresco del sureste que me obligó a poner pesas sobre los papeles; me fijé que había una retratera sin foto sobre el único librero que tiene vidrio, entonces saqué una fotografía de un álbum; no calzaba, saqué otra, esa sí; le había dicho a Jeanette meses atrás que me veía muy serio en esa toma, ella insistió que no, que también debería de mostrar de vez en cuando mi lado serio; le dije que mi lado serio era un poco risueño y ella estuvo de acuerdo. Encontré recortes de periódicos amarillísimos: un reportaje extenso sobre Rimbaud que El Nuevo Amanecer Cultural publicó en 1991; un artículo de marxismo antiestalinista escrito por Erick Aguirre de 1992 y el calendario de juegos del Mundial de Fútbol de 1994, entre otras perlas. Cogí un folder nuevo y los guardé todos allí. Algún día me servirán, me consolé. Sigue leyendo

Cuando la laguna ardió

Por Edgard E. Murillo

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El 16 de marzo de 1772 el volcán Masaya tuvo una violenta erupción; un torrente rojiamarillo fue regurgitado a velocidad alarmante en dirección a los poblados de Nindirí y Masaya. Los nindiriseños sacaron en procesión al Señor de la Misericordia clamando que cesara aquel infierno ocasionado, según ellos, por los pecados amontonados sin mediar confesión, mientras que los monimboseños hacían lo suyo con la Virgen de la Asunción. El cielo estaba oscuro debido a la lluvia incesante de ceniza, el suelo retumbaba y había incendios por doquier. Pocos pudieron huir hacia Granada (dicen que el alcalde de esa ciudad cerró las puertas a los damnificados). Un brazo de mar de lava bajó hasta las profundidades de la laguna cuya ebullición dio valor agregado al pánico existente. La multitud rezaba y se arrepentía de los pecados propios y ajenos. De pronto, el magma aniquilador que se dirigía hacia Nindirí se detuvo y cambió de curso. Sigue leyendo

Los especialistas

Por Edgard E. Murillo

Parte alta de la novena entrada. El número veintidós se encuadra en el cajón de bateo; el pitcher dice no con la cabeza, prefiere una recta de cuatro costuras para infundir miedo; el bateador rasca el suelo con los spikes como toro preparando la embestida; el pitcher acepta la seña y lanza un proyectil que rompe el aire como un latigazo; la pelota baja mucho, pica con furia la esquina derecha del diamante y se desvía hasta chocar contra la entrepierna del cátcher; éste cae de bruces emitiendo un grito ahogado seguido de un alarido; el pitcher se tapa la boca con el guante para ocultar una palabrota y el umpire, bastante asustado, empieza a gritar al público: “¡Un doctor, un doctor!”. Desde las gradas de tercera base un hombre se abre paso entre la multitud y se presenta. El umpire pregunta al hombre: ¿Usted es doctor? Sigue leyendo