Los especialistas

Por Edgard E. Murillo

Parte alta de la novena entrada. El número veintidós se encuadra en el cajón de bateo; el pitcher dice no con la cabeza, prefiere una recta de cuatro costuras para infundir miedo; el bateador rasca el suelo con los spikes como toro preparando la embestida; el pitcher acepta la seña y lanza un proyectil que rompe el aire como un latigazo; la pelota baja mucho, pica con furia la esquina derecha del diamante y se desvía hasta chocar contra la entrepierna del cátcher; éste cae de bruces emitiendo un grito ahogado seguido de un alarido; el pitcher se tapa la boca con el guante para ocultar una palabrota y el umpire, bastante asustado, empieza a gritar al público: “¡Un doctor, un doctor!”. Desde las gradas de tercera base un hombre se abre paso entre la multitud y se presenta. El umpire pregunta al hombre: ¿Usted es doctor?

— Sí– contesta — ¿Qué pasó?

— Es que al cátcher le han dado un pelotazo en el testículo izquierdo.

El hombre da un paso atrás y dice con pesadumbre:

— Ah no, disculpe; yo soy doctor en derecho.

El manager del equipo visitante exclama:

— ¡Qué barbaridad, ahora ya hay doctores para el huevo izquierdo y otros para el huevo derecho! ¡Cómo ha avanzado la Ciencia!

Chiste aparte, al paso que vamos dentro de poco habrán tantos especialistas como analistas políticos. Podríamos decir que existe una fiebre por la especialización. No voy a negar que profundizar el conocimiento sobre algo concreto tiene sus ventajas, pero corremos el riesgo de que nuestra ignorancia sobre lo demás se infle como chimbomba. Me da miedo seguir la idea de Hitchens de que cada vez sabemos menos de cada vez más cosas. Pero es la triste realidad.

Hace seis décadas los abogados nicaragüenses se la rifaban suave porque para entonces solamente había seis códigos y un puñado de normas bastante digeribles. Hoy contamos con más de dos mil leyes de distinta naturaleza que hacen imposible que un profesional del derecho pueda abarcarlas todas. Eso sin contar con los reglamentos, decretos ejecutivos, laudos municipales y caprichos vestidos de circulares o “disposiciones administrativas”. El abogado que diga que es ducho en juicios civiles, penales, mercantiles, laborales, fiscales, de familia y de propiedad intelectual, es un grandísimo ocurrente.

Igual sucede con los médicos. ¿Recuerdan a los doctores de antes? Visitaban a los enfermos con un maletín de cuero donde guardaban el estetoscopio, las espátulas para la lengua, el termómetro axilar, las milagrosas aspirinas, el frasco de alcohol con alcanfor y la jeringa de vidrio reusable. Ellos auscultaban, parteaban, sacaban muelas, hacían puntos y recetaban. Eran médicos todoterreno. Desafortunadamente ya no encontramos galenos de esa estirpe. Desaparecieron. Para eso están los especialistas. Me especializo, luego existo. Entonces repito lo de la ignorancia como consecuencia inevitable: Un cirujano pediatra sabe tanto de osteoporosis como yo sé de resistencia de materiales. No se asusten cuando pronto haya un médico especialista en catarros, o un oftalmólogo solamente del ojo derecho. Entonces éste último podrá negar atender el ojo izquierdo de un paciente, como el doctor en el campo de beisbol que se negó untar antiinflamatorio en el huevo zurdo del infortunado cátcher. Para cuando eso suceda hay que estar muy atentos de la sección de Páginas Amarillas, no vaya a ser que mandemos a buscar el especialista equivocado.

David_Miguel_Angel

David, de Miguel Angel (Galería de la Academia de Florencia)

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Un comentario en “Los especialistas

  1. Muy buena la entrada Edgard. Me trajo recuerdos de algo que me contó una amiga española sobre la frase «Hay gente pa tó» que mucho se utiliza por aquellas tierras.

    Según me dijo la frase nació en Madrid, cuando al torero Rafael el Gallo le presentaron a José Ortega y Gasset. Al preguntar quién era ese tipo con cara de estudiado alguien le respondió que era « Filósofo». «¿Filo qué, ezo qué e?», dijo el torero.

    Alguien le explicó que el filósofo analizaba las líneas de pensamiento en qué consistía tal profesión, que escribía doctrinas sobre el obrar de la gente y bla,bla,bla!!
    El Gallo, se quedó pensativo y luego soltó la famosa frase: Hostia… «Hay gente pa tó».

    Por lo menos en Nicaragua, no vamos a esperar mucho; «Tie que habé gente pa tó». Incluso «pa ná». como es el caso de los políticos.

    Un abrazo y que estés bien!!

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